Elogio de la modernez

Se ha opinado mucho sobre el nuevo logo del PP, y es lógico: no es mucho lo que el Partido Popular está produciendo en términos de innovación política, así que, si sus muchachos se curran una nueva imagen corporativa, eso es algo que hay que celebrar con el debido boato: ya nadie podrá decir que no saben hacer una o con un canuto, ahora que han conseguido hacer dos pes con un Adobe Illustrator. Para que luego digan que el nacional-liberalismo es pura filfa.

De todo lo que se ha dicho sobre el logo de marras, la observación más brillante se la hemos oído a Javier Maroto, vicesecretario sectorial del PP. “El logo recuerda a cosas modernas”, ha dicho. Esto sí que es sabiduría gnómica: hay que cruzar a Heráclito con Lichtenberg para parir semejante traca aforística. No lo he comprobado, pero me suena que algunos dirigentes del PP leen de vez en cuando, y no descarto que la mayoría de ellos sepa qué es un oxímoron, de modo que, si Maroto se arriesga a combinar el adjetivo “moderno” con el verbo “recordar”, doy por sentado que sabe lo que está haciendo y que algún sentido más allá del despiste tendrá esa elección semántica, puesto que, de no ser así, alguien podría responderle que, por regla general, lo que uno recuerda es lo viejo o lo antiguo, no precisamente lo que aún es moderno o actual y por tanto todavía no es objeto de recuerdo sino vivencia en presente.

¿Qué noción de lo moderno tiene Javier Maroto? Supongo que, en principio, lo moderno es algo que le parece valioso, puesto que lo evoca como una virtud: si el logo tiene la facultad de hacer pensar a uno en cosas modernas, será entonces que el PP quiere que pensemos en esas cosas modernas y, siendo así, habrá que suponer que lo moderno está bien, pues no se entendería que hubieran hecho un logo con la intención de hacernos pensar en cosas detestables. Qué cosas modernas sean esas, eso es algo que ni yo tengo muy claro ni Maroto ha explicado. Pero es de suponer que no se referirá a la máquina de vapor o a la radio, ni siquiera a la fibra óptica, pues yo he visto a este hombre y me parece bastante en forma, no me lo imagino gritando “¡El cinematógrafo! ¡Imágenes en movimiento!”, para salir después corriendo despavorido como el abuelo Simpson.

La idea de modernidad con que opera Maroto solo es abordable a la luz del verbo “recordar”, esto es, como algo que no es exactamente de ahora sino (conforme a ciertas tesis filosóficas tampoco muy de ahora) cosa del pasado, una construcción superada. Lo que uno recuerda es lo que ya se ha ido, y entra dentro de lo posible que la modernidad ya se haya muerto, consumada o consumida, da lo mismo. Lo moderno es al PP lo que la izquierda al PSOE: algo que uno quisiera enterrado pero que uno necesita sacar a pasear de cuando en cuando para que no le tilden de facha o cosas peores. Así, si la libertad de expresión fue uno de los buques insignia de la modernidad, es normal que el partido que aprobó la Ley Mordaza se refiera a ella en pasado, como si se tratara del Estado del Bienestar o del derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos: fue bonito mientras duraron, al menos como aspiraciones colectivas, pero las mayorías absolutas no se consiguen para que los perroflautas le hagan fotos a la policía o los fracasados y los irresponsables disfruten de salarios sociales y píldoras del día después.

Se trata, pues, de construir un simulacro: Maroto es consciente de que a su partido le pegaría más un águila imperial o una cruz de San Andrés, pero una cosa es ser nacional-liberal y otra, muy diferente, ser un suicida. Mejor un círculo, que es figura geométrica de moda, no recuerdo bien por qué, y una tipografía más de empresa puntocom que de aerolínea años setenta. Después de todo, si hay que tomar las palabras de Maroto en toda su literalidad (y no veo por qué no), el sujeto de esa frase, quien recuerda, aquí, es el logo. Y no le falta razón: si el PP gobierna otros cuatro años, nadie más será capaz de acordarse de cosas tan modernas como la sanidad universal o la enseñanza gratuita. Ya puestos, podría pedírsele al logo que no solo recuerde, sino que piense también, y que gobierne de paso: no sería la primera vez que nos gobierna un objeto bidimensional vestido de azul.

