El cielo puede esperar

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Supongo que soy de esos izquierdistas trasnochados que piensan que al PSOE, ni agua. Oigo PSOE y automáticamente pienso en el GAL, en la OTAN, en la reconversión industrial, en la Ley Corcuera, en la reforma del 135 CE, en la Ley de Partidos, en los insumisos presos, en los sindicalistas presos, en las puertas giratorias, en la religión en las escuelas, en la sumisión a la monarquía, y todo eso sin necesidad de prestar atención a Felipe González en su ultimísima faceta de capo di tutti capi. Lo confieso: yo soy el que aplaudió cuando Pablo Iglesias dijo aquello de la cal viva. Lo hice: aplaudí mentalmente y acto seguido me mandé a mí mismo al rincón de pensar. Continuar leyendo

Nunc dimittis servum tuum

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El vienres foi un día históricu, anque últimamente hai tanto d’eso que yá nun tien ciencia nenguna. Digamos que foi un día históricu sensu stricto, porque na historia de les instituciones de gobiernu suel anotase tolo relativo a quién entra y quién sal, y velequí que los que salen a consecuencia d’una mala xestión o d’un escándalu son, nel reinu d’España, más bien pocos. Lo que nun quier dicir que xestionen bien o nun se vean envueltos n’escándalos, sinón que simplemente nun dimiten nin tampoco naide los cesa. Continuar leyendo

Europe’s living a celebration

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A Europa no le salen las cuentas. A nosotros, europeos sin ser(lo), tampoco. Contamos uno a uno los miles de refugiados que llegan a las costas de la fortaleza y contamos después, multiplicándolos por mil, los refugiados de carne y hueso que nuestra retina y nuestra imaginación (mucho más la segunda que la primera) ponen ante nosotros, adobando esa panorámica con miedos más antiguos que la más antigua de las guerras, como si de Siria (pero no solo de Siria) brotaran monstruos de cien cabezas en lugar de seres humanos. La mayoría de los europeos solo ha tenido un contacto mediático con esos demandantes de auxilio, pero uno diría que, a mayor lejanía, más y más profundos temores, o rencores, o simple imbecilidad en estado puro.

Hay que ser sumamente imbécil para invertir aunque solo sea cinco minutos en diseñar una pegatina proclamando que los refugiados no son bienvenidos. Saben que no exagero: ni un solo refugiado verá esa pegatina, y aunque por casualidad uno solo de ellos llegase a verla, no le cabría duda alguna de que se halla ante la obra de alguien con déficit de algo: claro que los refugiados no son bienvenidos, acaba de anunciarlo la UE a bombo y platillo, y es una realidad con la que conviven a diario cientos de miles de personas. Como si hiciese falta tu aportación, oh diseñador anónimo (más te vale que lo sigas siendo, si es que te importa un ápice lo que piensen de ti), a pesar de que en tu fuero interno creas estar capitaneando un ejército invisible de patriotas indignados ante la oleada invasora.

Desde luego, se trata de una guerra, pero en ella no participa ningún ejército invisible: este ejército porta armas, posee lanchas patrulleras, levanta vallas y afila concertinas. A uno no le apetece nada convertirse en recluta silencioso de esa tropa xenófoba, pero tampoco parece que estemos preparados para resistir a esa leva forzosa: a diferencia de lo que ocurre con nuestras batallas políticas locales, la línea del frente en esta guerra está demasiado lejos de nuestro alcance y no está previsto que seamos capaces de derribarla a fuerza de manifestaciones y concentraciones de apoyo a los refugiados. A no ser que tengamos en cuenta los muchos frentes invisibles que esta crisis ha trazado en el interior de nuestras ciudades y a lo largo y ancho de vecindarios aparentemente tranquilos: las órdenes de la UE no emanan de entidades abstractas sino de actos voluntarios, ejecutados por individuos cuya posición de poder les ha sido legada mediante pequeñas acciones a menudo cosméticas pero, aun así, legitimadoras de su proceder, como el voto masivo a partidos políticos en cuyo ideario figura simple y llanamente la exclusión del diferente. Otra guerra que estamos perdiendo: en las últimas elecciones europeas, hace casi dos años, así como en los últimos comicios celebrados en España, Francia, Hungría, Reino Unido o Dinamarca, las opciones conservadoras, cuando no abiertamente xenófobas, fueron las preferidas de la mayoría de los electores. Lejos de movilizarnos, esta coyuntura casi nos tranquiliza: nos da la sensación de que Europa sigue siendo europea, de que sigue existiendo un “nosotros” con el que identificarnos aunque sea desde una distancia crítica.

