El cielo puede esperar

Supongo que soy de esos izquierdistas trasnochados que piensan que al PSOE, ni agua. Oigo PSOE y automáticamente pienso en el GAL, en la OTAN, en la reconversión industrial, en la Ley Corcuera, en la reforma del 135 CE, en la Ley de Partidos, en los insumisos presos, en los sindicalistas presos, en las puertas giratorias, en la religión en las escuelas, en la sumisión a la monarquía, y todo eso sin necesidad de prestar atención a Felipe González en su ultimísima faceta de capo di tutti capi. Lo confieso: yo soy el que aplaudió cuando Pablo Iglesias dijo aquello de la cal viva. Lo hice: aplaudí mentalmente y acto seguido me mandé a mí mismo al rincón de pensar. Sigue leyendo “El cielo puede esperar”

El sabor de la alfalfa

La semana de los premios Príncipe de Asturias (ahora Princesa, pero permítanme que me resista: el protagonista de estos fastos sigue siendo el mismo, aunque lo hayan ascendido) suele ponerme en un estado a medio camino entre la indignación y la vergüenza, y este año no ha sido una excepción. Aun diría que este año ha sido peor: el despliegue policial me ha parecido más abrumador que el de otros años, y no digamos ya el despliegue mediático y el abuso de sustantivos y adjetivos mal combinados, como “fervor superlativo” para describir las emociones del pueblo asturiano al recibir a los galardonados, en especial a esos galardonados que repiten año tras año, bien sea como patronos de la Fundación Príncipe/Princesa de Asturias, bien sea como monarca y consorte. Es agotador. No es que a uno le parezca necesariamente un orgullo haber nacido aquí, pero desde luego en ningún caso debería ser una deshonra, y no obstante esta semana preferiría ser cualquier cosa antes que ser asturiano.

La tabarra esta de los premios es contaminante, deja mancha. Recuerdo un diálogo de una película francesa, Ridicule, donde un personaje le dice a otro: “¿Conoce Versalles?”. “Nací aquí”, responde el interpelado. “Un cortesano de nacimiento”, comenta el primero. “No todo el que nace en un establo se cree caballo”, replica el segundo. Así es: uno puede haber nacido aquí, crecido aquí y sin embargo sentir vergüenza de pertenecer a una sociedad que consiente año tras año esa burla pública. Estoy tratando de no gritar por escrito, pero me temo que no puedo reprimirlo por más tiempo: es una puta vergüenza.

Y que conste que este año me había propuesto dejar a un lado mis sanos principios republicanos y mi no menos sano desprecio por la monarquía y todo cuanto implica. Es difícil, pero hagamos la prueba: tratemos de observar la ceremonia de los premios (no solo la ceremonia de entrega, sino el conjunto de conductas que la rodean como el barroco decorado de una comedia con pocos chispazos de ingenio) dejando a un lado su dimensión explícitamente monárquica, borbónica y felipista, y atengámonos solo a su faceta ritual, a su guión y a su atrezzo. Supongamos que Felipe VI es el presidente de una república y no el heredero de una rama menor de la dinastía reinante hace tiempo en otro país. Imaginemos que hemos conseguido abolir el anacronismo de hacer jefe del Estado a un azar genético. Aun así, me temo que la ceremonia en cuestión seguiría siendo bochornosa.

Los defensores de esta payasada se deshacen en florilegios explicando cómo, gracias a estos premios, Asturies es conocida y reconocida fuera de nuestras fronteras como un referente cultural. La realidad, tozuda como ella sola, se empeña en probarnos lo contrario: a efectos de renombre internacional, lo mismo daría que estos premios se entregaran en Uagadugú o en Pueblonuevo del Guadiana, toda vez que los propios organizadores tienen claro que de la expresión “Principado de Asturias” solo les interesa la primera parte. Para muestra, el extraordinario desprecio mostrado este año por Francis Ford Coppola al reconocer que no sabía en qué ciudad se encontraba: digo yo que si a uno lo premian con lo que sea y viaja a recoger el trofeo, lo menos que puede hacer es perder diez minutos en buscar en Google el andurrial donde le van a poner mesa y mantel. Con todo, y aun suponiendo que el galardonado sea un vago de siete suelas, con más cara que espalda y dispuesto a quedar como un gañán ante sus anfitriones, sería difícil exhibir tanta ignorancia si fuera verdad que “nuestros” premios son tan famosos y envidiados: aún no se ha dado el caso de un galardonado con el Nobel que no supiera dónde está Estocolmo.

