El tonto del pueblo

La semana pasada, Owen Jones escribía a propósito de la masacre de Alepo y decía: “Aquellos que apoyaron las guerras en Irak y Libia se sienten desprestigiados por el derramamiento de sangre y las calamidades que se sucedieron. Aceptan que los campos de la muerte de Irak y el Estado desintegrado de Libia debilitaron sustancialmente los argumentos morales a favor de la intervención occidental”. Jones se refería a la postura de los parlamentarios británicos que tumbaron la propuesta de una intervención militar en Siria, pero la descripción se corresponde bastante bien con el estado de ánimo de muchas personas que aceptaron al menos la intervención en Libia como mal menor frente a la crueldad desbocada que reflejaban entonces los medios de comunicación. Continuar leyendo “El tonto del pueblo”

Anuncios

Mi adiós (por cien días) a Podemos

Le tomo prestado, le robo, más bien, el título a César Rendueles, quien explicaba, en “Mi voto por cien días de Podemos”, las razones que le movían a votar a este partido. No me planteo, sin embargo, dar muchas explicaciones: ¿dónde ponemos el acento, cuál es la razón fundamental que alimenta una decisión? Si más bien parece, muchas veces, que primero vienen las decisiones y solo después busca uno las razones. Un poco de humildad no viene mal: tan solo pretendo cerrar públicamente una etapa de mi vida.

En realidad, esta decisión no la tomo ahora, ni la tomé ayer ni hace dos semanas. Pero tampoco me enredaré en argumentar que no hubo un entonces, que fue un proceso, un cambio gradual, progresivo y no sé cuántas cosas. Porque no fue así en absoluto. Tomé esta decisión, concretamente, el pasado 20 de junio, más o menos a las cinco de la tarde. Unas horas después, dije en público algunas palabras bastante crípticas. Si alguna de las personas que las oyó las recuerda, tal vez ahora pueda darles su justo sentido.

Nunca he sido eso que se llama “un hombre de partido”. Ni de partido ni de club ni de nada que exija una adhesión, por mínima que sea, a unos colores o a unas siglas. No se crea que soy inmune a las lealtades colectivas: de hecho, en esta decisión pesa mucho un agobiante pero ineludible sentimiento de pertenencia a una clase. Pero me repelen las iglesias, los cuarteles y los estadios de fútbol, precisamente los lugares (las estructuras) donde las entidades colectivas dejan de ser plurales y se uniformizan.

¿Haré la crónica de una decepción? Ni soñarlo. ¿A quién le importa qué me distancia a mí de Podemos o de la Iglesia Evangélica? Ni siquiera a mí mismo. Considero mucho más importante hacer recuento de todo aquello que me pareció atractivo y me llevó a dejar en suspenso una buena parte de mis proyectos personales durante más de un año: las aspiraciones rupturistas de una formación política que se lanzaba desde el cero absoluto a reventar las costuras del régimen del 78; la inteligencia con que se construyó un discurso que podía aspirar a la hegemonía sin caer en los viejos complejos cortoplacistas o maximalistas de la izquierda de siempre; la impudicia con que se aceptaba combatir en la arena del adversario con las armas mediáticas del adversario; el carácter plural, horizontal, participativo, de un partido en construcción cuyas raíces, bien visibles, se hundían en el tejido vivo de los movimientos sociales; la contundencia con que se esgrimía una ética social como límite y justificación de la acción política.

Que cada cual examine, si quiere, cuántos de esos elementos son aún discernibles en Podemos. A mí me interesa, antes bien, plantearme cuántos de ellos son quizá recuperables. Por eso este no es un adiós definitivo (ninguno lo es). Pero sí que es un adiós contundente.

