Nuestro Cuarto Estado

Parece que avanzan hacia la luz desde el interior de una caverna, pero ese fondo sombrío es un espacio abierto, verde y casi salvaje: Naturaleza en estado puro, solo que en penumbra. ¿No es extraño? Casi podríamos medir en siglos el tiempo que llevan los pintores transitando de la ciudad al campo, del bodegón a la fronda, y estos tipos, en cambio, lo hacen al revés: dejan atrás los verdes pastos en los que triscarían tan campantes no solo las cabras sino el mismo Claude Lorrain en pleno furor báquico; se visten con lo que aparentemente son sus mejores galas pero que, así y todo, el espectador burgués de 1901 aún consideraría ropajes poco apropiados para figurar en una pintura de ese tamaño (293 x 545 cm); y con ese semblante que solemos calificar de adusto (y algún día comprobaremos en el diccionario si lo es o no) pero que más parece un no semblante, el rostro sin estrenar de una multitud de iguales, caminan hacia nosotros, hacia la luz que irradia desde nuestra condición de observadores, más de un siglo después desde que Giuseppe Pellizza da Volpedo determinara que así serían los integrantes del Cuarto Estado, el Pueblo, la Clase Trabajadora. Los que dejan atrás las servidumbres del campo y vienen a enrolarse en el ejército del proletariado urbano. O tal vez los que ni desean ni se proponen dejar de ser campesinos, jornaleros, braceros, sino más bien dignificar su condición de campesinos, de jornaleros, de braceros, y deponen por un día sus aperos y se cruzan de brazos exigiendo lo que, a juzgar por lo convencionalmente adusto de ese semblante multitudinario, no puede ser sino Justicia. Continuar leyendo “Nuestro Cuarto Estado”

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Muertos sin sepultura

Demasiadas defunciones en los últimos días: ha muerto David Bowie, ha muerto el bipartidismo, han muerto el PSOE, Convergencia y la CUP (no necesariamente por ese orden), ha fallecido una vez más Izquierda Unida, a Ciudadanos le han dado el viático y en cuestión de horas han pasado a mejor vida el Procés Constituent, la impunidad de la infanta Cristina y las veleidades izquierdistas de Pedro Sánchez. Sabemos ahora que, salvo Bowie, todos los demás difuntos eran más bien transitorios y amenazaban y consumaron resurrección en pocas horas: el bipartidismo se ha convertido en el típico enfermo crónico pelmazo que toca el timbre cada cinco minutos para que le lleven un vaso de agua, al PSOE lo mantienen vivo sus deudos y familiares en tanto no quede claro quién figura en el testamento, Convergencia y la CUP tienen dieciocho meses de gracia para supervitaminarse y mineralizarse antes de que Esquerra se quede con las llaves de la masía, y así como el Procés sigue su curso (pues en eso consiste básicamente ser un procés) y al tiempo que a Ciudadanos le han vuelto las ganas de vivir (tras descubrir su vocación de celestina y unir al PP y al PSOE para gobernar juntos la galaxia como Patxi y López), Izquierda Unida prosigue su bizantina autodigestión de mil años, a la infanta le practica la respiración asistida todo un fiscal anticorrupción, y Pedro Sánchez se mantiene en forma gracias a que es capaz de acostarse creyéndose Largo Caballero y levantarse a la mañana siguiente sabiéndose Joaquín Almunia.

Nada de todo eso debería preocuparnos demasiado, puesto que todo ello apunta en la dirección de lo malo conocido, del mantenimiento de una zozobra existencial sin la cual no seríamos lo que somos ni tendríamos ninguna gana de serlo. En todo caso, y a modo de paradójico homenaje a Ziggy Stardust, lo que parece haberse instalado en la política española, con décadas de retraso, es un cierto espíritu glam: definitivamente se ha cerrado el ciclo de la política para hombres muy hombres, con sus trajes, sus corbatas y sus coderas, con sus chascarrillos de rabiosa actualidad (para el siglo XIX), sus citas de Prim y Romanones, su mezcolanza aromática de brandy Soberano y orujo gran reserva. Pero no porque ahora haya diputados con rastas, ni porque el bebé de Carolina Bescansa haya hecho descender un par de decenios la media de edad del flamante Congreso de los Diputados. En realidad ha sido el Partido Popular el responsable de que la escena política española haya avanzado varias casillas en el juego de la oca de la modernidad, pasando de 1878 a 1972 en tan solo cuatro años, y aunque es cierto que todavía nos faltan más de cuarenta para ser absolutamente modernos, también lo es que, en materia de performances, ni los SMS de Rajoy a Bárcenas ni las partidas de Candy Crush de Celia Villalobos o las vírgenes condecoradas de Jorge Fernández Díaz son listones fáciles de superar por ningún politólogo egresado de la Complutense.

