La ominosa normalidad de las dictaduras

Un día de invierno de 1990 acompañé a un amigo a una academia de idiomas en Uviéu. Mientras esperábamos, nos dio conversación un anciano verborreico de mirada socarrona. Era alto, fuerte, con la piel muy blanca cubierta de manchas marrones, y hablaba castellano con un acento que podía ser alemán o no serlo.

Había obtenido la nacionalidad alemana en 1941, pero era holandés de nacimiento y la justicia holandesa nunca dejó de considerarle ciudadano de los Países Bajos y criminal de guerra. Hauke Pattist, que así se llamaba el viejecito, había sido teniente de las Waffen-SS durante la Segunda Guerra Mundial. Había sido condenado a cadena perpetua por crímenes y torturas, pero había conseguido huir y finalmente había obtenido la nacionalidad española. El gobierno holandés reclamó varias veces su extradición, pero España no se la concedió. Murió libre y nazi en 2001.

Aquel día de 1990 yo sabía perfectamente quién era Pattist, pero miraba a aquel viejecito inofensivo y tenía que obligarme a mí mismo a no olvidarlo. Me llevo bien con los ancianos, me gusta hablar con ellos, escucharles y observarles, me caen simpáticos a priori. Me costó lo mío hacer con este una excepción.

A veces uno se impone el deber de odiar a alguien por encima de cualquier circunstancia atenuante. Nos ocurre (me ocurre) con los criminales de guerra, con los dictadores, con los violadores, con más gente de la que uno creería. No es difícil cuando el criminal es famoso, conocido solo en efigie, un icono inseparable de los excrementos de su trayectoria personal. Pensemos en Pinochet, en Videla, en Franco. La cosa cambia con el criminal de a pie, con el verdugo que ejecuta a sus víctimas a cambio del salario mínimo, con el torturador que te da un caramelo cuando eres pequeño. No es que la cercanía del trato juegue a favor de la empatía. Tal vez es que vemos a ese personaje en un contexto de normalidad, donde nuestro papel no es (no debe ser) el del justiciero ni el del vengador: eso sería tanto como asumir una culpa que no nos corresponde, a saber, poner en peligro la normalidad, el discurrir cotidiano. Solo cuando la normalidad se interrumpe temporalmente (una guerra, una revolución) o espacialmente (un juzgado, un plató de televisión) se considera justo dar rienda suelta a esa rabia.

En Cuentas pendientes, Martín Kohan mete la nariz en la vida de Giménez, uno de esos viejecitos sin expediente público, olvidados por la historia universal pero indispensables para que funcione un régimen autoritario. Giménez no fue ningún jerarca de la dictadura argentina, no está siendo procesado por ningún crimen atroz, sobrelleva una jubilación mediocre tirando a sórdida (cuando no totalmente sórdida), y de su pasado apenas llegamos a saber que su hija le fue arrebatada a alguna pareja de desaparecidos antes de que Giménez y Elvira, su esposa, la adoptaran. La mediocridad de Giménez parece inmunizarle contra cualquier petición de cuentas, del mismo modo que su mala suerte, su mísero presente, le blindan frente a hipotéticas ansias de venganza. Va tirando y, a medida que uno hunde el hocico en su rutina diaria, se conmueve de tanta mediocridad y tan mala suerte. Se diría que, ya que nadie va a poner a este hombre frente a un juez (bastante ha costado poner ante un juez a los verdaderos jerarcas de la dictadura), Kohan ha dispuesto su particular venganza, arrebatándole a este Giménez cualquier mínima sombra de satisfacción y hasta de dignidad. Pobre Giménez.

En 1998, el dictador chileno Augusto Pinochet fue detenido en Londres y puesto bajo arresto domiciliario mientras la Cámara de los Lores decidía sobre la petición de extradición a España cursada por el juez Baltasar Garzón. Al cabo de quinientos días, la petición fue rechazada y Pinochet volvió a Chile. Sus abogados habían argumentado que la salud del general era precaria y le vimos varias veces en silla de ruedas y con cara de necesitar urgentemente una dieta blanda. Sin embargo, cuando bajó del avión, en Santiago, lo hizo por su propio pie. Murió en 2006, con más de cuatrocientas querellas pendientes después de un rosario de imputaciones, sobreseimientos y pruebas médicas para determinar su grado de deterioro físico y mental.

Giménez no va en silla de ruedas, aunque su forma de arrastrarse por Buenos Aires, su emética vida conyugal, los trapicheos con los que intenta a duras penas parecer aún humano, son los de un lisiado emocional con pocas luces y apenas sombra. Pero llega también el momento en que le vemos levantarse de su silla de ruedas intelectual y mostrar los colmillos como si Argentina no hubiera cambiado un ápice desde los tiempos de Videla: Giménez debe varios meses de alquiler e intenta zafarse del Dueño de su apartamento, pero finalmente este, el Dueño, el propio narrador, le da alcance y le exige que pague la deuda. De repente nuestro viejecito arruinado y miserable saca fuerzas de flaqueza y se revuelve dialécticamente como un Sócrates contra las cuerdas: Giménez insiste en hablar de literatura, adopta ese irónico punto de partida por el cual asume una ignorancia que en el fondo no siente como tal, y deja que el Dueño se ponga en ridículo al consentir ser valorado desde un sistema de creencias que solo le reserva desprecio y mofa. La trampa de Giménez no consiste tanto en fingir debilidad como indiferencia, hasta en la peor de las posiciones es capaz de utilizar en beneficio propio la decencia ajena: porque el Dueño es decente y correcto, es alguien que, pese a vivir en un país lleno de cicatrices, o precisamente por ello, se ha construido una ilusión de normalidad en la cual los Giménez, como los Videla y los Pinochet y los Franco, son indecentes e incorrectos y deberán por fuerza someterse al imperativo moral de la decencia y la corrección.

