Cuando la tuna te dé serenata

La novela más desconcertante que he leído es Robinson Crusoe. Es sencillamente asombrosa: no solo es la historia de un tipo que se pasa veintiocho años completamente solo, sino que también, y muy especialmente, es la historia de un tipo que cree que contarnos con detalle lo que le sucedió durante esos veintiocho años es, por alguna razón, interesante y no solo eso, también divertido. Encima, logra que sea interesante y divertido y lo hace sin renunciar a su condición de solitario absoluto, esto es, incluso cuando tiene que narrar algún encuentro con otro ser humano, ya sea al final del libro o al principio, se las ingenia para hacerlo como si hablara solo. Es algo insólito. Mucho más insólito si observamos que, en una novela, el mejor procedimiento para perfilar la identidad de un personaje consiste en hacerlo contrastar con otros. El protagonista de una acción existe contra alguien, se va haciendo a medida que interactúa con aquellos a los que se opone: sin Creonte, Antígona sería una moralista insoportable, y los personajes de Dostoyevski nos darían bastante pena si no interactuasen unos con otros revelando, entre tanto, que son mucho más complejos de lo que parece haber creído su autor. En cambio, Robinson ¿contra quién existe? ¿Quién es su antagonista en esa isla desierta? Continuar leyendo “Cuando la tuna te dé serenata”

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Serán cabrones (Respuesta a Xabel Vegas)

Querido Xabel:

Leo (con gran interés, como siempre) tu artículo sobre el “Manifiesto de los 343 cabrones”. Como siempre que no estamos de acuerdo, me alegro de esa discrepancia: creo que, hasta ahora, los dos hemos aprendido mucho de esos desacuerdos y confío en que esta vez ocurra igual. Puesto que la discrepancia, más que de fondo, es de forma, se impone un pequeño introito metodológico.

Me he referido a una discrepancia en la forma. Con ello no pretendo descomponer una realidad compleja en dos sencillas vertientes (el fondo o la materia, la apariencia o la forma), sino separar, por un lado, el contexto polémico del Manifiesto, y por otro los argumentos con los que está construido, mucho más trascendentes y duraderos que cualquier polémica incidental. Lo de menos, a mi juicio, es que los firmantes del Manifiesto rechacen o apoyen el proyecto de ley presentado por el Partido Socialista Francés con que se pretende sancionar a los clientes de las prostitutas. Es lo de menos porque, como es mi caso, se puede estar en contra de ese proyecto de ley y, al mismo tiempo, rechazar el contenido de ese Manifiesto cuyo primer defecto (político, que no retórico) es justamente este: jibarizar el debate sobre la prostitución hasta hacerlo encajar en una plantilla booleana de adhesiones y condenas, de abolicionistas frente a legalistas.

Resumiré mis objeciones comentando tres afirmaciones de tu artículo convenientemente (y estratégicamente) descontextualizadas. Son las siguientes.

1. “La prohibición de la prostitución (ya sea vía penalización del cliente o de la prostituta) solo se sostiene por medio de un discurso moral sobre el sexo como una actividad oscura y sucia que muchos no compartimos”. Permíteme decirte que no es así: cada sociedad prohíbe lo que prohíbe por diferentes motivos, y hasta por diferentes causas, y aquí, curiosamente, nos encontramos con un caso en que la disparidad es la norma. La penalización del cliente está siendo defendida por abolicionistas y legalistas por igual, esto es, por personas que creen que hay que hacer desaparecer la prostitución (proyecto utópico, a mi juicio) y por personas que creen que hay que regular su ejercicio como el de cualquier otra profesión. De un modo análogo, la práctica de la prostitución ha sido promovida y alentada por los mismos defensores del orden moral que públicamente condena esa práctica, y esto es algo tan sabido que no merece la pena insistir en ello, pero quedémonos por si acaso con la imagen de aquel burdel que poseía un armario específico para guardar en él los alzacuellos de algunos de sus clientes.

