Nunc dimittis servum tuum

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El vienres foi un día históricu, anque últimamente hai tanto d’eso que yá nun tien ciencia nenguna. Digamos que foi un día históricu sensu stricto, porque na historia de les instituciones de gobiernu suel anotase tolo relativo a quién entra y quién sal, y velequí que los que salen a consecuencia d’una mala xestión o d’un escándalu son, nel reinu d’España, más bien pocos. Lo que nun quier dicir que xestionen bien o nun se vean envueltos n’escándalos, sinón que simplemente nun dimiten nin tampoco naide los cesa. Continuar leyendo

Museos pa les Cuenques

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“Les Cuenques lo que necesiten son museos”, diz un personaxe de Carne de gallina, esi monumentu sociográficu del incombustible Maxi Rodríguez. La mio esperiencia como nativu dizme que tien razón: más museos y menos suelu industrial pa empresarios adictos a la deslocalización.

Lo meyor de los museos ye que nun gusten a naide. A lo menos, a priori. A posteriori hai razones milenta pa emponderalos, pero n’abstracto cuasi tol mundu tien un motivu poderosu pa esprecetar d’ellos. Hai xente que los considera aburríos, obsoletos, una pérdiga de tiempu, espaciu y perres (la mayoría de la xente que piensa asina nun pisó nunca un muséu, pero eso ye anecdótico: la mayoría de la xente que taba a favor d’invadir Irak nun pisara nunca Irak, pero invadióse, y bien invadío que quedó). Depués hai xente amante del muséu como conceptu, pero que cuasi nunca tien güecu na axenda pa practicar la museofilia (nun ha cayenos embaxo qu’esta triba de públicu potencial compártenla los museos y los ximnasios, pero ye raro que la sufran los chigres y los estadios de fútbol). Y finalmente ta la xente que sí visita museos pero siempre atopa una escusa pa echar d’ellos: o tán mal allumaos, o tán a desamano, o tán llenos de xente, circunstancia esta última que se suel considerar la peor de toes, una y bones lo que más presta de los museos ye que tean cuasi baleros y pueda ún refocilase na superioridá intelectual y moral de ser hiperminoritariu (y, de pasu, echar un pigazu ente Goya y Goya).

Que les Cuenques necesiten museos ye una obviedá: cualquier otra cosa que se t’ocurra poner nelles ye una idea muncho peor que la de los museos, infinitamente peor en dalgunos casos. Nun pue haber mines, nin verde, nin turismu rural, nin embalses. Lo de los embalses foi n’otru tiempu la gran esperanza pa los valles mineros, pero taba cantao que, pudiendo enllagar vallines paradisiaques, nun diben optar por cubrir d’agua un llugar onde tovía pue pescase en seco dalgún votu. Mines nun pue habeles porque esi yera’l plan de partida, trancales (de nun ser esi, nun tábemos agora preguntándonos qué facer coles Cuenques), y verde nun pue habelo porque pa eso diba haber qu’acabar efectivamente coles mines, y les mines hai que les trancar, sí, pero nun hai que les eliminar del paisaxe, porque nesi paisaxe, por gris que seya, tovía xorrez de ralo en ralo, y de SOMA en SOMA, dalgún votu. Lo del turismu rural nun pue ser porque nada pue ser rural si nun hai rus, ruris, ello ye, si nun hai verde, que ye de lo que trata la frase anterior a esta. De mou y manera que solo queden los museos como posibilidá ontolóxica.

Tengo que confesar que nun soi mui aficionáu a los museos. Si voi a dalgún de xemes en cuando ye solo porque tovía ye bastante difícil ver la Victoria de Samotracia na cai Corrida y porque La balsa de la Medusa nun impresiona tanto en foto como l’orixinal, pero más nada. Sicasí, hai que reconocer que la mayoría de los museos suelen tener calefacción, aire respirable, servicios hixénicos, bones comunicaciones per autobús o per otres víes, amás de wifi, llibreríes, biblioteques bien provistes en munchos casos, personal de llimpieza y puntos d’información al visitante. Tolo contrario de lo que ye norma nes Cuenques, onde se conoz que los votos yá nun son tantos como pa garantizar toos esos bienes a los sos habitantes. Cuantimás, depués de que l’escándalu de Villa nos volviera, a tolos nativos, sospechosos de vivir del cuentu, como si’l programa de satanización de la clas trabayadora tuviera perdiendo fuelle y necesitara esi emburrión adicional.

