Vistalegre II: Más allá de la cúpula del Telegram

No me saco de la cabeza aquella escena de Morir todavía en la que el psiquiatra (Robin Williams) explicaba al detective (Kenneth Branagh) cómo dejar de fumar: “Uno es fumador o no fumador. No hay término medio. El truco consiste en averiguar qué es lo que uno es, y serlo”. Sigue leyendo “Vistalegre II: Más allá de la cúpula del Telegram”

El cielo puede esperar

Supongo que soy de esos izquierdistas trasnochados que piensan que al PSOE, ni agua. Oigo PSOE y automáticamente pienso en el GAL, en la OTAN, en la reconversión industrial, en la Ley Corcuera, en la reforma del 135 CE, en la Ley de Partidos, en los insumisos presos, en los sindicalistas presos, en las puertas giratorias, en la religión en las escuelas, en la sumisión a la monarquía, y todo eso sin necesidad de prestar atención a Felipe González en su ultimísima faceta de capo di tutti capi. Lo confieso: yo soy el que aplaudió cuando Pablo Iglesias dijo aquello de la cal viva. Lo hice: aplaudí mentalmente y acto seguido me mandé a mí mismo al rincón de pensar. Sigue leyendo “El cielo puede esperar”

No ha sido el señor D’Hondt

El Partido Popular ha vuelto a ganar las elecciones. Era difícil otro resultado sin que mediara una catástrofe biológica, tipo peste bubónica: una sociedad no cambia tanto en seis meses. Igual de previsible era que los demás partidos mantuviesen su cuota de poder, salvo Ciudadanos. (Hay algo en Ciudadanos que se impugna a sí mismo, igual que lo había en UPyD, y ese es ahora mismo uno de los asuntos que más me intriga de la política española, pero no es de eso de lo que tratan estas líneas. Cada cosa a su tiempo.)

Estas líneas tratan del resultado de Unidos Podemos, de su relación con el electorado del PSOE y con la evolución de Podemos desde su creación hace dos años y medio. Y no pretendo disfrazarlas con retórica pseudocientífica (las ciencias sociales, para quien las trabaja): es personal, no son negocios. Sigue leyendo “No ha sido el señor D’Hondt”

Muertos sin sepultura

Demasiadas defunciones en los últimos días: ha muerto David Bowie, ha muerto el bipartidismo, han muerto el PSOE, Convergencia y la CUP (no necesariamente por ese orden), ha fallecido una vez más Izquierda Unida, a Ciudadanos le han dado el viático y en cuestión de horas han pasado a mejor vida el Procés Constituent, la impunidad de la infanta Cristina y las veleidades izquierdistas de Pedro Sánchez. Sabemos ahora que, salvo Bowie, todos los demás difuntos eran más bien transitorios y amenazaban y consumaron resurrección en pocas horas: el bipartidismo se ha convertido en el típico enfermo crónico pelmazo que toca el timbre cada cinco minutos para que le lleven un vaso de agua, al PSOE lo mantienen vivo sus deudos y familiares en tanto no quede claro quién figura en el testamento, Convergencia y la CUP tienen dieciocho meses de gracia para supervitaminarse y mineralizarse antes de que Esquerra se quede con las llaves de la masía, y así como el Procés sigue su curso (pues en eso consiste básicamente ser un procés) y al tiempo que a Ciudadanos le han vuelto las ganas de vivir (tras descubrir su vocación de celestina y unir al PP y al PSOE para gobernar juntos la galaxia como Patxi y López), Izquierda Unida prosigue su bizantina autodigestión de mil años, a la infanta le practica la respiración asistida todo un fiscal anticorrupción, y Pedro Sánchez se mantiene en forma gracias a que es capaz de acostarse creyéndose Largo Caballero y levantarse a la mañana siguiente sabiéndose Joaquín Almunia.

