Cultura y media

Paez que preocupa muncho la Cultura últimamente, especialmente en Xixón, onde nun pasa día ensin noticia o responsu qu’incluya sesuda teoría sobre l’estáu de les artes y les lletres, más de les artes que de les lletres, yá sía p’aplaudir a FETEN o pa llancir pol futuru de LABoral. De xuru que nun importará menos n’Uviéu o en Bimenes, pero ye que Xixón, yá se sabe, ye un referente cultural, y faigan el favor de ponese firmes pa dicilo, que la solemnidá nun se fabrica sola.

Lo cierto ye que la llamada Cultura, con mayúscula, pa evitar na midida de lo posible que la confundan con espresiones plebeyes o marcadamente etnicistes de la condición humana, atraviesa momentos delicaos, más del tipu enfermedá terminal que del tipu indisposición pasaxera, y qu’esti ye un fenómenu más global que local anque s’anecie en buscar soluciones puramente locales y más que nada epidérmiques. Soluciones, por cierto, que beben lexitimidá en construcciones teóriques d’a perrona, qu’equí muncho llorar a Umberto Eco pero a la hora de la verdá echamos mano de la presentación en Power Point que t’esplica’l problema en términos de inputs y outputs perfectamente simétricos y políticamente correctos. Asina ye como llegamos a considerar un problema social lo qu’estadísticamente interesa a un colectivu mui reducíu, cuasi irrelevante, subvirtiendo la famosa frase de John Fitzgerald Kennedy: “Nun te preguntes qué puedes facer tu pola Cultura, pregúntate qué ye lo que la Cultura pue facer por ti”.

A este altures de la historia universal, lo de la Cultura como fondu d’armariu del espíritu humanu, como que non. Taba bien qu’esa superación conceptual s’efectuara por saber interpretar lo cultural en términos de clase, pero nun vamos a embalanos: más bien lo que se gasta ye un relativismu de los efectos (pa gustos, colores) y un cinismu de les causes (el que la pilla, ye pa él) que, combinaos, convierten el sistema de producción y difusión de la Cultura nun mercáu onde les úniques variables que cuenten son la rentabilidá y la depredación de recursos públicos. Poco s’insiste nel efectu boomerang que pueda producise por mor d’eses mutaciones semántiques: si’l criteriu ye la demanda social, el futuru de les performances, les videoinstalaciones y la poesía visual ye llóbregu por dicilo suave. Pero si s’asume una cierta utilidá social, imponderable en términos económicos, pa los asuntos y los artefactos culturales (una dimensión formativa de la Cultura, si queremos falar como los manuales), correlativamente va haber qu’asumir que les decisiones de los poderes públicos tienen que se mandar de criterios más sólidos que l’afinidá personal ente políticos, xestores y creadores.

Xixón nun tien la esclusiva de les recesiones culturales. Otra cosa ye que, al tratase d’una ciudá d’un cuartu de millón d’habitantes que lleva venti años instalada na transición ente dos modelos productivos, o ente un modelu productivu y otru improductivu, esa recesión cultural afecte de manera acusada a una parte importante de les elites polítiques y intelectuales. Equí la Cultura dio perres, pa que nos entendamos. Y dio trabayu y currículum a quien meyor sabía arrimase y di que sí: el que la pilla, ye pa él, y a ver quién ye’l que protesta pola caxigalina de qu’ehí nun hai talentu nin conocimientu nin cosa intermedia ente uno y otro: pa gustos, colores. Cinismu de les causes y relativismu de los efectos. Una sociedá opulenta, o hipersubvencionada pol Gran Hermanu européu, pue alimentar esi tipu de metástasis, porque tovía quedará una migaya o dos pa repartir cola biblioteca del barriu y porque pa eso ta la prensa amigo, pa vender urbi et orbi’l productu Xixón Referente Cultural. Pero al quita-y el tapón a la bañera de bálsamu de Fierabrás onde llevábemos metíos venti años, lo que queda ye fumu, y del caro.

