De los deberes (II)

No se subraya lo suficiente que, en España, desde la suspensión del servicio militar obligatorio, la única obligación jurídica constrictiva del tiempo es la escuela. Del tiempo del que uno dispone y con el que uno negocia en el mercado de trabajo. En un marco de economía de mercado, ninguna institución estatal que constriña el tiempo está destinada a perdurar, salvo que sea absolutamente funcional, como lo fue el ejército durante décadas. Si el sistema educativo se ha salvado de la poda, es solo porque viene revestido de una funcionalidad a prueba de bomba: la reproducción simbólica de la sociedad, por utilizar la célebre expresión de Bourdieu y Passeron: la escuela como institución donde uno aprehende la estructura de las relaciones entre clases sociales, donde la acepta, se habitúa a ella y adquiere los elementos discursivos de los que depende su legitimación. A esta función fundamental se añade otra, secundaria, a saber, la transmisión de unos saberes cuyo peso y preponderancia varían con el paso del tiempo. Sigue leyendo “De los deberes (II)”

De los deberes (I)

En mayo de 2013 se convocó la primera huelga conjunta de la comunidad educativa en España: no solo el profesorado y el alumnado la secundaron, sino también las familias, los padres y las madres. La experiencia se repitió en octubre de ese mismo año. A lo largo de 2013, 2014 y 2015, no solo los estudiantes y los docentes salieron a la calle contra la LOMCE y los recortes en educación, sino también, y muy especialmente, esos padres y esas madres de quienes constantemente se reclama una mayor implicación en la educación de sus hijos e hijas. Sigue leyendo “De los deberes (I)”

Cómo reaccionar como dios manda ante un atentado islamista

¿Aún no ha dicho usted la última palabra sobre los atentados de Bruselas, o sobre el islamismo, o sobre la islamofobia, o sobre el capitalismo global, o sobre todo ello a la vez? ¿Y a qué espera? La ocasión la pintan calva, barbuda y con turbante. Desaprovéchela y venga luego a reclamar sus cinco minutos de homilía en la próxima cena familiar: de eso nada, la condición de todólogo hay que currársela, de lo contrario cualquiera puede alzarse con el título y dejarle a usted en un humillante segundo puesto. Cierto, eso que siente ahí, a la altura del diafragma, se parece mucho al remordimiento: desearía usted haber leído más, o haber leído algo, sobre yihadismo, sobre Siria, sobre Frontex, sobre Erdogan, pero quién puede predecir por dónde va a salir la actualidad candente, recuerde Ucrania, cuando todo el mundo tenía que decir algo sobre Ucrania y nadie sabía qué, cómo, dónde.

Sobre todo, apresúrese a condenar, sin tapujos ni matices. Sea rotundo: a estas alturas debería usted saber que, en materia de condenas, mejor pasarse que quedarse corto, y aun así alguien se las apañará para reprocharle tibieza, ambigüedad, afán de hacer tortilla sin romper huevos. Sea rotundo, he dicho, y golpee el primero y con saña. Si no está dispuesto a hacerlo, asegúrese de contar con un buen puñado de fieles y sea rotundo en la no condena, aproveche la ocasión para deconstruir o sencillamente destruir un par de convenciones o tres, no hace daño a nadie, casi nadie se entera y queda bien en los periódicos de pequeña tirada. Sobre todo, insisto, nada de Condenar Pero: se meterá usted en discusiones que no desea, le costará hacerse oír, pasará por tirio con los troyanos y por troyano con los tirios y, lo que es peor, caerá en la cuenta de que nadie tiene la menor idea de quiénes fueron los tirios, ni usted tampoco.

Si me ha hecho usted caso y ha condenado sin melindres ni aspavientos el terrorismo en todas sus formas, añada los anexos que le convengan según el caso. Si se dedica usted a la política, ya sea usted portavoz parlamentario o secretario general de algún micropartido o agrupación de electores en alguna remota pedanía, póngase a disposición del gobierno y las fuerzas de seguridad del Estado para lo que haga falta: nadie va a preguntarle exactamente qué podría hacer usted para ayudar en la lucha contra el terrorismo, de hecho es más que probable que nadie le tome en serio, pero por si acaso. Asegúrese bien de que su ofrecimiento salpica a algún oponente. Si ha hecho bien los deberes, seguro que encuentra a alguno que una vez estuvo de vacaciones en Túnez o en Bidart, todo vale. Si no se dedica a la política, expláyese: la culpa es de los políticos, de todos, y si de usted dependiera ya habría solucionado el problema. Muy importante: no se empeñe en explicar cuál es, a su juicio, el problema, déjelo así, de ese modo la solución será plausible por sí sola. No lo estropee: recuerde que la imaginación ajena es el mejor aliado de las mentes poco imaginativas.