Nada de todo eso debería preocuparnos demasiado, puesto que todo ello apunta en la dirección de lo malo conocido, del mantenimiento de una zozobra existencial sin la cual no seríamos lo que somos ni tendríamos ninguna gana de serlo. En todo caso, y a modo de paradójico homenaje a Ziggy Stardust, lo que parece haberse instalado en la política española, con décadas de retraso, es un cierto espíritu glam: definitivamente se ha cerrado el ciclo de la política para hombres muy hombres, con sus trajes, sus corbatas y sus coderas, con sus chascarrillos de rabiosa actualidad (para el siglo XIX), sus citas de Prim y Romanones, su mezcolanza aromática de brandy Soberano y orujo gran reserva. Pero no porque ahora haya diputados con rastas, ni porque el bebé de Carolina Bescansa haya hecho descender un par de decenios la media de edad del flamante Congreso de los Diputados. En realidad ha sido el Partido Popular el responsable de que la escena política española haya avanzado varias casillas en el juego de la oca de la modernidad, pasando de 1878 a 1972 en tan solo cuatro años, y aunque es cierto que todavía nos faltan más de cuarenta para ser absolutamente modernos, también lo es que, en materia de performances, ni los SMS de Rajoy a Bárcenas ni las partidas de Candy Crush de Celia Villalobos o las vírgenes condecoradas de Jorge Fernández Díaz son listones fáciles de superar por ningún politólogo egresado de la Complutense.

A tenor de lo que predican los medios, uno diría que la nueva legislatura se inaugura con una inyección de savia nueva, de vitalidad autocomplaciente, pero lo que uno ve en esa Cámara Baja es más bajeza que frescura y un exceso de caras conocidas y no todas ellas agradables de contemplar. Me parece una excelente noticia que por fin haya una diputada negra en el Congreso, pero mi entusiasmo decae unas décimas al pensar que el resto de señorías, hasta trescientas cuarenta y nueve nada menos, son tan blancas como las camisas de Albert Rivera y, muchas de ellas, tan orgullosas de serlo como el propio Albert Rivera. Y no es que me haga mucha gracia que el Congreso de los Diputados, siguiendo el ejemplo pionero de nuestra Xunta Xeneral, se convierta en una especie de Gran Guiñol donde los representantes de la ciudadanía compiten entre sí a ver quién pronuncia la pedantería más gorda (como si fuese posible superar a Federico Trillo) o quién se hace el selfie más molón de la jornada (como si hubiéramos olvidado aquel de Javier Fernández con Ignacio González y Susana Díaz). Pero es un tanto torticero eso de ver la Bescansa en el ojo ajeno y no el Gómez de la Serna en el propio. Y falta a la verdad y al sentido de la estética (y aun al de la estética glam) eso de abochornarse por todo lo abochornable salvo por la desfachatez con que juran su cargo varias docenas de diputados envueltos en casos de corrupción.

Por regla general, son los cadáveres los que tienen la odiosa costumbre de corromperse, y no es muy verosímil que uno se corrompa en vida y gozando de buena salud: el político corrupto tiene que haber sido previamente un cadáver político, y si hemos llegado a estar como estamos ha sido, en buena medida, por culpa de que aún no se ha instalado en nuestra cultura política la exigencia de votar solamente a seres vivos. Recuérdese, no obstante, que hemos tenido casos de muertos que han aparecido en el censo electoral y posteriormente han votado, de modo que, si tienen reconocido el derecho de sufragio activo, es normal que se les reconozca también el de sufragio pasivo. No debería sorprendernos que, cuando les llega el momento de comparecer ante un tribunal, muestren síntomas de deterioro físico y mental. Lo de Fernández Villa es pura química orgánica, y que hasta ahora no haya llamado la atención se debe solo a que el contexto en que se fue produciendo su descomposición política y moral era más que propicio a las putrefacciones. En ese sentido no hemos avanzado tanto: demasiados zombis en nuestras instituciones. No es de extrañar que el gobierno asturiano rechace crear una oficina anticorrupción y lo haga aduciendo que es mucho gasto. Tiene razón: uno no se gasta una fortuna en pruebas médicas cuando basta con el olor para dar por muerto al muerto.

La gaseosa de los campeones

El Partido Popular ha ganado las elecciones con 119 escaños. El PSOE ha obtenido 92, por los 57 de Ciudadanos, los 52 de Podemos, los 15 de Izquierda Unida-Unidad Popular y los 15 de En Comú Podem. La suma de PP y Ciudadanos alcanza la mayoría absoluta. La patria goza de calma.

Y no, ni usted ha leído mal ni yo estoy borracho, y mucho menos manejo datos confidenciales que el ministerio del Interior ha tenido a bien escamotearnos para hacer que los próximos meses sean un poquito más interesantes. La realidad es que el PP ha ganado con 123 escaños y que, sumándole los 40 que ha obtenido Ciudadanos, no da para una mayoría absoluta. El PSOE ha obtenido 90 y Podemos se ha quedado con 42, En Comú Podem con 12 e Izquierda Unida-Unidad Popular, con una pareja de diputados madrileños. Por lo demás, entran en el Parlamento otras siete formaciones, entre ellas la gallega En Marea (6 escaños) y la valenciana Compromís-Podemos-És El Moment (9 escaños), que recogen parte de lo que han perdido Podemos e IU-UP entre un párrafo y otro.