2. “La sexualidad es una de esas parcelas de los seres humanos que no debiera ser materia legislable por ningún tipo de autoridad política, cuando se desarrolla entre adultos y en libertad”. Estoy de acuerdo si dejamos la prostitución fuera de ese aserto, pero si lo formulas aquí será porque también la incluyes en el lote, y eso no puede ser salvo que pidamos el principio: no podemos defender que se regule la práctica de la prostitución como oficio y al mismo tiempo aspirar a que esa regulación se haga sin intervención de la autoridad política. Ocurre lo mismo que cuando exigimos que se persiga a las mafias que trafican con mujeres (y con hombres) pero rechazamos que la policía patrulle por las zonas donde trabajan las prostitutas porque si lo hacen las estamos “estigmatizando” y poniendo su vida en peligro: en algún momento tendrá que intervenir la autoridad política si queremos que esa actividad se regule y se protejan los derechos de esas mujeres (y de esos hombres).

3. “Nos podrá gustar más o menos pero lo cierto es que existen y existirán personas que por muy diversos motivos no pueden mantener relaciones sexuales sin pagar por ello. Y existirán también mujeres y hombres dispuestos a ganarse la vida prestando un servicio tan básico para el bienestar de los seres humanos como es el del placer y el cariño”. Desde luego. Y también hay gente dispuesta a torturar animales y a dar palizas por encargo, y no por ello vamos a reformar el Código Penal para explotar esa veta de recursos humanos y económicos. Actitudes ante la prostitución hay muchas, empezando por las propias prostitutas: la casuística no es aquí buena consejera (no lo es casi nunca), y si tú, deliberadamente, evocas el placer y el cariño como atractivos (alicientes para ese cliente que demanda ambos), de igual modo podría sugerirse que también la posibilidad de ejercer dominación, brutalidad y vejación contra un semejante son a menudo motivos que impulsan al cliente a buscar esos servicios.

Entiendo perfectamente que te enerve ese moralismo con que cierta izquierda aborda el tema de la prostitución y que priorices el punto de vista de la prostituta frente al del observador externo y cargado de prejuicios. Pero no conviene que olvidemos que tan sesgado es el estereotipo de la prostituta forzada por las mafias como el de la prostituta concienciada que alquila su cuerpo libremente, y puestos a contar, apostaría a que hay más de las primeras que de las segundas.

En cualquier caso, en ese enfoque podemos estar de acuerdo: la voz que hay que escuchar es la de la prostituta. Por eso no puedo defender a los 343 cabrones (ellos lo dicen): porque su voz es la del cliente. Y no la de un cliente cualquiera, ni siquiera la de un cliente mayoritario, sino la de un cliente que aspira a ser también constituyente de opinión y de legitimidad. No me gusta el proyecto de ley del PSF, pero tampoco ese Manifiesto que pretende reducir la prostitución a un asunto de libertad de comercio, como si aquello con lo que se comercia no fuesen seres humanos. Si mañana el gobierno español quisiera regular las empresas de trabajo temporal, aunque fuera mediante un artificio tan banal como el del PSF, ¿qué pensaríamos si la patronal respondiera con un manifiesto titulado “No toques a mi obrero”?

Desde el placer y el cariño: no pierdas el tiempo con esos cabrones.

Llamadme feminazi

femenHace ya no sé cuántos años, Henry Kissinger estuvo en Uviéu, no recuerdo con qué objeto, y unos cuantos fuimos a recibirle con la inevitable pitada de protesta. A mi lado, una chica de no más de dieciséis años se desgañitaba gritándole improperios al ex secretario de estado de los Estados Unidos; estaba fuera de sí, una verdadera ménade junto a la cual parecíamos, todos los demás, o bien sus víctimas, o bien mansos corderos estupefactos. Poco a poco se fue quedando sola, como si el resto de los manifestantes temiéramos que nos contagiara su descrédito. El ridículo es contagioso. El sentido del ridículo, no tanto.