Así también los Giménez de primer orden. Así Videla: murió en prisión, pero costó meterlo allí, casi tanto como le costará al Dueño cobrar ese alquiler. Videla fue condenado a cadena perpetua en 1985 por el asesinato y la desaparición de civiles durante su etapa como presidente de facto de Argentina, pero fue indultado por Menem en 1990. En 1998 un juez consiguió volver a enchironarlo por crímenes contra la humanidad. Poco más de un mes estuvo entre rejas: su avanzada edad fue la excusa para conmutarle el presidio por un arresto domiciliario que finalmente otro juez dejó sin efecto. Volvió a prisión en 2008. En 2010 su indulto fue declarado nulo por la Corte Suprema de Justicia y todavía fue juzgado y condenado un par de veces más por delitos de lesa humanidad. Murió en mayo de 2013. No había cumplido diez años de cárcel. Sobre él pesaban dos cadenas perpetuas más otra condena de cincuenta años.

La sombra de Videla y sus colaboradores aún planea sobre Argentina y, consecuentemente, sobre la literatura argentina. A diferencia de lo ocurrido con otras dictaduras latinoamericanas, cuya emulsión en papel ha dado pie a un verdadero subgénero narrativo (la llamada “novela de dictador”), en Argentina la novela política ha tendido a rastrear más la memoria de las víctimas que la de los verdugos. Tal vez este hecho diferencial obedezca a la singularidad del caso argentino en el contexto de las literaturas latinoamericanas, a la heterogeneidad de sus lectores y a la formación literaria de sus narradores. También a la sombra alargada del peronismo, fuente inagotable de épica, tragedia y comedia. En cualquier caso, uno tiene la impresión de que, tanto el boom de los años sesenta como la consiguiente reacción contra ese fenómeno que se produjo en todo el continente durante los años noventa, aplazaron la aparición de una novela política más analítica que periodística, más arraigada en lo ético que en lo sociológico. Como si los biorritmos de la literatura se ajustaran a los de la maquinaria estatal, hubo que esperar al ocaso del menemismo y a la quiebra de 2001 para que se reactivara el interés de lectores y escritores (Martín Caparrós, Patricio Pron, el propio Kohan) por la ominosa normalidad de las dictaduras.

[Publicado en El Cuaderno: Mensual de cultura, número 55, abril de 2014.]

El detective del padre

Sería difícil justificar en quinientas y pico palabras por qué creo que Patricio Pron ha escrito una novela política (y mucho más difícil explicar por qué creo que, en última instancia, una novela, o es política, o es dietética), pero entra dentro de lo posible argumentar de qué modo, en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, Pron supera una de las pruebas más duras que tiene ante sí toda novela política, a saber: coger un cliché y hacerlo polvo.

El cliché, en este caso, es uno de nuestros favoritos: la muerte del padre. Desde que Frazer y Freud nos alertaron de la posibilidad, y aun de la necesidad, de cumplir con nuestro deber hacia la tribu asesinando al autor de nuestros días, cada varón con aspiraciones de eternidad, y no digamos ya de gloria literaria, ha intentado conducir a sus lectores a través de las dudas, las vacilaciones y los reconocimientos que jalonan el proceso por el cual un joven investiga la identidad de su padre hasta que, liberado y aliviado por tan ardua tarea, ocupa el lugar preeminente que este le ha dejado libre. Pron es chico listo: se ha leído a los clásicos, y a los no tan clásicos, y dispone las piezas en el tablero de tal modo que nos invade una engañosa sensación de familiaridad. De hecho, hasta bien avanzada la novela no empezamos a oír notas discordantes, pequeños chirridos indicadores de que algo no encaja y de que tal vez no estemos leyendo, una vez más, la novela de siempre.

Así es: “cómo escribir sobre el padre, cómo ser un detective del padre” constituye, más que el reto de la novela, el tema de la misma, la pregunta que la novela trata de responder. El acercamiento a la identidad de ese hombre entubado en el hospital se efectúa, a saltos, a través de una investigación fragmentaria, la del asesinato de un viejo conocido suyo, que a su vez nos remite a la investigación truncada de otro asesinato, el de la hermana del recién asesinado (un viejo caso de desaparición durante los años negros de la dictadura argentina). Y aquí es donde nos salimos del cliché: el hijo apático y desmemoriado, de golpe y porrazo, recuerda. Pero no recuerda para redimir al padre, para salvarlo de sus fantasmas y dejar que se vaya, sino que recuerda para reencontrarse a sí mismo, para reordenar la memoria y hacer sitio en ella a la vergüenza, a la humillación y a sus pares, la ira y el orgullo. Los fantasmas del pasado adquieren relieve y perfiles propios: son, más que fantasmas, compañeros: los compañeros de lucha del padre, los amigos de la familia, los rostros conocidos de la infancia del narrador. En la novela de Pron no hay catarsis, sino reconciliación: no opera a profundidad psicoanalítica, sino en los niveles más prosaicos y mundanos de las relaciones familiares. La brevedad y aun el laconismo de sus páginas adquieren un sentido: no es esta la novela del padre, no estamos ante el resultado definitivo de una investigación sobre la identidad del padre, sino que aquí se nos ofrece únicamente la introducción a la misma, algo así como una propedéutica del detective del padre. De hecho, el padre no muere, y por consiguiente tampoco el hijo ocupa el trono vacío. La vida sigue, pero de otro modo.