La estimación inicial estaba basada en los resultados oficiales del escrutinio, pero aplicándole un reparto de escaños según una circunscripción única. Por eso echaba usted de menos al diputado de Coalición Canaria, el más barato del mundo. Por eso tenía usted la sensación de vivir en un país ligeramente inclinado a la derecha pero con un bonito jardín a la izquierda y un coqueto adosado catalán. Seguramente a usted no le importe demasiado, pero el país donde yo vivo se parece bastante al que recoge esa descripción. En cambio, la foto finish que nos proporcionan los resultados oficiales es, como siempre, un poco más movida, menos fiel a los porcentajes de voto, y deja en penumbra algunas zonas del futuro más próximo.

Sin duda sabe usted que esa maravilla de la circunscripción provincial se la sacaron de la manga nuestros padres fundadores con la finalidad de favorecer la estabilidad del reino, premiando a los partidos más votados con un plus de representatividad, un poco como en Grecia, donde regalan cincuenta escaños al vencedor, pero disimulando y permitiendo que el reparto se haga entre dos. Romper esa barrera metafísica de la circunscripción provincial ha sido el sueño de las izquierdas durante décadas. No tanto de las derechas: estas siempre han sido mucho menos renuentes a aliarse en fenómenos blockbuster como UCD o PP. El PSOE, desde su no menos metafísica ubicación ideológica, ha hecho siempre como si le beneficiara, y lo cierto es, como acabamos de ver, que ni le beneficia ni le perjudica: le da lo mismo. Hace tan solo dos años, Izquierda Unida acariciaba la posibilidad de traspasarla: las encuestas le daban un 16 por ciento de sufragios, suficientes para no ver escurrirse cientos de miles de votos por los sumideros del sistema electoral. Entonces llegó Podemos.

Podemos fue, desde el principio, un experimento, y como tal merece ser evaluado. La hipótesis: que desbordando las constricciones impuestas por el aparato de Izquierda Unida había lugar para un crecimiento exponencial de la izquierda a la izquierda del PSOE. En parte, funcionó: se rompió el corsé de las circunscripciones y se superó el porcentaje mínimo para entrar a pescar en los caladeros del bipartidismo. En parte, también, fracasó: la suma de los porcentajes de voto de Podemos e IU-UP es prácticamente idéntica a la que arrojaban los sondeos para IU justo antes de la irrupción de Podemos.

Cierto que la influencia de Podemos en el escenario político español desborda sus resultados electorales. No obstante, lo que nació y se definió tantas veces como una “maquinaria de guerra electoral” (Errejón), como maquinaria de guerra electoral ha de juzgarse. Y si bien no podemos ignorar que el considerable adelgazamiento del bipartidismo le debe mucho, tampoco podemos hacer como si acabáramos de inventar las metáforas bélicas: cuando uno piensa en maquinarias de guerra, piensa en Rommel, en Stalin o en Napoleón, no en Federico Trillo invadiendo Perejil.

Tal vez Podemos haya servido más como catalizador de procesos de confluencia que como maquinaria electoral: he ahí los resultados de En Comú Podem, de En Marea y de la irrepetible (por lo largo del nombre) candidatura valenciana. Un dato revelador es que en los tres casos existía y existe un núcleo irradiador no vinculado al partido de Pablo Iglesias, llámese Compromís, Anova o (indirectamente, al no concurrir a estas elecciones) la CUP.

Claro que a Podemos le ha hecho daño la irrupción de Ciudadanos: la estrategia de soltar lastre izquierdista, aplazando debates pendientes como el del modelo de Estado, estaba llamada a fracasar en cuanto el adversario se percatara de que esa función podía cumplirla mucho mejor un artefacto político morigerado y cañí, de esos que nadie asociaría con Cuba o Venezuela. Otro experimento fallido, no obstante: también Ciudadanos logra superar la barrera de las circunscripciones, algo que no logró la especie que antes poblaba su mismo nicho ideológico, UPyD, pero su único éxito ha sido el de lograr alcanzar la irrelevancia antes de que nadie hubiese averiguado para qué servía.