La lliteratura de ciencia ficción fíxonos entender que, pa que la especie humana pudiera habitar otros planetes, primero diba ser necesario qu’esos planetes pasaren un procesu de terraformación: tresformalos n’ecosistemes asemeyaos a los que son naturales nel nuestru planeta d’orixe. Polo mesmo, como criatures museístiques in pectore, los nativos de les Cuenques debiéremos esixir un procesu equivalente de museoformación: el pasu indispensable pa convertir el nuestru nichu ecolóxicu en dalgo habitable, humano y que nun dea demasiao ascu. Tovía tamos a tiempu de tascar el frenu a la escayencia. Xúnite a la llucha. Firma la petición.

Fernández Villa o el poder de lo invisible

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Desde que el caso Villa se destapó, hace unas semanas, uno no sabe cuántas veces ha oído o leído la expresión “tirar de la manta”. A fuerza de repetirla, la manta en cuestión ha ido adquiriendo tintes de alfombra mágica y le presuponemos virtudes más o menos orientales, como la de transportarnos a la cueva de Alí Babá donde yacen ocultos los mil millones de euros de los fondos mineros. Se diría que los poderes de esa alfombra exceden a cuanto cabría esperar de su condición alfombril, y también que su peso tiene que ser algo exorbitante para una alfombra, por muy mágica que sea, toda vez que nadie ha conseguido levantarla en las últimas dos décadas.

Algo no encaja en el cuento de Simbad el Minero y aparentemente todo el mundo sabe qué es eso que no encaja: de ahí las suspicacias, los temores, algún que otro aspaviento de furia o indignación fingida. Me temo que esta explosión de sentimientos contradictorios y un tanto insolentes se debe a que no estamos mirando adonde debiéramos. La manta de marras es una manta élfica, del estilo de la que llevaba Frodo Bolsón en El señor de los anillos: tú te la pones y te vuelves invisible. Algo así sucedía con el poder de José Ángel Fernández Villa: no residía plenamente en sus exhibiciones de fuerza, en su tendencia a sacar pecho y rodearse de gente musculosa, sino en su habilidad para volver invisible lo que nadie deseaba ver a la luz del día.

Se trata de una ilusión óptica muy común, la misma de la que son víctimas los turistas cuando identifican la mina con la alta y esbelta figura del castillete de un pozo: todos cuantos hemos crecido a la sombra de esa figura sabemos que la mina no se ve, sino que se oye. Se oye el zumbido incesante del compresor del pozo, una banda sonora omnipresente que nos acostumbra a hablar muy alto y nos vuelve insensibles a los gritos y a las explosiones. Hay que gritar mucho para que te oigan, pero lo importante es que lo que gritas tenga sentido y no contradiga lo que se susurra. Y lo que se susurra, lo que hace de la mina un sistema, es lo que ocurre bajo el suelo, en esas catacumbas que se extienden por debajo de montañas y valles comunicando lo que parecía incomunicable y tejiendo una red de complicidades y solidaridades casi inextricables.

Esa red social explica en parte el éxito y la capacidad de presión y movilización social de los sindicatos mineros. Es su principal virtud y ha sido su gran aportación a la historia del movimiento obrero. También ha sido, en parte, su talón de Aquiles. Que alguien con lucidez pero sin escrúpulos supiera utilizarla en beneficio propio, replicándola en todos los ámbitos de decisión de la sociedad asturiana y haciendo de esa red de redes una muralla inexpugnable, era solo cuestión de tiempo y oportunidad. Fue Villa como pudo haber sido cualquiera. Pero fue Villa.

Lo sintomático aquí es cómo esa manta élfica ha empezado a deshilacharse hasta dar en noticia. El inmenso poder acumulado por esa red de redes no era eterno, ni podía serlo: toda vez que la red iba creciendo en proporción directa a la desintegración social y económica de las comarcas mineras, era evidente que llegaría un día en que la sólida estructura invisible que sustentaba ese poder desapareciera por completo. Si se mantuvo artificialmente durante las últimas décadas fue porque muchas familias se enriquecían de ese desmantelamiento industrial y muchas otras se mantenían a flote gracias a las migajas o a los favores que las primeras dejaban caer en sustitución de aquella solidaridad originaria. Si ahora es el momento no es porque alguien como Villa no tenga ya nada que perder: es sencillamente porque ya nadie tiene nada que ganar. Solo así se explica la nerviosa mansedumbre con que el partido y el sindicato que se nutrieron de esa filantrópica misión han empezado a recoger los bártulos, al menos los dialécticos, refugiándose en tímidas amenazas de aprendiz de quinqui. No es suficiente. No basta con que se vayan, y mucho menos que se vayan porque han agotado el ecosistema. Hay mil millones de razones para exigirles que se queden y empiecen a contar todo lo que saben.

