Los divinos detalles

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The Horror! The Horror! Variaciones sobre Apocalypse Now está dedicado a la memoria de Santiago González Escudero. Es significativo que un libro sobre un filme de Francis Ford Coppola no mencione ni una sola vez a Francis Ford Coppola y, en cambio, el primer nombre propio que leemos en él sea el de Santiago González Escudero. Tal vez sea solo significativo para el autor y para mí, y para media docena de personas más, pero si uno se empeña en buscar la llamada piedra angular de un texto, ya sea fílmico o literario, no debería extrañarse de encontrarla en un detalle aparentemente menor, tal como advertía la tradición bíblica (Mateo 21, 42).

Santiago González Escudero, fallecido en 2008, fue profesor de filosofía y especialista en el mundo griego, y también el director de la tesis doctoral de Vicente Domínguez: “Evémero de Mesene: fundamento cósmico-político de la creencia religiosa en la divinidad de los dioses y sus implicaciones filosóficas” (publicada en 1994 con el título Los dioses de la ruta del incienso). Fundamentalmente, fue un amigo y un maestro. En cierta ocasión (permítaseme una breve digresión autobiográfica), durante un curso de doctorado, nos hizo leer un texto sin firmar y nos instó a que tratáramos de averiguar quién era su autor. Naturalmente, no se trataba de adivinar, sino de deducir, guiándonos exclusivamente por las señales dispersas en el texto en cuestión. Me llevó cerca de un cuarto de hora argumentar por qué, en mi opinión, el autor del texto era Aristóteles. La respuesta del maestro fue tan lacónica como contundente: “Llevas razón en todo salvo en un pequeño detalle: el texto es de Cicerón”. No se me ha olvidado el énfasis peculiar con que pronunció “pequeño detalle”, pues efectivamente aquel era un detalle pequeño: la estructura del texto la había construido Aristóteles, independientemente de que no se hubiera tomado la molestia de escribirlo: la configuración inequívocamente aristotélica del milieu intelectual en que había trabajado Cicerón era lo que buscábamos y tratábamos de reconstruir en aquellos ejercicios. Por aquel entonces uno no había leído aún a Fredric Jameson, pero fue inevitable, tiempo después, reconocer en la noción de “inconsciente político” de Jameson un eco de aquellas lecciones.

Si hubiese de resumir de qué manera Santiago González Escudero nos enseñó a leer, me quedaría con tres elementos fundamentales. De entrada, pulcritud y precisión en el uso del lenguaje: ninguna lengua merece que la maltraten. A continuación, frontal rechazo de la fantasía hermenéutica de la semiosis ilimitada (que no infinita: siempre cabe una nueva interpretación): jamás cortes el lazo entre la interpretación y el texto, so pena de quedarte haciendo el hermeneuta en el espacio exterior, sin nada que decir y con más bien poco que pensar. Por último, consciencia de que todo texto, fílmico o literario, es un objeto político, vale decir cultural, y que la reconstrucción de su sentido nos dice tanto del espacio político que lo alumbró como del nuestro propio en tanto que intérpretes.

El libro de Vicente Domínguez es una lectura (una interpretación) de Apocalypse Now!, en el mismo sentido en que Apocalypse Now! es lectura (interpretación) de otro texto (y en el mismo sentido en que el De officiis de Cicerón es una interpretación de la obra de Panecio de Rodas pero también una relectura del clima moral y político post aristotélico). La identificación del texto que Apocalypse Now! interpreta es una de las líneas de fuerza de la propia interpretación de Vicente Domínguez, aunque acertadamente se nos muestra que, más que un texto, es una pluralidad de textos (signos, hechos, interpretaciones) lo que está en la base del filme de Coppola y a lo que el filme de Coppola apunta como a una bóveda en la que proyectarse. La consecuencia inmediata de esa identificación plural del objeto de discurso es modificar, correlativamente, el propio objeto de discurso: The Horror! The Horror! ya no trata en exclusiva sobre Apocalypse Now!, sino también, y no de forma accesoria, sobre todas sus posibles fuentes, piezas o teselas (ya sea el filme un río, un puzle o un mosaico, respectivamente). Así, pues, que una investigación sobre Apocalypse Now! incluya un exhaustivo análisis de las condiciones de vida en el Congo belga a finales del siglo XIX, no es consecuencia de que el filme de Coppola se inspire vagamente en El corazón de las tinieblas, de Conrad, sino de que la frontera entre el libro de Conrad y el filme de Coppola se diluye hasta el punto de que The Horror! The Horror! trata a la vez de ambas obras y de sus respectivos escenarios geográficos, históricos y culturales.

