De los deberes (y III)

La gran diversidad de situaciones laborales, familiares, emocionales, culturales, que caracteriza a nuestra sociedad (y a cualquier sociedad del capitalismo avanzado) es fácil de observar en cualquier centro educativo, casi en cualquier ciudad o pueblo, casi en cualquier barrio o distrito. Sin embargo, la tendencia a la uniformización de hábitos escolares sigue siendo la norma. Sigue leyendo “De los deberes (y III)”

De los deberes (II)

No se subraya lo suficiente que, en España, desde la suspensión del servicio militar obligatorio, la única obligación jurídica constrictiva del tiempo es la escuela. Del tiempo del que uno dispone y con el que uno negocia en el mercado de trabajo. En un marco de economía de mercado, ninguna institución estatal que constriña el tiempo está destinada a perdurar, salvo que sea absolutamente funcional, como lo fue el ejército durante décadas. Si el sistema educativo se ha salvado de la poda, es solo porque viene revestido de una funcionalidad a prueba de bomba: la reproducción simbólica de la sociedad, por utilizar la célebre expresión de Bourdieu y Passeron: la escuela como institución donde uno aprehende la estructura de las relaciones entre clases sociales, donde la acepta, se habitúa a ella y adquiere los elementos discursivos de los que depende su legitimación. A esta función fundamental se añade otra, secundaria, a saber, la transmisión de unos saberes cuyo peso y preponderancia varían con el paso del tiempo. Sigue leyendo “De los deberes (II)”

De los deberes (I)

En mayo de 2013 se convocó la primera huelga conjunta de la comunidad educativa en España: no solo el profesorado y el alumnado la secundaron, sino también las familias, los padres y las madres. La experiencia se repitió en octubre de ese mismo año. A lo largo de 2013, 2014 y 2015, no solo los estudiantes y los docentes salieron a la calle contra la LOMCE y los recortes en educación, sino también, y muy especialmente, esos padres y esas madres de quienes constantemente se reclama una mayor implicación en la educación de sus hijos e hijas. Sigue leyendo “De los deberes (I)”

Retratu de grupu en bancu d’acusaos

Hai un fechu diferencial asturianu. Resulta qu’en tol reinu d’España la pallabra “marea” suena a reivindicación social, ye parte de la sutura política con que se pensó estos últimos años la crisis del réxime, mientres qu’equí tien visos de vergüenza, o más bien ye síntoma y consecuencia de la sinvergonzonería política y empresarial que nos gobierna dende tiempos non necesariamente meyores. “Marea” soldóse d’una vez pa siempre con “casu” y, na memoria d’estos años, la nuestra indignación nun va ser causa de nenguna marea nin verde nin blanca nin de nengún otru color sinón efectu xudicial d’un empoderamientu más básicu y tradicional, a saber, el de les elites y los sos mercenarios funcionariales. Sigue leyendo “Retratu de grupu en bancu d’acusaos”

Del reto educativo al gueto filosófico

“La filosofía debe guardarse de pretender ser edificante” (Hegel).

“Catón, a quien desde el principio había sido poco grato el que fuese cundiendo en la ciudad la admiración de la elocuencia, por temor de que los jóvenes, convirtiendo a ella su afición, prefiriesen la gloria de hablar bien a la de las obras y hechos militares, cuando llegó a tan alto punto en la ciudad la fama de aquellos filósofos y se enteró de sus primeros discursos […], tomó la resolución de hacer que con decoro fueran todos los filósofos despedidos de la ciudad” (Plutarco).

La LOMCE suprime la enseñanza de Historia de la Filosofía en el segundo curso del Bachillerato. A decir verdad, suprime su carácter obligatorio: la convierte en una opción más dentro de un catálogo donde figura también la asignatura de Religión. No he oído demasiadas quejas sobre este último disparate (que se equipare la Religión con la Historia de la Filosofía o la Historia de la Música o la Tecnología Industrial), pero sí he tenido ocasión de oír y leer unos cuantos lamentos sobre la virtual desaparición de la Filosofía de nuestro sistema de enseñanza. Son lamentos de buena intención, buen corazón y buen talante, pero tengo la impresión de que se fundan en argumentos erróneos, por más que cuenten con mi aplauso incondicional desde el primer instante.