Todos esos votantes que legitiman con su gesto esa maquinaria de guerra contra el extranjero, ¿son absolutamente conscientes de las consecuencias de ese gesto? Nunca lo sabremos, pero cuesta creer que la imbecilidad de nuestro anónimo diseñador de pegatinas se halle tan extendida. A lo mejor, o a lo peor, es simple inconsciencia, o tal vez que uno vota con la mente no tan engrasada en lodos internacionales, solamente pringosa de fango político autóctono. Es comprensible, pero preocupante. Desde luego, aunque me cuesta imaginarme a mí mismo votando al PP (he sentido un temblor en la fuerza con solo pensarlo), no creo que al hacerlo me estuviese convirtiendo en una mula parda de esas que saludan estirando el brazo al más puro estilo Rafael Hernando. Aun así tendría que agradecer que alguien me llamara aparte y me recordara que me he puesto, tal vez sin darme cuenta, del lado de los imbéciles. Y que tengo que hacer algo para remediarlo.

 

Aquella modélica radiación

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Aquí, quien más quien menos, tiene un máster en física teórica. A ver, si no, cómo se explica el subidón de serotonina que hemos experimentado esta semana al confirmarse la hipótesis de Einstein sobre la existencia de ondas gravitacionales. Dicho sea de paso, lo de confirmar hipótesis tiene mucho de antigualla, pero aprovechemos ahora que Karl Popper no está mirando y alabemos todos con la boca abierta esas hermosas recreaciones visuales de dos agujeros negros colisionando como si tal cosa.

Uno no duda de la trascendencia del hallazgo, pero sí hay motivo, y poderoso, para asombrarse del eco que ha obtenido su divulgación. Sospecho que la cobertura mediática habría sido similar si, en lugar de una predicción de Einstein, se hubiese anunciado la confirmación experimental de la existencia de Dios, o la prueba definitiva de la autenticidad de la Sábana Santa, o la primera emisión en FM de una civilización alienígena. Nuestra credulidad, con todo, habría sido considerablemente más cauta, pero solamente porque, esta vez sí, quien más quien menos tiene una opinión propia sobre Dios, Jesucristo o los extraterrestres, mientras que en ondas gravitacionales y teorías de campo unificado tocamos más o menos de oído, y eso cuando tocamos, que no es todos los días ni mucho menos. Parece, pues, que las noticias científicas nos impresionan y conmueven en relación directa a nuestra ignorancia: cuanto más incomprensibles, mayor es nuestro entusiasmo. Así se explica la indiferencia de los votantes del PP ante el rosario de casos de corrupción en las filas de su partido: no hay ningún misterio en ello, no conmueve, ni siquiera invita a replantearse el voto. Lo sorprendente sería que de las filas de ese partido saliera una iniciativa para desmontar esas tramas.

La buena noticia es que Einstein ha vuelto a primer plano de actualidad y, con él, la sana convicción de que las teorías científicas tienen algo que ver con la realidad circundante. No siempre ha sido así. Ha habido momentos en la historia europea reciente caracterizados por la desconfianza hacia el principio de causalidad y en los cuales la creatividad, la indeterminación y la incertidumbre adquirieron una relevancia epistemológica inaudita. El caso más notorio, el clima intelectual en la Alemania de entreguerras, nos permite entender el surgimiento de la física cuántica en un contexto de rechazo frontal de la racionalidad entendida a la manera positivista. Eran tiempos en que todo un ministro de Educación podía arremeter contra “la sobrevaloración de lo puramente intelectual en nuestra actividad cultural, el predominio exclusivo del modo racionalista de pensar, lo que tenía que conducir, y ha conducido, al egoísmo y materialismo más estúpido posible”. Aunque en boca de ministros de Educación, todo sea dicho, hemos oído cosas peores y sin necesidad de remontarnos a la época del foxtrot.

El relativismo, y no el de la física cuántica precisamente, hizo furor también en la España de la movida, cuando se puso de moda aseverar en cualquier ocasión que el solo hecho de observar modifica el hecho observado, lo que dio lugar a tantas realidades especulares como observadores posibles. Desde la permanencia en la OTAN hasta el asesinato selectivo de miembros de ETA, pasando por el golpe de Estado del 23F, absolutamente todo era objeto de antagonismos interpretativos tan irreductibles que, en última instancia, quien salía triunfante era quien poseía el mayor número de altavoces para publicitar su relato. La primera víctima de la Modélica Transición fue, como en la República de Weimar, el principio de causalidad. Aquí, qué demonios, los golpes de Estado se daban solos, no como en países atrasados y newtonianos, léase Chile o Argentina. El desmantelamiento industrial era una “reconversión”, el desempleo masivo era una “crisis positiva” (Rodríguez Vigil, nuestro presidente cuántico) y los que no se hacían ricos lo hacían por fastidiar o por terco apego a las causalidades del refranero, como la que reza que “onde nun hai mata, nun hai patata”. Por no hablar de la afición de los presidentes españoles a hacer declaraciones tan contrarias al espíritu científico como “No hay pruebas, ni las habrá” o “Todo es falso, salvo alguna cosa”.