La Cultura, n’Occidente, ye conceptu que siempre rimó con Altura. Nunca pretendió la horizontalidá: ye más de maniobres verticales, como un ascensor nel que suben unos pocos pa pillar cachu na fiesta de l’azotea. Nada nun se gana con querer cambiar l’ascensor por un autobús: lo vertical, vertical ye, y ehí ta la gracia. Pero, mientres quede un poco de decencia democrática en dalgún almacén d’escobes del planeta, sigue siendo posible que nel ascensor entre tol mundu. Val que pa eso hai qu’enfotase en polítiques culturales de proximidá, en mirar pa los barrios y n’axustar los presupuestos a la población real de la ciudá y non a la cuenta de resultaos de les empreses de xestión de la cosa cultural. Por descontao que pa too eso nun fai falta dexar calabres llaborales pel camín, pero sí calabres ideolóxicos y unes cuantes estructures parasitaries y un pocoñín, tamién, d’esa soberbia ensin causa que fai de la Cultura, tantes veces, el peor enemigu d’ella mesma.

Cultura, corrupción y reliquias camboyanas

malrauxselloEn el convento de San Francisco, en Puebla (México), se conserva el cuerpo del beato Sebastián de Aparicio, fallecido en 1600. Lo tienen expuesto en un sarcófago de cristal. No parece un cadáver. Parece un vagabundo a quien hubieran molido a palos, pero cadáver no parece. Si mañana tuviera lugar el tan anunciado apocalipsis zombi, los difuntos incorruptos como el beato Sebastián contarían con una ventaja adaptativa: la de poder infiltrarse entre los vivos sin ser detectados fácilmente.

Lo que nos aterra de las películas de zombis no es solo que los muertos caminen y ataquen a los vivos, sino que, a pesar de su dieta rica en proteínas, su estado no mejora: siguen pareciendo cadáveres. Un zombi de piel sonrosada, con la dentadura completa y correctamente vestido, no se diferenciaría demasiado de Jeffrey Dahmer o de Christine Lagarde.

A los cadáveres se les supone cierta incapacidad para recitar versos y tocar el bandoneón. De ahí que la resurrección de Beethoven o de Shakespeare no haya sido el tema de ninguna superproducción de Hollywood. Tampoco lo han sido los zombis incorruptos: ante un cadáver andante que no parece un cadáver, uno no reacciona con horror. Sería de hecho bastante difícil atravesarle el cráneo aun en defensa propia: en cuanto el prójimo deja de parecer carroña, desarrollamos hacia él cierta empatía, incluso compasión. Nos haríamos amigos suyos y nos dejaríamos comer mientras nos jactamos de lo mucho que hemos avanzado en su rehabilitación dietética.

banteay sreiDesde luego, no sería imposible que un zombi incorrupto nos produjese algo de repulsión. Después de todo, los cuerpos que no se han descompuesto no se conservan exactamente como estaban cuando estaban vivos, sino cuando se murieron, que no es lo mismo. De un modo análogo, la conservación óptima de una pirámide azteca no implica que esta vuelva a cumplir la función para la que fue construida, sino mantenerla como estaba cuando dejó de cumplir esa función pero aún no había sido atacada y devastada por el tiempo y la usura. En algo así pensaba Malraux cuando definió la cultura como “todo lo que sobre la tierra ha pertenecido al amplio dominio de lo que ya no es, pero que ha sobrevivido”. La cultura como resto arqueológico, como patrimonio o, sencillamente, como cadáver. La política cultural, entonces, sería el arte del embalsamador.

Malraux hizo política cultural desde la convicción absoluta de que solo lo inactual tiene derecho a ser cultura, e inició un ambicioso proyecto de democratización de la cultura consistente en garantizar a todo el mundo el acceso, el conocimiento y el disfrute intelectual de los grandes cadáveres del arte. Todo lo que no fuese cultura así concebida sería, simplemente, divertimento: ocio. Es un esquema booleano: cultura y ocio duermen en habitaciones separadas, y donde está uno no puede estar la otra. Invitación también al juego de palabras: si lo contrario del ocio es el negocio (nec otium) y si la cultura se opone al ocio, entonces por fuerza toda forma de cultura será negocio, aunque no todo negocio sea cultura.

Es comprensible que la cultura, entendida à la Malraux, sea y tenga que ser un negocio: la conservación y restauración de ese pasado que se resiste a pudrirse requiere grandes inversiones de dinero que, en una sociedad como la nuestra, y no hay otra, obedecerán a la búsqueda de una rentabilidad. FCC nunca invertirá en restaurar retablos barrocos a no ser que, a cambio, obtenga un beneficio superior al de dejar ese capital produciendo intereses en una cuenta bancaria.

