La viga transversal

Hay discusiones que duran un suspiro y otras que amenazan con durar toda la vida. Si en ellas se cruza algún agravio histórico de esos que hacen patria, como en aquellas recreaciones de la Arcadia irlandesa que filmara John Ford, la discusión nos lleva efectivamente a la tumba, y uno puede encontrarse en su lecho de muerte y sentirse en paz con el universo por el simple hecho de que el adversario haya palmado dos días antes. Me figuro que esto no tiene nada que ver con peculiaridades étnicas o culturales y que, puestos a cuantificar, no habrá grandes diferencias entre la obstinación asturiana y la obstinación maorí. Pero siempre tengo presente, por si acaso, que mis genes, o la mayor parte de ellos, proceden de un lugar del planeta famoso por haber aplicado la obstinación a la arquitectura sacra, ganándose así un gentilicio casi homérico: los de la viga travesá.

Se cuenta que en dicho lugar del profundo sur de Asturies hubo necesidad de introducir una viga dentro de una iglesia pero la viga no cabía. Es de suponer  que, a fuerza de probar distintas posiciones, se habría encontrado la manera adecuada (esto es, alinear la viga con el eje anteroposterior de sus portadores), pero, convencidos mis antepasados de que no hay idea mejor que la primera, y habida cuenta de que la primera idea fue la de meter la viga alineada con la fachada de la iglesia (alineada con el eje laterolateral de sus portadores), la conclusión evidente era que sobraba casi toda la fachada. De modo que derribaron los muros de la iglesia a ambos lados de la puerta y así consiguieron que la viga pasara sin necesidad de malgastar actividad cerebral.

Hace unos años, muchos de mis convecinos probaron a hacer pasar a Francisco Álvarez-Cascos por transversal, progresista, asturianista y demócrata, azote de corruptos y victimario de bipartidismos. Fuimos también muchos los que advertimos que no cabía, pero pudo más esa pulsión ancestral de embestir y tirar paredes, de modo que Cascos acabó gobernando (brevemente) y puso huevos en alguna administración local con tendencias exóticas como la de Xixón. Daba igual que insistiéramos en que, por muchas paredes que tirásemos, la viga de Foro no pasaría nunca por transversal, que el armatoste basculaba demasiado hacia la derecha. Jugaban en nuestra contra las críticas altisonantes de los jerarcas del PSOE, empeñados en identificar a todo Foro con la extrema derecha (según cantaron a dúo Paloma Sainz y Jesús Gutiérrez), sin hacer distinciones entre el fraguista epónimo y sus votantes. Diagnóstico desafortunado: buena parte del voto captado por Foro en 2011 fue un voto antisistema, equivocado (a mi juicio), desperdiciado y digno de mejor causa, pero en absoluto de extrema derecha. De hecho, si lo hubiese sido, en las últimas elecciones no le habría perjudicado tanto la irrupción de Podemos. Y le habría resultado más fácil a Cascos mantener el barco a flote y no tener que llegar a compromisos electorales con su antigua tripulación: otra ofrenda floral a Alfonso II el Casto y a correr.

De aquellos polvos, y de los de Aquagest, viene el baño de lodo que acaban de darse Foro y PP para demostrar que, embadurnados, todos nos parecemos bastante. Sobre todo, los de buena familia: para qué seguir peleados si tenemos el mismo peluquero. Es inútil querer sembrar la discordia entre los recién casados sacando a relucir las acusaciones de Cascos contra la participación del PP en el famoso pautu del duernu o las invectivas de Cristina Coto contra el sucursalismo del PP. Por ahí vamos mal: nunca romperá la derecha un trato por un delito de lesa opinión. Al contrario que la izquierda, donde las discusiones solo se zanjan cuando una parte concede a la otra su derecho a formar parte de la Historia Universal (lo que no ocurre casi nunca, y de ahí que la izquierda tienda a la fragmentación), la derecha solo discute por quién paga la cuenta, y si eso está claro, todo lo demás es accesorio y fácilmente perdonable con un par de avemarías y un cheque. De modo que no habrá reproches, por lo menos en público y mientras el biplano sea capaz de surcar los cielos a tres turnos. Ya veremos si alguno de aquellos visionarios que saludaban en Cascos a un Gonzalo Peláez redivivo tiene a bien rectificar o prefiere acomodar sus opiniones a las del líder y abandonar la transversalidad asturianista en beneficio del españolismo dextrógiro de toda la vida. Allá ellos. A los de la viga travesá nos basta con la certeza de que ya no hará falta seguir discutiendo de este asunto. Bastante tenemos ya con la dichosa Historia Universal.