De aquel Big Bang Modélico procede la radiación cósmica de microondas que llena el espacio político español en forma de despidos en diferido, vírgenes condecoradas y ángeles aparcacoches. La cosa se complica con la posibilidad de detectar ondas gravitacionales procedentes de un suceso pasado, como pueda ser el choque entre el ideario de los jóvenes socialistas de 1982 y sus propias ambiciones, miedos y subterfugios. Mi principal temor es que vuelva a ponerse de moda aquella temida “ética de la responsabilidad” que, en el fondo, no era sino la manera cuántica de referirse al ansia de poder de toda la vida. Algo de eso hay cuando se pide responsabilidad a unos titiriteros que no solo han pasado cinco días en el trullo, sino que salen en libertad con cargos muy graves después de haber sido linchados por los grandes medios. Se ve que el sufrimiento de esos dos chavales no es nada comparable al que atenaza a unos cargos públicos recién estrenados y ya temerosos de pisar según qué callos.

Muertos sin sepultura

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Demasiadas defunciones en los últimos días: ha muerto David Bowie, ha muerto el bipartidismo, han muerto el PSOE, Convergencia y la CUP (no necesariamente por ese orden), ha fallecido una vez más Izquierda Unida, a Ciudadanos le han dado el viático y en cuestión de horas han pasado a mejor vida el Procés Constituent, la impunidad de la infanta Cristina y las veleidades izquierdistas de Pedro Sánchez. Sabemos ahora que, salvo Bowie, todos los demás difuntos eran más bien transitorios y amenazaban y consumaron resurrección en pocas horas: el bipartidismo se ha convertido en el típico enfermo crónico pelmazo que toca el timbre cada cinco minutos para que le lleven un vaso de agua, al PSOE lo mantienen vivo sus deudos y familiares en tanto no quede claro quién figura en el testamento, Convergencia y la CUP tienen dieciocho meses de gracia para supervitaminarse y mineralizarse antes de que Esquerra se quede con las llaves de la masía, y así como el Procés sigue su curso (pues en eso consiste básicamente ser un procés) y al tiempo que a Ciudadanos le han vuelto las ganas de vivir (tras descubrir su vocación de celestina y unir al PP y al PSOE para gobernar juntos la galaxia como Patxi y López), Izquierda Unida prosigue su bizantina autodigestión de mil años, a la infanta le practica la respiración asistida todo un fiscal anticorrupción, y Pedro Sánchez se mantiene en forma gracias a que es capaz de acostarse creyéndose Largo Caballero y levantarse a la mañana siguiente sabiéndose Joaquín Almunia.

Nada de todo eso debería preocuparnos demasiado, puesto que todo ello apunta en la dirección de lo malo conocido, del mantenimiento de una zozobra existencial sin la cual no seríamos lo que somos ni tendríamos ninguna gana de serlo. En todo caso, y a modo de paradójico homenaje a Ziggy Stardust, lo que parece haberse instalado en la política española, con décadas de retraso, es un cierto espíritu glam: definitivamente se ha cerrado el ciclo de la política para hombres muy hombres, con sus trajes, sus corbatas y sus coderas, con sus chascarrillos de rabiosa actualidad (para el siglo XIX), sus citas de Prim y Romanones, su mezcolanza aromática de brandy Soberano y orujo gran reserva. Pero no porque ahora haya diputados con rastas, ni porque el bebé de Carolina Bescansa haya hecho descender un par de decenios la media de edad del flamante Congreso de los Diputados. En realidad ha sido el Partido Popular el responsable de que la escena política española haya avanzado varias casillas en el juego de la oca de la modernidad, pasando de 1878 a 1972 en tan solo cuatro años, y aunque es cierto que todavía nos faltan más de cuarenta para ser absolutamente modernos, también lo es que, en materia de performances, ni los SMS de Rajoy a Bárcenas ni las partidas de Candy Crush de Celia Villalobos o las vírgenes condecoradas de Jorge Fernández Díaz son listones fáciles de superar por ningún politólogo egresado de la Complutense.