No, no es Asturies la que sale reforzada y proyectada internacionalmente no se sabe adónde, sino el grupito de cortesanos que cada año utiliza a media docena de celebridades como excusa para apuntalar sus privilegios de clase. En esto hay grados, como en todo: la responsabilidad de Graciano García no es la misma que la del redactor de La Nueva España obligado por contrato a estrujar el DRAE en busca de la antigualla más altisonante con que vestir una crónica formalmente idéntica a las de todos los años. Pero al menos esas dos personas saben lo que hacen y por qué lo hacen. Menos comprensible me resultan esos fans entregados al éxtasis contemplativo y al aplauso compulsivo, o esos anónimos tramoyistas capaces de contratar a un gaitero gallego para agasajar (es un decir) a un premiado o de redactar un mensaje de agradecimiento en tres lenguas, incluida la vasca, sin que ninguna de ellas sea la asturiana, no sea que el país de las maravillas donde tiene lugar el picnic se parezca un poco al que paga los sándwiches (también es un decir). Cierto, no todo el que nace en un establo se cree caballo, pero los hay que no le hacen ascos a la alfalfa.

 

Fiesta de los maniquíes

El nuevo rey ha dado su primer pregón navideño. No hay mucho que decir al respecto, salvo alabar la diligencia del personal de la Zarzuela: a juzgar por la deslucida posición del cojín izquierdo del sofá, debió de costar lo suyo echar al perro que lo ocupaba justo antes de empezar a grabar. Es solo una conjetura, como casi cualquier cosa que pudiera uno escribir sobre tan apasionante tema. La semiótica monárquica nunca ha sido mi fuerte.

No menos opaco ha sido Mariano Rajoy en su correspondiente homilía. Como buen caballero español, ha rehusado hablar de mujeres en público, ni aun tratándose de mujeres como Cristina de Borbón o Esperanza Aguirre, y de hecho casi ha rehusado hablar también de hombres, pues lo que se dice hablar, ha hablado poco y, en cuanto a decir, ha dicho menos. Y eso que esta vez tocaba en acústico, sin plasma ni gaitas, como un profesional. Nunca sabremos lo que nos estamos perdiendo por culpa de no haber sintonizado correctamente la frecuencia de voz del presidente. Podremos vivir con ello.

Podremos vivir con casi nada, de hecho, a poco que nos lo propongamos o que se lo propongan quienes manejan los hilos de estos y otros títeres. Hace un año que vivimos sin Germán Coppini, por ejemplo, y aunque sigue siendo actual aquella “Fiesta de los maniquíes” que sonaba cuando algunos teníamos treinta años menos, también sabemos que a su autor ya lo había liquidado mucho antes la propia actualidad, la restauración cultural que acompañó a la restauración borbónica. ¿Fuimos cómplices de ese silencio? En cualquier caso, no parece que tengamos muchas ganas de seguir siéndolo. Al menos, desde que Juan Carlos I abdicó o fue abdicado, no nos han brotado muchas ansias de escuchar lo que tenga que decirnos el nuevo maniquí navideño.

Hubo más de un maniquí decorando nuestros miedos a lo largo de este 2014, no solo, aunque también, los del vídeo promocional de la canción de Nacho Vegas “Actores poco memorables” que mira tú por dónde, sin comerlo ni beberlo, e insisto en el “sin beberlo”, se nos ha colado en este artículo porque tal vez tenía que ser así, porque de actores poco memorables y de maniquíes sin memoria trata todo esto de hacer balance de un año impaciente. La paciencia se la dejamos, en cambio, a quienes saben que moler piedra es oficio de gigantes o cuestión de tiempo: a muchos de nosotros nos arrastra una urgencia que no sabemos cómo vestir, acostumbrados como estábamos a dejarnos llevar por la actualidad como marionetas sin seso.

Tal vez por ello nos cuesta, y mucho, aterrizar cada día en una actualidad que ya no es lo que era, que no parece dictada desde un despacho decorado como un plató de televisión o desde un plató de televisión decorado como un despacho. Tal vez por ello siempre nos costará hacernos a la idea de que, de tanto oír que nuestras vidas estaban escritas y decididas desde el mismísimo día en que se firmó la Constitución de 1978, tenemos que sacar el entusiasmo de debajo de las piedras y creérnoslo como no hemos creído en nada, o en casi nada, a cambio de recobrar lo que ni siquiera sabíamos que nos hubieran quitado. “No es lo que existe, sino lo que podría y debería existir, lo que necesita de nosotros”, escribió, en un día lúcido (no todos lo son), Cornelius Castoriadis. Puede que aún no sepamos para qué somos necesarios, ni a causa de qué, ni en qué condiciones. Pero lo que sí sabemos, con agobiante certeza, es el cuándo. Y ese cuando, maldita sea, es ahora.