Me imagino que, al finalizar el escrutinio, muchos votantes de izquierdas habrán pensado lo mismo que el dueño de Mercadona al ver (aproveche: puede que esta sea la única expresión literal que hay en todo el artículo) cómo Albert Rivera se quedaba atrapado en una puerta giratoria: “los experimentos, con gaseosa, joven”, como dijera Eugeni d’Ors. Puede ser: con el bipartidismo de capa caída y sintiendo que su supervivencia solo depende de la buena salud de los votantes más veteranos, tanto el PP como el PSOE mantienen el tipo sin habérselo jugado. Pierden, pero nadie les gana. Y no obstante, no salen vencedores. Es una de las muchas paradojas de este 20 de diciembre. Después de todo, ni el copago ni los recortes en sanidad han diezmado al electorado senior, de quien depende la subsistencia del partido que más ha hecho por joderle la salud, y no deja de ser cierto que, de no ser por el celo de nuestros padres fundadores en diseñar una legislación electoral que reforzara el bipartidismo y el voto conservador, hoy tendríamos una mayoría absoluta de las que le gustaban a Fraga. Téngalo usted en cuenta la próxima vez que alguien (yo mismo, sin ir más lejos) le discuta las bondades del régimen del 78.

Gambito de confluencia

Entre los tuits de Zapata y los de Errejón, se ha hablado poco de los de Gaspar Llamazares. Injusto es. Sin dejar de ser un político de esos de toda la vida, con su particular cuota de carisma y un instinto de supervivencia intacto tras varios decenios de sudar la corbata, Llamazares se desenvuelve inusualmente bien en el mundo de las redes sociales, lo cual es indicativo de que, para nadar a tus anchas en la buena sociedad, ya importa menos saber cuál es el tenedor del pescado que tener olfato para contratar a un buen community manager.

Entre el 15 y el 22 de junio, el ex coordinador de Izquierda Unida y diputado en Cortes redactó, o le redactaron, 66 tuits, de los cuales 44 tenían a Podemos como destinatario, tema u objeto de comentario. De los 22 restantes, apenas media docena comentando o criticando alguna acción del PP o del gobierno, y tan solo un par de ellos contra el PSOE. De estadísticas está empedrado el infierno, pero alguien podría decir, con estos números en la mano, que los intereses de Gaspar Llamazares están en un punto bastante diferente al que cabría esperar de quien encabeza una opción política con nombre de izquierda y apellido plural. Cierto que son días de negociaciones complejas, o eso dicen, pero eso no justifica que Podemos aventaje en un 200% al resto de las cuestiones que un político podría abordar desde su perfil en Twitter. Y eso sin tener en cuenta el aspecto cualitativo, tan elocuente como el cuantitativo: abundan en esos tuits las expresiones airadas, el tono bronco y la falta de mesura, todo ello adobado con una pizca de victimismo y un ramillete de soberbia que quedan bastante lejos de los aderezos habituales en quien hasta hace poco llevaba la voz cantante en Izquierda Unida.

Es poco sorprendente el crescendo tanto cuantitativo como cualitativo de los últimos días, conforme se acerca la votación de investidura del próximo presidente asturiano. Así, el 19 de junio hubo un pico de tensión provocado por la propuesta de Podemos de rebajar los salarios y el número de asesores de los diputados, y el 20 un segundo pico despreciando la propuesta de Podemos de sumar posiciones frente al PSOE. En ninguna de esas crisis se trata de confrontar puntos de vista divergentes, sino que es evidente la voluntad de justificar las propias decisiones: decisiones consumadas, como la de no sumarse a la limitación de salarios, o en trance de consumarse, como la de no apoyar la investidura de Emilio León, pero vestidas todas ellas con el mismo tipo de argumentos, casi todos ad hominem.

Sinceramente, no me creo que un tipo tan inteligente como Gaspar Llamazares se meta de manera gratuita en semejante exhibición de despecho: que si me insultaron, que si no nos quieren, que si nos llamaron corruptos o no nos cogen el teléfono. Tiene que ser otra cosa: o bien trata de sacar ventaja para llevarse la parte del león, y la de León (vendiendo sus cinco votos a cambio de una “confluencia de la izquierda” que le permita presumir de haber logrado acá lo que Garzón no consiguió allá), o bien exagera los agravios para justificar la difícil decisión de entregar el gobierno asturiano a Javier Fernández. Que los dos movimientos sean igual de verosímiles indica que Llamazares no ha dejado de estar siempre en el mismo lugar, y eso es lo relevante y lo que explica la dureza de sus posiciones.

