Vistalegre II: Más allá de la cúpula del Telegram

No me saco de la cabeza aquella escena de Morir todavía en la que el psiquiatra (Robin Williams) explicaba al detective (Kenneth Branagh) cómo dejar de fumar: “Uno es fumador o no fumador. No hay término medio. El truco consiste en averiguar qué es lo que uno es, y serlo”. Sigue leyendo “Vistalegre II: Más allá de la cúpula del Telegram”

Cambio de hora

No tengo el día. Mariano Rajoy vuelve a ser presidente del gobierno español, ya no en funciones, aunque eso qué más da, si después de todo su prioridad más inmediata es irse de puente. El PSOE, aquel partido que cacareaba hace unos meses su insobornable identidad de izquierdas frente a la indefinición de Podemos, ha entregado a Rajoy no solo el gobierno de España sino también la cabeza de su propio secretario general y aspirante a presidente y, de regalo, una profesión de inconstitucionalidad en la persona de Adriana Lastra, quien ha afirmado abstenerse “por imperativo”. Y encima nos cambian la hora. Quién necesita Halloween. Sigue leyendo “Cambio de hora”

El cielo puede esperar

Supongo que soy de esos izquierdistas trasnochados que piensan que al PSOE, ni agua. Oigo PSOE y automáticamente pienso en el GAL, en la OTAN, en la reconversión industrial, en la Ley Corcuera, en la reforma del 135 CE, en la Ley de Partidos, en los insumisos presos, en los sindicalistas presos, en las puertas giratorias, en la religión en las escuelas, en la sumisión a la monarquía, y todo eso sin necesidad de prestar atención a Felipe González en su ultimísima faceta de capo di tutti capi. Lo confieso: yo soy el que aplaudió cuando Pablo Iglesias dijo aquello de la cal viva. Lo hice: aplaudí mentalmente y acto seguido me mandé a mí mismo al rincón de pensar. Sigue leyendo “El cielo puede esperar”

No ha sido el señor D’Hondt

El Partido Popular ha vuelto a ganar las elecciones. Era difícil otro resultado sin que mediara una catástrofe biológica, tipo peste bubónica: una sociedad no cambia tanto en seis meses. Igual de previsible era que los demás partidos mantuviesen su cuota de poder, salvo Ciudadanos. (Hay algo en Ciudadanos que se impugna a sí mismo, igual que lo había en UPyD, y ese es ahora mismo uno de los asuntos que más me intriga de la política española, pero no es de eso de lo que tratan estas líneas. Cada cosa a su tiempo.)

Estas líneas tratan del resultado de Unidos Podemos, de su relación con el electorado del PSOE y con la evolución de Podemos desde su creación hace dos años y medio. Y no pretendo disfrazarlas con retórica pseudocientífica (las ciencias sociales, para quien las trabaja): es personal, no son negocios. Sigue leyendo “No ha sido el señor D’Hondt”

Volver a empezar

Ni gobierno a la valenciana ni pacto a la portuguesa. Salvo sorpresas de última hora, volveremos a votar dentro de unos meses. El gobierno en funciones seguirá en funciones hasta que se hayan abierto las urnas o peor aún, hasta que se hayan abierto los cielos, pues todavía nos quedará por delante otro largo y agónico proceso de investidura. Podremos darnos con un canto en los dientes si conseguimos desalojar a Rajoy de la Moncloa antes de octubre. De las iniciativas legislativas en curso, mejor ni hablamos.

Ese es al menos el panorama más verosímil después de que Podemos y el PSOE dieran por rotas las negociaciones para formar gobierno. Podemos ha anunciado que consultará a “las bases”. La consulta será, suponemos, un prodigio más de democracia interna, de esos que tanto abundan en los últimos meses. En la ciudad donde vivo, y aun fuera de ella, no ha faltado quien ha querido establecer comparaciones con la consulta por la que Xixón Sí Puede decidió no apoyar al candidato socialista a la alcaldía, pero, al margen de lo que cada uno quiera tener en el gobierno, lo cierto es que hay una gran diferencia entre un proceso y otro: así, los concejales de Xixón Sí Puede se comprometieron a acatar lo que se decidiera en aquella consulta, mientras que el grupo parlamentario de Podemos en las cortes españolas decidirá por su cuenta y riesgo el sentido de su voto, con independencia de lo que digan las bases.