A tenor de lo que predican los medios, uno diría que la nueva legislatura se inaugura con una inyección de savia nueva, de vitalidad autocomplaciente, pero lo que uno ve en esa Cámara Baja es más bajeza que frescura y un exceso de caras conocidas y no todas ellas agradables de contemplar. Me parece una excelente noticia que por fin haya una diputada negra en el Congreso, pero mi entusiasmo decae unas décimas al pensar que el resto de señorías, hasta trescientas cuarenta y nueve nada menos, son tan blancas como las camisas de Albert Rivera y, muchas de ellas, tan orgullosas de serlo como el propio Albert Rivera. Y no es que me haga mucha gracia que el Congreso de los Diputados, siguiendo el ejemplo pionero de nuestra Xunta Xeneral, se convierta en una especie de Gran Guiñol donde los representantes de la ciudadanía compiten entre sí a ver quién pronuncia la pedantería más gorda (como si fuese posible superar a Federico Trillo) o quién se hace el selfie más molón de la jornada (como si hubiéramos olvidado aquel de Javier Fernández con Ignacio González y Susana Díaz). Pero es un tanto torticero eso de ver la Bescansa en el ojo ajeno y no el Gómez de la Serna en el propio. Y falta a la verdad y al sentido de la estética (y aun al de la estética glam) eso de abochornarse por todo lo abochornable salvo por la desfachatez con que juran su cargo varias docenas de diputados envueltos en casos de corrupción.

Por regla general, son los cadáveres los que tienen la odiosa costumbre de corromperse, y no es muy verosímil que uno se corrompa en vida y gozando de buena salud: el político corrupto tiene que haber sido previamente un cadáver político, y si hemos llegado a estar como estamos ha sido, en buena medida, por culpa de que aún no se ha instalado en nuestra cultura política la exigencia de votar solamente a seres vivos. Recuérdese, no obstante, que hemos tenido casos de muertos que han aparecido en el censo electoral y posteriormente han votado, de modo que, si tienen reconocido el derecho de sufragio activo, es normal que se les reconozca también el de sufragio pasivo. No debería sorprendernos que, cuando les llega el momento de comparecer ante un tribunal, muestren síntomas de deterioro físico y mental. Lo de Fernández Villa es pura química orgánica, y que hasta ahora no haya llamado la atención se debe solo a que el contexto en que se fue produciendo su descomposición política y moral era más que propicio a las putrefacciones. En ese sentido no hemos avanzado tanto: demasiados zombis en nuestras instituciones. No es de extrañar que el gobierno asturiano rechace crear una oficina anticorrupción y lo haga aduciendo que es mucho gasto. Tiene razón: uno no se gasta una fortuna en pruebas médicas cuando basta con el olor para dar por muerto al muerto.

La gaseosa de los campeones

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El Partido Popular ha ganado las elecciones con 119 escaños. El PSOE ha obtenido 92, por los 57 de Ciudadanos, los 52 de Podemos, los 15 de Izquierda Unida-Unidad Popular y los 15 de En Comú Podem. La suma de PP y Ciudadanos alcanza la mayoría absoluta. La patria goza de calma.

Y no, ni usted ha leído mal ni yo estoy borracho, y mucho menos manejo datos confidenciales que el ministerio del Interior ha tenido a bien escamotearnos para hacer que los próximos meses sean un poquito más interesantes. La realidad es que el PP ha ganado con 123 escaños y que, sumándole los 40 que ha obtenido Ciudadanos, no da para una mayoría absoluta. El PSOE ha obtenido 90 y Podemos se ha quedado con 42, En Comú Podem con 12 e Izquierda Unida-Unidad Popular, con una pareja de diputados madrileños. Por lo demás, entran en el Parlamento otras siete formaciones, entre ellas la gallega En Marea (6 escaños) y la valenciana Compromís-Podemos-És El Moment (9 escaños), que recogen parte de lo que han perdido Podemos e IU-UP entre un párrafo y otro.

La estimación inicial estaba basada en los resultados oficiales del escrutinio, pero aplicándole un reparto de escaños según una circunscripción única. Por eso echaba usted de menos al diputado de Coalición Canaria, el más barato del mundo. Por eso tenía usted la sensación de vivir en un país ligeramente inclinado a la derecha pero con un bonito jardín a la izquierda y un coqueto adosado catalán. Seguramente a usted no le importe demasiado, pero el país donde yo vivo se parece bastante al que recoge esa descripción. En cambio, la foto finish que nos proporcionan los resultados oficiales es, como siempre, un poco más movida, menos fiel a los porcentajes de voto, y deja en penumbra algunas zonas del futuro más próximo.