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Dimitir a tres turnos

Marcha Cascos, Francisco Álvarez Guión Cascos, y marcha al debalu, ensin rumbu conocíu, ensin investir a un sucesor que llene’l güecu que dexa nel corazón de tantos asturianos desconsolaos. El Gran Consiguidor, el valedor del Potlatch al que tantos arrimaron la cuyar a ver qué-yos cayía, abandona’l barcu qu’él mesmu construyó, botó y pilotó, y abandónalu nel peor momentu pa los sos y, en xeneral, pa tol mundu, una y bones l’anuncia de la so marcha nun-y renta a naide. A los de Foro déxalos aínda más tocaos, si tal cosa ye posible, con toles esperances puestes en Carmen Moriyón, esi síntoma. A los del PSOE brínda-yos un par de díes pa facer chistes baratos, enantes de tener qu’enfrentase otra vez a esi supliciu diariu que los convierte en diana permanente de la realidá. Al PP regála-y la oportunidá d’abrir los brazos a tolos posibles desertores del casquismu y volvese partíu ecuménicu y hexemónicu de la derecha realmente esistente, a lo menos hasta que Ciudadanos espabile y-y pegue otru bocáu d’esos que periódicamente reciben los populares asturianos con pasión masoquista. Nun s’aburren muncho, últimamente, na Xunta Xeneral.

Acordies colos tiempos, el mutis de Cascos diz muncho de la so manera d’entender la política: solo’l que se ve a sigo mesmu como redentor de grandes causes pue brindar esti tipu d’espectáculos. Cascos entra y sal de la política como si l’universu se dividiera en dos partes exactamente iguales: la pública y la privada. Pal común de los mortales, lo privao ye un ámbitu considerablemente más pequeñu que l’espaciu públicu, pero eso nun ocurre con xente como Cascos: la so privacidá tien dimensiones de pirámide azteca, y dende ella asómase a la política como un xigante que metiera la cabeza nun formigueru. Cascos ye d’esos personaxes que pasa a la posteridá en bata y zapatielles. Con razón nunca encaxó na democracia representativa: al contrario que la mayoría de los dirixentes políticos, Cascos nun representa, Cascos ye.

Nun val quedar na pura anécdota o nel cálculu de posibles futuros imperfectos. Lo relevante d’esti adiós ye que-y pon un puntu y aparte al arcu históricu qu’Asturies inauguró en 2011, l’añu del 15-M y del casquismu antisistema. Asina, si la escayencia del bipartidismu español empezó paeciéndose al fundimientu del Titanic, o a lo menos a esa secuencia de la película de James Cameron en que’l barcu parte pela metá y la popa (el PP) queda flotando mientres la proba (el PSOE) desapaez embaxo l’agua, en cambiu n’Asturies vivióse una especie de tsunami qu’afectó a PSOE y PP al empar y d’un xeitu bien igualáu, por más que’l PSOE recuperara la presidencia depués de los cien díes de Cascos. En retirando la fola, lo que queda a la vista pue paecer desolador, pero nun ye nin más nin menos que lo que yá había enantes d’entrar Foro n’escena, solo que llimpio de maquillaxes y prótesis varies. De tratase d’una fuerza política emerxente, equilibrada cola sociedá que-y dio’l ser, el casquismu pudiera aprovechar l’esiliu forzosu d’estos dos años llargos pa recomponer les sos files. Al tratase, nostante, d’un mecigayu d’ambiciones personales, intereses corporativos y pulsiones prepolítiques, lo que fixo Cascos quedó en preludiu.