La mina, otra vez (y las que haga falta)

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Las cifras, por sí solas, no dicen mucho. Hay que poner delante de cada cifra un rostro, y delante de cada rostro un nombre y, a su lado, una familia entera en la mayoría de los casos. Las cifras del carbón hace tiempo que dejaron de añadir ceros a nuestra cuenta de bajas, y sin embargo esos rostros tiznados siguen apareciendo y mostrándonos la cara cruda de una injusticia perpetrada sotto voce. En términos cuantitativos, son muchos más los puestos de trabajo que las comarcas mineras han perdido en las últimas décadas que los que quedan aún y pueden perderse. También entonces, hace 20, 25 años, había gobernantes que exigían sacrificios.

En nuestro caso, poblaciones enteras de decenas de miles de habitantes iniciaron un trayecto humillante a través de un páramo de prejubilaciones que calmaron los ánimos e inyecciones millonarias de fondos europeos en proyectos inviables y, en muchos casos, tan superfluos como la Ciudad del Tenis que agoniza –era de esperar– en mi pueblo. Cuando yo nací, había en Turón cuatro pozos mineros y 20.000 habitantes que vivían, directa o indirectamente, de la mina. Hoy tenemos una Ciudad del Tenis que no pisa ninguna de las escasamente 4.000 personas que allí quedan. Un disparate tras otro, pero ese fue el pacto: asumir una muerte lenta, con paliativos, manteniendo algunas explotaciones a medio gas por su valor estratégico, y con el futuro planificado, pautado en plazos predefinidos.

De repente, quienes impusieron ese sacrificio deciden reinventar las reglas del juego y acortar los plazos del cierre total. Supongo que cualquiera habría podido anticipar las consecuencias: si al enfermo agonizante, sedado hasta las trancas, le cortas el gotero de morfina, comienzan las convulsiones. Así han empezado a agitarse otra vez esas regiones oscuras, horadadas, pobladas por gente que sabe, por pura experiencia, que la definición de “traidor” es “aquel que abandona a un compañero”. Es gente que se siente traicionada y estafada en sus tres puntos cardinales: el pasado, el presente y el futuro.

Es gente que recupera sin apenas pensárselo gestos atávicos, tácticas y estrategias de un combate que no había concluido sino que había quedado aplazado. Gente, en ocasiones muy joven, que no vivió los conflictos de hace 20 o 25 años, pero que es capaz de recordar lo que la memoria colectiva ha custodiado: cómo cortar una carretera, cómo enfrentarse a un contingente armado, cómo defender lo poco que uno tiene. Está en el aire, en el polvo del carbón que cubre las cunetas, las orillas de los ríos. Está en el orgullo de clase que se ha respirado desde la cuna. Y no está en venta.

[Texto publicado en Diagonal, número 179, julio de 2012, con fotografías de Olmo Calvo, David Fernández y José Alfonso. Siga el enlace.]

Con la boca caliente

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Vengo del carbón. En la mina trabajó mi padre, y en la mina trabajaron mis dos abuelos y mis bisabuelos. Es una simple circunstancia biográfica. O no tan simple. En todo caso, no soy nada aficionado a la épica, a no ser que trate de griegos improbables, y estoy bastante convencido de que en cada tribu humana las miserias, las traiciones, las vergüenzas y las venganzas son parte irrenunciable de la identidad colectiva y que precisamente por eso no conviene abusar del orgullo tribal, no sea que al aceptar la parte del león tengas que comerte también la correspondiente ración de tripas humanas. Hasta aquí el exordio y la buena educación.

Vengo del carbón, repito. Tal vez hubiera preferido nacer en Versalles o en Puerto Banús, aunque no es seguro. Pero, una vez hecho el gasto de llegar hasta aquí, asumo mi biografía, y hasta mi prebiografía, con todas sus contradicciones, sumándolas a las mías. No he salido de la nada. Sé lo que es estar en el colegio, con diez años, y oír la sirena (el turullu) del pozo y que minutos después saquen a tu compañero de clase porque a su padre se lo acaba de comer un derrabe de carbón. Sé lo que es ir a visitar a mi padre al hospital, no una sino varias veces, a causa de lo que el lenguaje civil llama “accidentes” (mancase, decimos nosotros, los espartanos), y recuerdo haber pensado más de una vez que quizá no volvería a verlo, a mi padre, después de irse a trabajar. Llamadme resentido, pero estoy convencido de que los hijos de los banqueros no conocen esa clase de pensamientos.

Lo he pensado mejor: no me llaméis resentido. Aquí no hay nada que tenga que ver con el resentimiento, porque en el fondo esto no trata (nunca ha tratado) de negaciones, sino de afirmaciones. El lenguaje minero es una afirmación de la vida, una confirmación cotidiana, y en él he crecido y de él me he formado. Y en él, también, he experimentado esa forma de orgullo que no procede de las propias victorias interiores, sino de las ajenas. Y de él he aprendido la blasfemia, el cagamentu, esa modalidad del menosprecio de la adversidad que me ensucia la boca más veces de las que mi familia quisiera pero que espero, también, que prevalezca.

