La sombra del ogro es alargada y de color marrón

ogroEn casa de mis abuelos había libros prohibidos por la dictadura. Su mera posesión era un delito. Supongo que lo mismo ocurriría en muchas más casas, y en todo caso nadie hablaba de ello con temor ni con orgullo, simplemente se trataba de uno de esos hechos de la experiencia que, cuando yo era pequeño, ya habían quedado, o casi, razonablemente fijados en la memoria pero conjurados de la vida cotidiana.

No creo que ni mis abuelos ni mi tío (el responsable directo de muchas de aquellas adquisiciones bibliográficas) hayan perdido en su vida más de cinco minutos en imaginar qué ocurriría si un registro policial a medianoche hubiera revelado la posesión de aquellos libros: cuando las detenciones son arbitrarias y las condenas dependen del capricho de un juez, uno no pierde el tiempo tratando de aparentar que no tiene nada que esconder, de sobra sabe que cualquiera es un delincuente potencial. No obstante, uno de aquellos libros estaba siempre forrado con un feo papel marrón, y siguió estándolo mucho tiempo después de que se aprobara la Constitución. Era como si aquel forro marrón quisiera decir: “No me fío. Decís que se acabó, pero no me fío”.

El título del libro era Operación Ogro. Cómo y por qué ejecutamos a Carrero Blanco. Venía firmado por J. Agirre, aunque su autora era Eva Forest. Algunos años después se reeditó sin precaución alguna, e incluso se le hizo una adaptación cinematográfica. Se suponía que ya no había nada que temer, la libertad de expresión amparaba la circulación y la lectura de aquellas páginas, así que el forro marrón desapareció por fin y el libro, finalmente, se vino conmigo. Aún lo conservo.

Han pasado cuarenta y tres años desde que Operación Ogro se editó en la clandestinidad, y unos pocos años menos desde que ese ejemplar que yo conservo obtuvo la amnistía. Con toda franqueza: lo leí hace treinta años y nunca sentí la necesidad de releerlo. Hace unas horas, después de que la Audiencia Nacional condenara a un año de prisión a Cassandra Vera por “burla y mofa a una víctima del terrorismo”, lo busqué y lo puse sobre la mesa. Mañana bajaré al bazar chino de la esquina y compraré papel de envolver de color marrón. Tenía razón aquel forro: no se había acabado.

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