Cuando la tuna te dé serenata

La novela más desconcertante que he leído es Robinson Crusoe. Es sencillamente asombrosa: no solo es la historia de un tipo que se pasa veintiocho años completamente solo, sino que también, y muy especialmente, es la historia de un tipo que cree que contarnos con detalle lo que le sucedió durante esos veintiocho años es, por alguna razón, interesante y no solo eso, también divertido. Encima, logra que sea interesante y divertido y lo hace sin renunciar a su condición de solitario absoluto, esto es, incluso cuando tiene que narrar algún encuentro con otro ser humano, ya sea al final del libro o al principio, se las ingenia para hacerlo como si hablara solo. Es algo insólito. Mucho más insólito si observamos que, en una novela, el mejor procedimiento para perfilar la identidad de un personaje consiste en hacerlo contrastar con otros. El protagonista de una acción existe contra alguien, se va haciendo a medida que interactúa con aquellos a los que se opone: sin Creonte, Antígona sería una moralista insoportable, y los personajes de Dostoyevski nos darían bastante pena si no interactuasen unos con otros revelando, entre tanto, que son mucho más complejos de lo que parece haber creído su autor. En cambio, Robinson ¿contra quién existe? ¿Quién es su antagonista en esa isla desierta? Continuar leyendo “Cuando la tuna te dé serenata”

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No ha sido el señor D’Hondt

El Partido Popular ha vuelto a ganar las elecciones. Era difícil otro resultado sin que mediara una catástrofe biológica, tipo peste bubónica: una sociedad no cambia tanto en seis meses. Igual de previsible era que los demás partidos mantuviesen su cuota de poder, salvo Ciudadanos. (Hay algo en Ciudadanos que se impugna a sí mismo, igual que lo había en UPyD, y ese es ahora mismo uno de los asuntos que más me intriga de la política española, pero no es de eso de lo que tratan estas líneas. Cada cosa a su tiempo.)

Estas líneas tratan del resultado de Unidos Podemos, de su relación con el electorado del PSOE y con la evolución de Podemos desde su creación hace dos años y medio. Y no pretendo disfrazarlas con retórica pseudocientífica (las ciencias sociales, para quien las trabaja): es personal, no son negocios. Continuar leyendo “No ha sido el señor D’Hondt”

Casa de cites

Una profesora que conocí una vez solía dicir que’l profesor que nun cita les sos fontes ye un terrorista intelectual. Nun sé hasta qué puntu pue ampliase esa acusación al qu’escribe nun mediu de comunicación, pero la tendencia ye, munches veces, la inversa: hailos propensos a l’acumulación de cites erudites, un vezu que revela, cuando menos, una falta alarmante de criteriu propiu. A la busca d’un camín intermediu, propúnxome la galbana estival que concentrara toles cites nun solu artículu, de mou y manera que pudiera safame pa en delantre de dambes les dos acusaciones, inda a sabiendes de que lo más probable ye que me vengan enriba les dos en xunto.

“En tiempu de tribulación, nun facer mudanza”, escribió Íñigo de Loyola, recoyendo’l sentir de la máxima de Marco Aurelio: “L’universu, mudanza; la vida, firmeza”. Sobre un fondu estoicu, el fundador de la Compañía de Xesús llantó nostante, seique ensin querelo, un estadoñu al que pudiera garrase simplemente’l que tarrez adaptase a los cambios, confundiendo’l sustine de la Estoa col más llanu conformismu. Sicasí, siempre me paeció muncho más asumible, como receta p’aplicar énte una realidá cambiante y davezu conflictiva, el famosu conseyu de Samuel Beckett: “Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa meyor”. Atráime’l calor animal d’esa propuesta que nun dexa de ser la más íntima y sincera pa cualquier mamíferu, y hasta modelu d’escelencia científica pa especialistes en conducta animal como Konrad Lorenz: “La verdá na ciencia pue definise como la hipótesis de trabayu que meyor te dexa avanzar hasta atopar otra meyor”.

Tamién la política ye l’espaciu del fracasu, seya esti individual o colectivu o incluso, como ye bien frecuente, un ñudu ente los dos. Pienso estos díes nel apueste escomanáu que representa Podemos na actual crisis del réxime y a veces dame pol entusiasmu y a veces pola rocea, y dudo ente’l falsu estoicismu xesuita y el desapasionáu down to earth de Samuel Beckett pa quedame coles dudes pero tamién con Beckett. Cierto qu’esi organismu n’espansión que ye Podemos hai díes que tien traza de metástasis, pero tamién ye cierto qu’ensin riesgu nun hai gloria, como dixo Corneille (anque la mio fonte, equí, ye’l simpáticu artificieru de La xungla de cristal III, intentando decidir qué cable cortar pa desactivar la bomba). Riesgos nesti xuegu hai unos cuantos, empezando pol más básicu, que ye’l de desdexar la discusión de cómo va organizase esi partíu movimientu artefactu, en reduñes d’un ésitu electoral non por previsible menos problemáticu. “Otra victoria como esta y acabo vencíu”, dicen que dixo Pirro, el de les victories pírriques, y bien pue ser qu’un tipu de Realpolitik en clave triunfalista tienda, dende les bones intenciones, a asumir lo que dicía Gene Hackman naquel submarín: “Tamos equí pa defender la democracia, non pa practicala”.