Hacer negocio con el patrimonio cultural era algo que a Malraux ya se le había ocurrido tiempo atrás, mucho antes de embarcarse en la nave patriótica del general De Gaulle y asumir el papel de ministro de “asuntos culturales”. En 1923, las autoridades coloniales le habían detenido en Camboya, junto a su mujer, por arrancar varios relieves del templo jemer de Banteay Srei con la intención de venderlos. Es sabido que Malraux organizó la defensa de su caso arremetiendo contra la dejadez del Estado francés en materia de patrimonio arqueológico: el delito que se le imputaba no habría podido cometerse si el Estado hubiera hecho los deberes protegiendo adecuadamente el templo. De ahí a la denuncia pública del colonialismo francés no hubo solución de continuidad, pero tampoco coherencia argumentativa: a Malraux el anticolonialismo le vino impuesto por sus experiencias en Indochina, dentro de las cuales el caso Banteay Srei fue tan solo un comienzo desafortunado.

Los relieves de Banteay Srei. Su conservación, su exhibición, su venta: ninguna de esas operaciones proporciona ninguna rentabilidad a sus ya olvidados autores, entendiendo esta expresión en su sentido más genérico, ni le devuelve al templo jemer una funcionalidad absolutamente extinta. Si el Estado puede y debe asumir la conservación de esos restos del pasado es porque estos poseen un valor incontestable. Un valor económico, seguramente, pero también, y de modo conspicuo, un valor simbólico: dejar que el pasado se corrompa y se diluya o arremeter intencionadamente contra él, como el Estado Islámico en la ciudad de Hatra, requiere tener muy claro qué futuro se desea para esa sociedad y por regla general a esas claridades no se llega por procedimientos democráticos. Bastaría con asumir, modestamente, que no hay muchas razones para justificar que un Rubens se descascarille: axioma para una política cultural de mínimos.

estd-029Mientras en Francia era Malraux quien tenía la última palabra en cuestiones de política cultural, en España esa distinción la ostentaba la SGAE. Seamos serios: el punto de llegada, con matices, resultó ser prácticamente el mismo, pero entre tanto la evolución de la SGAE resume, a no pequeña escala, la historia de la política cultural en España durante los últimos tres cuartos de siglo. Así como, durante la dictadura, la afiliación obligatoria a la entidad reflejaba las directrices del sindicalismo vertical, donde solo existía lo que estaba validado por el Estado, ya fuese un matrimonio o un autor dramático, con el advenimiento de la sacrosanta y nunca bien ponderada transición democrática la SGAE se convirtió en un poderoso aparato de extracción de plusvalías al amparo del Estado, más o menos como cualquier empresa de las muchas que prosperaban y se mantienen prósperas al calor de las administraciones públicas. La SGAE es el Talleyrand de la historia reciente de España: todo cambia, pero ella permanece.

A los dominios de la SGAE pertenece todo aquello que Malraux consideraba divertimento. Si el Estado solo debe proteger aquello que el tiempo ha validado como cultura, ciertamente hay que acudir a instancias de legitimación extraculturales para defender que haya que gastar dinero público en financiar proyectos cuyos beneficios, en caso de haberlos, redundarán en bolsillos privados. Puede hacerse si se tienen en cuenta otras variables, como la creación de empleo, o en atención a una definición de cultura mucho más amplia que la que manejaba Malraux, pero no parece que el recurso a la excelencia artística sea la vía más defendible. Mejor dejar que los cadáveres se las apañen solos y, si consiguen sobrevivir, no sea a costa de pegarle bocados al erario público.

Puesto que corromperse es cosa de cadáveres, no habría mucho que temer de una cultura viva, palpitante, en una sociedad inquieta donde no se cerraran centros autogestionados ni se favoreciera descaradamente la promoción pública de negocios privados. Muy otra cosa es lo que ocurre cuando un puñado de zombis se dedica a extorsionar, a influir en organismos públicos o a redactar por persona interpuesta leyes de propiedad intelectual. La SGAE no pertenece al mundo de los vivos. Representa, antes bien, los usos y costumbres de unas formas culturales en avanzado estado de descomposición que, pese a todo, se resisten a morir. No es uno muy partidario de que se tomen medidas para su conservación óptima: no hay vitrina para exhibir ese cadáver y llegamos muy tarde para que le sea útil a la investigación médica. Probablemente Malraux nos haría notar que, en presencia de un zombi, no hay demasiadas opciones. Pero hay que ser francés o padecer el síndrome de Tourette para hablar tan claro. No es costumbre que el mundillo cultural español se exprese con tanta crudeza.