Donde sí hay semejanzas es en que ambas consultas rubrican sendos fracasos. Tanto Podemos como Xixón Sí Puede, cada uno en su escala, tenían su razón de ser en el éxito electoral. No había plan B: se trataba de ser, como ya dije una vez, o César o nada. El candidato de Podemos llegó a decir que, si no ganaba, “igual se iba”. El de Xixón Sí Puede nunca dijo tal cosa, pero el resultado en ambos casos fue el mismo: ni ganaron ni dimitieron. En ambos casos quedaron por detrás de la fuerza ganadora (PP/Foro) y por detrás del PSOE. Como era de esperar, el PSOE jugó el triunfo que reserva siempre para estos casos: o nosotros, o el caos (la derecha); o con nosotros, o con el caos (la derecha); o gobierna el PSOE, o es que hay pinza (con el PP; de hacer pinza con Ciudadanos nadie ha dicho aún una palabra).

Xixón Sí Puede hizo, en su momento, lo que debía hacer. Lo hizo mal, cierto, con una consulta torpemente organizada, una política de comunicación chapucera y una soberbia digna de mejor causa, pero lo hizo. Podemos no lo hizo ni mal ni bien: ni en Asturies, tras las elecciones autonómicas, donde no hubo consulta alguna, ni en España, tras las legislativas, donde tampoco; en ambos casos se jugó a golpe de inspiración de la nomenklatura, con similares y desastrosos resultados. Similares en cuanto a los puntos obtenidos (ninguno) y desastrosos en cuanto a las formas, por las cuales Podemos quedó en evidencia como aspirante a matón de los billares y el PSOE demostró, una vez más, que los billares son suyos y que me vas a venir tú a mí con sonrisas del destino. Menudo es el PSOE para estas cosas.

Todos hemos conocido impostores. Los hay que hacen de ello un oficio, como los actores y casi todos los personajes públicos. Pero los hay, al mismo tiempo, solventes e insolventes. En Podemos hubo impostura el día que se decidió hacer como si el partido no hundiera sus raíces en la izquierda más extrema, con todo su legado moral y con toda una trayectoria de derrotas, impostando una altanería de casa grande como si sus dirigentes provinieran de largas y cruentas batallas coronadas por el éxito en lugar de proceder de las honradas profundidades de la UJCE e Izquierda Anticapitalista. Era lo que había que hacer, aunque algunos sobreactuaran (y siguen sobreactuando, sacudiendo sin rubor a todo aquel que huela a “izquierda perdedora”), y habría estado bien si hubiese resultado creíble. Pero ocurrió como cuando yo era un chaval y llegaba a los billares algún niño pijo disfrazado de quinqui: era cuestión de tiempo que el quinqui de verdad lo pusiera en su sitio.

El quinqui de nuestro cuento es el PSOE. Si tiene que arrojar a toda una ciudad y a sus propios concejales a los pies del PP, como hizo en Uviéu, lo hará. Está dispuesto a vencer o morir. Le importa un rábano aliarse con Ciudadanos y le importa otro rábano que Ciudadanos traicione su acuerdo a la primera de cambio, como hizo esta semana al votar en contra de la paralización de la LOMCE: entre quinquis, eso es lo esperable. Como también lo era que el niño pijo se llevara una buena paliza al haberse atrevido no solo a ponerse chulito con el más chungo del barrio sino a hacerlo sin tener con qué defenderse. Es entonces cuando te cogen entre cuatro, te sacan de los billares a hostias y te dejan en la acera cubierto de sangre y preguntándote cómo ocurrió.