Escribo estas líneas a altas horas de la noche, mientras las llamadas fuerzas del orden se ensañan por segunda vez con los vecinos de La Pola L.lena cuyo único delito es no haber nacido en Versalles ni en Puerto Banús. Hay una parte de mí que me impele a coger el coche y plantarme ahí donde sin duda no hago ninguna falta. No lo haré: hay otra parte de mí que sabe esperar y confiar en que cada uno haga lo que debe, empezando por uno mismo. No me refiero, por supuesto, a ninguno de esos sinvergüenzas uniformados a quienes jalea Marhuenda y a los que Gabino de Lorenzo suministra coartadas sonrojantes: ni les comprendo ni deseo comprenderles. Ni siquiera deseo insultarles, por eso prefiero echar ya el freno y no añadir una palabra más, antes de rendirme a la tentación de escribir que son unos borregos y unos hijos de puta.

Vaya.

Cuatro razones

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Lo que está ocurriendo en la cuenca minera asturiana (que no es una, de ahí que mejor Les Cuenques, pero que es al mismo tiempo uno, un país para quienes ya no creemos en naciones): lo lleva uno tan cosido a la piel que las razones hunden sus raíces no solo en la biografía (la mía, la de mis padres y abuelos, la de mis bisabuelos y tal vez más atrás) sino en la propia tierra. Hay que enhebrar la aguja del discurso con un hilo kilométrico.

Apunto aquí cuatro razones. Cuatro textos diversos pero tal vez convergentes. El primero es de José Luis Argüelles y está incluido en su libro Pasaje. El segundo es de Arma X; el tema pertenece a su disco 25 otoños. El tercero es un fragmento de mi novela Les ruines; el año de los hechos, 1962.

El cuarto se está escribiendo mientras escribo esto.

Mi padre cumplirá pronto ochenta años.
En sus ojos hay sombras y óxido,
la hulla aún crece en sus arterias descosidas.
Durante media vida bajó al fondo de las minas,
allí donde la muerte repite nuestros nombres.
Dice que sueña con helechos negros,
que aún sigue en un pozo al que no llega el aire.

 

 

La fuelga españó de nuevu a mediaos d’agostu; cerca de 20.000 mineros se sumaron a la protesta, esixendo la xornada llaboral de cuarenta hores selmanales y la realmisión de los obreros despidíos. A Goyo, esta vegada, nun-y dieron la opción de correr. El xefe superior de policía tenía ordenao la detención inmediata de tolos que participaren nel conflictu de la primavera y el destierru de los 126 mineros más implicaos nes fuelgues. El 22 d’agostu, Goyo Godina foi invitáu a xubir a un camión con destín desconocíu.

Yera un alborecer húmidu y borrinosu. A Goyo alpenes-y diera tiempu a arrefundiar al ríu un puñáu d’octavilles tovía goloroses a tinta. Mientres el paisax del Valle desapaecía poco a poco de la so memoria visual, el rostru de Rosa pasó, fugaz, per delantre los sos güeyos, y un poco depués, cuando los ximelgones del camión yá empezaben a esperta-y l’alcordanza de les tortures y la premonición de lo que-y aguardaba, velequí que, de sópitu, el vehículu frena con un miaguíu de gatu atropelláu.

Pa Goyo nun foi más qu’un incidente mecánicu de tantos como-y sobrevendríen naquel viaxe a lo desconocío, primero nel camión, depués nun tren aislláu y ardiente onde naide nun venía a da-y siquiera agua y que paecía abasase per montes y mesetes como una bestia de tiempos prehistóricos que buscara a un conxénere estinguíu cuantayá. Tampoco nun-y dixo naide, nin siquiera la so muyer, que fuera ella, Rosa, la que frenara’l camión aquel alborecer sombríu, xunto a otres once o doce muyeres armaes con rolles y vigues. Que fueren elles, les muyeres, les qu’interrumpieren l’avance del camión y de los jeeps per aquella carretera que paecía comunicar un infiernu con otru, igual que diben ser elles, les walkiries, les que diben concentrase, un día tres d’otru, delantre’l cuartel de la guardia civil, primero, depués a les puertes de la comisaría, faciendo’l viaxe dende’l Valle cuasi siempres andando, y al cabu, convertíes en pantasmes o reflexos de los sos compañeros ausentes, a la boca de la mina, semando maíz pela rodalada del pozu, a la puerta de la llampistería y de la casa baños, esixendo’l regresu de los deportaos.