A tenor de lo que predican los medios, uno diría que la nueva legislatura se inaugura con una inyección de savia nueva, de vitalidad autocomplaciente, pero lo que uno ve en esa Cámara Baja es más bajeza que frescura y un exceso de caras conocidas y no todas ellas agradables de contemplar. Me parece una excelente noticia que por fin haya una diputada negra en el Congreso, pero mi entusiasmo decae unas décimas al pensar que el resto de señorías, hasta trescientas cuarenta y nueve nada menos, son tan blancas como las camisas de Albert Rivera y, muchas de ellas, tan orgullosas de serlo como el propio Albert Rivera. Y no es que me haga mucha gracia que el Congreso de los Diputados, siguiendo el ejemplo pionero de nuestra Xunta Xeneral, se convierta en una especie de Gran Guiñol donde los representantes de la ciudadanía compiten entre sí a ver quién pronuncia la pedantería más gorda (como si fuese posible superar a Federico Trillo) o quién se hace el selfie más molón de la jornada (como si hubiéramos olvidado aquel de Javier Fernández con Ignacio González y Susana Díaz). Pero es un tanto torticero eso de ver la Bescansa en el ojo ajeno y no el Gómez de la Serna en el propio. Y falta a la verdad y al sentido de la estética (y aun al de la estética glam) eso de abochornarse por todo lo abochornable salvo por la desfachatez con que juran su cargo varias docenas de diputados envueltos en casos de corrupción.

Por regla general, son los cadáveres los que tienen la odiosa costumbre de corromperse, y no es muy verosímil que uno se corrompa en vida y gozando de buena salud: el político corrupto tiene que haber sido previamente un cadáver político, y si hemos llegado a estar como estamos ha sido, en buena medida, por culpa de que aún no se ha instalado en nuestra cultura política la exigencia de votar solamente a seres vivos. Recuérdese, no obstante, que hemos tenido casos de muertos que han aparecido en el censo electoral y posteriormente han votado, de modo que, si tienen reconocido el derecho de sufragio activo, es normal que se les reconozca también el de sufragio pasivo. No debería sorprendernos que, cuando les llega el momento de comparecer ante un tribunal, muestren síntomas de deterioro físico y mental. Lo de Fernández Villa es pura química orgánica, y que hasta ahora no haya llamado la atención se debe solo a que el contexto en que se fue produciendo su descomposición política y moral era más que propicio a las putrefacciones. En ese sentido no hemos avanzado tanto: demasiados zombis en nuestras instituciones. No es de extrañar que el gobierno asturiano rechace crear una oficina anticorrupción y lo haga aduciendo que es mucho gasto. Tiene razón: uno no se gasta una fortuna en pruebas médicas cuando basta con el olor para dar por muerto al muerto.

La quema

Ye verdá: nun ye la primer vez que quema’l monte n’avientu. Más d’una vez y de dos tengo visto amiyar el fueu de Sesnendi p’abaxo, detrás de casa, y medrar al mesmu tiempu otres dos o tres quemes na costera d’enfrente, pa contra La Ceposa, o alredor de Tablao, valle arriba. Si esta vez ye noticia nun ye solo porque daquella nun esistiera Twitter y agora sí, sinón poles dimensiones de la quema. Como si nuna nueche ardiera’l país enteru.

Lo nuevo ye namás una modalidá de lo vieyo que nun concasa colos nomes de siempre. Pa lo que ta sucediendo n’Asturies nun hai tovía categoría onde lo encaxar: d’ehí la multiplicación de teoríes conspiratives, toes elles con un pie na realidá. Tamién ye’l ruíu ambiental lo que nos vuelve sensibles a unos símbolos y insensibles a otros y lo que nos fai esbillar significaos acullá de lo normal y lo normalizao: por más que dalguién lo reburdiara, nun son los drones los culpables d’esta catástrofe medioambiental. Diba tar guapo que con tantu ser de carne y güesu al que culpar nos conformáremos con unos chismes de plásticu que mui aquello nun serán cuando los vienden col periódicu. Soi de los que piensen que lo de los drones nun pue acabar bien, pero entá nun aportó’l so momentu estelar.

Les caberes selmanes hebo dos nueches infernales que se saldaron con media Asturies afumando. Eses dos nueches foron tamién noticia les esmoliciones del presidente asturianu Javier Fernández: la primer vez, poles sos declaraciones en colexu electoral, confiando en que los incendios nun desanimaren a la xente de votar; la segunda, poles sos contribuciones al cónclave cardenaliciu del PSOE, enveredando los pasos de Pedro Sánchez hacia la so (non) investidura.

A lo primero, dalgunes persones, ente les que me cuento, reaccionaron con indignación énte les pallabres de Javier Fernández, mui poco compasives y muncho menos afortunaes, pero depués de la segunda coincidencia comprendimos qu’hai una rellación bien sólida ente un universu y otru y que ye normal, por tanto, que nel pensamientu del presidente s’entemecieren los dos: porque bien ye verdá que quema Asturies, la casa del ser de cualquier presidente autonómicu, pero tamién quema’l partíu onde reside esti y non otru presidente asturianu, y ye normal qu’ún se preocupe primero pol incendiu más próximu, cuantimás si por culpa d’él pue quedar ensin casa, anque tenga otra de repuestu (o otres dos).