[Publicado en El Cuaderno: Mensual de cultura, número 68, mayo de 2015.]

Un diálogo transatlántico sobre política cultural

Un ritual al que me estoy acostumbrando de muy buena gana en los últimos tiempos: discutir con Fran Gayo sobre política cultural, y más concretamente sobre el modelo cultural de Podemos, un asunto en el que no puedo ser neutral pero tampoco devoto, habida cuenta de que es mucho lo que hay en juego y que tampoco es cultura todo lo que reluce. Volvemos a poner encima de la mesa los viejos significantes junto con los nuevos significados, y es justo reconocer que no sabemos, muchas veces, dónde ajustar el foco del debate cultural, y no parece que desde Buenos Aires, donde vive Fran Gayo, se vislumbre un panorama más despejado que el que se contempla desde Xixón. La Kulturkampf bien entendida empieza por uno mismo, y si bien coincido con Fran Gayo en que hay mucho de postureo en cierta reivindicación in toto de la cultura popular, también me digo a mí mismo, y se lo digo a él, que nuestras filias compartidas, y esa tendencia frankfurtiana a señalar el hiato entre El caballo de Turín y Scary Movie 4, no han funcionado demasiado bien hasta ahora, o al menos no han conseguido que El caballo de Turín se estrene en los cines de mi (nuestra) ciudad.

Uno tiende a fantasear con la idea de una cultura viva como si alguna vez la hubiera vivido. Como si la cultura no hubiese sido siempre una permanente tensión entre formas de hacer y construir y formas de legitimar y vender. Esa tensión permanente no se disuelve haciendo tabla rasa desde ninguno de los dos polos: ni reduciendo la bóveda de la Capilla Sixtina a la condición de graffiti con ínfulas, ni encorsetando la canción asturiana en el subgénero de los gorgoritos populares sin proyección estética. Surfeando sobre esa tensión hemos ido construyendo un discurso lleno de lagunas pero, por lo mismo, productivo: un discurso que alumbra bellos discursos, que diría Platón, el mismo Platón que desterraba a los poetas de su ciudad ideal y que insistía, una y otra vez, en la incapacidad de los artistas como generadores de conocimiento y muy particularmente de conocimiento político. Es muy tarde en Buenos Aires. Detengámonos en Platón unos instantes mientras mi amigo Fran hace acopio de argumentos para el contraataque.

Convenía Platón consigo mismo en que los artistas y los poetas son expertos en la adulación, lo que equivale a afirmar que son expertos en nada. Homero puede narrar con maestría un combate entre dos primeros espadas de la guerra de Troya, pero nadie recurriría a Homero como estratega, ni como instructor militar, ni como asesor de una banda de salteadores de caminos. Nos importa un rábano lo que opine Homero del arte de la guerra, igual que nos importa una hortaliza similar lo que opine George Clooney de economía política o lo que opine Antonio López sobre la reforma constitucional. Ocurre, no obstante, que la realidad no es tan platónica como debiera en ocasiones, y sabemos que el argumento ad verecundiam funciona, o al menos los publicistas lo siguen utilizando como si funcionase: Sergio Ramos nos explica lo que significa oler bien y Pedro Piqueras nos demuestra lo que es un buen cocido. Hacen bien: tienen que pagar sus facturas y hay cosas mucho peores que anunciar sopicaldos. El problema con algunos personajes de la llamada “gente de la cultura” es que, por desgracia para todos, sus facturas parecen depender demasiado de ese tipo de artes de la adulación: en los últimos tiempos hemos conocido a demasiados especialistas en formar a toque de silbato y en poner la cara y la ceja en campañas de imagen a mayor gloria del partido o de la patria. Lo cual, insisto, no es reprochable per se, pero genera, a la postre, desconfianza hacia esas personas y hacia el colectivo con el que se las identifica: ya están los de la cultura haciendo campaña otra vez.