Lo interesante d’esti asuntu (del casquismu en sí, pero tamién, en concreto, d’esti adiós sotto voce) ye que naide s’estraña de la falta de voluntá sinfónica de Cascos. Ello ye: empezó la partitura dando’l tema principal, atopó una tonalidá cercana, la del PSOE, que-y permitió desarrollar la composición unos cuantos compases más pero, de sópitu, contentóse con volver al tema principal y con más bien poca gana, dexando n’evidencia la falta de talentu musical del compositor y intérprete principal. Na terminoloxía clásica, lo que dio a lluz Cascos nun foi una sinfonía, nin una sonata, nin nada asemeyao: foi un impromptu, o un simplemente un divertimentu. N’ocasiones sonaba más como si un gatu s’acabara de sentar enriba d’un pianu. El final ye un miaguíu en tonu menor, mui asemeyáu al del gatu en cuestión si-y pillaren el rau con una puerta. Una salida de tonu impropia de dalguién que prometió trabayar a tres turnos pa una sociedá que nun lu necesitaba. Que ye lo que suel pasar cuando l’ego de dalguién s’infla tanto que, en cuenta de firmar, empieza a esculpir el propiu nome en mármol de Carrara.

Recuerdos aforados

Es inevitable que con el tiempo nos toque a todos sonrojarnos ante alguna pregunta sobre nuestro pasado. “Papá, ¿estás seguro de que en esa foto no ibas disfrazado?”. Tenemos, no obstante, coartada para todas esas fotos viejas, o para casi todas: están las fotos de los demás, la culpa compartida y atenuada por un horizonte que amarillea, el alivio de que nuestros rostros sean difícilmente reconocibles. Es más complicado afrontar otros manchurrones de nuestra hoja de servicios.

Haber votado a un partido político execrable, ridículo o superado por las circunstancias (los hay de los tres tipos) entra dentro de la clase de conductas de inútil justificación: el voto es secreto y, al igual que quedan muy pocos que presuman de haber votado a UCD o a Ruiz Mateos, es previsible que en un futuro no muy lejano la gente se avergüence de haber llevado a Rajoy a la Moncloa. Tampoco parece muy sensato andar pregonando por ahí que fuiste votante de IDEAS o del Partido Humanista y realmente a nadie le importa. Tus errores pasados están protegidos por el mismo secreto de sumario que los de los demás. Salvo alguna cosa.

Una de esas cosas es Foro Asturias Ciudadanos, alias FAC, a.k.a Foro. Haber votado a Foro, supongo yo, no se olvida. No pueden olvidarlo los que se arrepintieron y cambiaron su voto diez meses después, pero tampoco los que perseveraron y repitieron en segunda convocatoria. Los primeros puede que no lo olviden como uno no olvida que una vez le sorprendieron en posición poco decorosa, y los segundos seguro que lo recuerdan porque para votar dos veces por Cascos en menos de un año hay que ser muy militante de la propia testarudez. Claro que, entre un desliz y el siguiente, fueron muchos los que usaron su voto para enviar a Sostres a esa particular Estación Mir que ocupa en el Congreso de los Diputados, pero Sostres no es Cascos y uno siempre puede decir que se confundió y no sabía a quién votaba (de hecho, creo que la mayoría de los que le votaron siguen a día de hoy sin saber quién es Sostres exactamente); es imposible decir eso de Francisco Álvarez-Cascos.