No ha sido un tiempo perdido. Salga como salga la aventura de las elecciones generales, ya es mucho lo que Podemos ha aportado a las clases populares y a las izquierdas varias. Mucho más de lo que cabía esperar en 2013. Sin ir más lejos, las experiencias municipalistas, las candidaturas de unidad popular (por muchas de las cuales no habría dado ni un euro hace unos meses), están siendo una sorpresa más que agradable. Por mi parte, he pasado por buenos y por malos momentos, he hecho unos cuantos amigos y he perdido también unos cuantos, el balance emocional viene a ser el mismo que si nunca hubiese acudido a una asamblea de un círculo, y lo único que lamento es haberle robado a mi hija tantas horas y haberle proporcionado abundante material para futuros reproches. Es mucho lo que tengo que agradecerle a mucha gente, demasiado para ponerlo aquí por escrito. Por supuesto que también me arrepiento de alguna que otra cosa, pero de nada que no tenga remedio, o eso creo.

En su artículo, Rendueles citaba, como “cosas emocionantes” que estaban ocurriendo en Podemos, “un buen programa elaborado en común, unas primarias abiertas muy participadas, debates intensos y una gran red de grupos de afinidad surgidos de la nada”. Y añadía: “No es ni de lejos suficiente, es verdad. Hay demasiados círculos de Podemos en la universidad y demasiados pocos en las colas del paro, las líneas de caja de Mercadona y las canchas de voleibol de los parques”. Ha pasado más de un año, sigue sin ser suficiente e incluso es menos de lo que era. En mi caso, el voto de confianza ha perdido validez. Acepto mi limitada cuota de responsabilidad en este fracaso.

Hablaremos dentro de cien días. Ojalá entonces pueda decir que estaba equivocado.

Naranjas y carbón

Si tienes un montón de objetos más o menos esféricos, como las naranjas, ¿cuál es la manera más eficaz de apilarlos dejando la menor cantidad de espacio vacío entre ellos? La solución más intuitiva, la misma que los fruteros llevan siglos aplicando, es disponerlos en hileras de modo que cada esfera ocupe el hueco entre las cuatro que hay debajo de ella. Esa estructura se llama red cúbica centrada, y la solución recibe el nombre de conjetura de Kepler. Conjetura, pues no ha sido demostrada formalmente de modo concluyente, a pesar de que se han hallado varias demostraciones parciales, la última de ellas en 2005. No en vano David Hilbert la incluyó en su famosa lista de grandes problemas matemáticos sin resolver.

Quien por primera vez formuló el problema, y quien indirectamente propició la conjetura de Kepler, fue el corsario Walter Raleigh en 1585, y a Raleigh no le preocupaban las naranjas, sino las balas de cañón, mucho más esféricas en aquella época que cualquier especie de fruta. No es que los artilleros de los navíos ingleses fuesen menos avispados que los fruteros y no supiesen el modo de apilar balas de cañón sin verlas rodar a todas horas por cubierta: el interés de Raleigh era el de encontrar un sistema que le permitiera calcular, a partir de la superficie de la cubierta, la cantidad de proyectiles que podían almacenar los barcos enemigos. Naturalmente, no se resignó a quedarse de brazos cruzados hasta que alguien resolviera el problema: durante más de veinte años puso en jaque a las tropas españolas y no queda constancia de que le haya temblado el pulso por un quítame allá esas esferas.

Los procesos judiciales, al igual que las demostraciones matemáticas, son operaciones complejas, que llevan su tiempo, que siguen unas reglas precisas y en las que no vale improvisar ni precipitarse. Dar por válido un teorema sin las debidas pruebas puede torcer el rumbo de la investigación científica durante siglos; condenar a alguien sin un proceso justo y transparente puede acarrear daños irreparables. No obstante, ni Walter Raleigh dejó de saquear Cádiz ni el juez Ruz dejó de ordenar el ingreso en prisión de Luis Bárcenas a la espera de que sus respectivos procesos, el matemático y el judicial, arribaran a puerto. Y así como uno desearía que no se disparara una sola bala de cañón en tanto no se haya demostrado la conjetura de Kepler (y en tanto quede un solo problema matemático sin resolver), lo razonable es que la vida no se detenga ante los teoremas fallidos o frente a procesos judiciales interminables, si bien un año y medio de prisión sin condena no es lo que yo llamaría razonable.