Politizar la cultura (Fran ha vuelto, llueve en Buenos Aires, diluvia en Xixón como si fuese Buenos Aires) es algo más que sacar de paseo a los artistas cada vez que hace falta vestir de gala un discurso de baja estofa. Es algo que requiere complicidad y valentía. Complicidad entre el que escribe una canción o rueda una película y el material humano con el que se construye esa canción o esa película. Valentía para reconocer y saber mostrar que el artista, antes que artista, es ciudadano, y que su opinión no solo no pertenece a una categoría especial, sino que está sometida al mismo tipo de crítica que la opinión de cualquiera. Tenemos la fortuna de vivir rodeados de personas así y de sus canciones y sus películas, y también la desgracia, algunas veces, de que un océano entero nos separe de ellas. Lo cual no es culpa de nadie, ni siquiera de los romanos, pero sí que es una forma específica de expolio cultural.

Salvemos las salchichas

Mientras usted se devana los sesos intentando encontrarle un sentido no demasiado marciano al concepto de “cultura”, el gobierno español ha decidido no perder más tiempo en debates filosóficos y simplemente se ha plegado a los intereses de los que mandan. Es lo que suele hacer el gobierno español, así que no nos extrañemos demasiado. Pero sepa usted que, en una fecha tan emblemática como la del 18 de julio, se ha decidido que las llamadas “entidades de gestión de derechos de autor” cobren a las bibliotecas públicas un impuesto revolucionario por prestar libros y discos. De este modo, dicen, se salvaguarda el derecho del autor a percibir una remuneración por su trabajo.

Si no me he informado mal (que pudiera ser), al autor de un libro ya se le paga una exigua cantidad llamada “derechos de autor” cuando ese libro se vende. No hay ninguna excepción si el comprador es una institución pública como una biblioteca o un hospital. A partir de ahora, cada vez que ese libro ya comprado se le preste a un usuario, la biblioteca o el hospital tendrán que pagar otra vez esos derechos ya abonados. Se da por supuesto que al gobierno no le interesa si la editorial le liquida al autor esos derechos, o si lo hace la “entidad de gestión” que recaudará esas gabelas en adelante.

Por supuesto, no faltará quien celebre esta barbaridad aferrándose al dichoso “derecho del artista a vivir de su obra”. Bien estaría que alguna vez alguien dijera dónde está recogido ese derecho, salvo que se quiera decir que, como cualquier ser humano, el artista tiene derecho a vivir de su trabajo. Que no es lo mismo.

Esto es: supongamos que, en un alarde de civismo ecológico que yo mismo soy el primero en no practicar, la humanidad decide dejar de consumir productos cárnicos. ¿Podría el fabricante de salchichas exigir su derecho a vivir de la fabricación de salchichas, aunque estas ya no le gusten a nadie? ¿Y quién sería, por otro lado, el sujeto de ese derecho: el propietario de la fábrica de salchichas o los trabajadores de la fábrica? No es una pregunta baladí, al menos para los que aún nos aferramos al (lo sé, es horrible) consumo de carne.

Si el sujeto de ese presunto derecho fuese el empresario, tendríamos que considerar que la salchicha es una mercancía, y por tanto deberíamos recordar que, en una sociedad de mercado, aquello a lo que tiene derecho el salchichero es a poner un precio y hacer publicidad: si los consumidores no pican, nadie puede obligarles a comprar salchichas.

Ahora bien, si el sujeto del derecho a vivir de la salchicha es el conjunto de los trabajadores de la fábrica, ya estaríamos hablando de un salario. Salario que esos trabajadores negociarían con su patrón (suponiendo que viviéramos en un país donde sigue habiendo negociación colectiva), y salario que peligraría efectivamente si el veganismo se extiende entre la población civil.

¿En qué situación se encuentran el músico, el escritor, el cineasta? Uno diría que más bien en la segunda, mientras que la editorial, la compañía discográfica y la productora cinematográfica se hallarían seguramente en la primera. De ahí que la llamada lucha contra la piratería se parezca tanto, muchas veces, a una simple presión de la industria sobre los poderes públicos, similar a la que ejerce el sector del automóvil o el de la banca. Y, al igual que en cualquier presión de esas características, se utiliza el dogma neoliberal como aliado, con el fin de suscitar la simpatía de los artistas, esto es, de los trabajadores: cuanto más dinero gane el empresario, más puestos de trabajo creará, fórmula mágica cuya contrastación empírica no hemos logrado obtener aún, aunque perseveramos.