Al contrario de lo que se dice por ahí desde hace algunos años, Gaspar Llamazares no fue pionero en eso de tender puentes entre Izquierda Unida y el PSOE. Sí lo fue en su estrategia de pretender elevar a Izquierda Unida al estatuto de referencia ideológica y moral del espectro de la izquierda española. Voluntariamente o no, jugó una carta peligrosa pero no demasiado infrecuente: la de la identificación de esa alternativa ideológica y moral con su propia persona. El hecho de que Izquierda Unida se esté precipitando al abismo en todas partes salvo (en términos electorales) en Asturies, refuerza su posición y le dota de un poderoso altavoz con el que hace unos meses ni se atrevía a soñar. Sabe, además, que muchos militantes de Izquierda Unida hacen a Podemos responsable del hundimiento y ese sentir es lo que Llamazares está explotando para obtener a cambio un cierre de filas en torno a su persona.

¿Durará mucho? Pues depende. Porque el envite a la grande con que Llamazares saluda a la nomenklatura de IU se compadece poco con el envite a la chica que parece estar preparando en Asturies. Desde luego, marcar distancias con alguien no parece la mejor manera de demostrar que se quiere “confluir” con ese alguien, ni aunque sea un ratito, pero hacer causa común con el adversario tampoco parece el mejor modo de convencer a los tuyos de que su salvación está en tus manos.

Podemos, tú antes molabas

Se diría que el último año ha durado veinticuatro meses. Nada es lo que era hace un año, y sorprendentemente ha aumentado el número de personas que desearían que todo volviera a ser como hace un año. La culpa es, cómo no, de Podemos. Añoran los palmeros del PP aquella época, no tan lejana, en que no tenían que esconder su logotipo en la propaganda electoral. Los turiferarios del PSOE añoran los buenos tiempos en que su intención de voto caía en picado pero no tenían que esforzarse en parecer lo que no son. En Izquierda Unida hay quien añora la época en que sus dirigentes no se vapuleaban en público, pero para eso hay que remontarse a 1986 y en aquel entonces, doy fe, Podemos no existía. Salvo de esto último, Podemos es responsable de todos los males recientes de la política española. Ojalá no hubiera aparecido nunca.

Se da también un género de añoranza que busca en Podemos lo que hace un año, más o menos, se imaginó que Podemos era o podía ser. Y por supuesto no faltan quienes añoran ese verano del amor en que Podemos, sin candidatos, ni programa, ni convocatorias electorales, rozaba la mayoría absoluta en todos los sondeos.

Hasta aquí, la vox populi. Que en buena medida sigue siendo, al igual que hace un año, lo que los medios difunden y las encuestas cuantifican, aunque siga sin estar claro cuáles son las fuentes de unos y de otras. Un siniestro guión, con su chispa de ingenio, que está influyendo sin duda en la opinión pública, pero que no puede tomarse como instantánea de un momento histórico. Los poderes fácticos han tardado en reaccionar, pero lo han hecho, y se han esmerado en seguir estrictamente los consejos de la Escuela de las Américas en cuestiones de contrapropaganda. No tiene mucho sentido replicar, salvo que uno sea propietario de un periódico, y ni siquiera: aquellos que se acercaron a Podemos atraídos por el dulce aroma del éxito, o por el lenguaje altisonante en materia de castas, volverán a hacerlo el próximo 25 de mayo si Podemos obtiene un buen resultado este domingo, y de lo contrario pasarán a engrosar las filas del desencanto militante, solo que con un nuevo partido que añadir a los de siempre. Podrá sonar despectivo, incluso a alguien le parecerá contraintuitivo, pero el éxito a cualquier precio no es un objetivo legítimo en política: los cambios políticos se apoyan en cambios sociales, y si no hay una base social que los sustente, los primeros serán tan duraderos como un castillo de arena.

Poco a poco iremos viendo cuánto hay de arena y cuánto de cemento en la base social de Podemos, pero es pronto para hacerse una idea. Y lo es porque se dan en estos momentos tres factores que, combinados, no permiten diagnosticar cómo estamos: 1) la contraofensiva mediática, 2) lo reciente (y complejo) de los procesos de organización interna de Podemos, y 3) lo vertiginoso (y no menos complejo) de los procesos electorales en marcha. Hacer conjeturas en esas circunstancias es perder el tiempo.