La causa abierta en la Audiencia Nacional por los sobrecostes del puerto de El Musel lleva camino de convertirse en un largo y abrupto proceso, tanto por las dimensiones del fraude como por la cantidad y las cualidades de los implicados. Uno puede tener todas las sospechas que quiera y alguna más, pero la presunción de inocencia no puede ser puesta en cuarentena cuando a uno le dé la gana, simplemente porque a uno le parezca que el proceso vaya a ser más lento que el caballo del malo. No obstante, tampoco parece muy razonable esa propensión a hacerse el sueco que impera en buena parte de la clase política, como si en ausencia de sentencia judicial todo estuviera permitido: si Walter Raleigh hubiera razonado así, sus barcos nunca habrían salido de Plymouth. Las naranjas rodarían por el suelo de las fruterías si los fruteros se empeñaran en ignorarlo todo sobre cómo apilarlas. Claro que también en El Musel se apila carbón como si se ignorara cómo hacerlo sin poner en riesgo la salud de las personas.

Las demostraciones matemáticas a menudo no sirven para decidir qué sabemos, sino cómo lo sabemos. Los procesos judiciales, de un modo análogo, son necesarios para atribuir responsabilidades penales y civiles, pero hacer como que no pasa nada mientas no haya sentencia firme es tener la cara más dura que el cemento de Tudela Veguín.

Guillermo Zapata no debía dimitir

Guillermo Zapata no debía dimitir. Y me importa muy poco que al hacerlo esté mostrando una dignidad que no han tenido otros por tropelías mucho más sangrantes: si hay dos personas que a mis ojos han crecido en estatura moral durante las últimas cuarenta y ocho horas, esas son Zapata y Ana Taboada, la candidata a la alcaldía de Somos Uviéu que prefirió cederle al PSOE el gobierno de la capital asturiana antes que permitir que el PSOE se lo cediese al PP; pero, en el primer caso, ese ejercicio de responsabilidad ha sido estéril. El equipo de gobierno de Ahora Madrid ha sido objeto de un ataque por persona interpuesta y el resultado es que ni la dimisión de esta servirá para frenar la intensidad del hostigamiento ni su proyecto político es ahora más sólido. Por supuesto, esa habría sido la decisión correcta si el comportamiento de Zapata hubiese sido constitutivo de delito, o moralmente reprobable, o políticamente inadecuado. Pero no es ninguna de esas tres cosas.

No es constitutivo de delito. Por mucho que la policía abra diligencias para investigar si los tuits de Zapata constituyen “incitación al odio”, lo más previsible es que las diligencias se archiven sin otra consecuencia que haber hecho perder el tiempo a un montón de funcionarios. Naturalmente, puede caernos del cielo un ejercicio de Derecho imaginativo que cargue a Zapata con unos cuantos grilletes, pero ese escenario, ahora mismo, no me parece previsible.

No es moralmente reprobable. Así como el Derecho juzga conductas, la ética tiene el deber de juzgar caracteres y trayectorias. Cuando Hauke Pattist les espetó a unos periodistas el mismo chiste que Zapata reprodujo en uno de sus tuits, era imposible sustraerse al hecho de que quien lo contaba había sido declarado responsable de la detención de 2000 judíos durante la Segunda Guerra Mundial. En la trayectoria de Guillermo Zapata, incluso si uno quiere pasar por alto el contexto en que fueron escritos los dichosos tuits, estos destacarían como poco más que un borrón en una inmaculada hoja de servicios. Ni siquiera como un desliz. Ni siquiera como una travesura juvenil. Si hay que seguir en algo a Aristóteles y aceptar que “toda disposición de ánimo procede de la costumbre”, no parece creíble que Zapata tenga por costumbre reírse de los judíos o de las víctimas del terrorismo.