Hazañas bélicas

Pocas historias de la guerra civil se oían en mi casa. No había tabúes, pero sí un temor más metafísico que policíaco, como si la invocación de los desastres de la guerra pudiera reactivarlos, traerlos de nuevo a la vida y a la muerte, sobre todo a esta última.

Había excepciones. No muchas, pero llamativas. Algunas veces eran excepciones provocadas por algo insoslayable: alguna pregunta que no podía zanjarse con un gesto de desdén porque la inquietud en el rostro del adulto desarticulaba la maniobra disuasoria de ese gesto; un hueco en la genealogía de alguna familia, o algún mote que hacía sospechar la ocultación de un relato de horror; un agujero de bala en la fachada de un edificio o, como en mi caso, un agujero en el suelo.

Conocíamos un lugar que llamábamos La Muerte. Era precisamente un agujero, más bien un cráter cubierto de zarzas y helechos, en medio de un prado, cerca de la casa de mis abuelos. Lo había fabricado una bomba, allá por 1937, cuando la Luftwaffe bombardeó el valle. Mi abuela nos contaba cómo se escondían en una mina abandonada, y cómo la tierra del interior se desmigajaba con cada sacudida, y callaba cuando preguntábamos si todos se habían salvado.

Miraban al cielo con terror, y si a lo lejos se divisaba la silueta creciente de un Junker (el famoso Stuka, con sus aullidos de sirena enloquecida), no era curiosidad por el diseño del avión lo que sentían, ni se paraban a admirar su descenso en picado hacia el objetivo. Echaban a correr, y a veces ganaban.

El próximo domingo, 27 de julio, algunos descendientes de aquellos Stukas sobrevolarán la ciudad de Xixón, en el contexto de una exhibición de mal gusto bautizada como Festival Aéreo. Me cuesta asociar el significante “festival” con algo que no llame a la alegría, con algo que no produzca placer o algo similar. Sé que es posible encontrar belleza en un objeto diseñado para matar, pero no encuentro justificación alguna para hacer de las potencialidades dañinas de ese objeto un espectáculo para todos los públicos.

No quedan muchos supervivientes de los bombardeos de Asturies de 1937. Algún vecino tengo que ha vivido bombardeos más recientes, como el de 2007 en Banka-Jira, en Somalia, y maldita la gracia que le hace haber recorrido medio mundo para reencontrarse con sus perseguidores, u otros muy parecidos, parodiando en tiempo de ocio la tétrica labor que desempeñan en horas de trabajo. Ninguna víctima de ninguna guerra se merece esa especie de burla aerotransportada. Tampoco los demás nos merecemos que nos vendan como simpáticos y costosos juguetes lo que no dejan de ser herramientas de destrucción de poblaciones.

No me hagan caso: en toda fiesta hay un aguafiestas, y está claro que lo mío es un trauma por personas interpuestas. De modo que disfruten del festival, y olviden, cuando lo vean ahí arriba, que ese Harrier AV8 participó en el bombardeo de Yugoslavia (sin autorización de la ONU, por cierto, y bajo el mando de Javier Solana) causando, entre otras bajas, la muerte de cincuenta refugiados y dieciséis técnicos de la Radio Televisión Serbia. Admiren ese OV10 Bronco y no se planteen cuántos de esos cacharros se cebaron contra la población vietnamita. Y no dejen pasar la ocasión de contemplar, aunque sea en tierra, el magnífico F4 Phantom: no hay muchos vietnamitas que lo hayan visto sin volar en pedazos al cabo de unos segundos.

Did Shakespeare like wooden shoes?

Víase venir dende hai meses, pero agora ye inaparable. Tamos metanes una guerra cultural, una Kulturkampf en toa regla, que polo visto ta sirviendo pa canalizar tolos demás antagonismos qu’atribulen a la sociedá asturiana y a los sos representantes políticos. Víase venir, como digo, dende’l mes de xunetu, cuando’l partíu gobernante en Xixón sacó les uñes contra la Semana Negra y el director de la mesma salió a defendese coles mañes que lu caractericen. Siguió’l culebrón con un capítulu non mui divertíu sobre’l celtismu y les sos manifestaciones espectaculares, y agora la serie continúa col Niemeyer como estrella nun sé si fixa o fugaz. Y esto nun fixo otro qu’empezar.