La ascensión fulgurante de Foro al Olimpo autonómico es un hito en la historia política asturiana. Del mismo modo que Napoleón fue recibido y aclamado, a su regreso de la isla de Elba, por el mismo mariscal Ney que se había ofrecido a llevarlo a París encerrado en una jaula, así a Cascos lo jalearon no solo nostálgicos de Alianza Popular o admiradores de su intifada contra el grupo PRISA, sino también simpatizantes de una izquierda sin matices o de un asturianismo interclasista que vieron en el ex ministro la oportunidad de liquidar la hegemonía del tándem PSOE-PP sin necesidad de dar su voto a Izquierda Unida (recién salida de un gobierno en coalición con el PSOE) o al Bloque por Asturies (recién salido de una coalición con Izquierda Unida y del mismo gobierno de coalición con el PSOE). Un asturianismo indefinido, pero sobre todo la persistente denuncia pública de los atropellos cometidos por los gobiernos anteriores, incluido el de Gabino de Lorenzo, deshumanizó a Cascos y le convirtió en ese ídolo de cera que tanto desean los partidos populistas: un espejo donde cada uno ve una cosa y ninguno ve lo mismo que ve el otro. Y Cascos vio que dejaba de ser Cascos y vio que era bueno. Pero le duró lo que le duró.

Algunos ya dijimos en aquel lejano 2011 que el voto de Foro era, en buena medida, un voto antisistema. Pero Foro no era, ni es, un partido antisistema, a no ser que hablemos del sistema métrico decimal. Al contrario: del mismo modo que la retórica del casquismo reconstituido se remontaba al covadonguismo más rancio, al tradicionalismo de Vázquez de Mella y sus proclamas eucarísticas y antimasónicas, pero en versión pegatina “Ser español es un orgullo, asturiano es un título”, su manera de entender la administración pública era puro Antiguo Régimen: sumisión y manumisión. Se equivocaban el PSOE y sus medios afines al tratar de vestir a Foro con los ropajes clásicos de la derecha: Foro era, en el fondo, anterior a la división entre izquierda y derecha, y se diría que incluso era anterior a la invención de la rueda.

Si me refiero a Foro en pasado no es por sus características antediluvianas, sino porque ya es historia. Ha pasado, lo hemos pasado, y quienes lo votaron tendrán que vivir con ello. Si parece que sigue existiendo es, sobre todo, porque gobierna en Xixón, o algo parecido, y porque su impronta se notará en esta ciudad aun mucho tiempo después de que el olvido se haya hecho cargo de su taurina alcaldesa y su exorbitante concejal de cultura. Lo que no parece que haya pasado, y aun se diría que se ha redoblado, es el empuje antisistema que nos brindó toda esta dicha. Y bien está que así sea, porque más de uno tendrá ocasión de corregir su autobiografía y poder defender ante sus nietos que de aquel error de 2011 salió algo mejor en 2015.

Política del espejo

Si colocas dos espejos frente a frente, ¿qué se refleja en ellos? No el vacío, ni ninguna otra ominosa realidad resistente al raciocinio. A no ser que el experimento adquiera proporciones surreales y dispongamos de un cubo cuyas caras internas sean, todas ellas, espejos, en cuyo caso nada podrá reflejarse al no haber luz. En condiciones cotidianas, dos espejos frente a frente tenderán a reflejar una y otra vez todo aquello que rebose fuera de sus bordes: obtendremos así un ramillete de fragmentos oblicuos de un mundo con dos grandes lágrimas en su seno.

Nos hemos habituado a un ejercicio especular de la política y a una política especulativa: reflexión como acto reflejo sobre un futuro no escrito pero proyectado desde la propia reflexión (el presidente habla porque se dispara la prima de riesgo, y la prima de riesgo vuelve a dispararse porque ha hablado el presidente). Política especular por cuanto cada pieza del discurso es un reflejo de otra y, todas ellas, la imagen invertida de un mundo circundante cuyos mecanismos el discurso no capta sino deformados.

¿Es Rajoy un Cascos invertido, o son ambos un reflejo bifronte de otra cosa? Rajoy: el hombre que reinó sin poder. Cascos: el hombre que pudo reinar y no reinó. ¿Equivocaron la estrategia sus respectivos domesticadores, proyectando en uno una fortaleza sin asideros naturales, fingida a base de exagerar inopinadamente una debilidad intrínseca, y en otro una ferocidad sin causa, simple reflejo de un tropismo en busca de discurso que lo legitimara?