Derivas nacionalistas

Hace un mes estuve en una reunión supersecreta. Tan, tan supersecreta, que se celebró en una sidrería, que como todo el mundo sabe es el mejor sitio del mundo para hacer cosas en secreto. Las cosas que hicimos, reconozcámoslo, no fueron nada del otro jueves: profanar una hostia, sacrificar a un par de inocentes, regar con su sangre el coño de una virgen, lo habitual. Pero también pronunciamos varias veces la palabra prohibida. Sí, la que empieza por A. El que estaba a mi derecha susurró: “He sentido una gran conmoción, como si todos los esfínteres de un planeta se abrieran de golpe”. Le dije que exageraba.

Exageraba, pero no mucho. Para empezar, los conjurados en aquel considriábulo habíamos olvidado una verdad universal, algo que sabe cualquiera que haya visto La bella durmiente: que, cuando alguien quiere ir a una fiesta y no le invitan, se lo toma mal. Luego estaba el asunto de la palabra prohibida. Es más sensato susurrar “Verónica” o “Candyman” delante de un espejo que decir “Asturies” delante de un asturiano. Sobre todo si hay otro asturiano que no está presente pero se entera de lo que has dicho: ¿quién osa decir “Asturies” sin convocar un referéndum donde todos los asturianos se pronuncien sobre el derecho de ese sujeto a invocar el Sagrado Nombre? Estábamos a dos segundos y medio de que se nos acusara de nacionalistas furibundos, o de nacionalistas a secas (nota para los que no hayan crecido en la Cultura de la Transición: todos los nacionalistas son furibundos).

Es un hecho probado que, en Asturies, si dices mucho “Asturies” te llaman nacionalista. Te lo llaman tanto, y con tanta inquina, que si eres muy joven hasta te lo crees. Luego vas comprendiendo que no lo eres tanto, o que no lo eres en absoluto, y en seguida caes en la cuenta de que alguien te está colando nacionalismo de garrafón bajo la máscara de un higiénico cosmopolitismo de luxe, pero te lo callas porque has crecido en la Cultura de la Transición y sabes que todavía nos faltan dos o tres décadas de cocción para empezar a llamar a las cosas por su nombre, y no digamos ya si una de esas cosas es el nacionalismo español old style. Hay un momento en la vida en que asumes esas trampas semánticas y tiendes a ignorar su potencial destructivo, pero es que, además, el problema no es el nacionalismo, sino la sidrería. Es un rollo junguiano acojonante.

Para tratar de ver esto con perspectiva, retrocedamos unos pasos. Más o menos hasta el año 1979 o así. Aquellos maravillosos años de la Transición Modélica, cuando PSOE, PCA y AP defendían para Asturies un modelo de desarrollo autonómico “de vía rápida” (la recogida en el artículo 151 CE, la que siguieron Cataluña, Galicia y Euskadi). A nadie le parecía que pudiera ser de otra manera: hasta Ramón Tamames nos consideraba “nacionalidad histórica”. ¿A nadie? No. Estaba también UCD, y UCD se quejaba más o menos de que no la habían invitado a la fiesta. De modo que se las compuso para ganar en Madrid lo que aquí había perdido, pactando con las direcciones estatales del PSOE y AP un modelo autonómico para Asturies “de vía lenta” (artículo 143 CE). A partir de ese momento, defender la vía rápida fue nacionalista, hasta el punto de que también el PCA acabó cogiéndosela con papel de fumar, no fueran a confundirlo con ETA. Todavía estamos pagando las consecuencias de aquel bloqueo institucional. Y lo que nos queda.