Hay que ser justos con aquella chica, aunque sea tarde: estaba en su perfecto derecho a dar rienda suelta a su rabia, y nadie debería haber creído que su falta de decoro (si es que era eso lo que nos sonrojaba) le quitaba parte de razón. No era ella quien había bombardeado Camboya. Sobre la conciencia de aquella adolescente no pesaban las atrocidades de Chile, Uruguay, Argentina, Vietnam. Era Kissinger quien debía avergonzarnos, pero durante unos minutos olvidamos por qué estábamos allí. La única que no lo olvidó fue aquella chica.

Esta semana, tres activistas de Femen irrumpieron en el Congreso y el mundo se vino abajo. Es un decir, claro: lo que ocurrió más bien es que hubo quien se vino arriba, la derecha en bloque con el ministro Brighella a la cabeza, cómo no, pero también una parte de la sedicente izquierda, llena de argumentos (es otro decir) contra todo: qué es Femen, qué hace Femen, qué pintan esas chicas con el cuerpo pintado, cómo es posible que no se den cuenta de que al desnudarse en público están siendo víctimas de la cosificación del cuerpo femenino (¿no será que en el fondo no nos creemos que su cuerpo sea realmente suyo?), lo desafortunado del lema (“Aborto es sagrado”) que exhibieron ante sus atónitas señorías. Y más por el estilo.

Lo que yo vi, en cambio, fue a tres chicas que eligieron hacer visible su rechazo a una legislación represiva y misógina y que lo hicieron como quisieron y cuando quisieron. Escogieron un lema altisonante y mal construido. Enseñaron las tetas. No respetaron el turno de palabra. De acuerdo. Pero no son ellas quienes están condenando a miles de mujeres a recurrir al aborto casero, ni son ellas quienes convierten el suplicio físico y mental en castigo y sacrificio por voluntad divina. En un mundo perfecto, podríamos permitirnos el lujo de ignorar que es así: en este, no. No es posible elegir la equidistancia entre Femen y Gallardón, sencillamente porque no son términos equidistantes, como tampoco nosotros somos árbitros de un conflicto en el que no tomamos parte: somos parte del conflicto, siempre. Contendientes. O eso, o víctimas: tú verás. Cierto que hay quien prefiere no verlo, hacer como que se puede elegir la equidistancia, permanecer inmóvil pero cargado de razón, sin haberse equivocado nunca, hasta que se abran los cielos y llueva napalm. No puedo evitar pensar que ese tipo de alma bella es el mismo que se encogió de hombros ante la inhabilitación de Garzón porque Egin, pero también  rehusó condenar el cierre de Egin porque Hipercor. Siempre hay un motivo para no elegir. Mientras haya ADSL, la izquierda líquida podrá vivir en paz sin ensuciarse las manos.

En las últimas horas he oído y leído comentarios que me han dejado literalmente molido. Por criticar, se ha criticado hasta que las chicas de Femen sean atractivas. Mucho me temo que eso sea lo de menos: llevamos años oyendo denigrar a las feministas por feas y asexuadas, y ahora resulta que lo malo es que estén buenas: sospecho que lo único de lo que se las acusa es de ser mujeres. Y ya se sabe: un hombre tiene derecho a insultar, a ser procaz, a vejar a sus semejantes, pero una mujer debe abstenerse de usar esas mismas armas, porque al hacerlo se iguala con el hombre, no iguala al hombre con ella. De pronto he recordado aquella reivindicación del “derecho al mal” que hiciera Amelia Valcárcel: “Si no los podemos hacer tan buenos, hagámonos nosotras tan malas: no exijamos castidad, sino perdámosla; no impongamos la dulzura, hagámonos brutales”.

Lara, Inna, Pauline: me gustan vuestras tetas. Seguid enseñándolas. Sed malas.