Be cool

Estándar

NADA_definitivaSi tomamos un concepto, o una imagen, y acto seguido somos capaces de identificar al autor que mejor ha sabido explorar ese concepto o esa imagen, podremos estar seguros de dos cosas. La primera, de haber leído poco. La segunda, de que nuestra identidad se ha quedado anclada en un momento histórico concreto y muy frecuentemente ya clausurado o superado. Hago mías ambas seguridades cuando digo, por ejemplo, que nada mejor sobre el insomnio puede escribirse después del primer párrafo de En busca del tiempo perdido: es evidente que no lo he leído todo, y es también muy probable que mi sensibilidad y mi estilo de pensar se hayan quedado atrás con respecto a la linea del horizonte, pero no lo suficiente, me apresuro a añadir, como para no ser capaz de percibir ese horizonte y tratar de aprehenderlo en su singularidad no histórica, esto es, estrictamente contemporánea: soy consciente, más o menos, de vivir en un presente descoyuntado, repleto de cacharrería cultural rebajada de precio, una especie de bazar de los conceptos en el que la idea de lo clásico (no solo su contenido normativo, sino también su pregnancia significativa) ha quedado sepultada bajo décadas de sedimentos metaliterarios. No siento ninguna nostalgia, créanme, y sobrevivo sin demasiados contratiempos en esta galaxia epocal fragmentaria y dispersa. Pero a veces, solo a veces, me pregunto si el emperador va vestido.

Pongamos que uno se llama Blake Butler y padece insomnio. Noche tras noche, desvelado frente a su ordenador, va rellenando un archivo de texto con pensamientos inconexos, citas de escritores famosos, fragmentos autobiográficos, digresiones sobre el sueño, algún que otro boceto narrativo y, sobre todo, mucha búsqueda en Google y mucho dato sin contrastar. La obra va creciendo a un ritmo ominoso hasta que, por razones no del todo claras, el insomne decide clausurarla y enviársela a su editor con el elocuente título de Nada y el subtítulo, bastante menos descriptivo, de Retrato de un insomne. Sería interesante conocer los motivos por los que el editor decide incluir ese mamotreto en su catálogo. En cualquier caso, el libro prospera y se hace un hueco en la crítica literaria. Si yo fuese Blake Butler, me preguntaría por qué.

Cuando Nietzsche escribió aquello de “quien conoce al lector no hace ya nada por el lector”, no es probable que tuviese en mente un horizonte cultural como el nuestro, donde el ejercicio literario tiende con frecuencia al modelo del free jazz en un contexto donde lo que se oye a todas horas es bachata. Puede que Nietzsche pensara más bien en la exigencia, en la dificultad, en la insobornabilidad del escritor. Fútiles anhelos, ahora que el escritor, al menos aquel que aspira a fascinar a la minoría ilustrada, se ha convertido en un gestor de la sobreabundancia: sobreabundancia de citas, de clichés, de tipografías, de notas a pie de página: ármese con todo ello un objeto de culto, sin el tedioso esfuerzo de la estructura contundente y sin la agobiante obsesión por la palabra justa. El insomne sabe que el examen de conciencia ha dejado paso a la distracción del internauta. ¿A qué, pues, molestarse en recrear una identidad autónoma, construida a golpe de análisis y distanciamiento, cuando lo suyo es disolver el sujeto en viñetas electrónicas? Ya no estamos en los tiempos de En busca del tiempo perdido. Claro que ya partíamos de esa certeza.

Digamos que Blake Butler ha escrito un libro interesante, de esos que uno se compra para que lo vean las visitas pero no para leer en el autobús y mucho menos en una noche de insomnio. Es, claramente, una obra concebida por alguien que conoce perfectamente a sus clientes (me resisto a escribir “lectores”) y que, por tanto, no hace el menor esfuerzo por cambiarles la vida o provocarles una emoción, una reflexión, un gesto. Antes bien, todo en Nada está concebido para agradar al hipster: está Deleuze, está Levinas, están la Cábala y Brian Eno, hay menos verbos que preposiciones y hay muchos corchetes y frases en cursiva, se dice “polla” y “cagar” y lo que no se dice, directamente, se cincela: “La tensión de la espera, la observación, la necesidad, conferían mayor longitud a la procesión no monitorizada de las noches”; “Éste es el principio de una escalada progresiva de avidez por la auto-optimización, hasta llegar a un punto en que el propio yo comienza a desdibujarse, sometido a un incremento perpetuo de yo”; “La casa, de alguna manera más viva de lo que jamás la has visto, pero no del todo tuya aquí, y tú dentro de tal contemplación sepultado dentro de ti bajo la totalidad de tús que tú no eres”.

En el fondo, insisto, no es nostalgia por los cánones modernos (o premodernos) lo que uno siente ante libros como Nada. Antes bien, se trata de una sensación que el vocabulario común y corriente de nuestros días puede nombrar sin demasiada exigencia: la sensación de que a uno le han estafado, y de que no solo el emperador va desnudo, sino que tampoco a nadie le importa mucho que así sea.

Kairós

Estándar

A Grecia no le falta historia: hasta la palabra “historia” es suya. Y a la historia de Grecia hemos recurrido durante meses, casi años, en busca de términos de comparación para lo que está ocurriendo en la esquina fundacional de Europa. En vano: los griegos no están de humor para historias. Si lo estuviesen, tal vez bucearían no en la historia propia, sino en la de los pueblos cercanos, esos falsos amigos con sus falsas monedas y cuyos episodios nacionales también están llenos de griegos, para bien o para mal.

Fue un alemán quien exhortó a sus compatriotas a atenerse a “nuestros luminosos guías, los griegos”. Grecia como vacuna frente a… ¡Francia! ¿Habrá leído Merkel a Nietzsche? Por fuerza hemos de pensar que sí. En cualquier caso, si no a Nietzsche, sí habrá leído a Hölderlin, buscando a Grecia “en el reino de los muertos”. Tal vez.

Puede que los griegos no estén de humor para andar rastreando las huellas de su legado en la Europa moderna. ¿Habrán olvidado que también ellos firmaron en 1953 el Tratado de Londres, por el cual le fueron perdonados a Alemania 14.000 millones de marcos, la mitad de su abultada deuda externa? Abonando el terreno para el resentimiento histórico.

A la historia de Grecia no le pasa nada. Tampoco a su legado, por excelso que sea. Pero sí a los ciudadanos griegos: les está pasando algo, y les está pasando por encima. Lo mismo que a los demás, dicho sea de paso.

Se llama kairós. Palabra griega. Es la oportunidad, el momento histórico, la epifanía. Pero si algo han demostrado los griegos a lo largo de su historia es que son inigualables reinventando su idioma. No sería de extrañar que kairós, desde ahora, pasase a significar, simple y llanamente, el momento en que uno mira a su alrededor y piensa: “me han estafado a base de bien”.