Algo ha fallado en la poderosa máquina electoral que diseñara Íñigo Errejón, y no faltarán teorías de todo tipo: que si el fallo fue del maquinista, que si de los fogoneros, que si las vías estaban en mal estado o se había racaneado con las piezas, o simplemente que el chisme se quedó sin combustible cuando tocaba subir la cuesta más empinada. No importa gran cosa ahora mismo: el hecho es que, cuando uno diseña una herramienta y esta no funciona, lo más sensato que puede hacer es cambiarla por otra.

Podemos salió a surfear cuando empezaba a bajar la marea del 15M y logró pillar una gran ola en las elecciones europeas de 2014. Pero no supo mantenerse sobre la tabla y prefirió quedarse con los pies en remojo a la orilla del bipartidismo, aunque lo hiciera con un bañador con la cara de Gramsci estampada en el culo. Algunos dirán que no lo vieron venir y otros reconocerán que sí lo vieron pero prefirieron mirar a otro lado en aras de un bien mayor. Yo no sé si diré una cosa o la otra o las dos. Probablemente las dos, dependiendo del día.

Lo que sí sé es que dará igual lo que digan las bases el próximo 18 de abril, porque el resultado de esa consulta habrá que combinarlo con la habitual acidez de Pablo Iglesias, haya cal viva o no la haya. Y todos sabemos qué se obtiene cuando se mezclan ácidos con bases: sal más agua. Siempre podremos cocinar unos garbanzos y decir que son marisco.

[Artículo publicado en Asturias24.]

Teoría de conxuntos

Pa según anda la lleonera últimamente, seique debiera empezar alvirtiendo al llector despistáu que, si usté votó o pensó en votar a Ciudadanos, o al PSOE, o al PP, ye fácil qu’esti artículu-y paeza mal, incluso que se sienta insultáu, agredíu, qué sé yo. Si ye asina, esti ye’l momentu de dexar de lleer: nun ye obligatorio, amás ta too escrito n’asturiano y ye poco probable qu’una llingua que nun val  pa la Xunta Xeneral del Principáu  pueda sirvir p’articular un solu pensamientu coherente. Si lo dexa equí, rabexín que s’aforra, y polo menos siempre va poder dicir qu’una vez vio una columna d’opinión con parental advisory.

Si, con too y con eso, sigue usté per equí y ye de los que votó o pensó en votar a Ciudadanos, créame si-y digo que pertenez usté a un colectivu que pa mi ye un misteriu. Les úniques persones que conozo y que me consta, poles sos declaraciones, que votaron al partíu de Rivera, formen parte d’un grupu de veceros colos que coincido dacuando en vez nuna cafetería de Xixón. Gasten un vocabulariu non mui diplomáticu pa colos xitanos, los inmigrantes, les muyeres de cualquier etnia y los sindicatos. Allá pel 2011 fixeron saber a tol que quixo, y al que non, qu’España solo lo arreglaba UPyD. En 2014, pa les elecciones europees, repartieron propaganda de Vox. Depués, como-y digo, fixéronse riveristes radicales. Nun me consta que dexaren de selo.

Creerá usté qu’esto ye una caricatura o un inventu y que lo que pretendo ye insultalu. Nun hai tal: esa xente esiste, y nun cuido que seya l’únicu grupu d’eses característiques que se pueda atopar na mio ciudá. Con too y con eso, tampoco creo que’l conxuntu de los votantes de Ciudadanos perteneza a esa categoría. Ún siempre tien un amigu que conoz a dalguién que conoz a otru, y afilvanando esa riestra de pistes llegué a la conclusión de que, d’una parte, hai votantes de Ciudadanos mui apegaos al franquismu ideolóxicu y al franquismu sociolóxicu, cierto, pero tamién munchos otros que, por edá o simplemente por coherencia histórica, arrenieguen de la historia del fascismu español ensin dexar de ser nacionalistes españoles. Creo tamién que, d’otra parte, munchos votantes de Ciudadanos tienen ciertos rasgos en común con munchos votantes del PSOE, incluso dellos pasaron d’una adhesión a otra ensin cortase por demás: xente que cree nel progresu, na fin de les ideoloxíes, na necesidá d’endelgazar l’Estáu, empezando peles comunidaes autónomes, y persuadíos de que ye menester acabar cola corrupción institucional y coles redes clientelares. Un mosaicu dalgo más complexu que lo qu’ún pudiera deducir de lo qu’espatuxen cuatro babayos nuna cafetería.