Asina, por si nun bastara con dos pruebes, tuvimos tres, y de nuevo nel discursu de fin d’añu vimos desurdir esa preocupación fundamental de Javier Fernández pol futuru d’España y del pilar fundamental d’esa patria incombustible, a saber, el PSOE. Que nel PSOE tea quemando hasta’l cable del fax nun ye nengún secretu, pero tovía hai quien busca la esplicación en conspiraciones turbies y d’estrema esquierda, como si fixera falta un enemigu esterior pa dalgo que dende l’interior tán faciendo de manera maxistral ellos solos. Comparar a Susana Díaz con un dron descontroláu y a Felipe González con un pirómanu ensin medicar son solo llicencies poétiques frutu de la coincidencia espaciotemporal: lo cierto ye que los dos son tan consustanciales al PSOE que, más que d’incendiarios, había que los calificar d’antorches humanes.

Igual de consustancial, igual de poco sustanciosu, foi Javier Fernández despidiendo 2015 con una quema a lo bonzo ente una bandera asturiana y una flor de pascua, sorrayando los retos a los que s’enfrenta esi país que, evidentemente, nun ye Asturies, sinón España y, por simpatía, el PSOE. Ye digno d’encomiu qu’un partíu en descomposición, escacháu en baroníes y hasta en marquesaos, anteponga la unidá d’España a cualquier otra consideración política. Si’l futuru ta nes sos manes, nun va sobranos pidir a los reis un par de traxes ignífugos y un surtíu de pasaportes. Polo que pueda pasar.

La multipropiedá yera esto

Nun soi mui d’ablucar lleendo la prensa. Tampoco soi muncho d’indigname, llamentame o espatuxar, por indignante, insultante o terrible que seya la noticia que toi lleendo. Quixera creer que cada día toi más cerca de cumplir el conseyu de Spinoza: nun rir nin llamentar nin detestar les acciones humanes, simplemente entendeles. Nun paso la prueba por culpa d’una tendencia natural a la burlla que nun dexa de ser, pamidea, un mecanismu de defensa.

Si digo agora too esto tien que ser, evidentemente, porque hai, o tien habío, dalguna escepción a esi hábitu. Como tolo que tien que ver colos hábitos, productu del pasar del tiempu y del posar de les emociones, les escepciones serán, seguramente, incontrolables, prerracionales, non buscaes. La última d’elles ye tamién d’esi estilu. Cuéstame racionalizar por qué, de tanta mala noticia como pue ún atopar cualquier día na prensa, una de les que más m’indigna nun tien nada que ver con nenguna de les grandes catástrofes en cursu. Dame hasta un poco de vergüenza que seya asina, pero nun soi quien a facer muncho por evitalo.

Igual ye porque nun tengo vivienda en propiedá (soi d’esos pocos privilexaos que nun paga nin debe hipoteca), pero que’l presidente del gobiernu asturianu, Javier Fernández, seya propietariu de cuatro cases ye dalgo que m’indigna más allá de lo razonable. Nun ye nengún delitu, nun contradiz nengún principiu moral universalizable, y nostante provócame un repilu comparable al que diba sentir si me dixeren que, en cuenta de cuatro cases, tien cuatro cabeces. La imaxe d’un presidente tetracéfalu, capaz de ganase la vida de feria en feria, nun diba ser nin la metá d’apolmonante que la d’esti presidente polipropietariu.

Cuando naz un xatu con dos cabeces, lo que lu convierte n’oxetu d’esibición y tema de conversación nun ye nada que tenga que ver colo estético (un xatu con dos cabeces nun ye por necesidá más feu qu’un xatu corriente) nin tampoco colo moral (a nun ser que la mutación xenética fuera deliberada y tuviera la intención d’alterar l’equilibriu medioambiental con fines inconfesables). Lo que convierte a esa criatura en fenómenu de feria ye la violencia cola que sutrume les nueses convicciones ontolóxiques más básiques: un xatu, por definición, tien una sola cabeza, y si tien más, igual nun ye un xatu, o igual la nuesa convicción yera infundada, o igual hai dalguién tomándonos el pelo. Asina tamién Javier Fernández: si un domingu nos diz que ye d’izquierda, non solo a mou d’información sinón tamién presumiendo, ufanándose y faciendo bandera d’ello, nun pue ser qu’al xueves siguiente nos diga que ye propietariu de cuatro cases nun país onde la vivienda ye ún de los problemes de más urxente solución y onde mayor debiera ser la implicación de los gobernantes. Naide va poder acusalu de nun falar con propiedá, a lo menos con propiedá inmobiliaria, pero, igual que pasaba col xatu, hai dalgo equí que nun cuadra: o Javier Fernández nun dixo la verdá cuando dixo que yera d’izquierda, o pa él ser d’izquierda nun tien nada que ver colos problemes del común, o simplemente hai dalguién que ta tomándonos el pelo. Si esi dalguién ye’l propiu presidente, nun me correspuende a mi pescudalo.