Nunca sabremos quién fue Evémero de Mesene. No, al menos, en el mismo sentido con que decimos saber quién es Vicente Domínguez. Nuestra experiencia del pasado es siempre una experiencia del presente, en la cual medimos nuestras fuerzas con un texto (con una película) pero nunca con su autor o con el continuum histórico-cultural en que se gestó. Por eso, tampoco cabe el recurso a suponer, ingenuamente, que ninguna lectura de Apocalypse Now! vaya a mostrarnos el texto real oculto en la película. Ese sentido cifrado, escondido, es reconstruido sistemáticamente con cada experiencia, con cada interpretación. El sentido de un objeto cultural se parece al océano de plasma de Solaris, arrojando una y otra vez entidades ficticias ante nuestros ojos, de modo que la interacción con cada una de ellas altera por completo la imagen global que teníamos de él (y de nosotros) hasta entonces. De hecho, este The Horror! The Horror! habría sido muy diferente de haber sido escrito antes de que Coppola incorporase, en Apocalypse Now! Redux (2001), las secuencias de la plantación francesa, en las cuales, como en Solaris, un océano de niebla vomita sobre nuestro recuerdo del filme nuevos personajes, entre ellos el de la única mujer con un papel en el mismo.

The Horror! The Horror!, al igual que Apocalypse Now!, es un libro circular, que arranca con una reflexión (de D.H. Lawrence) sobre el apocalipsis y, después de atravesar casi todo el siglo XX, fondeando en las luchas raciales de los Estados Unidos, desmenuzando la cultura hippie de los años sesenta y analizando la importancia del napalm en la Segunda Guerra Mundial, vuelve al punto de partida, sin ignorar que la aventura, como el filme, comienza otra vez. Así como, según Lawrence, “un libro vive en la medida en que se mantiene insondable”, también Apocalypse Now! se ofrece a lecturas infinitas (que no ilimitadas) que nunca lo agotan como fuente de sentidos. Cada detalle de la película genera un proceso autónomo de reconstrucción que es, en sí mismo, placentero: se deja acariciar. Al comienzo de The Horror! The Horror! figura una cita de Vladimir Nabokov: “Acariciar los detalles… ¡Los divinos detalles!”.  Se nos recuerda, pocas páginas después, cómo Nabokov discutía, en sus clases, esos divinos detalles, animando a sus alumnos a recrearse en ellos, no en las ideas generales. También, modestamente, es esta una reseña circular, que comenzaba evocando otras clases, con otro profesor, no menos propenso a discutir detalles, fuesen grandes o pequeños. En ese taller se gestó este libro.

“Nunca confrontamos un texto de manera realmente inmediata, en todo su frescor como cosa-en-sí”, escribe Fredric Jameson. “Antes bien los textos llegan ante nosotros como lo siempre-ya-leído; los aprehendemos a través de capas sedimentadas de interpretaciones previas”. Bucear a través de esas capas interpretativas acumuladas sobre Apocalypse Now! es tejer, de un modo inequívocamente nuevo, una nueva experiencia textual (cinematográfica), empleando el tiempo preciso con cada detalle. Pero esa labor de despiece, de análisis factorial de las muchas señales desperdigadas por el filme, requiere un pulso firme, entrenado en la práctica con fragmentos deturpados de textos escritos en una lengua muerta. Es evidente que ese entrenamiento requiere, a su vez, un maestro. Y es, para mí, más que evidente que ese maestro se merecía este homenaje.