No es perder el tiempo, en cambio, contribuir a que la burbuja explote de una vez: reconocer que, efectivamente, Podemos está compuesto por personas, de hecho es el único partido, que yo sepa, donde no se ha reservado el derecho de admisión, y eso conlleva unos riesgos, el primero de ellos, y no el menos importante, ser una imagen fiel de la sociedad en que vivimos y de la gente que la compone. Podemos no nació para mejorar la naturaleza humana, ni para expedir certificados de pureza, y si nos ha defraudado darnos cuenta de que también entre nosotros hay gente mezquina, y si resulta que Podemos nos gustaba porque no conocíamos personalmente a Pablo Iglesias pero ya no nos gusta porque sí conocemos en persona al secretario general de nuestra localidad y es un perfecto gilipollas, lo que estamos haciendo entonces es aplaudir lo que ya había, a saber: una partitocracia separada de la gente corriente por una muralla de asesores de imagen.

Bajar de esa nube de efervescencia emocional será, entonces, hacerlo con todas las consecuencias, y asumir que no éramos más puros hace un año, cuando no habíamos traicionado ningún ideal evanescente ni habíamos conseguido que el tonto del pueblo acaudillara una CUP. Será asumir que hace un año ni el PP ni el PSOE estaban dispuestos a ceder un milímetro en su plan de invasión del bolsillo ajeno y que no dudarán en recuperar el terreno perdido a poco que perciban la menor flaqueza. Será, en fin, no dar por sentado que en las catacumbas vivíamos mejor, porque estábamos a dos telediarios de que nos desahuciaran también de las catacumbas.

Tengo cuarenta y cinco años. Nunca antes había visto a las elites de este país comportarse de la forma en que lo están haciendo: con vileza, con torpeza, con miedo. Nunca había asistido a un espectáculo tan bochornoso como el que están dando los beneficiarios del régimen, sabedores de que, esta vez, no habrá pactos en restaurantes de lujo que garanticen sus puestos de trabajo. No es la primera vez que me miran con la agresividad de quien, sin dudarlo, me pegaría un tiro, pero sí que es la primera vez que detrás de esa mirada se oculta la certeza de que no habrá balas suficientes.

En la novela Jonathan Strange y el señor Norrell, John Segundus hace una pregunta: desea saber “por qué los magos modernos no eran capaces de practicar la magia que describían”. Es la misma pregunta que muchas personas llevábamos años haciéndonos, solo que referida, no a la magia en sí misma, sino a la política entendida como arma de construcción masiva, no como postureo de almas bellas instaladas en la marginalidad de lo simbólico. Lo que a muchos nos atrajo de Podemos fue que por fin era posible hacer magia. No importa que por el camino hayamos descubierto algunas verdades sobre el comportamiento humano. Nuestra responsabilidad no es hacia los errores del pasado, sino frente a los terrores del futuro. Toca ejercerla sabiendo que el momento es ahora.

Confluyan con precaución

Parece que a Podemos le va a resultar más difícil explicar cómo funciona qué cuál es su programa. Las últimas horas nos han servido un quintal de ejemplos de que un millón doscientos mil votos son demasiados como para ignorar los clichés más habituales en las discusiones políticas, no digamos ya en los medios. Acostumbrados como estamos a que las declaraciones públicas de los dirigentes de los partidos procedan formalmente de una deliberación interna (cliché: no es precisamente infrecuente que esos dirigentes declaren lo que les viene en gana, calibrando solo los equilibrios de poder de los que depende su posición), puede provocar cierta estupefacción que Jiménez Villarejo opine según qué cosas (cliché: tampoco es infrecuente que confundamos la representación política con la ideológica, como si al dar nuestro voto a un candidato para que represente nuestra voluntad le autorizáramos también a ser portavoz de nuestras opiniones). No menos acostumbrados a que los partidos sean organizaciones con carné y cuotas (cliché: es facilísimo sacarse el carné de un partido, a pesar de dar la impresión de ser clubs privados y selectos), no es menor la perplejidad que provoca ser invitado, sin más, a participar en un círculo o asamblea (cliché: no es del todo cierto que la burocracia de los partidos sea el gran obstáculo a la participación ciudadana). Pero cuidado: no es desdeñable el peso de los clichés dentro de Podemos, y es así que hemos podido recabar opiniones contrarias a una confluencia con Izquierda Unida desde el argumento del asamblearismo (como si a Izquierda Unida o a quien fuese le costara mucho aplicar el clásico método del desembarco de militantes y colonizar uno a uno los círculos de Podemos) o desde el pseudoargumento de la pureza (como si los círculos estuviesen abiertos a todos salvo a aquellos manchados por no se sabe qué impurezas). Cierto que, tanto dentro como fuera, estos ejemplos son menos que anecdóticos, pero abren más de un interrogante sobre el tipo de relación que se quiere articular entre movimiento partido e instituciones.