Quidditch

Sospechábamos que Cristóbal Montoro se había escapado de alguna saga épica tardomoderna, tipo Terramar o Mundodisco, y no íbamos descaminados. Al menos, en lo de formular un conjuro y esperar obtener consecuencias, nos ha salido mago, aun cuando las consecuencias (como a menudo les ocurre a los magos) no fueran las esperadas. Profetizó plagas bíblicas sobre las cuentas públicas asturianas y ha empezado a cumplir, bien que sin poder evitar que algún efecto colateral le diera en los morros: fue abrir Montoro la boca y precipitar un acuerdo de investidura entre PSOE y UPyD cuyo primer efecto será el de enviar a Cascos al hiperespacio. Ya es algo. Es previsible que sus viejos compañeros del PP le acompañen en el viaje.

Así pues, a Montoro le vieron el envite y es lo suyo que le tocara mostrar las cartas. Bien es verdad que las cartas las había repartido Cascos, así que nadie gana. Menos que nadie, el millón de asturianos atrapados en medio de este partido de quidditch y a quienes, ni se les permite participar en el juego, ni tienen el menor interés en ese absurdo deporte: víctimas, como los demás, de esta peculiar versión de la doctrina Otegi por la cual los poderes públicos han decidido socializar el sufrimiento. El sufrimiento de los bancos, se entiende.

En cuanto a Cascos, poco margen de maniobra le queda, a no ser que se decida a emular a Boris Yeltsin y bombardear la Xunta Xeneral del Principáu. No es muy plausible, pero no descartemos nada: ha sido un año muy largo, muy inútil, lleno de ruido y furia.

La amenaza fantasma

Hete aquí que Cristóbal Montoro y sus muchachos, henchidos de un súbito sentimiento quincemayista, se preguntaron por qué tomar una plaza pudiendo tomar toda una comunidad autónoma. Así que cogieron sus pancartas, sus bongos, sus vuvuzelas, y se inclinaron todos a una sobre el mapa y escogieron Asturies, patria querida, y zas, ahí queda eso: amenaza de intervención para la única comunidad autónoma que aún tiene un gobierno en funciones, y ojito las demás, que esto va en serio.

¿Va en serio? No lo sé, y no me urge averiguarlo porque, de ser así, se sabrá muy pronto y saldremos de dudas. Ahora bien, ¿de qué dudas? Ciertamente, son unas cuantas las que todo esto me suscita y, como últimamente he venido descubriendo que este país nuestro rebosa de mentes prodigiosas y confío en que no todas ellas estén ocupadas dirigiendo La Razón, ahí van unas cuantas. Agradecería respuestas concisas y, si vienen con membrete oficial, mucho mejor.

Primero. ¿Qué es eso de intervenir una comunidad? Según la Ley de Estabilidad Presupuestaria, en vigor desde hace un par de semanas, se trataría de que el gobierno español se hiciese cargo del control de las cuentas públicas de la comunidad intervenida, obligando al gobierno autonómico a realizar un depósito del 0,2 % del PIB de la comunidad (que se convertirá en multa si en el plazo de tres meses no se ha corregido la desviación presupuestaria) e iniciando una auditoría de las cuentas a cargo de un grupo de expertos que propondrán unas medidas de obligado cumplimiento. Hasta aquí, lo que ha dicho la prensa, más o menos, a propósito de la amenaza que pesa sobre Asturies. Ahora bien, si uno se lee la Ley de Estabilidad Presupuestaria, puede pensar que nos hemos perdido algún episodio: todas esas medidas (llamadas en bloque “intervención”) aparecen consignadas como “medidas coercitivas” en el artículo 25, pero para llegar a ellas habría de ocurrir que el plan de estabilidad presentado por la comunidad autónoma hubiese sido rechazado por el Consejo de Política Fiscal y Financiera por segunda vez consecutiva, tras haber sido devuelto en su versión original. Naturalmente, todo esto es sólo lo que yo he sacado en limpio después de una sola lectura de la ley en cuestión, pero sé que caben otras interpretaciones, entre ellas, la de la propia Consejería de Hacienda de Asturies, que rebaja todavía más la credibilidad de la amenaza. No obstante, lo que a mí me preocupa es la carga semántica del significante “intervención”, y su posible asociación con lo contemplado en el artículo 155 de la Constitución, como si nos hallásemos ante una efectiva suspensión del ejercicio de las competencias autonómicas. Cierto que hay semejanzas entre una cosa y la otra, pero me gustaría que alguien me aclarase (insisto en lo del membrete) si son lo mismo, puesto que no veo por ningún lado que el Senado vaya a votar ni las intervenciones anunciadas ni las desmentidas, un trámite ineludible, según la Constitución, para despojar a una comunidad de su autonomía efectiva.