¿Tovía ta usté ehí? Chócame muncho. ¿O igual ye que nun votó usté a Ciudadanos, nin se-y pasó pela cabeza facer cosa tal, y ta esperando a que yo calle un poco pa declarase votante del PSOE y sí, un poco indignáu pol rumbu que ta garrando esti testu, pero muncho más indignáu énte un previsible pautu del PSOE col partíu naranxa qu’escribe fino? Eso ye porque nun pertenez usté a esi conxuntu intersección ente’l conxuntu de votantes socialistes y el conxuntu de votantes riveristes. Ye de la esistencia d’esi conxuntu intersección d’onde se pue deducir qu’un pautu d’investidura ente Sánchez y Rivera nun ye nenguna quimera. Pero claro, tamién tán ustedes, y pudiera dicise que fundamentalmente tán ustedes, los que por muncho que-y pese al aparatu del PSOE siguen sintiéndose d’esquierdes y ven esi pautu como dalgo antinatural y destinao al fracasu. Ehí opinen ustedes paecío a la otra metá de los votantes de Ciudadanos, los que consideren inalmisible un pautu con un partíu al que faen responsable de siete años de marafundiu: lliberales más o menos conscientes de selo y/o beneficiarios de les polítiques privatizadores de la era Aznar.

¿Ye usté, entós, esi socialista de corazón al qu’apellaba Pablo Iglesias na última campaña electoral? ¿Diba ver bien un gobiernu de coalición del PSOE con Podemos? Difícil me paez: l’antipatía qu’espierta Podemos ente los votantes socialistes ye solo comparable a la qu’espierta’l PSOE ente los siguidores d’Iglesias. Sicasí, hai bien de probabilidaes de que seya usté un individuu razonable, y pa con ello un socialista razonable, y tenga perfectamente asumío que, si Pedro Sánchez nun llega a la presidencia, los díes del PSOE tán contaos. Si nun m’abandonó a estes altures, seique convenga conmigo en que nes últimes elecciones, mayoritariamente, n’España votóse siguiendo les típiques instrucciones d’un monitor d’autoescuela: poniendo l’intermitente a la esquierda pero con cuidao. Unes elecciones nueves nun van alterar sustancialmente’l panorama. Solo van sirvir pa que tarde más tiempu n’abordase con xacíu la cuestión catalana, lo que nun ye bueno pa naide, solo pa la derecha más irresponsable que buscará aprovechar la tensión pa vender los sos cromos de Roberto Alcázar y Pedrín.

Pue ser qu’a usté-y preocupe, como a tantos votantes del PSOE, que si dexen entrar a Podemos nel gobiernu entren con ellos el 15M y l’anticapitalismu radical. Ye un riesgu que tendrá que correr: el mesmu qu’asumieron y asumen esos anticapitalistes que tanto tarrez y que yá ven venir que les sos aspiraciones van durar hasta los idus de marzu o, nel meyor de los casos, hasta les rebaxes de primavera. Tanto usté como ellos van tener que confiar en que nin Sánchez nin Iglesias van portase como dos sinvergüences. Muncha suerte con eso.

Expediente Iglesias

Vuelven Mulder y Scully. La cadena Fox va emitir capítulos nuevos de la serie Expediente X, un clásicu de la televisión de los noventa. Yá saben: FBI, extraterrestres, conspiraciones, fenómenos paranormales y demás. Unes trames más entreteníes y meyor interpretaes que’l culebrón de los pautos d’investidura que tamos viendo estos díes en toles pantalles, incluida la del móvil.