No es ningún secreto que el horizonte de Podemos es el de un proceso constituyente, y no es ningún misterio que en un proceso constituyente el músculo es parte del mensaje. Leer este momento en clave frentista, bajo consignas del tipo “parar a la derecha”, por muy tentador que pueda ser, ni es meritorio, ni realista. No es realista porque quedarse en construir una mayoría parlamentaria y una opción de gobierno de izquierda bloquearía cualquier posibilidad de hacer saltar el marco constitucional (aunque otra cosa es que pueda hacerse saltar ese marco sin construir esa mayoría). No es meritorio porque, como decía aquel personaje de Braveheart, no nos hemos vestido así para nada: se ha puesto en marcha algo demasiado grande como para pretender redirigirlo ahora hacia un vis a vis de mayorías y minorías.

Es inevitable que en la fase actual del movimiento (más de afluencias que de confluencias, me parece) triunfen en Podemos los discursos apofáticos, más efectivos en negar que Podemos sea esto o aquello que en definirlo con claridad y exactitud. Pero Podemos no es un incognoscible, de modo que algún paso habrá que dar hacia una clarificación colectiva, extramuros, que no requiera un curso acelerado de política spinozista. Personalmente creo que el modelo organizativo de Podemos aguantará sin demasiadas tensiones, no por su solidez, sino por su capacidad de adaptación e innovación. No obstante, habrá que prepararse para pulir algún tipo de discurso catafático, del tipo “esto es así” (un discurso que recoja la realidad efectiva, conductual, de Podemos), que evite los debates estériles, sobre todo en los medios. Las experiencias del 15M y de las CUP así lo aconsejan.

Es texto largo

Vamos poco a poco aterrizando, unos más rápido que otros, después de unas elecciones elocuentes y atípicas, y yo supongo que a estas alturas ya se habrán producido dimisiones y ceses en el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), cuyos técnicos fueron absolutamente incapaces de prever el ascenso de Podemos y las verdaderas dimensiones del declive del bipartidismo. A propósito de esta enésima cagada metedura de pata del CIS, una página web cometía hoy un lapsus muy significativo: “Los resultados comienzan a ofrecer dudas de si la mitología del CIS se adapta a las nuevas realidades sociopolíticas del país”. Seguro que el redactor quiso decir “metodología”, pero el azar o el corrector o ambos pusieron las cosas en su sitio, pues no es otra cosa que mitología lo que entorpece tanto la capacidad predictiva de las encuestas como las posibilidades reales de un cambio social en España. El caso de Podemos es un buen ejemplo, tal vez el ejemplo.

En los últimos meses he estado muy pendiente de la evolución de Podemos, al principio con más dudas que certezas, hasta implicarme finalmente, en la medida de mis posibilidades (no sin dudas, nunca sin dudas, ni en esto ni en nada), en un proyecto que empieza ahora, y no antes. Por cierto que no he podido dejar de observar cómo algunas voces entusiastas de primera hora se desinflaban a medida que avanzaba la campaña electoral, tal vez poniéndose la tirita ante una previsible herida, para regresar hoy, como si nada, a aquella efervescencia inicial. Pero dejemos eso para otro momento. Quedémonos con esas expresiones de entusiasmo y proyectémoslas donde mejor se vean para mejor analizarlas. Y la pantalla ideal para hacerlo es, a día de hoy, Izquierda Unida.