Segundo. ¿Es casual que la advertencia se realice al día siguiente de haberse conocido el fallo del Tribunal Constitucional que devolvía al PSOE el escaño perdido y hallado en el templo? ¿Que se anuncie, también, al día siguiente de que PSOE y UPyD hiciesen público su desacuerdo sobre la circunscripción electoral única, lo cual impediría un pacto de investidura entre ambas fuerzas y abriría otra vez la puerta a un entendimiento PP-FAC-UPyD? Digamos que estas dos preguntas puedo respondérmelas yo solito, pero la única respuesta posible me genera más desazón que tranquilidad, dado que aquí, y no en las cuentas públicas, es donde se ve un intento efectivo y brutal de intervención: ¿o acaso no parece que el gobierno español está advirtiendo al PSOE de que, si finalmente gobierna Asturies, se las van a hacer pasar muy putas, lo mismo que le advierten a Cascos (quien, por cierto, no ha dicho ni mu, para variar), sólo que a este con otra letra y otra música: “gánate a los de UPyD y haz las paces con nosotros, o te las verás con nuestros auditores”; lo mismo que, finalmente, a UPyD, para evitar tentaciones abstencionistas que pudieran poner a Asturies al borde de unas nuevas elecciones, las terceras, de las cuales cabría esperar un hundimiento cuasi definitivo de la derecha, tanto de la facista como de la otra? Sí, es cierto, la pregunta es muy larga, pero la respuesta, creo, es más que breve.

L’añu que vivimos peligrosamente

Francisco Álvarez-Cascos convoca elecciones anticipaes pal próximu 25 de marzu. Nun duró siquiera un añu como presidente d’Asturies y ta por ver que repita (en realidá, hasta ta por ver que se presente). Con too y con eso, y con durar menos nel cargu qu’Antonio Trevín, ye previsible que los meses que gobernó (por llamalo asina) seyan oxetu d’estudiu nel futuru. Tamién la so figura, troquelada sobre’l fondu borrinosu de la nuesa historia institucional.

Dende 1983, añu en que se celebraron les primeres elecciones autonómiques, Asturies tuvo presidentes de tou tipu: un intelectual, un histrión, un oficinista, un señor con gafes y Areces (que constitúi, él mesmu, una categoría). Lo que nunca tuviéremos, nin necesidá qu’había, fuera un presidente bonapartista. Cierto, lo de Cascos foi un bonapartismu de serie B, una especie de hegelianismu de bazar chinu, y tan llenu de ruíu y de furia que s’autoconsumió en tiempu récord. Les sos maneres yeren, y son, de mayoría absoluta, y yeren, y serán, incompatibles col ritual d’intercambiu de favores que los periódicos suelen llamar diálogu: pa gobernar en zapatielles fai falta, como poco, un exércitu que te respalde. Si a too ello-y sumamos que la so base electoral taba formada por un heteroxeneu mestranzu antisistema, nun va estrañanos por demás que too acabara como acabó.

Con esti xostrazu salimos toos ganando, y nostante’l futuru inmediatu nun pinta tampoco mui de fiar. Sí, ye posible, anque non plausible, que too quede igual, o incluso que Cascos, de presentase, gane en marzu por una mayoría más amplia. Pero esto arreciende a fin de temporada, y pinta más realista un escenariu d’estética barroca, con Cherines o Javier Fernández interpretando en sordina los madrigales de moda en Madrid. Un poco lo de tola vida.