Presuntas virtudes de la enseñanza de la filosofía: que enseña a pensar, a desarrollar el pensamiento crítico, a poner en cuestión las afirmaciones dogmáticas. Es posible que la filosofía haga todas esas cosas, pero lo importante es si solo puede hacerlas la filosofía. ¿No puede la literatura enseñarnos a pensar, en el improbable supuesto de que para pensar necesitáramos ayuda? ¿No puede la historia del arte impulsar el desarrollo del pensamiento crítico? ¿Le está vedado a la física poner en cuestión las afirmaciones dogmáticas? Cuando se reserva ese papel para que lo desempeñe en exclusiva la filosofía, implícitamente se está aceptando que solo esta disciplina puede rehuir las urgencias del conocimiento aplicado a la producción y al mantenimiento de aparatos, herramientas e instituciones. Han pasado más de dos mil años, pero la filosofía no ha dejado de ser, según parece, la “ciencia libre” que buscaba Aristóteles: un tipo de saber que no obedece a ningún tipo de necesidad ni interés. Hagamos como si el marxismo y el psicoanálisis nunca hubiesen existido.

Tengo la sospecha de que, cuando se apela al carácter libérrimo, hipercrítico y totalizador de la filosofía, lo que en el fondo se quiere decir es que los profesores de filosofía tienen más margen de maniobra que el resto a la hora de planificar sus clases. Es bastante lógico que así sea: los temarios y currículos de materias como Matemáticas o Historia son documentos mucho más detallados, y además apuntan a conceptos que, de un modo más claro o más confuso, resuenan en la memoria de la mayoría de los ciudadanos, de manera que resulta bastante fácil detectar al profesor que se sale de las convenciones. El profesor de filosofía, en cambio, es una especie de electrón libre del que ni siquiera se preocupan los inspectores educativos. Tampoco resulta demasiado alarmante que en sus clases aborde temas espinosos o controvertidos (que hable de política, sexo o religión), puesto que, en el fondo, para eso lo queremos, para que la política, el sexo y la religión puedan pronunciarse en un intervalo temporal reservado para ello: un gueto semántico. Lo grave sería que ocurriera en Matemáticas.

No debería preocuparnos la desaparición de la Filosofía de los planes de estudio. Lo que debería preocuparnos es que aún sea necesaria: que solo en ella quepa preguntarse qué sentido tiene que, en el aula de al lado, se esté impartiendo una ciencia que ni siquiera lo es (me refiero a la Economía). También debería preocuparnos (pero esto daría para otras quinientas palabras, y solo estaríamos empezando) cómo es posible que, siendo la Historia de la Filosofía una asignatura que estimula un montón de sustantivos adjetivados en “crítico”, sigamos llamando “presocráticos” a unos cuantos individuos contemporáneos de Sócrates, o incluso más jóvenes que este, y permitiendo que en el canon de la filosofía occidental solo figure un pensador ateo (y ninguna mujer).

Dicho esto: conservémosla. Mientras no se haya empezado a reconstruir la educación por los cimientos (y dejémonos de pactos educativos entre dos versiones enfrentadas de la misma miseria intelectual: el problema no es la reválida, como no lo era tampoco la Educación para la Ciudadanía: el problema es cómo encajar una institución decimonónica en una sociedad más parecida al Imperio Asirio que a la Viena de 1870), mientras se siga creyendo que la lógica proposicional o la lectura comprensiva son manjares vedados al común de los ciudadanos (o bazofia repulsiva que ningún vendedor de preferentes querría en su frigorífico), seguirá siendo necesaria la Filosofía (y su Historia) en el Bachillerato. Aunque sobre ella penda una espada de Damocles más afilada aún que cualquier ley orgánica.

Química popular

Nunca sabe uno cuánta suerte tiene hasta que un golpe de suerte se lo recuerda. Hace poco volvimos a asombrarnos colectivamente al descubrir que vivimos en una sociedad culta y madura, de esas que valoran los saberes inútiles y veneran a señores con pelucas rizadas. Claro que no habría sido así si no llega a ser por Belén Esteban, pero hasta los sabios más sabios necesitan elevarse a hombros de gigantes. Subidos a los hombros de Belén Esteban pudimos hacer burla de ella y celebrar que sabemos más de lo que dicen los informes PISA. Entre otras cosas, todos sabemos que Joseph Priestley descubrió el oxígeno en 1774, aunque no escasean los partidarios de Lavoisier.

