Lo que sabe un caracol

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Cualquiera que haya estado más de una vez en una reunión de más de tres personas sabe que hay dos tipos de discrepantes, uno en cada extremo de la tabla. De un lado, los que todo lo ven mucho más simple: no hace falta complicarse tanto, la realidad es sencilla, al pan pan y al vino vino, si me dejaran lo arreglaba yo en un pis pas. Del otro, los que son capaces de remontarse como los salmones en pos de causas para cada efecto, siempre en la boca el factor clave que todo el mundo pasa por alto, jueces desdeñosos de la ignorancia universal.

Desde la noche de los atentados en París, muchos de nuestros vecinos se han alineado sin dudar un segundo con uno u otro estereotipo. Están los que, si les dejaran (nunca dicen quiénes), acabarían con el problema en un santiamén, degollina de moros mediante, y están los que razonan sub specie aeternitatis y, amparados en probados conocimientos de geopolítica e historia de las cruzadas, proponen soluciones de alcance global basadas en el hipnótico poder de los eslóganes. Entre unos y otros nos ponen la cabeza como un bombo y dejan nuestra confianza en la especie humana a la altura (a la hondura) de un Hollande o un Carlos Herrera.

Soy un perfecto ignorante en materia de soluciones milagrosas. De modo que me perdonarán si no les manuscribo la receta mágica para acabar con el yihadismo o, ya puestos a pedir, con el capitalismo global. Además, están los medios tan repletos de propuestas que sería mucha casualidad que ninguna de ellas funcionara, en el hipotético caso de que nos diera tiempo a ensayarlas todas. Me temo que soy un poco molusco ante estas atrocidades: tiendo a encogerme dentro de mi concha. Pero es que creo que los moluscos, aquí, tienen mucho que enseñarnos. Aunque no todos.

No, desde luego, los calamares, con su tosca propensión a inundarlo todo de tinta. Demasiada tinta, demasiados píxeles, demasiado ruido informativo: no es una buena estrategia, excepto para aquel que, por la razón que sea, trata de esconderse y ponerse a salvo. Tampoco los mejillones y quienes como ellos se aferran a una roca y ahí se quedan, confiando en sobrevivir también a la próxima marea. Pero sí los caracoles, especialistas en retraerse ante estímulos dañinos o simplemente amenazantes: se conocen pocos casos de animales que hayan muerto aplastados por un caracol en estado de pánico. Así, como los caracoles, querría uno que reaccionaran los mandamases del planeta: quedándose muy quietos, sin arrollar a nadie, en tanto no sepan qué hacer ni por qué hacerlo.

Lamentablemente, no están los tiempos para empatías. Ni estos tiempos ni los que los precedieron: amputar, empalar, descuartizar y degollar son actividades que la especie humana conoce y practica desde que hay registros escritos, y no es probable que vayan a pasar de moda antes de medianoche. Pero no por eso deja uno de pensar que hay algo anacrónico y perverso en bombardear una ciudad o en ordenar el “asesinato selectivo” de algún individuo supuestamente muy chungo. De hecho, ese es el tipo de cosas por las que uno acaba delante de un tribunal internacional. Desde luego que somos gente confiada, amante del orden y de dejar hacer a nuestros gobernantes a poco que estos pulsen las teclas xenófobas adecuadas. Pero también somos gente anticuada, que razona lo justo pero con obstinación y que, por eso, es incapaz de entender por qué ETA era una banda de asesinos y el ISIS, en cambio, un Estado al que hay que hacer la guerra.

No me imagino a ningún gobierno español o francés bombardeando Mondragón o Biarritz en respuesta a un atentado con coche bomba de aquellos que por fortuna han pasado a la historia. A los miserables que perpetraron los atentados de París se les ha elevado, en cambio, de la condición de delincuentes a la de combatientes por una causa legítima. Alguna razón habrá para ello, pero por de pronto suena a ocurrencia y, aunque de nuevo me declaro incompetente para valorarla, sí me creo con derecho a exigirles, a los llamados líderes, que se abstengan de tener ocurrencias que generen más muertes. Hagan un poco el molusco. Eviten matar a más gente mientras escurren ustedes el bulto.