Creo que mi vecino es Donald Trump

Hoy mi hija salió del colegio diciendo que, según sus compañeros de clase, iba a empezar la Tercera Guerra Mundial. No sé si debería conmoverme que la alarma por la victoria de Donald Trump haya llegado hasta una clase de sexto de Primaria, pero el caso es que me inquieta y me fascina a la vez: ¿cuánto tiempo han tenido esos niños para asimilar ese rumor? ¿Una hora y media, dos horas como mucho? Ha tenido que ser entre el momento de levantarse de la cama hasta el de pisar el patio del colegio a las nueve de la mañana. El canal, presumiblemente, la radio del coche o la conversación entre sus padres, tal vez la televisión mientras desayunaban. Pero no ha hecho falta más: ahí estaba, precocinada, la información del día, el canutazo que les ha hecho sentir que algo extraordinario acababa de ocurrir. Continuar leyendo “Creo que mi vecino es Donald Trump”

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Nelson Muntz lee a César Aira

Hay un episodio de Los Simpson en el que Bart, Milhouse y Nelson van a ver El almuerzo desnudo. Al salir del cine, Nelson mira el cartel y dice: “Se me ocurren al menos dos cosas que están mal en ese título”. Algo parecido me pasa a mí con las novelas de César Aira, y El congreso de literatura no es una excepción. Naturalmente, ni se me pasa por la cabeza contrariar a los grandes críticos literarios que en el mundo han sido, y son, admiradores de este “gran renovador” (Rafael Conte), de este “guerrero ultravanguardista” (Rafael Conte otra vez), “el secreto mejor guardado de la literatura argentina” (Ignacio Echevarría). Lejos de ello: asumo mi incapacidad para sabores tan complejos y reconozco en la perplejidad de Nelson Muntz mi propia perplejidad un tanto arrogante e indiferente.

El congreso de literatura (publicada en Argentina en 1997 y ahora en España) es una novelita de poco más de cien páginas (con un cuerpo de letra más que generoso) a lo largo de las cuales un traductor en horas bajas, también llamado César, se hace rico rescatando un tesoro hundido en el Caribe y, a continuación, se embarca en el ambicioso plan de clonar a Carlos Fuentes. No es que me asusten las tramas extravagantes, y tampoco es que me sienta yo muy solidario de las convenciones sobre lo verosímil heredadas del realismo y sus prolongaciones más o menos híbridas. Al contrario: si algo funciona en El congreso de literatura es su tratamiento de lo insólito, y en ese sentido la pericia de Aira es incuestionable. Tal vez debería detenerme aquí, asumir que Aira es un genio y no volver a leerlo nunca más para no aburrir a mi Nelson Muntz interior, pero correré el riesgo de rebuznar un par de discrepancias o, para ser exactos, una discrepancia y una sospecha.

El motivo por el cual discrepo de la alabanza generalizada del genio de Aira no tiene que ver con la verosimilitud, sino con la verdad: sus novelas son verosímiles, pero también son condenadamente falsas. Por ceñirnos a El congreso de literatura, no hay ni una sola de sus páginas que no rezume falsedad e incluso (pero esto ya roza la conjetura) mendacidad: la más que aceptable verosimilitud de la trama (por cuya virtud podemos aceptar que César sea, además de traductor, una lumbrera de la genética) no consigue hacer creíbles las motivaciones del personaje ni plausibles los disruptivos cambios de registro en la voz narrativa, como si toda la novela avanzara a golpe de ocurrencias sin que el autor se haya tomado demasiadas molestias para ocultarlo. Pretender, además, justificarlo mediante digresiones metaliterarias en boca del personaje principal, es no sólo pueril, sino tedioso.

De ahí mi sospecha, un tanto frívola aunque en absoluto maliciosa: sospecho que el objetivo principal de César Aira es divertirse escribiendo, lo cual está muy bien (para él), es muy subversivo (al romper con el tradicional contubernio entre el arte y el esfuerzo), pero no me permite admirarle desde otro ángulo que el de la eficacia empresarial, pues ha sabido vender todas y cada una de sus diversiones como si estuvieran hechas de oro puro. En ese sentido, la mejor creación de César Aira es César Aira, y me alegro por él, sinceramente. Pero renuncio a ser parte de su clientela.

 [Publicado en El Cuaderno: Semanal de actividad cultural, número 37, noviembre de 2012.]