Hemos sido injustos con esa mujer y ya va siendo hora de que lo reconozcamos. Después de todo, las declaraciones que se le atribuyen, y que tienen toda la pinta de ser apócrifas (“Si el oxígeno fue descubierto en 1773, ¿qué respiraba la gente antes?”, leemos en Twitter), no desentonan con la formación recibida no solo por ella sino por generaciones enteras a las que se ha hecho creer, entre otras cosas, que el descubrimiento de América fue lo mismo que su invención: que América fue traída a la existencia (empezó a ser real en términos históricos) solo cuando Colón la trajo a nuestra presencia. ¿Por qué iba a ser diferente con el oxígeno? Por lo demás, no hay gran cosa de la que asombrarse, teniendo en cuenta que una holgada mayoría de estudiantes de secundaria no cree en la existencia del vacío ni en los números irracionales.

Sea cierto o no que Belén Esteban dijo tal cosa, lo que aquí es relevante es que nos parece creíble que lo haya dicho, igual que nos parece verosímil que, como afirmó un “estudio” realizado hace unos años, “si Belén Esteban se presentara a las elecciones, sería la tercera fuerza política”. Tanto en un caso como en el otro, las reacciones víricas han sido homogéneas, del estilo de “tenemos lo que nos merecemos”, “este es el nivel de España”, “estamos en manos de la chusma” y lindezas similares. No es frecuente preguntarse qué tendría de horrible que Belén Esteban fuese diputada o presidiera un gobierno, o tratar de averiguar por qué tantos millones de personas estarían dispuestas a votar a una mujer a la que unánimemente se considera analfabeta funcional, zafia y ordinaria en grado extraordinario. Las actitudes más extendidas parecen seguir el patrón que analizó Owen Jones respecto a la clase trabajadora británica y a los llamados “chavs”: no es muy aventurado pensar que, cuando se hace escarnio de Belén Esteban, o de los seguidores de “Mujeres, hombres y viceversa”, lo que se consigue, y tal vez también lo que se persigue, es humillar a toda una clase social. Tal vez por eso, recíprocamente, no debería sorprendernos que una hipotética Belén Esteban candidata obtuviera el respaldo de millones de votantes: ¿o hay menos razones para votarla a ella que para votar a un niñato cualquiera de los que con frecuencia encabezan las listas de la mayoría de los partidos?

La mayoría de quienes hemos crecido en familias de clase trabajadora no hemos tenido nunca vecinos, familiares ni compañeros de colegio que acabaran siendo diputados o ministros. Votar, muchas veces, es un acto de fe, y eso es algo que hace volar la imaginación hasta alturas galácticas: uno cree que “los políticos” son gente que, al contrario que uno mismo y que Belén Esteban, sí sabe cuándo se descubrió el oxígeno. Es asombroso que tantos adolescentes crean que para “ser político” hace falta tener unos estudios superiores y que sigan sin creerte cuando les das pruebas de que no es así. Asombroso, pero normal: si fuese verdad que cualquiera puede ser ejercer esa función, Belén Esteban, o alguien como ella, sería diputada, ministra o presidenta del FMI. Aunque a muchos les espante esa posibilidad, sería un gran avance: implicaría que por fin se ha empezado a romper esa barrera invisible que, no nos engañemos, es una barrera de clase, no una frontera intelectual. Y no nos iría peor de lo que nos ha ido confiando en los hijos de Bruto.