Tengo que confesar que solo entendí la metá de los episodios d’Expediente X: aquellos que constituíen trames zarraes, munches veces humorístiques, sobre monstruos, mutaciones xenétiques y vampiros. En cambiu, la llinia argumental qu’atravesaba tola serie y que se suponía que diba llegar al clímax na película que s’estrenó nos cines en 1998, siempre se m’escapó: nunca entendí si los extraterrestres yeren reales o non y nunca me quedó claro quién abducía a Scully, anque reconozo que nesa llinia argumental taba muncho de lo meyor de la serie: los personaxes supuestamente secundarios, como’l Fumador, Alex Krycek o los Pistoleros Solitarios.

Tenía munches veces la sensación de que non tolos guionistes de la serie sabíen de qué diba la trama o pa ónde empobinaba. Pásame dalgo paecío colos movimientos de Podemos estos últimos meses: nun sé si hai estratexa detrás d’eses fintes táctiques que Pablo Iglesias executa un día sí y otru tamién. Y conste que, seyan les que fueren les dimensiones de los mios desengaños, pásame con Podemos lo mesmo qu’al axente Mulder colos extraterrestres: quiero creer.

I want to believe. Quiero creer que, cuando los grandes medios xeneradores d’opinión s’emperren tanto en demonizar una opción política, ye porque esa opción política representa enveres una amenaza/promesa de cambiu. Tamién quixi creer a Pablo Iglesias cuando dixo que nun diba aceptar formar parte d’un gobiernu del PSOE, y velequí qu’acaba de postulase como vicepresidente d’un executivu presidíu por Pedro Sánchez. Los más sabios del llugar alvierten que, como maniobra táctica, ye una obra maestra. Pue ser, pero p’aceptalo tengo que dar por válidos dos supuestos que m’abulten contradictorios.

El primeru: que, si’l PSOE rechaza la ufierta d’Iglesias, esti gana l’órdagu y hai elecciones. O nun les hai y tenemos gobiernu PP-PSOE-C’s, lo que reforzaría inda más a Podemos como poder emerxente. En cualquier casu, si Sánchez refuga la ufierta, Podemos gana. Esti supuestu aliméntase de la creencia nel carácter suicida de Pedro Sánchez. Y Pedro Sánchez será munches coses, pero de suicida nun tien pinta. Sánchez, involuntariamente, ta agora na mesma situación en que se punxo Iglesias, voluntariamente, hai unos meses: o César, o nada. La diferencia ye que Sánchez diba preferir ser cualquier cosa intermedia, mientres qu’a Iglesias nun-y queda más remediu que ser esa cosa intermedia (porque yá ta visto que pa lo de dimitir nun atopa güecu na axenda). Pedro Sánchez solo va salvar la so posición nel PSOE si accede a la presidencia del gobiernu. Les presiones pa que nun acceda tán siendo tremendes, pero yo nun lu daría entá por acabáu.

El segundu: que, si’l PSOE acepta la ufierta d’Iglesias, un tripartitu PSOE-Podemos-IU va poder aparar n’España lo qu’una Syriza cuasi hexemónica nun pudo aparar en Grecia. Pémeque nin siquiera teníemos que tar imaxinando esa posibilidá, que diba tener, como previsible efectu secundariu, el de poner a Podemos a los pies de los caballos (electorales), salvándo-y al PSOE la cara y retrasando la so descomposición interna, como yá pasó en dellos ayuntamientos y comunidaes autónomes. Sacante que, pa esti viaxe, seique nun facía falta tanta maquinaria de guerra electoral nin tanta gaita zamorana. Cierto que, na situación en que tamos, ye cuasi un imperativu moral que Podemos s’inmole d’esa manera: nin yo mesmu diba entender otra cosa. Pero forzar un procesu constituyente con estes blimes ye prácticamente inviable.

