De los deberes (y III)

La gran diversidad de situaciones laborales, familiares, emocionales, culturales, que caracteriza a nuestra sociedad (y a cualquier sociedad del capitalismo avanzado) es fácil de observar en cualquier centro educativo, casi en cualquier ciudad o pueblo, casi en cualquier barrio o distrito. Sin embargo, la tendencia a la uniformización de hábitos escolares sigue siendo la norma. Sigue leyendo “De los deberes (y III)”

De los deberes (I)

En mayo de 2013 se convocó la primera huelga conjunta de la comunidad educativa en España: no solo el profesorado y el alumnado la secundaron, sino también las familias, los padres y las madres. La experiencia se repitió en octubre de ese mismo año. A lo largo de 2013, 2014 y 2015, no solo los estudiantes y los docentes salieron a la calle contra la LOMCE y los recortes en educación, sino también, y muy especialmente, esos padres y esas madres de quienes constantemente se reclama una mayor implicación en la educación de sus hijos e hijas. Sigue leyendo “De los deberes (I)”

Creo que mi vecino es Donald Trump

Hoy mi hija salió del colegio diciendo que, según sus compañeros de clase, iba a empezar la Tercera Guerra Mundial. No sé si debería conmoverme que la alarma por la victoria de Donald Trump haya llegado hasta una clase de sexto de Primaria, pero el caso es que me inquieta y me fascina a la vez: ¿cuánto tiempo han tenido esos niños para asimilar ese rumor? ¿Una hora y media, dos horas como mucho? Ha tenido que ser entre el momento de levantarse de la cama hasta el de pisar el patio del colegio a las nueve de la mañana. El canal, presumiblemente, la radio del coche o la conversación entre sus padres, tal vez la televisión mientras desayunaban. Pero no ha hecho falta más: ahí estaba, precocinada, la información del día, el canutazo que les ha hecho sentir que algo extraordinario acababa de ocurrir. Sigue leyendo “Creo que mi vecino es Donald Trump”

Cambio de hora

No tengo el día. Mariano Rajoy vuelve a ser presidente del gobierno español, ya no en funciones, aunque eso qué más da, si después de todo su prioridad más inmediata es irse de puente. El PSOE, aquel partido que cacareaba hace unos meses su insobornable identidad de izquierdas frente a la indefinición de Podemos, ha entregado a Rajoy no solo el gobierno de España sino también la cabeza de su propio secretario general y aspirante a presidente y, de regalo, una profesión de inconstitucionalidad en la persona de Adriana Lastra, quien ha afirmado abstenerse “por imperativo”. Y encima nos cambian la hora. Quién necesita Halloween. Sigue leyendo “Cambio de hora”

El cielo puede esperar

Supongo que soy de esos izquierdistas trasnochados que piensan que al PSOE, ni agua. Oigo PSOE y automáticamente pienso en el GAL, en la OTAN, en la reconversión industrial, en la Ley Corcuera, en la reforma del 135 CE, en la Ley de Partidos, en los insumisos presos, en los sindicalistas presos, en las puertas giratorias, en la religión en las escuelas, en la sumisión a la monarquía, y todo eso sin necesidad de prestar atención a Felipe González en su ultimísima faceta de capo di tutti capi. Lo confieso: yo soy el que aplaudió cuando Pablo Iglesias dijo aquello de la cal viva. Lo hice: aplaudí mentalmente y acto seguido me mandé a mí mismo al rincón de pensar. Sigue leyendo “El cielo puede esperar”