3+2=5 (Dios mediante)

En historia es el primero,
en latín es el mejor.
Él va a clase aunque haya huelga
y entretiene al director.
Sus amigos lo idolatran,
lo quieren embalsamar
para hacer un monumento
al estudiante ideal. 
Los Twist, “El estudiante”

Asina vamos. Resulta que la civilización occidental anda a sucu baxeru por culpa de que yá naide sabe quién manda nin quién obedez, y porque’l que nun tien claro qué sitiu-y correspuende, mal va a acomodase a defender l’orde natural de la convivencia. Compréndese asina que la relixón vuelva a ser materia d’esame y que se sustituya la evaluación pola absolución: necesitamos valores eternos que nos envereden, a nun ser que nos conformemos con que la dexeneración llegue al límite y acabemos siendo toos gobernaos pol ISIS. Con too y con eso, pue ser que la escayencia nun se cure con eso namás, porque los nuestros cuadros dirixentes necesiten, nel fondu, dalgo más que rosariu y ciliciu pa facer que funcionen los presupuestos xenerales del estáu, asina que dalgo va haber qu’inventar pa formar a eses elites que creen empléu, felicidá y orde social.

De momentu, nesa dirección camina’l máster universitariu, un conceptu difusu pero fácil d’utilizar en circunstancies d’emerxencia social: nun va haber empleos d’alta cualificación pa los que nun vaya a ser necesario disponer d’esa titulación. El máster apúrre-y al estudiante tolo qu’esti nun obtuvo peles víes ordinaries: formación, disciplina intelectual y relaciones sociales. Hasta llegar al máster, la función de la universidá tendrá que ser la que vien cumpliendo últimamente: evitar que la mocedá desempleao pierda’l tiempu folgando o delinquiendo. Los resultaos empezarán a vese cualquier día d’estos, mui probablemente al mediudía.

Mentanto, siguiremos asistiendo a paradoxes cuántiques, como qu’una multitú de mozos y moces aspirantes a salarios de miseria en cualquier cadena de comida rápido, salga manifestándose contra la reducción del so tiempu d’estudios. ¿Nun quedáremos en que los estudiantes nun teníen otra ambición que la de nun dar palu al agua? ¿Acasu nun se rebaxó de cinco a cuatro años la duración de los estudios universitarios, comprimiendo les vieyes llicenciatures en títulos de grau que te capacitaren esactamente pa lo mesmo, ello ye, pa tar en paru pero con cultura? ¿Compréndese qu’esos estudiantes desmotivaos y mal formaos se movilicen contra una midida que los fai cultos un añu primero? Comprender, nun se comprende. Seyamos ortodoxos y pongámos-y una vela a San Pancracio, que seguro que nos alluma ensin necesidá d’analizar nada.

Ciertamente ye’l mundu al revés: estudiantes que quieren estudiar más, que nun se conformen con un títulu que, a poco que se racionalice la función pública, va poder comprase nos estancos, igual que la bonoloto o’l tabaco de liar. voi a echar la primitiva y a por un grau en matemátiques. En cuenta d’aceptar que’l mundu necesita repoblase, y especialmente Europa, van estos guajes y reivindiquen el so derechu a obtener una educación superior de calidá, gratuita y universal, posponiendo sine die’l cumplimientu del mandatu divín de casase y tener fíos. Yá nun saben qué facer pa llamar l’atención.

Hai un cuartu de sieglu, la mayoría de les carreres universitaries duraben cinco años. Depués podía ún doctorase, si lo que quería yera un títulu que lu capacitare pa exercer d’elite ensin cobrar por ello. Cuando se rebaxaron les carreres a cuatro años y se xeneralizó’l conceptu d’asignatura cuatrimestral, dalgún voceru del apocalipsis suxirió que, o reinventábemos la pólvora, o lo dicho: l’ISIS o paecío. De poco val anguaño comparar aquello con esto y axitar a les mases cola idea de qu’agora, pa sacar una llicenciatura de cinco años, vas tener que pagar dos: el conceptu de 3+2 (tres cursos pa un grau y dos más pal máster) evidencia que, por andar xugando a les pedagoxíes igualitaries, tócanos agora empezar cuasi de cero y reforzar a les elites con un superávit simbólicu ensin teneles estudiando siete años y otros cinco faciendo una tesis doctoral sobre la humedá nos secaderos de corchu. Total, pa mandar nun fai falta más que saber que van obedecete. O tener munchos tanques, que tamién ayuda.