Expediente X xugaba siempre nel proverbial filu de la navaya: los extraterrestres podíen esistir, pero tamién podíen ser un inventu del gobiernu, inventu que solo diba furrular a condición de que los ciudadanos nun supieren que lo yera. Pa mi Expediente X escarriló’l día que suxirieron que podíen ser ciertes dambes les dos posibilidaes: conspiración gubernamental en collaboración con verdaderos extraterrestres. ¿De qué val una conspiración pa facer creer a la xente qu’esiste lo que verdaderamente esiste? ¿De qué-y val a Iglesias proponer un pautu de gobiernu qu’en realidá nun quier y que-y diba resultar francamente contraproducente, si ye tan evidente que lo fai cola convicción de que la propuesta va fracasar? Si rescampla la insinceridá de la propuesta, la táctica nun va funcionar, incluso pue reforzar la posición de Pedro Sánchez. Na puesta n’escena d’esi órdagu hai muncho de xenialidá pero hai muncho, al mesmu tiempu, d’esibicionismu. Ye un rasgu distintivu del gremiu al que pertenecen Iglesias, Errejón y Bescansa: interpretar el mundu en clave d’oposiciones a cátedra. Nun tengo mui claro que seya esi’l signu de los tiempos, pero quién quita. I want to believe.

Seya como quier, de poco val especular colos poderes ayenos: les coses cambien rápido, les palabres apodrecen d’a poco, y a saber si la selmana que vien nun veremos un gobiernu presidíu pol eximiu diputáu  de Coalición Canaria o, nel so defectu, por Bertín Osborne. Lo que sí sé ye que nesta partida nun hai naide que xuegue pa llograr un optimum políticu, nin siquiera a cambiu d’un poco de dignidá o n’esficies d’acutar pequeños avances pal artista enantes conocíu como clas trabayadora. Lo más qu’ún pue ganar equí ye’l títulu de Mal Menor. Como puntu de partida pa una nueva transición, tampoco ye lo que se diz apasionante.

Déjala que caiga

BANQUO: Habrá lluvia esta noche.
SEYTON: Déjala que caiga.
Shakespeare, Macbeth, Acto III, Escena 3

Llegó el gran día. El que se anunciaba como si fuese el fin de una era. El meteorito que acabaría con la hegemonía de los dinosaurios. El íncipit del proceso constituyente. El día D. La caída de Constantinopla.

El relato era verosímil hasta que la trama griega nos dejó en punto muerto. Desde entonces, a algunos aún se nos notan los efectos de esa ducha de agua fría con la que, confesémoslo, no contábamos: si la urna griega de Keats era la “inviolada novia del reposo”, las urnas del referéndum del 5 de julio no solo fueron violadas, sino también privatizadas. “Aquí como en Grecia”, decíamos no hace tanto. Dicho y hecho: aquí, como en Grecia, ya no parece que hoy vaya a ser el día de desbordar nada, de subvertir nada, y mucho menos cuando algunos de aquellos a quienes habíamos investido para ponerle cara al cambio decidieron que el cóctel aún andaba escaso de peronismo y generales de la OTAN. Aquí, ni referéndum.

Como era de esperar, hoy ganarán las clases medias, y ya veremos quién decide el IBEX 35 que gobierne y por cuánto tiempo. No parece probable que esta noche vayamos a celebrar la nacionalización de las eléctricas, la paralización de los desahucios, la derogación de los acuerdos con la Santa Sede y la huida de los reyes a Estoril.

Naturalmente, no era una posibilidad remota. Y ya sabíamos que las probabilidades de que esto acabara así eran muy elevadas, incluso antes de que Syriza empezara a privatizar aeropuertos y Pablo Iglesias a acudir a funerales de Estado. Tal vez nos hayamos pasado de ilusos, pero no tanto como para echarnos a llorar ante el primer proceso constituyente que se nos va al carajo. Porque esto que llevo escrito no es todo el relato: aunque nada cambie hoy, todo ha cambiado ya. Y si esta noche no llegamos a celebrar el triunfo de la sensatez, estoy convencido de que, al menos, podremos brindar por el fracaso de la desfachatez.