¿Ya se ha hecho un hueco en la conversación? ¿Ya ha pergeñado un par de tuits o, en su defecto, alguna lapidaria frase en su grupo favorito de Telegram o Whatsapp? ¿Ya ha actualizado su estado en Facebook y cosechado los previsibles likes? ¿Ya ha apabullado a sus compañeros de trabajo con su delicada exégesis de la situación? Enhorabuena: lo peor ya ha pasado. Ahora viene el momento divertido: la interacción. Por lo que veo, aún no se ha provisto usted del indispensable catálogo de interlocutores plastas, aquellos que debe usted evitar si quiere hacer carrera. Es imperdonable, así nunca llegará usted muy lejos. Memorice al menos los siguientes estereotipos y úselos con discreción pero a discreción. No se arrepentirá.

Tenemos, en primer lugar, al islamófobo convicto y confeso, tradicional o ilustrado. Al islamófobo tradicional le reconocerá usted fácilmente: no sabe pronunciar “islam”, prefiere el genérico “moros” y, más concretamente, el no menos genérico pero mucho más descriptivo “putos moros”. El islamófobo ilustrado, no obstante, hace gala de una paleta más compleja de adjetivos, sabe a grandes rasgos qué es el yihadismo y puede que hasta el salafismo y el wahabismo, incluso hay alguno que sabe decir “muyaidín” sin escupir; ha leído a Houellebecq o al menos le suena, y es un paladín de las libertades femeninas, salvo que hablemos de mujeres con hiyab; está suscrito a Mongolia desde el atentado contra Charlie Hebdo. La diferencia entre uno y otro tipo de islamófobo depende de las ganas que tenga usted de perder el tiempo: con el primero se pasa el trago fácilmente, es parco en palabras y, por regla general, de temperamento colérico, de modo que la cruzada le durará hasta que alguien cambie de tema o hasta que se acabe el pacharán; en cambio, el islamófobo ilustrado puede ser un problema si no es usted uno de ellos: su islamofobia es estructural y de largo recorrido; la discusión, si se produce, puede durar semanas.

En el otro extremo del espectro campa por sus respetos el rojo de toda la vida, del que también cabe encontrar dos ramas o facciones, lo que, para tratarse de un grupúsculo de izquierdas, es todo un mérito (lo normal es que haya veinticuatro o veinticinco). Por un lado, el Rojo De Toda la Vida Pero Compasivo es, hay que reconocerlo, un tipo dialogante, incluso demasiado dialogante; es fácil empatizar con él, a poco humano que sea uno; es de condena rápida (de la violencia en todas sus formas) y de soluciones lentas (la educación para la tolerancia suele ser su receta para todo). Por otro lado, el Rojo De Toda La Vida Y Hasta La Victoria Siempre, aunque tenga sus ramalazos compasivos, hará todo lo posible por enterrarlos bajo una capa de resentimiento global y soluciones draconianas. No gaste saliva con este último: cualquier término que usted saque a relucir se diluirá como un azucarillo en agua, ya sea “terrorismo” (qué habrá más terrorista que la OTAN salvo ese oscuro ex compañero de fatigas del Rojo De Toda La Vida Y Hasta La Victoria Siempre que un día justificó los bombardeos de Libia: ese es el verdadero terrorista), ya sea “derecho internacional” (una broma del capitalismo) o “fanatismo religioso” (la religión del dinero, etcétera). No le pierda de vista. Si ve que empieza a tratar al terrorista suicida como a un mártir anticapitalista, aléjese: el universo podría implosionar por anemia de sentido común.

Están en tercer lugar los (previsiblemente pocos) musulmanes con quienes pueda o se atreva a hablar de estas cuestiones. Un islamófobo ilustrado le diría que tenga usted cuidado: es costumbre musulmana practicar la taqiyya, el disimulo de las propias convicciones ante los infieles. Un Rojo De Toda La Vida Pero Compasivo le replicaría que, en materia de simulaciones, tampoco es que los firmantes de pactos antiyihadistas lo hagan mal del todo.