Izquierda Unida (La Izquierda Plural) ha obtenido 6 eurodiputados y un 9,99 % de los votos. En 2009 fueron 2 diputados y un 3,8 %. Eso se llama triplicar, y es un dato no solo aritmético, sino político, que nadie debería infravalorar, so pena de querer quedar a la altura de un técnico del CIS. Que entre buena parte de la militancia de Izquierda Unida y muchos de sus cuadros se haya extendido hoy una sombra de frustración, solo atenuada por la evidencia de sus buenos resultados, nos permite medir el alcance de la apuesta de Podemos (5 diputados y un 7,97 % de los votos). Nadie lo dice (o yo no lo he oído), pero en muchas miradas parece asomar un reproche dirigido no se sabe a quién: “Esto lo deberíamos haber hecho nosotros”. “Sí, pero la cara de Pablo Iglesias en las papeletas…”, amaga el superego del centralismo burocrático, intentando todavía convencerse de que la disensión es esa, solamente esa y nada menos que esa.

Sea como fuere, que tanto Willy Meyer como Cayo Lara hayan hecho un llamamiento a un “proceso de confluencia” con Podemos es un gesto importante que abre más puertas de las que cierra. Otra cosa es lo que signifique “proceso de confluencia”, y no es menos cierto que se prevén sonoras dificultades a la hora de entender cómo entenderse con algo que, en cada uno de sus movimientos, desborda tanto las ambiciones como las potencialidades de los partidos clásicos. Será complicado establecer unas reglas de juego si al menos uno de los jugadores no reconoce el tablero, y si a eso le sumamos que, en este caso, los tableros son muchos, el pronóstico es que el romance, si lo hay, será tormentoso.

No es factible, ni debería serlo, que Izquierda Unida se lance a ese proceso sin haber interpretado antes los resultados de estas elecciones, y aquí es donde la cosa puede ponerse fea. Yo tengo la convicción de que leer cualquier proceso electoral tiene más que ver con la alquimia que con las ciencias sociales, pero hasta los alquimistas tienen un método, por extravagante que este sea. ¿Qué método se seguirá para leer el 25M? ¿La cruda aritmética electoral con sus gráficos de quesitos y sus “fugas de votos”, escenario ideal para una cargante exposición de filias y fobias? ¿El nauseabundo DAFO del que siempre se extrae la lacerante conclusión de que la historia universal camina en nuestra dirección y no a la inversa? ¿O se estrenará en esta ocasión no tanto el razonamiento táctico como la inteligencia de las voluntades, esto es, dejar que el entusiasmo haga su parte y reconocer que nada entusiasma tanto a un entusiasta como dejarle expresar sus emociones?

En modo alguno se trata aquí de privarse de razones y ceder a pulsiones prerracionales. Al contrario, nada más racional que un diálogo intersubjetivo sin cerrojos burocráticos. Ahora bien, para que esas subjetividades (los militantes de Izquierda Unida, en este caso, solo a título de ejemplo) puedan dialogar, y confluir en un diálogo con otras subjetividades (las que dialogan en Podemos), deben primero poder expresarse. Y esa expresión puede ser entusiasta o no serlo, pero será tan pasional como racional, y no menos racional (y no menos pasional) que el supuestamente frío discurso del aparato y sus cauces de decisión. De nuevo habrá que reventar una mitología: la mitología de la representatividad, con todas sus figuras (consejos políticos, asambleas federales, secretarías generales) y todas sus narrativas.

Lo dijimos en su día: el 15M fue acontecimiento. El 25M no puede leerse ni entenderse sin ese acontecimiento y supone haber leído y entendido ese acontecimiento. Podemos ha hecho esa lectura, al igual que (a su manera) la han hecho Anova y Esquerda Unida o (por una vez) la izquierda soberanista asturiana. No es que Izquierda Unida se haya desentendido del acontecimiento, ni mucho menos, y tampoco ha sido la suya una mala lectura, solo una lectura incompleta. Ya es hora de que se lea el texto hasta el final.

¿Cabe esperar que otros lectores se sumen a ese reto? En principio, no parece descabellado anticipar que algo va a moverse en el subsuelo de la política española, y no solo la placa tectónica catalana. La mitología de la representatividad, si bien no ha muerto, ha empezado a mutar. No ha sido más que eso: no inflemos el 25M hasta convertirlo en otro icono castrante. Pero tampoco ha sido menos que eso, y esa frágil certidumbre justifica, creo yo, un poco de alegría. La misma que deberían sentir no solo los activistas de Podemos sino también (esto lo creo sin ambages) todos los militantes y votantes de Izquierda Unida, Anova, Compromís, Equo y tantos otros agentes y colectivos que han hecho de la resistencia un espacio de diálogo.

Hoy empieza todo.