Cambio de hora

No tengo el día. Mariano Rajoy vuelve a ser presidente del gobierno español, ya no en funciones, aunque eso qué más da, si después de todo su prioridad más inmediata es irse de puente. El PSOE, aquel partido que cacareaba hace unos meses su insobornable identidad de izquierdas frente a la indefinición de Podemos, ha entregado a Rajoy no solo el gobierno de España sino también la cabeza de su propio secretario general y aspirante a presidente y, de regalo, una profesión de inconstitucionalidad en la persona de Adriana Lastra, quien ha afirmado abstenerse “por imperativo”. Y encima nos cambian la hora. Quién necesita Halloween. Continuar leyendo “Cambio de hora”

Llamadme feminazi

femenHace ya no sé cuántos años, Henry Kissinger estuvo en Uviéu, no recuerdo con qué objeto, y unos cuantos fuimos a recibirle con la inevitable pitada de protesta. A mi lado, una chica de no más de dieciséis años se desgañitaba gritándole improperios al ex secretario de estado de los Estados Unidos; estaba fuera de sí, una verdadera ménade junto a la cual parecíamos, todos los demás, o bien sus víctimas, o bien mansos corderos estupefactos. Poco a poco se fue quedando sola, como si el resto de los manifestantes temiéramos que nos contagiara su descrédito. El ridículo es contagioso. El sentido del ridículo, no tanto.

Hay que ser justos con aquella chica, aunque sea tarde: estaba en su perfecto derecho a dar rienda suelta a su rabia, y nadie debería haber creído que su falta de decoro (si es que era eso lo que nos sonrojaba) le quitaba parte de razón. No era ella quien había bombardeado Camboya. Sobre la conciencia de aquella adolescente no pesaban las atrocidades de Chile, Uruguay, Argentina, Vietnam. Era Kissinger quien debía avergonzarnos, pero durante unos minutos olvidamos por qué estábamos allí. La única que no lo olvidó fue aquella chica.

Esta semana, tres activistas de Femen irrumpieron en el Congreso y el mundo se vino abajo. Es un decir, claro: lo que ocurrió más bien es que hubo quien se vino arriba, la derecha en bloque con el ministro Brighella a la cabeza, cómo no, pero también una parte de la sedicente izquierda, llena de argumentos (es otro decir) contra todo: qué es Femen, qué hace Femen, qué pintan esas chicas con el cuerpo pintado, cómo es posible que no se den cuenta de que al desnudarse en público están siendo víctimas de la cosificación del cuerpo femenino (¿no será que en el fondo no nos creemos que su cuerpo sea realmente suyo?), lo desafortunado del lema (“Aborto es sagrado”) que exhibieron ante sus atónitas señorías. Y más por el estilo.

Lo que yo vi, en cambio, fue a tres chicas que eligieron hacer visible su rechazo a una legislación represiva y misógina y que lo hicieron como quisieron y cuando quisieron. Escogieron un lema altisonante y mal construido. Enseñaron las tetas. No respetaron el turno de palabra. De acuerdo. Pero no son ellas quienes están condenando a miles de mujeres a recurrir al aborto casero, ni son ellas quienes convierten el suplicio físico y mental en castigo y sacrificio por voluntad divina. En un mundo perfecto, podríamos permitirnos el lujo de ignorar que es así: en este, no. No es posible elegir la equidistancia entre Femen y Gallardón, sencillamente porque no son términos equidistantes, como tampoco nosotros somos árbitros de un conflicto en el que no tomamos parte: somos parte del conflicto, siempre. Contendientes. O eso, o víctimas: tú verás. Cierto que hay quien prefiere no verlo, hacer como que se puede elegir la equidistancia, permanecer inmóvil pero cargado de razón, sin haberse equivocado nunca, hasta que se abran los cielos y llueva napalm. No puedo evitar pensar que ese tipo de alma bella es el mismo que se encogió de hombros ante la inhabilitación de Garzón porque Egin, pero también  rehusó condenar el cierre de Egin porque Hipercor. Siempre hay un motivo para no elegir. Mientras haya ADSL, la izquierda líquida podrá vivir en paz sin ensuciarse las manos.

En las últimas horas he oído y leído comentarios que me han dejado literalmente molido. Por criticar, se ha criticado hasta que las chicas de Femen sean atractivas. Mucho me temo que eso sea lo de menos: llevamos años oyendo denigrar a las feministas por feas y asexuadas, y ahora resulta que lo malo es que estén buenas: sospecho que lo único de lo que se las acusa es de ser mujeres. Y ya se sabe: un hombre tiene derecho a insultar, a ser procaz, a vejar a sus semejantes, pero una mujer debe abstenerse de usar esas mismas armas, porque al hacerlo se iguala con el hombre, no iguala al hombre con ella. De pronto he recordado aquella reivindicación del “derecho al mal” que hiciera Amelia Valcárcel: “Si no los podemos hacer tan buenos, hagámonos nosotras tan malas: no exijamos castidad, sino perdámosla; no impongamos la dulzura, hagámonos brutales”.

Lara, Inna, Pauline: me gustan vuestras tetas. Seguid enseñándolas. Sed malas.

Filosofía del 25S

Solo es verdadera filosofía la que reproduce con la máxima fidelidad las voces del mundo mismo y está redactada conforme al dictado del mundo, y no es otra cosa sino el simulacro y reflejo de este, y no añade nada de sí misma sino que solo es repetición y resonancia.

Francis Bacon

Las voces del mundo mismo

El simulacro y el reflejo

Repetición y resonancia