Pero ojo, que aquella exquisita maniobra de pasarse por el forro la voluntad popular se hizo en nombre de la democracia y el internacionalismo, y contra el nacionalismo excluyente, centrípeto y amojamado. La intelectualidad más clarividente y cosmopolita estaba a piñón fijo con lo de los peligros de la diferencia y el aldeanismo, sin que eso les impidiera aportar su granito de arena a la fábula monárquica del “Principado de Asturias” y a la restauración borbónica en loor de multitudes, que eso sí que era moderno, democrático y de extrema izquierda. Algunos, en lugar de un granito, aportaron bloques de hormigón. No hace mucho presumía Juan Cueto de su hormigonada contribución a la legitimación cultural de la monarquía, lo cual da bastante grima, sobre todo si uno recuerda sus tesis sobre Asturies como “protectorado”. Pedro de Silva, por su parte, fue tildado de nacionalista por oponerse a la pretensión de que fueran los alcaldes y los concejales los únicos electores del parlamento autonómico. Una deriva nacionalista, lo de Pedro de Silva, qué duda cabe. Cuando gobernó, fue la repanocha. En Quebec se morían de envidia. El PNV mandaba observadores a estudiar nuestros avances en secesionismo.

Pues bien: hace unos años, discutiendo amigablemente con uno de aquellos intelectuales de la época, le pregunté por qué nadie había sacado a relucir, como precedente lejano de un desarrollo autonómico digno de ese nombre, el proyecto de estatuto de autonomía redactado por Sabino Álvarez Gendín en 1932. La respuesta que me dio no me pareció relevante en aquel momento, pero ahora no me la quito de la cabeza: me respondió que aquel proyecto no tenía importancia porque lo habían redactado cuatro “en una sidrería”.

Uno tiende a pensar que sí que existe un inconsciente colectivo, y no solo un inconsciente colectivo, sino además un inconsciente colectivo con suelo de serrín y escupideras a juego.

Ensin complexos

Tovía taba caliente la victoria en diferío de la selección española frente al equipu separatista de les Provincies Xuníes. Telepizza recoyía a tou meter el banderame patrióticu mientres dalgunos aficionaos contemplaben cromos vieyos de Naranjito como queriendo ver nellos una profecía na que naide reparara. ¿Saco la pantalla de plasma, presidente?, preguntó un asesor. Nun ye tan grave, respondió’l presidente. L’asesor, avezáu por demás a esa respuesta, dexó por si acasu a mano les llaves del Mediamarkt domésticu de la Moncloa y foi pa la cama col inquietante pensamientu de que tamién 2015 acaba en 5. Sigue leyendo “Ensin complexos”

Javier Cercas o la retórica de servicios prestados

“Lo primero que debemos recordar es que Franco no fue un político lanzado a la lucha por el Poder; fue un soldado a quien la Historia puso al frente de su Patria cuando ésta se vio irremediablemente arrastrada a una guerra civil. El General Franco intentó evitar aquella guerra; pero, una vez desatada, asumió su dirección e hizo cuanto estuvo en sus manos –y en ellas pusimos nuestra confianza– para conducirla a la victoria”.

Así glosaba Alfonso García Valdecasas en el diario ABC la figura del dictador. Era el 22 de noviembre de 1975, justo el mismo día en que Juan Carlos I era coronado rey de España.

francohamuertoLas loas a Franco, fúnebres o no, son en sí mismas todo un subgénero literario, y hasta una parafilia. Pocas superan los arrebatos neuroépicos de Ernesto Giménez Caballero (“De paso lento y firme, de entrañas implacables y de rostro impasible. Tipo cesáreo, que no vaciló en la guerra. No ha vacilado en la paz –ni vacilará en lo que viene– caiga quien caiga. Sereno, impávido; broncíneo –ese hombre misterioso que casi nadie conoce bien de cerca, pero que todo un pueblo presiente alucinado que le lleva a una gloria cierta y mayor que las pasadas”). Pero son mucho más sintomáticas y elocuentes las comparativamente más discretas palabras de García Valdecasas, cofundador de la Falange (se dice que fue él quien le dio el nombre) y converso a la causa de Juan de Borbón aunque con la boca pequeña: definen ostensivamente la retórica de servicios prestados que tanto se lleva en bodas, funerales y abdicaciones, y de la cual estamos últimamente bien servidos.

Son textos que guiñan constantemente un ojo y lanzan señales solo para iniciados. Aquellos que comprenden las reglas no escritas de la tribu, descodifican automáticamente esas señales y tienden a valorarlas en consonancia con su particular sistema de creencias, mientras que los observadores externos, por muy avisados que estén de las peculiaridades del grupo y su lenguaje, no pueden evitar una sensación de extrañeza y hasta de cierta vergüenza ajena que puede resolverse en risita involuntaria o en carcajada despectiva, dependiendo de lo que a uno le importe herir los sentimientos de la tribu. Es lo que nos ocurre a menudo a los adultos con los sistemas de signos de los niños o de los adolescentes: no podemos evitar una sonrisa o una burla, aun siendo conscientes de que, a su edad, también nosotros participábamos de un código similar, que nos parecía tan sólido e incontrovertible como nuestra propia superioridad moral sobre el mundo adulto.

