El cielo puede esperar

Supongo que soy de esos izquierdistas trasnochados que piensan que al PSOE, ni agua. Oigo PSOE y automáticamente pienso en el GAL, en la OTAN, en la reconversión industrial, en la Ley Corcuera, en la reforma del 135 CE, en la Ley de Partidos, en los insumisos presos, en los sindicalistas presos, en las puertas giratorias, en la religión en las escuelas, en la sumisión a la monarquía, y todo eso sin necesidad de prestar atención a Felipe González en su ultimísima faceta de capo di tutti capi. Lo confieso: yo soy el que aplaudió cuando Pablo Iglesias dijo aquello de la cal viva. Lo hice: aplaudí mentalmente y acto seguido me mandé a mí mismo al rincón de pensar. Sigue leyendo “El cielo puede esperar”

Mi ministro favorito

Se comenta por ahí que hay quien duda de si los centollos son animales o no, igual que hay quien afirma sin sonrojo alguno que los toros no sufren cuando los maltratan con arte y donosura. Descontando estas dolorosas excepciones, la mayoría de la gente está al corriente de los avances científicos de los últimos trescientos años y sabe que hay animales vertebrados e invertebrados y que entre estos últimos los hay sin esqueleto, como las lombrices, las babosas y los pulpos, y los hay con esqueleto externo o exoesqueleto, como los dichosos centollos, las arañas y los artrópodos en su conjunto.

Lo que también sabe la mayoría de la gente es que los ministros, y los políticos profesionales en general, pueden llevar cáscara o no llevarla. Se distingue a la perfección un político con exoesqueleto de un político absolutamente invertebrado, tanto por dentro como por fuera. Y tal vez por eso, a la hora de votar, los comportamientos oscilan entre el voto masivo al molusco sin concha (muy apreciado por electores empeñados en votar a aquellos que más se les parecen) y la preferencia por el artrópodo convicto y confeso (más valorados por quienes votan al concepto y no a la persona): hay personajes públicos muy dados a exhibir exoesqueleto e incluso a identificarse con este, mientras que hay otros más proclives a andar por la vida como moluscos sin concha, sin disimulos ni hostias, o sin disimulos pero con hostias, si es el caso de algún aficionado a comulgar en público como el actual ministro de interioridades, el menos quitinoso y el menos artrópodo de todo el gabinete de Mariano Rajoy.

Pertenezco a ese exclusivo club de quienes prefieren la derecha sin complejos y la liturgia en latín y con mucho colorido. No me gusta el papa Francisco, igual que no me gustaba Juan Pablo II: demasiado disfraz, demasiado postureo de pontífices a la altura de los tiempos. Demasiado exoesqueleto. De hecho, el de Juan Pablo II fue el exoesqueleto más logrado de todos, una auténtica armadura con forma de automóvil mediante la cual pretendía parecer cercano a las muchedumbres mientras se aislaba convenientemente de ellas tras un cristal blindado. Nuestro parque móvil ministerial, sin llegar a rozar las excelencias de aquel papa-transformer, nos dio el mejor ejemplar de político blindado: Alberto Ruiz Gallardón, el ministro biónico, ni siquiera toleraba una arruga en su disfraz. Comparados con él, tanto Aznar como Pedro Sánchez (dos verdaderos exoesqueletos sin político dentro) parecen espontáneos y auténticos, hasta cercanos incluso, si es que a uno le gusta estar cerca de esas cosas.

Don Jorge Fernández Díaz, nuestro ministro de asuntos íntimos, es tal vez el menos crustáceo de la historia ministerial española, con la posible excepción de aquel Fernando Morán que tantas satisfacciones nos dio. No es posible imaginarse un ser humano menos propenso a esconder sus opiniones o sus manías que don Jorge, lo que le convierte, de lejos, en mi ministro favorito, pues es todo ventajas: te evita discusiones absurdas (nadie se esfuerza en convencerte de que este individuo es progresista o pertenece a la “derecha civilizada”, como se decía tan a menudo del caído Gallardón), te ahorra un potosí en asesores de imagen (eso espero, al menos, porque sería tirar el dinero aún más de lo acostumbrado) y te protege contra la tentación de buscar en sus acciones o en sus declaraciones tanto dobles sentidos como objetivos inconfesables: el buen señor es muy de confesarse.