La secuencia non por clara ye menos ablucante: de resultes de les últimes elecciones, el FAC forma gobiernu n’Asturies (ensin resistencia alpenes por parte del PSOE) y en Xixón (col apoyu del PP), y si yá yera sorprendente que parte del asturianismu cultural y políticu se pronunciara a favor del FAC dende enantes del 22 de mayu (la palma nesi sentíu llévala’l selmanariu Les Noticies), non menos sorprendente foi’l rosariu de nomamientos de destacaos “asturianistes históricos”, o simplemente de persones sensibles al patrimoniu llingüísticu y cultural asturianu, en cargos de responsabilidá tanto del Principáu como del Conceyu de Xixón. Nun ye cosa mía restolar nel currículum de los flamantes conceyales, conseyeros, directores xenerales y demás, nin cuento que mereza la pena. Pero los primeros pasos de dalgunos d’ellos como xestores de la cosa pública proyecten más certidumes que duldes, y más congoxa qu’alliviu.

Nótese que tou esti asuntu presenta un factor esquizoide mui activu, porque munchos de los que más esmolecíos andamos por cómo pinta’l panorama (y cuando digo munchos quiero dicir munchos) nun ye que viéremos con mui bonos güeyos la xestión cultural de los gobiernos anteriores, tanto d’Asturies como de Xixón. El desdexamientu con que se trató estos últimos años el patrimoniu cultural asturianu (por nun falar del llingüísticu) nun tien escusa. Pero la llei del péndulu ye pésimu consuelu y nesti casu, amás, hai muncho que suena a güeco, a populismu, a babayada o a les tres coses a la vez.

Sigue siendo un misteriu pa mi por qué cualquier debate n’Asturies naz calabre. La prueba de que ye asina, en cualquier casu, suminístrala’l nivel inigualablemente ínfimu de los distintos plantiamientos. Un modelu de cultura p’Asturies: esa ye la pieza que falta, y nun ye una pieza que nos robaren estos últimos meses: ye que siempres faltó. Tol turdeburde d’anguaño ta cimentáu sobre’l discursu que los gobiernos anteriores favorecieron, lo mesmo d’obra que de pallabra o d’omisión. Los actuales gobernantes del Principáu y de Xixón participen d’esi mesmu discursu y mándense d’él, consciente o inconscientemente, cada vez qu’abren la boca.

Resumir esi discursu ye difícil, pero non imposible. Digamos que, dende les sos coordenaes, el significante “cultura” articúlase en dos usos que se suponen contrapuestos: alta cultura versus cultura popular. La dicotomía vien d’antiguo, tanto como la llucha de clases. Presupongo qu’esti puntu nun fai falta esplicalu, y menos a un asturianu con ciertu conocimientu de la historia del país.

El panorama complícase desque Asturies entra, con pasu cambiáu, na tardomodernidá. Apruz otru elementu en discordia, qu’afecta fundamentalmente al sintagma “cultura popular” y que tien les sos consecuencies, tamién, pa la redefinición tardomoderna del conceptu “alta cultura”: descúbrese que, frente a la cultura popular “tradicional” o “rural”, hai una cultura popular urbana venceyada a los mass media y tan globalizada como l’alta cultura de los sieglos pasaos (o incluso más, porque la d’ella ye una globalización de facto, non una simple vocación d’universalidá ente elites). Esta cultura pop ye claramente belixerante cola alta cultura moderna y premoderna: invade les sos atribuciones y, amás, introduz nel debate cultural un factor hasta agora secundariu: la espectacularización de la cultura, la posibilidá de valorala según parámetros de rentabilidá económica y ésitu masivu.