Es evidente que se trata de textos hagiográficos: cumplen, como las vidas de los santos, una función evangelizadora, tratan de ilustrar al que no sabe pero, al mismo tiempo, dan por sentado que es casi imposible no saber lo sabido: las virtudes del santo son indiscutibles, forman parte de un relato que todo el mundo conoce salvo el que por vicio o ignorancia (suponiendo que sean cosas diferentes) se sitúa al margen del consenso. En ellos la exageración es norma, pero no menos normal es la falsificación del pasado, más propia del relato de aventuras que de la historiografía. La épica del sacrificio es una constante. También lo es el optimismo histórico, la constatación triunfal de que, si este es el mejor de los mundos posibles, lo es gracias a los sacrificios del sufrido protagonista.

La abdicación del rey Juan Carlos I ha inundado los medios de hagiografías similares. Esa sobreabundancia no es casual, ni obedece a una demanda ciudadana de poesía laudatoria. Antes bien, es inducida por el propio sistema de reparto de poder que se beneficia de ella. No trata de elevar a los altares a un aspirante a la gloria, sino de mantener en ellos a una figura discutida o en trance de serlo en un momento tan crítico como un fallecimiento: una abdicación. Las páginas del diario El País están repletas de textos de ese tipo. Pocos tan elocuentes como el firmado por Javier Cercas con el título “Sin el Rey no habría democracia”.

Gran parte de la carrera literaria de Javier Cercas hunde sus raíces en la poética de la transición. Sus dos mayores éxitos, Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, vienen a ser los Argonath entre los que discurre el relato oficial de nuestra historia reciente: el primero profundiza en la herida mítica, hesiódica, que creó nuestro presente (la guerra entre hermanos que propició rencores y venganzas y que no se cierra ni debe cerrarse porque eso solo podría hacerse a condición de abandonar la equidistancia y romper el equilibrio de la corresponsabilidad de ambos bandos) y el segundo reconstruye el sacrificio lustral, homérico, que inauguró nuestro futuro (el del rey, naturalmente, alzándose en la noche del 23F como un titán brumoso pero inalcanzable, frente a la mediocridad no menos ejemplar de Adolfo Suárez, espejo donde mirarse el español honrado). La suya es, por tanto, una voz autorizada, la más indicada para glosar la figura del rey recién abdicado, trasfundir sangre nueva al relato de sus tribulaciones y conjurar los peligros del tiempo que se abre tras la abdicación.

Argonath1“Sin el Rey no habría democracia” reúne, desde su título, todos los elementos distintivos de esa retórica de servicios prestados. Se trata de un texto cuya comprensión requiere haber vivido en España durante un par de décadas al menos, o haber estado en contacto con alguien que tuviera esa experiencia, o haber sido, en resumen, socializado a la española: requiere pertenecer a la tribu. Un observador externo, un etnógrafo o un periodista extranjero sin demasiada formación en los asuntos domésticos del reino de España, tal vez tendría dificultades para desentrañar qué quiere decir Cercas con que “sin el Rey, quizá no hubiera habido democracia, o no la hubiera habido tal y como la conocemos, o hubiera tardado años en llegar” [las cursivas son mías]; desde luego, le habría costado tanto como a cualquier español averiguar cómo se llega, desde esa ambigua descripción de las aportaciones juancarlistas a la democracia indefinida, al enunciado taxativo que da título al artículo. Claro que el lector español, o el iniciado en la españolidad transicional, comparte muy probablemente la adhesión de Cercas al relato fundacional de la democracia española, de modo que no necesitará explicaciones supletorias. Salvo que sea muy rojo o muy mal patriota o catalán perdido, el pobre. O demasiado joven. O bien un “memo”, o un “hipócrita”, o un “loco”.