Tala ye la llectura que faen ciertos medios y analistes del procesu organizativu que ta entamando Podemos, onde, a la lluz d’un borrador públicu pa discutir en público (vamos, lo típico de los partíos políticos: nun me digan que nun foi igual de tresparente l’últimu congresu del PSOE), ponse l’acentu na falta de democracia interna que se recueye nél. Mal diba andar Podemos si arrenunciara al so capital más importante: l’apertura d’un espaciu de confrontación y decisión en clave democrática, la voluntá conxunta de los miles de persones que conflúin nesi espaciu. Los promotores de Podemos han saber qu’esa máquina yá tien una fuerza autónoma y sabrán yá, o intuirán, que “nun ye conveniente criar a un lleón nuna ciudá, pero, si se lu crió, hai que s’adaptar a les sos maneres” (Esquilo, según Aristófanes).

“Tamos en guerra, pero hai que reflexonar”, cantaben Os Resentidos hai unos cuantos años. Avezaos como tamos a que la reflexón empobine al desencantu y la renuncia, pue apetecer alcuando que la capacidá crítica marche de vacaciones. Nun paez que seya’l casu: ensin mandase d’adanismos que yá nacen calabres, ye dable certificar la imposión social d’una nube crítica mui refractaria a la lóxica del apparatchik. Por mui cool que vista l’apparatchik, y hasta más refractaria cuanto más cool. Va ser una nube mui difícil d’encaxellar n’estructures de partíu al usu, y nun digamos yá en procesos de cooptación de carácter cortesanu, pero con too y con eso va haber que conxugar la xenerosidá cola elegancia, la eficacia cola tresparencia y la gramática cola xeometría. Si hai que fracasar, que nun seya pa fracasar peor.

Fin de la cita.

Migajas intelectuales

¿Qué es un intelectual? Uno diría que es aquel que concita el desprecio de un gran número de personas y la adoración de un público reducido, justo al revés que cualquier estrella del mundo del espectáculo. Claro que así no atrapamos la esencia del intelectual, solo sus condiciones de existencia en la sociedad contemporánea. Pero no vamos, a estas alturas, a hacernos los ingenuos: sabemos lo que hacen los intelectuales, lo que no acertamos a decidir es si eso que hacen tiene un sentido más allá de ciertas inercias heredadas del siglo XX.

A lo largo del pasado siglo prosperó la figura del escritor con formación filosófica cuyas intervenciones públicas eran saludadas con respeto tanto por sus seguidores como por sus adversarios. Aunque en seguida se acuñó la expresión “intelectual comprometido”, el adjetivo no hacía falta: el intelectual se oponía al erudito precisamente en esa dimensión polémica del engagé. Jean-Paul Sartre viene a ser el primer analogado del concepto “intelectual”, y desde hace decenios medimos las dimensiones del intelectual por su semejanza con las maneras sartreanas.

Hay, no obstante, un tipo de intelectual que, más que a Sartre, se asemeja a Bertrand Russell, el otro gran icono de la filosofía popular del siglo XX. Russell, frente a Sartre, procede del ámbito de la especialización científica (la lógica, en su caso), y su activismo político no sigue los dictados de una teorización previa sub specie aeternitatis. Algunos de los intelectuales más influyentes de las últimas décadas son también figuras reconocidas en alguna disciplina de elite: la semiología en el caso de Umberto Eco, la gramática generativa en el de Noam Chomsky, la teoría literaria en el de Tzvetan Todorov. También ellos, como Russell, tienden a evitar la reflexión sistemática sobre los asuntos de la razón práctica, y es como si, al opinar sobre política, religión o moral, lo hicieran desde su condición de ciudadanos, no desde las coordenadas de su experiencia académica.

En Los enemigos íntimos de la democracia, Todorov exhibe una vez más las virtudes y los defectos de esa encarnación contemporánea del intelectual. Cierto, es difícil no asentir a muchas (la mayoría) de sus observaciones sobre los peligros del populismo o los desarreglos del neoliberalismo, pero en conjunto se echa de menos una mayor solidez argumental, toda vez que, al carecer de un andamiaje teórico solvente, tales observaciones se apoyan en el patetismo o, peor aún, en un relato de circunstancias, a saber: la democracia ha vencido a todos sus enemigos exteriores (el fascismo y el comunismo) y ahora solo hace falta desactivar a esos enemigos interiores que no son sino la desmesura en el ejercicio de sus principios fundacionales.

Así pues, no es extraño que de la lectura de Los enemigos íntimos de la democracia salga uno casi desalentado y echando de menos los grandes relatos de la modernidad. Pues si el horizonte de la cosa pública no es más que una combinación de fatalismo ontológico (el pensamiento utópico como desmesura, recordemos) y voluntarismo moral (bien que inspirado en un cinismo paternalista que vendría a decir: sed buenos chicos o lo pagaréis muy caro), la propia idea de democracia deja de ser atractiva per se y sólo conmueve por sus connotaciones épicas.

 [Publicado en El Cuaderno: Semanal de actividad cultural, número 29, 6 de mayo de 2012.]