Nos quedan, por último, los niños. Déjeme que le diga una cosa, solo una, sobre los niños: no los meta usted en esto. No necesitan su opinión, ni su odio religioso ni su humanitarismo global, ni su tendencia a los matices ni su afición a la truculencia. Los niños ya saben que el que mata se llama asesino y el que es asesinado, víctima. No los confunda, no les riegue los oídos con clichés. Si lo deja estar, cuando crezcan sabrán perfectamente distinguir a un asesino de una víctima sin importarles que el primero mate en nombre de Alá o de la UE o que la víctima lo sea del DAESH o de los guardacostas turcos o de ambos verdugos a la vez.

Venga, campeón, al lío. Verá qué fácil.

 

No es un rescate: esto es peor

Minutos antes de producirse la comparecencia de Luis de Guindos para informar sobre la reunión del Eurogrupo, la web de El País saludaba a sus lectores con un suculento titular en cuerpo de letra tamaño apocalipsis: “RESCATE A ESPAÑA”. Se abrían los cielos. La cotidianidad empezaba a vestirse de gris. Tambores en lo profundo. Por fin, compareció el ministro del parné y dio lectura a un tedioso manifiesto progubernamental que no creo yo que sorprendiera a nadie. Finalmente, anunció que Europa proporcionaría a España “apoyo financiero” para recapitalizar la banca. Una banca, recordemos, que hace unos meses presumía de hipersaneamiento crónico. También empezó así lo de la Armada Invencible.

Calló el ministro y empezó el lío. ¿Por qué no decía “rescate”? ¿Qué eufemismo era ese del “apoyo financiero”? ¿Cómo que Europa no va a imponer condiciones económicas a España? Estábamos tan convencidos de ir a vérnoslas por fin con el dragón de siete cabezas, que no acabábamos de creernos lo de la lagartija con cuernos de plastilina que nos mostraban en su lugar. Algo no marchaba. El ministro escondía algo.

En pocos minutos, un aluvión de especulaciones dejó nuestro Twitter tan espeso que, de haber sido una sopa, hubiéramos podido mantener en él una cuchara en equilibrio. Unos buscaban la letra pequeña del acuerdo. Otros pedían la dimisión de Rajoy. A algunos les extrañaba seguir sin saber hablar griego. Tongo. Decepción. Una sarta de embustes.

Por mi parte, no sé si hay letra pequeña o condiciones ocultas con mecanismo de relojería, pero ahora mismo me parece poco relevante: en realidad, el gobierno de Rajoy lleva ejecutando medidas de recorte y empobrecimiento social desde que cortó la cinta inaugural de la legislatura, con rescate o sin él, así que motivos para la indignación sobran hoy igual que sobraban ayer y sobraban hace dos meses. Lo que ha anunciado el ministro es, por otra parte, tan sumamente tóxico, que cualquier condición anexa sólo serviría para que el olor a azufre fuese menos intenso: nada menos que la inyección a la banca privada de millones de euros de las arcas públicas europeas. Un robo al común para reflotar un puñado de negocios privados. Y luego habrá quien diga que la minería asturiana vive de subvenciones.

Senectudes

Me estoy haciendo viejo. No quiero decir que tenga achaques (gozo de una buena salud de mierda, que es todo lo contrario de la proverbial mala salud de hierro característica de ciertos aristócratas e intelectuales fascistas), tampoco pretendo insinuar que me esté volviendo impaciente (siempre lo he sido) o misántropo (léase el paréntesis anterior). Es más sencillo (o lo que sea): cada vez me pesa más la memoria, lo cual, para alguien como yo, acostumbrado a olvidarlo casi todo, es fuente de angustia permanente.

