Aquella modélica radiación

Aquí, quien más quien menos, tiene un máster en física teórica. A ver, si no, cómo se explica el subidón de serotonina que hemos experimentado esta semana al confirmarse la hipótesis de Einstein sobre la existencia de ondas gravitacionales. Dicho sea de paso, lo de confirmar hipótesis tiene mucho de antigualla, pero aprovechemos ahora que Karl Popper no está mirando y alabemos todos con la boca abierta esas hermosas recreaciones visuales de dos agujeros negros colisionando como si tal cosa.

Uno no duda de la trascendencia del hallazgo, pero sí hay motivo, y poderoso, para asombrarse del eco que ha obtenido su divulgación. Sospecho que la cobertura mediática habría sido similar si, en lugar de una predicción de Einstein, se hubiese anunciado la confirmación experimental de la existencia de Dios, o la prueba definitiva de la autenticidad de la Sábana Santa, o la primera emisión en FM de una civilización alienígena. Nuestra credulidad, con todo, habría sido considerablemente más cauta, pero solamente porque, esta vez sí, quien más quien menos tiene una opinión propia sobre Dios, Jesucristo o los extraterrestres, mientras que en ondas gravitacionales y teorías de campo unificado tocamos más o menos de oído, y eso cuando tocamos, que no es todos los días ni mucho menos. Parece, pues, que las noticias científicas nos impresionan y conmueven en relación directa a nuestra ignorancia: cuanto más incomprensibles, mayor es nuestro entusiasmo. Así se explica la indiferencia de los votantes del PP ante el rosario de casos de corrupción en las filas de su partido: no hay ningún misterio en ello, no conmueve, ni siquiera invita a replantearse el voto. Lo sorprendente sería que de las filas de ese partido saliera una iniciativa para desmontar esas tramas.

La buena noticia es que Einstein ha vuelto a primer plano de actualidad y, con él, la sana convicción de que las teorías científicas tienen algo que ver con la realidad circundante. No siempre ha sido así. Ha habido momentos en la historia europea reciente caracterizados por la desconfianza hacia el principio de causalidad y en los cuales la creatividad, la indeterminación y la incertidumbre adquirieron una relevancia epistemológica inaudita. El caso más notorio, el clima intelectual en la Alemania de entreguerras, nos permite entender el surgimiento de la física cuántica en un contexto de rechazo frontal de la racionalidad entendida a la manera positivista. Eran tiempos en que todo un ministro de Educación podía arremeter contra “la sobrevaloración de lo puramente intelectual en nuestra actividad cultural, el predominio exclusivo del modo racionalista de pensar, lo que tenía que conducir, y ha conducido, al egoísmo y materialismo más estúpido posible”. Aunque en boca de ministros de Educación, todo sea dicho, hemos oído cosas peores y sin necesidad de remontarnos a la época del foxtrot.

El relativismo, y no el de la física cuántica precisamente, hizo furor también en la España de la movida, cuando se puso de moda aseverar en cualquier ocasión que el solo hecho de observar modifica el hecho observado, lo que dio lugar a tantas realidades especulares como observadores posibles. Desde la permanencia en la OTAN hasta el asesinato selectivo de miembros de ETA, pasando por el golpe de Estado del 23F, absolutamente todo era objeto de antagonismos interpretativos tan irreductibles que, en última instancia, quien salía triunfante era quien poseía el mayor número de altavoces para publicitar su relato. La primera víctima de la Modélica Transición fue, como en la República de Weimar, el principio de causalidad. Aquí, qué demonios, los golpes de Estado se daban solos, no como en países atrasados y newtonianos, léase Chile o Argentina. El desmantelamiento industrial era una “reconversión”, el desempleo masivo era una “crisis positiva” (Rodríguez Vigil, nuestro presidente cuántico) y los que no se hacían ricos lo hacían por fastidiar o por terco apego a las causalidades del refranero, como la que reza que “onde nun hai mata, nun hai patata”. Por no hablar de la afición de los presidentes españoles a hacer declaraciones tan contrarias al espíritu científico como “No hay pruebas, ni las habrá” o “Todo es falso, salvo alguna cosa”.

De aquel Big Bang Modélico procede la radiación cósmica de microondas que llena el espacio político español en forma de despidos en diferido, vírgenes condecoradas y ángeles aparcacoches. La cosa se complica con la posibilidad de detectar ondas gravitacionales procedentes de un suceso pasado, como pueda ser el choque entre el ideario de los jóvenes socialistas de 1982 y sus propias ambiciones, miedos y subterfugios. Mi principal temor es que vuelva a ponerse de moda aquella temida “ética de la responsabilidad” que, en el fondo, no era sino la manera cuántica de referirse al ansia de poder de toda la vida. Algo de eso hay cuando se pide responsabilidad a unos titiriteros que no solo han pasado cinco días en el trullo, sino que salen en libertad con cargos muy graves después de haber sido linchados por los grandes medios. Se ve que el sufrimiento de esos dos chavales no es nada comparable al que atenaza a unos cargos públicos recién estrenados y ya temerosos de pisar según qué callos.