Por todas esas razones, su entrevista con Rodrigo Rato ha alcanzado el rango de asunto de Estado y se ha saldado con una comparecencia parlamentaria escandalosa y poco menos que terrorífica. He aquí la única desventaja de este tipo de ministros: mienten mal, mienten ridículamente mal, y están tan habituados a pensar que solo tienen que rendir cuentas ante Dios que, en el fondo, les importa un rábano que les pillen. Por eso sus deslices no suelen ser aventuras individuales, de las que se saldan con una dimisión y un exilio dorado, sino dramas colectivos, que arrastran a un gobierno entero al precipicio. Aunque siempre cabe la posibilidad de que en el último minuto los aplaste alguien de su propio partido, por la buena marcha del negocio, tampoco esos aplastamientos salen gratis: si Rajoy ya parece estar asqueado hasta cuando sonríe, imagínense la cara que pondría si tuviera que andar con los restos gelatinosos de un ministro pegados a la suela del zapato. Tanto ha avanzado la degradación zoológica de este gobierno que es difícil, casi imposible, aventurar qué ocurrirá en los próximos días. Lo único que parece seguro es que Rodrigo Rato seguirá de vacaciones.

Repostería de clase

Según Jorge Fernández Díaz, ministro de interioridades, la proyectada y anunciada Ley de Seguridad Ciudadana solo debería preocupar a “violentos y radicales”. Bien está lo que bien empieza: por un momento, yo había creído que la nueva ley era para amedrentar a ancianos y a discapacitados psíquicos, pero cierto es que para los primeros ya funciona la reforma de las pensiones y, para los segundos, la Audiencia Nacional. Esta nueva ley/herramienta/arma/cosa es para violentos y radicales. Como la doctrina Parot, pero sin doctrina.

No aclara el ministro cómo tiene uno que interpretar esa conjunción copulativa, esto es, si deben preocuparse aquellos que son violentos y, además, radicales, o si se trata de una disyunción no excluyente disfrazada y por tanto los violentos moderados y los radicales no violentos tienen igualmente motivos de preocupación. Personalmente, me vendría bien un poco de luz al respecto: no suelo ser violento (al primer café me calmo y al segundo recupero el uso del lenguaje), pero me temo que un pelín radical sí que me he vuelto en los últimos veintitantos años, y por otra parte también me inquieta la suerte de algunos amigos míos que son, a su vez, radicales en sus cosas: veganos radicales, cicloturistas radicales, estructuralistas radicales, hiperrealistas radicales… Que se tengan que preocupar a estas alturas, como si no tuvieran bastante con lo suyo, me parece una muestra de crueldad innecesaria.

Interpretar la forma lógica de un enunciado no parece que sea prioritario para este prócer de las buenas maneras. Lo suyo es abroncar a diputados y elevar a rango de ley la cosmovisión de una clase, la suya, que ignora si una cuchilla puede producir daños pero no ignora que una tarta puede matar, y mucho. Después de todo, el suyo es el partido de las cupcakes: un postre hortera, mojigato, insípido y que causa furor en los hogares pijos y en las mentes infantiles. Es una cuestión de perspectiva y de falta de empatía: así como Gallardón no tiene vagina, que se sepa, y por tanto le resulta imposible imaginarse qué se siente al introducir por ella un alambre, Fernández Díaz no espera verse en la tesitura de tener que saltar frontera alguna, y por eso dejará las cuchillas en la valla de Melilla hasta que aparezca un remedio más eficaz contra los invasores. Barcina debería explicarle que, para eficaces, las tartas: una valla de crema pastelera y España será por fin inexpugnable.