Durante cuatro años y un día, un gobierno mediocre, compuesto en su mayor parte por integristas cristianos y, en su totalidad, por naderías integrales, ha aprovechado la insólita circunstancia de contar con mayoría absoluta para cercenar derechos fundamentales, inmiscuyéndose en asuntos tan graves como la salud o la atención a las necesidades básicas de la gente más pobre, relegando a las mujeres a un papel secundario y subordinado, utilizando su influencia sobre los medios de comunicación para exacerbar las tensiones territoriales, asesinando inmigrantes en las fronteras, desviando fondos públicos a bolsillos privados, afianzando la tutela eclesiástica sobre el sistema educativo, precarizando y destruyendo empleos y laminando la investigación científica, por mencionar solo lo anecdótico. Para ello ha contado con la connivencia no solo de los más de diez millones de votantes que quisieron que esto fuese así, sino también del “principal partido de la oposición”, como dicen los medios, instigador en agosto de 2011 de una reforma constitucional que ponía nuestra salud y nuestro bienestar al servicio de la cuenta de resultados de la banca.

Nos han tomado el pelo durante cuatro años, riéndosenos en las barbas, haciéndose selfies y todo mientras se cachondeaban de las familias desahuciadas, de las personas dependientes a las que abandonaban a su magra suerte, de una clase trabajadora abocada a una economía de subsistencia y de una clase media paralizada ante el recibo de la luz. Con todo, se han reído cada vez con menos convicción, superados por sucesivas oleadas de movilizaciones que provenían de aquel 15 de mayo de 2011 y que fueron cristalizando en dispositivos novedosos y eficaces. Salvo alguna cosa: ni los grandes sindicatos han estado a la altura de las exigencias, ni las mareas ciudadanas han logrado parar el desprestigio del movimiento sindical, y eso es algo que pagaremos, sin duda, si no le echamos fontanería con urgencia.

Muchas expectativas puestas en las elecciones de hoy se verán irremediablemente defraudadas: es lo que ocurre cuando uno espera que las personas cambien de la noche a la mañana, sobreponiéndose a sus hábitos antiguos y recientes, haciendo tabla rasa de sus comportamientos pasados, tanto los electorales como los otros. No, esos cambios son lentos y hay cosas que no pueden esperar: si uno aspira a un vuelco electoral, debe partir de lo que hay, y no ha habido mutaciones prodigiosas. Como la izquierda, en general, lleva decenios instalada en las antípodas del principio de realidad, es normal que el baño de masas produzca monstruos y se confunda (confundamos: no me excluyo) el pragmatismo con la indecencia, el entusiasmo con el triunfalismo, la lealtad con la adulación y el mérito con la gazmoñería. Es una pena, pero “entre la pena y la nada, elijo la pena”, escribió Faulkner, y así va uno a votar, con pena, depositando en una urna cada vez más griega una papeleta que, francamente, da un poco de pena, pero es eso o la nada, eso o resignarse a otro gobierno de naderías absolutas.

Si un niño está habituado a hacer su santa voluntad, de capricho en capricho, no podemos exigirle que de pronto se comporte con modales victorianos, tendremos que conformarnos con pequeños avances, con progresos a escala, y si una sociedad infantilizada lleva treinta años votando Pepsi o Coca-Cola, es absurdo esperar que de repente vaya a optar por abolir la monarquía o por instaurar la renta básica universal. Aun así, sería un mérito colectivo haber mandado al bipartidismo a las cloacas de la historia. No por eso va uno a conformarse: puede que hoy nos vayamos a la cama con una sonrisa de alivio por haber conseguido que el niño recoja sus juguetes, pero no renunciamos a verlo convertido en el niño mejor educado del mundo. Si nos rendimos, mañana volverá a tenerlo todo hecho un asco y le echaremos la culpa a la tele, a las malas compañías o a la herencia recibida. Pero la culpa será solo y exclusivamente nuestra.

[Artículo publicado en Asturias24.]

Actos de habla

La campaña electoral ya ha empezado. No, no la medianoche del jueves, sino hace más de un año, sin pausas pero con muchas prisas, como si el 20 de diciembre no hubiera elecciones sino apocalipsis. En las últimas semanas, desde que Rajoy hizo pública la fecha del fin de los tiempos, los actos electorales no han ganado ni en frecuencia ni en elegancia, aunque sí, hay que reconocerlo, en performatividad: como si los candidatos, o sus consejeros y asesores de imagen, buscasen la manera de saltarse el engorroso trámite del escrutinio y optasen por una aclamación mediática, no orientando el voto sino forzándolo, creando las condiciones de su inevitabilidad. Así se explica que al salir del plató digan cosas como “hoy nos hemos ganado a los mayores”, como si estos no tuvieran aún que votar dentro de dos semanas.