La cultura asturiana de los últimos trenta años déxase ver como la resultante d’un pautu de non agresión ente l’alta cultura de les elites tradicionales y l’ascendente cultura pop tardomoderna. Esi pautu tuvo incluso una traducción xeográfica: Uviéu pa la primera, Xixón pa la segunda. La ópera pa Uviéu, el cine pa Xixón, y Tele5 pal restu de los asturianos. En nengún casu se trató d’integrar nesi modelu (que propiamente nun yera un modelu d’integración sinón puramente de coesistencia) nin a la llingua asturiana (rebaxada a la condición de dialectu por unos y a la condición d’inesistente polos otros) nin al patrimoniu cultural heredáu de la historia del país y de les sos clases populares. Dicho seya de pasu, esa integración yera perfectamente posible, y muncho más afayadiza pal intelectual orgánicu tardomodernu que pa les vieyes elites universitaries. Pero nun se fixo, y de nuevu nun ye esti’l momentu de pescudar les causes de que nun se fixera.

Nun se fixo. Pero fíxose posible. Y hebo un Surdimientu que nun foi sólo lliterariu, anque tamién: la tardomodernidá abría’l camín pa usar la llingua asturiana como instrumentu creativu, y tamién el de vehicular la simboloxía y les práctiques culturales de les clases populares peles canales del arte de vanguardia y del espectáculu de mases. En cualquier casu, esi Surdimientu nun contó col preste oficial. Como muncho, foi ganando adeptos ente les nueves elites culturales. Pero siempres en versión low cost: pa pasar la prueba del ésitu masivu precisábase, por exemplu, invertir nel enseñu del asturianu, igual que se precisaba, tamién por exemplu, invertir nel desenrollu d’unos mass media netamente asturianos. Too eso quedó pa prau. Lliteralmente.

Les dimensiones del nuesu país tampoco ayudaron gota. Purgues polítiques, desavenencies personales, rensíes acumulaes y, en fin, pocu duernu pa tantu focicu, fixeron posible qu’ente dellos activos defensores tanto de la llingua asturiana como del patrimoniu cultural heredáu guañara’l victimismu. Tamién estes “víctimes” interiorizaron el discursu oficial: l’enemigu yera’l modelu de cultura que favorecía l’enemigu. Taba cantao que, cuando la moneda cambiara de manes, naide nun diba entrugase si yera falsa.

Ye’l momentu d’introducir un matiz nuevu, pero importante. Por comodidá (porque asina lo quixo’l discursu oficial) toi considerando’l patrimoniu llingüísticu como si formara un pack col patrimoniu históricu y etnográficu. Pero la realidá ye que nun van de la mano, por muncho qu’estos últimos díes tengamos lleío auténtiques memeces sobre “el bable y la madreña”. Si la normalización llingüística avanzó, anque fuera mui poco, fíxolo por aciu de sascudise les connotaciones folklorizantes que pesaben sobre l’idioma. Esto habrá quien lo xulgue llamentable. Yo non, pero tampoco nun ye esti’l momentu d’insistir nello.

Asina les coses, nun voi ser yo’l que se faiga’l sorprendíu por cómo va degolando’l procesu. Pero cuento que sí tengo razones pa sentime razonablemente indignáu. Tovía nun escuché nin lleí un solu argumentu que m’esplique por qué son incompatibles (y por qué son comparables) Shakespeare y les madreñes. Sigo pensando qu’andar de madreñes per una acera ye una temeridá, non tanto estética (que tamién) como física, pero tamién creo que’l que lleó a Shakespeare nun pue escudase en nenguna superioridá moral sobre’l que calza madreñes na aldea, y creo tamién que Shakespeare tien muncha culpa de que yo piense asina. Y quien diz Shakespeare diz Mapplethorpe, John Cassavettes o Throbbing Gristle. Otro tanto podrán dicir los asturianos más mozos de David Simon o Love Of Lesbian.

Plantiar, como facía esti día Gracia Noriega, qué tienen que ver con Asturies Wole Soyinka o Kevin Spacey, ye tanto como desistir d’atopa-y al cerebru una ocupación útil. Contraponer, como facía Nacho Artime, “Shakespeare y talentu” frente a “gaita y madreñes”, ye aneciar na falsedá interesada con fines demagóxicos. Pero lo que ye imperdonable ye que n’Asturies se confunda’l debate ideolóxicu coles ocurrencies d’estos dos señores y otros d’estatura asemeyada. Si nun hai voluntá d’enmienda, lo mesmo podemos siguir faciendo l’imbécil otros trenta años.