No es políticamente inadecuado. Al contrario: si en algo tiene que ir notándose la diferencia entre nueva y vieja política, es en el carácter inclusivo, inequívocamente democrático, de la primera. Toda revolución democrática ha consistido en la ampliación del campo institucional para dar cabida a actores sociales que hasta entonces estaban excluidos del mismo. La presencia de Guillermo Zapata en el recién inaugurado consistorio madrileño daba pie a pensar que la irreverencia ya no sería un obstáculo para ser concejal de Cultura. Esta esperanza es la que se ha dañado al claudicar frente al gusto hegemónico, como si el buen gusto fuese una ley natural que ninguna acción política pudiera transformar.

Sí: tanto Ana Taboada como Guillermo Zapata han ejercido la renuncia y el sacrificio en aras del bien común, pero en el primer caso ese bien común ha salido reforzado, mientras que Manuela Carmena, al aceptar la dimisión de Zapata, lo ha debilitado. No es una catástrofe, cierto, pero es una putada.

No hay consolación (en) (para) la filosofía

Cuando alguien pregunta para qué sirve la filosofía, la respuesta debe ser agresiva ya que la pregunta se tiene por irónica y mordaz. La filosofía no sirve al Estado, ni a la Iglesia, que tienen otras preocupaciones. No sirve a ningún poder establecido. La filosofía sirve para entristecer. Una filosofía que no entristece o no contraría a nadie no es una filosofía. Sirve para detestar la estupidez, hace de la estupidez una cosa vergonzosa. Sólo tiene un uso: denunciar la bajeza en todas sus formas. ¿Existe alguna disciplina, fuera de la de filosofía, que se proponga la crítica de todas las mixtificaciones, sea cual sea su origen y su fin?

Gilles Deleuze

Goyo-Etica-ImperdibleLa última versión (por el momento) del anteproyecto de la LOMCE introduce algunas novedades sorprendentes respecto a la enseñanza de las disciplinas filosóficas. Para empezar, suprime la Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos, como ya se esperaba, pero también la Educación Ético-Cívica de 4º de ESO. Aparece, eso sí, también en el cuarto curso, una indefinida asignatura “específica” (curiosamente, el anteproyecto denomina así a todas aquellas asignaturas cuya naturaleza no se ha especificado todavía) titulada, a secas, “Filosofía”; por otro lado, aparece una asignatura de “Valores éticos”, de 1º a 4º de ESO, como alternativa (evaluable) a la asignatura de Religión. En cuanto al Bachillerato, desaparece la obligatoriedad de cursar Historia de la Filosofía en el segundo curso, y de nuevo vemos cómo esta asignatura figura en la lista de “asignaturas específicas”, junto con, mira tú por dónde, la Religión.

El peso de la filosofía en el sistema educativo español (y no solo en el español) ha ido menguando progresivamente desde hace décadas. La Ley General de Educación de 1970 supuso el clímax en cuanto a carga horaria (dos cursos de cuatro horas cada uno). La LOGSE suprimió la Historia de la Filosofía en el segundo curso del Bachillerato (la mantuvo solo en una de las modalidades del mismo, hasta el año 2001 con la llamada “reforma de las humanidades”) y redujo de cuatro a tres horas la Filosofía del primer curso. La LOCE mantuvo esas seis horas repartidas en dos cursos, y la LOE, a través del Decreto de Enseñanzas Mínimas de 2007, las redujo a cuatro, dos en cada curso, si bien la mayoría de las comunidades autónomas ampliaron a tres horas esa carga lectiva.

Ninguna de estas reformas, incluída la reforma en curso, ha tenido en cuenta la opinión ni la experiencia de los profesores de filosofía. Esto no quiere decir que los distintos gobiernos hayan prescindido de asesores “filosóficos”: todo gobierno que se precie tiene sus filósofos áulicos, que conocen el favor y el destierro igual que todos los seres de áulica naturaleza, llámense Fernando Savater, Adela Cortina, Gustavo Bueno o Alain Finkielkraut, y cuya impronta se puede apreciar en los planes de estudios y a menudo también en las listas de libros más vendidos. Pero al profesor de filosofía, al ejecutor final de esos planes de estudios, jamás se le ha pedido opinión.