Al lector no iniciado podría resultarle extraño que la pasión hagiográfica de Cercas no remita aquí a hecho alguno, ni a talento alguno, ni a ninguna hazaña especial. Eso es porque es hagiográfica, ni más ni menos, ya que la retórica de servicios prestados trata de santos, no de héroes: el héroe hace cosas, pero el santo, en el fondo, lo es por la gracia de Dios (por esa misma gracia era Franco caudillo de España), de modo que no le es indispensable hacer cosas, solo padecerlas (como los mártires), ni tener talento alguno, solo ser elegido, o ser muy simple (o tener mucha paciencia). Al rey no se le atribuye ninguna cualidad de origen humano: todos sus esfuerzos, todos sus sacrificios, todos sus méritos, tienen su explicación en el universal, no en el individuo: se explican por su condición de rey, son simples prolongaciones de su majestad real. Así, si el rey paró el golpe del 23F porque solo él podía hacerlo, y solo él podía hacerlo porque solo él era rey, y si por ello debemos estarle agradecidos, la conclusión lógica es que debemos estarle agradecidos no porque parase el golpe sino por ser rey, esto es: le debemos gratitud tan solo por su posición y a causa de nuestra no elegida condición de súbditos. Ciertamente, como hagiografía es un poco ofensiva.

Al igual que Franco, según García Valdecasas, no escogió ponerse al frente de su Patria, sino que fue elegido por la Historia, tampoco el rey escogió esta democracia, aunque contribuyera “de manera decisiva” a instaurarla: una democracia “frágil, pobre y escasa”, que tras casi cuarenta años no ha conseguido volverse “fuerte, rica y abundante”, a pesar de que esos años han sido “los mejores de nuestra historia moderna, los de mayor libertad y prosperidad”. Ni Franco ni el rey tienen la culpa del carácter español: la santidad del segundo apenas alcanzó a impedir que nos abriéramos unos a otros en canal, pero solo eso ya puede ser considerado un milagro, habida cuenta del “ominoso conflicto civil que el mundo entero auguraba para nuestro país a la salida de la dictadura”. He aquí otra característica de la retórica de servicios prestados: su optimismo histórico es compatible con un pesimismo antropológico extremo: el santo nos da a elegir entre él o la antropofagia.

Puede ser objeto de debate cuántos lectores de García Valdecasas se reconocían en sus guiños emocionados y asentían conteniendo una lágrima, pero no parece que queden hoy día muchos de aquellos entusiastas de 1975, ni siquiera entre los franquistas. Uno lee en 2014 esas parodias involuntarias, o las muchas que pergeñaron Giménez Caballero, Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall y tutti quanti, y no puede dejar de debatirse entre la sonrisa condescendiente y la carcajada liberadora: hay algo inimitablemente muerto en esas palabras fosilizadas, algo que mueve a la vergüenza o al desprecio. No es muy aventurado afirmar que el artículo de Cercas moverá a reacciones análogas en un futuro no muy lejano. Tal vez sería apropiado preguntarse cuántas adhesiones suscita en el presente.

Sin proponérselo, Javier Cercas nos ha brindado un procedimiento de decisión mucho más significativo y vinculante que un referéndum sobre monarquía o república: leer “Sin el Rey no habría democracia” y no pestañear, no sonreír ni avergonzarse sino asentir sin perder la serenidad, sería un sí inequívoco a la continuidad de los borbones y, con ellos, de todo el tinglado de la transición. Pongámoslo en práctica. Que ese sea nuestro particular Pacto de San Sebastián.

Tricolor

Tolos años ye igual pero distinto. Cada catorce d’abril, la guerra de banderes xorrez col mesmu puxu que l’añu anterior, pero non tolos catorce d’abril se dan les mesmes condiciones ambientales y pudiera dicise que cada aniversariu de la II República vien con matices nuevos, seique pol enclín a la mezclienda y a lo informe que caracteriza según T.S. Eliot al mes más cruel, seique porque pesa l’efectu acumulativu d’un desalcuentru históricu que tovía nun se resolvió nin lleva camín de resolvese. Na cumbria del procesu Noos, y cola monarquía pasando pel so momentu más impopular dende hai más de trenta años, la celebración d’esti 2014 volvió a convocar a les voces más preocupaes del espectru políticu, a saber, los dos partíos de l’alternancia, emperraos dambos dos en que la bandera tricolor ye símbolu de discordia y defendiendo a capa y espada esi pautu de difuntos que roblaron en 1978. Entregaos unos (PP) a la pura y simple distorsión de la historia, hasta’l puntu de convertir a la II República en causante y non víctima del golpe fascista de 1936, y envolubraos otros (PSOE) nel supuestu pragmatismu del que prefier barrer lo puerco embaxo l’alfombra con tal de nun facer una llimpieza en condiciones, el resultáu ye un choque de monarcofilies ensin monárquicos, como si’l réxime aspirara a una monarquía de rei invisible, asumida na práctica como una república presidencialista que, a falta d’elecciones presidenciales, solo ye concebible como una dictadura transitoria del partíu más votáu. Sigue leyendo “Tricolor”