Sin duda sabe usted que esa maravilla de la circunscripción provincial se la sacaron de la manga nuestros padres fundadores con la finalidad de favorecer la estabilidad del reino, premiando a los partidos más votados con un plus de representatividad, un poco como en Grecia, donde regalan cincuenta escaños al vencedor, pero disimulando y permitiendo que el reparto se haga entre dos. Romper esa barrera metafísica de la circunscripción provincial ha sido el sueño de las izquierdas durante décadas. No tanto de las derechas: estas siempre han sido mucho menos renuentes a aliarse en fenómenos blockbuster como UCD o PP. El PSOE, desde su no menos metafísica ubicación ideológica, ha hecho siempre como si le beneficiara, y lo cierto es, como acabamos de ver, que ni le beneficia ni le perjudica: le da lo mismo. Hace tan solo dos años, Izquierda Unida acariciaba la posibilidad de traspasarla: las encuestas le daban un 16 por ciento de sufragios, suficientes para no ver escurrirse cientos de miles de votos por los sumideros del sistema electoral. Entonces llegó Podemos.

Podemos fue, desde el principio, un experimento, y como tal merece ser evaluado. La hipótesis: que desbordando las constricciones impuestas por el aparato de Izquierda Unida había lugar para un crecimiento exponencial de la izquierda a la izquierda del PSOE. En parte, funcionó: se rompió el corsé de las circunscripciones y se superó el porcentaje mínimo para entrar a pescar en los caladeros del bipartidismo. En parte, también, fracasó: la suma de los porcentajes de voto de Podemos e IU-UP es prácticamente idéntica a la que arrojaban los sondeos para IU justo antes de la irrupción de Podemos.

Cierto que la influencia de Podemos en el escenario político español desborda sus resultados electorales. No obstante, lo que nació y se definió tantas veces como una “maquinaria de guerra electoral” (Errejón), como maquinaria de guerra electoral ha de juzgarse. Y si bien no podemos ignorar que el considerable adelgazamiento del bipartidismo le debe mucho, tampoco podemos hacer como si acabáramos de inventar las metáforas bélicas: cuando uno piensa en maquinarias de guerra, piensa en Rommel, en Stalin o en Napoleón, no en Federico Trillo invadiendo Perejil.

Tal vez Podemos haya servido más como catalizador de procesos de confluencia que como maquinaria electoral: he ahí los resultados de En Comú Podem, de En Marea y de la irrepetible (por lo largo del nombre) candidatura valenciana. Un dato revelador es que en los tres casos existía y existe un núcleo irradiador no vinculado al partido de Pablo Iglesias, llámese Compromís, Anova o (indirectamente, al no concurrir a estas elecciones) la CUP.

Claro que a Podemos le ha hecho daño la irrupción de Ciudadanos: la estrategia de soltar lastre izquierdista, aplazando debates pendientes como el del modelo de Estado, estaba llamada a fracasar en cuanto el adversario se percatara de que esa función podía cumplirla mucho mejor un artefacto político morigerado y cañí, de esos que nadie asociaría con Cuba o Venezuela. Otro experimento fallido, no obstante: también Ciudadanos logra superar la barrera de las circunscripciones, algo que no logró la especie que antes poblaba su mismo nicho ideológico, UPyD, pero su único éxito ha sido el de lograr alcanzar la irrelevancia antes de que nadie hubiese averiguado para qué servía.

Me imagino que, al finalizar el escrutinio, muchos votantes de izquierdas habrán pensado lo mismo que el dueño de Mercadona al ver (aproveche: puede que esta sea la única expresión literal que hay en todo el artículo) cómo Albert Rivera se quedaba atrapado en una puerta giratoria: “los experimentos, con gaseosa, joven”, como dijera Eugeni d’Ors. Puede ser: con el bipartidismo de capa caída y sintiendo que su supervivencia solo depende de la buena salud de los votantes más veteranos, tanto el PP como el PSOE mantienen el tipo sin habérselo jugado. Pierden, pero nadie les gana. Y no obstante, no salen vencedores. Es una de las muchas paradojas de este 20 de diciembre. Después de todo, ni el copago ni los recortes en sanidad han diezmado al electorado senior, de quien depende la subsistencia del partido que más ha hecho por joderle la salud, y no deja de ser cierto que, de no ser por el celo de nuestros padres fundadores en diseñar una legislación electoral que reforzara el bipartidismo y el voto conservador, hoy tendríamos una mayoría absoluta de las que le gustaban a Fraga. Téngalo usted en cuenta la próxima vez que alguien (yo mismo, sin ir más lejos) le discuta las bondades del régimen del 78.