Hasta donde yo sé, esta reducción paulatina de la enseñanza de la filosofía no es exclusiva de España. La filosofía no es obligatoria en Dinamarca ni en el Reino Unido; en Suecia lo es dependiendo de la modalidad de Bachillerato elegida; es obligatoria, en cambio, en Portugal, en Finlandia y en Luxemburgo; en Italia también es obligatoria, y con un gran peso dentro del horario, pero su excesiva orientación historicista tiende a diluir la especificidad de la asignatura; en Alemania, donde cada Land tiene su propia legislación al respecto, lo más común es que la filosofía sea una suerte de alternativa a la enseñanza religiosa; en Francia, pese a la actitud combativa del profesorado, su peso se ha reducido considerablemente, aunque mantiene gran parte del prestigio del que gozaba antaño.

Honestamente, me gustaría sumarme a las muchas voces que defienden la pertinencia de la filosofía en la educación por sus intrínsecos valores formativos, por su capacidad para formar ciudadanos autónomos y críticos, pero a la vista está que la casta gobernante también ha estado sujeta a ese poderoso influjo y eso no les ha librado del fanatismo ni de la tentación de confundir lo privado con lo público. Si la filosofía es capaz de dar oxígeno al pensamiento crítico, a lo mejor es que se enseña poca filosofía; de otro modo, no se explicarían las tendencias suicidas de tantos millones de votantes (¿faltaron todos a clase el día que se explicó lo de la “elección racional”?). Lamento ponerme tenebroso, pero no creo que más horas de filosofía nos libren de la burrez hispánica.

En cambio, estoy convencido de que la filosofía contribuye activamente a la formación de ciudadanos pasivos, mojigatos, fanáticos y rencorosos. Del mismo modo, creo que el problema del sistema educativo español no es la escasez sino el exceso de enseñanza filosófica. Y todo ello por dos razones fundamentales.

La primera razón es que no solo se enseña filosofía en las clases impartidas por profesores de filosofía. La filosofía atraviesa la educación primaria y secundaria, y está presente en la enseñanza de las materias lingüísticas, de la historia y la geografía, de las ciencias naturales y de la educación física. Es inevitable, gloriosamente inevitable, que en todas esas disciplinas se traten, de vez en cuando, problemas filosóficos: la relación entre el significante y el significado, el concepto de nación, el origen de la vida, los hábitos saludables. Etcétera. Lo que ocurre en todos estos casos es que se aborda esa temática de un modo dogmático y amateur. Y no por falta de voluntad en el profesorado, ni siquiera en muchos casos por falta de conocimientos, sino por desconocimiento del método adecuado. Para decirlo brevemente: donde hace falta enseñar filosofía es en los estudios universitarios, sean del área que sean.

La segunda razón es que una determinada escuela de pensamiento filosófico goza de trato preferente en el sistema educativo español: el pensamiento cristiano. Se trata de una orientación filosófica que, en justa competición con las demás, podría formar parte de cualquier discusión racional. Sin embargo, al concedérsele un estatuto especial dentro del sistema educativo, se la coloca por encima del resto, anulando cualquier intento de clarificación conceptual por la simple vía de la repetición del dogma. Esta situación es incompatible con cualquier ideal de educación democrática, habida cuenta de que la democracia no es otra cosa que la prohibición de que una voluntad particular invada el espacio público y común y se lo apropie.

Solo esas dos razones justifican la defensa de las disciplinas filosóficas en la enseñanza: porque solo en las clases de filosofía el debate filosófico está libre de amateurismo y solo en ellas se muestra al cristianismo como una opción entre muchas, no la única, no la verdadera. Es poco, y está muy lejos del ideal de educación laica y republicana al que uno aspira, pero sabido es que la educación no suele conspirar contra la sociedad, antes al contrario: en el sistema educativo se reproducen los valores y los intereses de la sociedad y, al no ser la nuestra una sociedad laica ni republicana, difícilmente puede la escuela ser otra cosa.

Pese a todo, resistimos. Y, consecuentemente, nos entristecemos.

A hombros de gigantes: Filosofía en secundaria from Antes de las cenizas on Vimeo.