Es una concepción un tanto ingenua de la performatividad, como si uno creyera en cuentos de hadas y magos, de esos en los que uno dice “ábrete, Sésamo” y Sésamo se abre. A nuestra generación se lo enseñó Scooby Doo: cuando alguien hace magia y funciona, generalmente hay otro “alguien” en la sombra que acciona un prosaico mecanismo para que la puerta se abra. La política mediática no genera efectos inmediatos, solo permite que a través de ella actúe la mano invisible de la cooptación, y esta solo será eficaz si el espectáculo se pliega a unas convenciones.

La política convencional nos ha hecho rehenes de una democracia no ya solo representativa sino también delegativa, sustitucional: delegamos en nuestros representantes para que nos sustituyan, y los abucheamos o los jaleamos por las mismas razones que nos llevan a ser de un equipo de fútbol o de otro: porque no nos interesa ser delanteros ni porteros, sino solo espectadores. En ese sentido llevan razón quienes abominan del empeño de los candidatos a ser “como todo el mundo”: nadie quiere que los jugadores de su equipo sean unos mantas como él. Lo que ocurre es que no es eso lo que están representando, el papel de ciudadanos de a pie, de vecinos campechanos y afables, sino algo mucho más complejo, a saber: la esencia de la afabilidad, la vulgaridad extrema, la excelencia en el arte de ser ellos mismos. Puede que a algunos les salga mejor que a otros hacerse los simples, los ingenuos o los cínicos, pero a sus espectadores, de nuevo, lo que les importa es saber que en esas convenciones de la política son sin duda los mejores. O eso piensan, al menos, sus consejeros y asesores de imagen, convencidos de que no hay gran diferencia entre unas elecciones y una temporada de Gran Hermano, y de que de lo que se trata es de ser histriónico sin ser insultante, original sin llegar a excéntrico, agudo sin hacer gala de un ingenio humillante.

Quien haya seguido el debate entre Rivera, Sánchez e Iglesias organizado por el diario El País se habrá dado cuenta de que ninguno de los tres pasa el corte: uno por pueril, otro por envarado y el tercero por petulante. Rajoy ganó, no por no haber ido, sino porque les da sopas con honda a los tres en ese terreno: la velada romántica que compartió con Bertín Osborne fue el non plus ultra de la política espectáculo: previsible, bochornosa, en ocasiones delirante pero absolutamente convencional y, por tanto, eficaz. Y no obstante, sin pretenderlo, nos proporcionó unos minutos de alivio, no por la velada en sí, sino por su reflejo en las redes sociales: a medida que iban transcurriendo los minutos y se sucedían los chascarrillos, los dobles sentidos y los comentarios sexistas, Twitter iba dando cuenta de ellos puntualmente, en ocasiones glosándolos, aplaudiéndolos o denostándolos, y ese fue el verdadero acontecimiento informativo: no el hecho, sino sus interpretaciones, como si el pueblo, o lo que queda de él, se afanara en decorar con muestras de ingenio un árbol de Navidad tosco y previsible, de los que venden en el bazar chino de la esquina.

Algo así fue lo de hace cuatro años, el “no nos representan” tan coreado y vilipendiado como mal entendido: no se trataba de decirles que no eran como nosotros, que tenían que parecérsenos más, quitarse las corbatas y arremangarse, sino otra cosa: que ya era hora de erigir, frente a esa política de cartón piedra, una política no representativa, no delegativa, no sustitucional. Hacer política en lugar de contemplarla. Si el objetivo hubiera sido convertirnos en un club de primera división, con sus fichajes estrella, sus peñas de forofos y sus portadas en Marca, no habría merecido la pena.