El esfuerzo da sus frutos

En cierta ocasión un profesor de inglés me explicó las virtudes del esfuerzo y la cultura de la excelencia. Lo hizo porque no le quedaba más remedio, y yo le escuché por la misma razón, y ambos comprendimos que el deber es una fuerza más poderosa que el amor, por lo cual cada uno siguió pensando lo que ya pensaba, sin dar su brazo a torcer. No obstante, recuerdo vagamente sus argumentos, que tenían que ver con algo así como hacer frente a las adversidades contra viento y marea y recoger el fruto de esa lucha al final de un proceso no sé si larguísimo o solamente muy largo.

Poco después de aquella conversación tuve otra, muy diferente, con la familia de una alumna no demasiado esforzada ni excelente. Alumna, he de aclarar, de aquel mismo profesor de inglés, y supongo que receptiva a sus enseñanzas como la que más, pero aun así un tanto reticente a convertirse en modelo de las citadas virtudes marineras. La familia en cuestión era una abuela, y fue puntual, dialogante, escuchó educadamente las razones del profesor de inglés y asintió a todas ellas. Y luego hablamos de ratas.

Las ratas se colaban en aquella casa con cierta frecuencia, pero una de aquellas noches, después de una tormenta, parte del tejado de uralita había salido volando y las ratas habían interpretado aquel incidente meteorológico como una invitación a cenar. “Mi marido estaba cenando y plof, de repente cae la rata en el plato”, me explicó la abuela de aquella alumna remisa al esfuerzo. La lluvia había inundado la infravivienda y se había llevado por delante los libros de texto de su nieta, cosa muy preocupante, sí, pero aquella mujer parecía más inquieta por la presencia de ratas en torno a la comida, no demasiado abundante y en todo caso insuficiente para alimentar a humanos y roedores a la vez.

A uno le cuesta imaginar cómo puede alguien aprenderse los verbos irregulares mientras intenta que las ratas no le arrebaten la cena. Pero seguro que se puede, es más, he oído por ahí que más de uno lo ha hecho y ha salido airoso de esa lucha contra la adversidad. Cierto que nos hacen falta ejemplos, poder mencionar a Fulano o a Mengana como ilustraciones vivientes de esa cultura del esfuerzo, toda vez que las esperanzas depositadas en Felipe Juan Froilán, número cuatro en la línea sucesoria del reino de España, han resultado sorprendentemente infundadas. Ni siquiera a una luchadora como Ana Patricia Botín podemos ubicarla en semejante escenario ratonil.

A quien sí me imagino alzándose furioso contra una marea de ratas, incluso arrancándoles la cabeza a mordiscos, es a Arias Cañete, vaya usted a saber por qué. Ese sí que es un ejemplo de cultura del esfuerzo, de excelencia cimentada en la perseverancia y el trabajo ímprobo (con las ganas que tenía yo de usar ese adjetivo). Dicen que Arias Cañete tendrá que presentarse a un examen de recuperación para la plaza de comisario europeo de Energía, y yo no dudo de que pasará la prueba airoso, o airado, o lo que sea, pero la pasará, pues si algo caracteriza a este tipo de titanes es la contumacia, el empeño que ponen en superar cuantas dificultades les ponga la vida por delante, y sobre todo la prudencia y la inteligencia de disimular siempre su verdadera preparación y pasar por tontos, aunque sean listísimos, y por corruptos, aunque vayan limpísimos. La vida le pagará con creces tanto esfuerzo y excelencia, y, si no lo hace la vida, ya lo haremos nosotros. Un hombre así no se merece tener que competir por su comida con las ratas.

Fin de trimestre

Es difícil vivir al margen del sistema educativo. Quien no tiene hijos en edad escolar tiene nietos, o sobrinos, o hijos de amigos o amigos profesores o conserjes de instituto o encargados del cátering de un colegio. En caso de que uno ayune de todo ello, es probable que tenga alguna que otra ventana en su casa o en el trabajo y que por debajo de esa ventana discurra la ruta informal de alguna banda de adolescentes en sus trayectos al entrar o al salir de clase, trayectos que, dicho sea de paso, no tienen por qué coincidir. En cualquier caso, sea por exposición directa, sea por emulsión refleja, los ritmos de la escuela nos afectan prácticamente a todos. Es un hecho. Sigue leyendo “Fin de trimestre”