Estilos de dicción

Por momentos no tengo muy claro que la mejor idea para seleccionar a los representantes del pueblo sea el sufragio universal. Cierto que no hay un sistema mejor, salvo el sorteo (soy un firme partidario del sorteo, dicho sea entre paréntesis pero completamente en serio, aunque ahora no venga a cuento); sin embargo, creo observar una cierta discordancia entre los procedimientos de elección de cargos públicos y el aparato propagandístico que estos últimos utilizan para hacerse los elegibles. Así, es un tanto absurdo que desconozcamos los méritos por los cuales un individuo va a ser nombrado director general o ministro de algo (y que, incluso conociéndolos, no podamos pronunciarnos al respecto), mientras que aquellas personas que se postulan para diputados y diputadas llegan a sernos inverosímilmente familiares, como si importara la formación o la trayectoria profesional de unos representantes que, para serlo, deberían esforzarse precisamente en lo contrario, en ser menos ellos mismos y ser más los demás. Pero así son las cosas, y no parece que podamos hacer mucho por evitar, a corto plazo, que todo dios se siga liando con los límites entre el poder legislativo y el ejecutivo, empezando por quienes ejercen uno u otro (del poder judicial, mejor ni hablamos: me gustaría acabar este artículo sin abusar de los exabruptos y de los paréntesis, aunque ya sea un poco tarde para lo segundo). Sigue leyendo “Estilos de dicción”

El candidato independiente

Va cogiendo cuerpo la propuesta de investir presidente del gobierno a un “candidato independiente”. Hace unos meses, cuando se planteó este mismo asunto, hubo quien objetó falta de tradición histórica, hostilidad natural de los españoles a aceptar que les gobierne alguien a quien no hayan votado, y todo esto se dijo sin rubor alguno, como si ni los monarcas ni los dictadores formasen parte de esa misma tradición histórica. Por supuesto que nadie quería referirse a una historia tan histórica, sino tan solo a la más reciente y democrática; por eso es tanto más extraño que no se haya invocado el ejemplo de nuestros vecinos europeos, que siempre tienen la democracia más larga y no se cortan un pelo a la hora de ungir a cualquier espadón postmoderno, con la única condición de que se deje llamar “tecnócrata”. Por lo demás, ese temor a una reacción furibunda, incluso violenta, de la plebe, estaría justificado si hasta ahora se hubiese al menos emplumado a alguno de los muchos políticos corruptos de los que desfilan a diario camino del juzgado (o del senado), pero en vista de la impasibilidad y la paciencia que estamos mostrando, y teniendo en cuenta la contumacia con la que tantos millones de ciudadanos siguen depositando su confianza y su voto en partidos no solo salpicados sino anegados por la corrupción sistémica, a nadie le extrañaría que saliéramos en masa a aplaudir a ese supuesto independiente si de veras lo parece. Sigue leyendo “El candidato independiente”

Ente Islandia y Cabo Verde

Nun ta habiendo nel reinu d’España movilizaciones masives escontra los refuxaos. Yera digno de celebrar, si nun fuera porque tampoco nun ta habiendo movilizaciones masives d’apoyu y porque ye bien probable que la singularidá española nun seya tal, sinón qu’equí la ultraderecha ta yá mui ocupada exerciendo la xenofobia escontra los catalanes y el día nun-y da pa too.

Esta selmana, a un comentarista deportivu cayó-y la del pulpu por pronunciar unes pallabres en catalán (tamién-y cayeron unes poques a un tertulianu por falar de deportes n’asturianu… n’Asturies). Estes situaciones son yá moneda corriente, pero siguen siendo una anomalía si les comparamos con cualquier sociedá del nuesu entornu. N’España la cosa centrífuga xenera mal ambiente, o seique seya’l mal ambiente’l que propicia la cosa centrífuga, nun vamos discutir por eso. Cuando’l presidente asturianu, y con él la mayoría de los voceros del partíu que gobierna n’Asturies (por nun dicir nada de la franquicia autóctona del que gobierna n’España), se declaren abiertamente contrarios al reconocimientu de los derechos de los falantes d’asturianu, tenemos un problema que nun ye solo llingüísticu, nin siquiera fundamentalmente llingüísticu, sinón democráticu. Pero son coses que pasen cuando se quier construir una democracia sobre’l marcu normativu d’un movimientu d’esaltación nacional. Dalgo asemeyao, anque n’otres circunstancies, pasó en Yugoslavia. Y nun me faigan falar de Yugoslavia.