Como un topo viejo, cada vez uso menos los ojos y más los recuerdos. Me acuerdo de todo lo que en su día fue tan políticamente estridente como los inconsistentes mensajes que el gobierno español emite cada día: sobrevivimos a Barea, a Miguel Ángel Rodríguez y a Pilar del Castillo, así que confío en que sepamos sobrevivir también a Wert, a Guindos y a Mariano Rajoy (aunque Rajoy también sale en esos recuerdos míos, una presencia constante, parte del decorado de aquello que gracias a Vázquez Montalbán conocimos como “la aznaridad”). Me acuerdo del desmantelamiento industrial de mi adolescencia y de cómo un país en llamas quedaba reducido a la condición de anécdota periférica en un contexto de incitación al consumo compulsivo: en mi barrio el desempleo y la heroína escribían los titulares, pero la radio y los periódicos (televisión solo había una, tan pequeña y servil como las muchas de ahora) insistían en que España, como París, era una fiesta, así que una de dos: o no éramos españoles (posibilidad que no descartábamos en absoluto) o no sabíamos divertirnos. Me acuerdo, con permiso de Georges Perec, de cuando pensaba que sólo los viejos escribían de sus recuerdos.

Me gustaría que mis recuerdos me consolaran, ser capaz de refugiarme en la aparente condición cíclica o simplemente recurrente de nuestras miserias colectivas. Pero no puedo: recuerdo también cómo el olvido y la indiferencia acabaron sepultando cada episodio de esta truculenta serie documental que tal vez se titule Desaprendiendo el capitalismo o tal vez (à la Lenin: hoy me van los homenajes) Dos pasos adelante, veinte pasos atrás. Me gustaría pensar que saldremos de esta igual que salimos de aquellas. Pero no creo que saliéramos verdaderamente de aquellas.

Me estoy haciendo joven: me aburren los recuerdos de los viejos.

Mecánica impopular

Hace años tuve un Renault 5 de enésima mano que me enseñó mucho sobre la vida. Durante nuestra breve relación aprendí lo indecible sobre mí mismo, y también algo de mecánica y de economía política. Más o menos lo que otras personas de mi generación aprendieron en la mili.

Una lección que no he olvidado tiene que ver con la necesidad de identificar correctamente un problema antes de ensayar ninguna solución. Cierto, algo había oído sobre Francis Bacon y sus tablas de presencia y de ausencia, pero aquel Renault 5 era una máquina compleja, no una quimera renacentista, y quedarte tirado en la carretera de Navia un domingo al atardecer no es algo que estimule el buen humor filosófico: necesitas saber qué pasa, y lo necesitas con urgencia.

Si un percance de tan poca trascendencia es capaz de trastocar nuestra salud mental, no es de extrañar que perdamos los estribos cuando, en vez de un motor, se nos estropea un capitalismo. Sin embargo, la conducta más recomendable en este caso es exactamente la misma que en aquel: identificar correctamente el problema antes de dar un paso. Ante un horizonte tan negro como el que se vislumbraba tras la quiebra de Lehman Brothers en 2008, al menos parecía que los mecánicos del sistema habían dado con el delco defectuoso: los excesos neoliberales y su desregulación de los mercados. Se habló, así, de “refundar el capitalismo”, recurriendo a recetas de raigambre keynesiana que probablemente no evitarían el desguace pero dilatarían el tiempo de vida del motor hasta que hubiésemos reunido suficiente valor como para cambiar de vehículo.

¿Qué ha sido de todo ello? Sencillamente, nada. La carretera desierta ante nosotros, y el motor que no da señales de vida, y en lugar de cambiar el delco estropeado lo dejamos donde está y nos ponemos a extirpar piezas que a estas horas y con esta oscuridad (aúlla un lobo) nos parecen prescindibles. En menos de tres años, las recetas keynesianas han sido maravillosamente sustituidas por el mismo catecismo neoliberal que nos dejó tirados. En lugar de procesar a los culpables del desastre, autores intelectuales incluidos, los ciudadanos europeos hemos consentido en auparles a la condición de caudillos.

Un caudillo de la Antigüedad, el rey Creso de Lidia, fue quien, deseoso de ganarse el favor del oráculo de Delfos, hizo ingentes sacrificios en los que quemó, entre otras cosas, “una gran pira de lechos dorados y plateados, de tazas de oro, de vestidos y túnicas de púrpura”, según Herodoto, tras lo cual ordenó a todos y cada uno de los lidios que sacrificasen, de sus propiedades, cuanto les fuera posible. Si nuestros oligarcas hubiesen gobernado Lidia, no habrían arriesgado ni una onza de sus fortunas personales. Como a los lidios, nos han exigido a todos contribuir con nuestros bienes, aun sin tenerlos, mientras ellos ordenan y reciben el tributo en su triple y obscena condición de reyes, dioses y adivinos.