Cualquier pasu alantre ye n’España un pasu atrás por mor del componente territorial que tien too en tolos momentos. Como la tontería ye contaxosa, tamién les fuerces centrífugues esbabayen más veces de les deseables. Pero por tamañu y tradición histórica (y tamién porque los llamaos nacionalismos periféricos se vieron obligaos, pa sobrevivir, a abrazase a les esquierdes de xemes en cuando, y tamién eso se pega), ye l’españolismu’l que va ganando en materia d’esibiciones de mal gustu. Tamién influye nello l’absorbente mitoloxía que s’impunxo manu militari a lo llargo de cuarenta años y que pa qué diba modificase si la Transición Modélica furrulaba igual o, a lo menos, daba’l pegu. Foi asina como se construyó un mapa autonómicu que combinaba tradición y modernidá, equilibriu y distinción, café pa toos y unes pingarates de coñá pa unos pocos. Nello siguimos, y persistimos.

D’una futura reforma constitucional a la española (chapa y pintura, pa que nos entendamos) nun ye dable esperar que s’arregle l’estropiciu territorial, y muncho menos que s’arregle atendiendo pa lo importante nuna sociedá democrática, a saber: el derechu a decidir. Toi sintiendo agora mesmo cómo unes cuantes manes entren en contautu cola cabeza correspondiente, pero enantes de completar el clixé xestual, taba bien que pensáremos qué otros criterios tenemos a mano: ¿la historia y les sos interpretaciones, tan imparciales elles, o la negociación ente les elites de los partíos y les grandes empreses, o un mix de les dos coses, como se fixo n’acabando la Modélica? N’Asturies la cuestión tien especial trascendencia, non tanto poles ganes que tenga equí la xente de separase d’España o d’axuntase cola República de Cabo Verde (sospecho que soi l’únicu que caltién viva esa utopía), como poles inevitables prevaricaciones historiográfiques y llingüístiques que nos queden por iguar y que lleven tola traza de quedar pa prau.

Amás de la inorancia y la mala fe con que se despachó l’encaxe d’Asturies nel mapa políticu del Estáu, hai otru factor d’igual importancia que nun va camín de camudar dientro d’un plazu razonable: la población. Somos una comunidá histórica d’alredor d’un millón d’habitantes, pero eses dimensiones cuasi doméstiques, tan petecibles cuando se miren dende la distancia que nos separa d’Islandia, vuélvense un pilancu cuando se piensa na capacidá d’influencia qu’esi millón de persones pueda tener nes decisiones que más lu afecten. Pudiera dase la paradoxa de qu’un pueblu que nun perdió’l nome nin siquiera cola provincialización de Javier de Burgos, dexara de ser pueblu xusto cuando’l nome ye lo único que-y queda cuasimente d’identidá propia.

Desque tengo usu de razón, l’asturianismu políticu foi siempre prisioneru d’esi círculu viciosu: énte la imposibilidá de facese escuchar nel turdeburde español, centrar los sos esfuerzos (non munchos, que pa qué cansar) en dir construyendo, n’Asturies, un estáu d’opinión que propiciara futures autodeterminaciones. Una estratexa condenada al fracasu, una y bones el poder autonómicu ye equí una función del estatal y nun hai nada, tovía, que podamos llamar “hexemonía cultural asturiana”, sinón más bien una subcultura dientro del mapa de significaos que les nueses elites polítiques manexen y reproducen. Por eso ye tanto más significativo que, cuando se produz dalguna anomalía nel guión electoral (Foro en 2011, Podemos en 2015), l’elementu asturianista tea siempre presente pero nun acabe de condicionar el so discursu más qu’en momentos de crisis aguda.

La política asturiana, esa meta volante.