Podemos, tú antes molabas

Se diría que el último año ha durado veinticuatro meses. Nada es lo que era hace un año, y sorprendentemente ha aumentado el número de personas que desearían que todo volviera a ser como hace un año. La culpa es, cómo no, de Podemos. Añoran los palmeros del PP aquella época, no tan lejana, en que no tenían que esconder su logotipo en la propaganda electoral. Los turiferarios del PSOE añoran los buenos tiempos en que su intención de voto caía en picado pero no tenían que esforzarse en parecer lo que no son. En Izquierda Unida hay quien añora la época en que sus dirigentes no se vapuleaban en público, pero para eso hay que remontarse a 1986 y en aquel entonces, doy fe, Podemos no existía. Salvo de esto último, Podemos es responsable de todos los males recientes de la política española. Ojalá no hubiera aparecido nunca.

Se da también un género de añoranza que busca en Podemos lo que hace un año, más o menos, se imaginó que Podemos era o podía ser. Y por supuesto no faltan quienes añoran ese verano del amor en que Podemos, sin candidatos, ni programa, ni convocatorias electorales, rozaba la mayoría absoluta en todos los sondeos.

Hasta aquí, la vox populi. Que en buena medida sigue siendo, al igual que hace un año, lo que los medios difunden y las encuestas cuantifican, aunque siga sin estar claro cuáles son las fuentes de unos y de otras. Un siniestro guión, con su chispa de ingenio, que está influyendo sin duda en la opinión pública, pero que no puede tomarse como instantánea de un momento histórico. Los poderes fácticos han tardado en reaccionar, pero lo han hecho, y se han esmerado en seguir estrictamente los consejos de la Escuela de las Américas en cuestiones de contrapropaganda. No tiene mucho sentido replicar, salvo que uno sea propietario de un periódico, y ni siquiera: aquellos que se acercaron a Podemos atraídos por el dulce aroma del éxito, o por el lenguaje altisonante en materia de castas, volverán a hacerlo el próximo 25 de mayo si Podemos obtiene un buen resultado este domingo, y de lo contrario pasarán a engrosar las filas del desencanto militante, solo que con un nuevo partido que añadir a los de siempre. Podrá sonar despectivo, incluso a alguien le parecerá contraintuitivo, pero el éxito a cualquier precio no es un objetivo legítimo en política: los cambios políticos se apoyan en cambios sociales, y si no hay una base social que los sustente, los primeros serán tan duraderos como un castillo de arena.

Poco a poco iremos viendo cuánto hay de arena y cuánto de cemento en la base social de Podemos, pero es pronto para hacerse una idea. Y lo es porque se dan en estos momentos tres factores que, combinados, no permiten diagnosticar cómo estamos: 1) la contraofensiva mediática, 2) lo reciente (y complejo) de los procesos de organización interna de Podemos, y 3) lo vertiginoso (y no menos complejo) de los procesos electorales en marcha. Hacer conjeturas en esas circunstancias es perder el tiempo.

No es perder el tiempo, en cambio, contribuir a que la burbuja explote de una vez: reconocer que, efectivamente, Podemos está compuesto por personas, de hecho es el único partido, que yo sepa, donde no se ha reservado el derecho de admisión, y eso conlleva unos riesgos, el primero de ellos, y no el menos importante, ser una imagen fiel de la sociedad en que vivimos y de la gente que la compone. Podemos no nació para mejorar la naturaleza humana, ni para expedir certificados de pureza, y si nos ha defraudado darnos cuenta de que también entre nosotros hay gente mezquina, y si resulta que Podemos nos gustaba porque no conocíamos personalmente a Pablo Iglesias pero ya no nos gusta porque sí conocemos en persona al secretario general de nuestra localidad y es un perfecto gilipollas, lo que estamos haciendo entonces es aplaudir lo que ya había, a saber: una partitocracia separada de la gente corriente por una muralla de asesores de imagen.

Bajar de esa nube de efervescencia emocional será, entonces, hacerlo con todas las consecuencias, y asumir que no éramos más puros hace un año, cuando no habíamos traicionado ningún ideal evanescente ni habíamos conseguido que el tonto del pueblo acaudillara una CUP. Será asumir que hace un año ni el PP ni el PSOE estaban dispuestos a ceder un milímetro en su plan de invasión del bolsillo ajeno y que no dudarán en recuperar el terreno perdido a poco que perciban la menor flaqueza. Será, en fin, no dar por sentado que en las catacumbas vivíamos mejor, porque estábamos a dos telediarios de que nos desahuciaran también de las catacumbas.

Tengo cuarenta y cinco años. Nunca antes había visto a las elites de este país comportarse de la forma en que lo están haciendo: con vileza, con torpeza, con miedo. Nunca había asistido a un espectáculo tan bochornoso como el que están dando los beneficiarios del régimen, sabedores de que, esta vez, no habrá pactos en restaurantes de lujo que garanticen sus puestos de trabajo. No es la primera vez que me miran con la agresividad de quien, sin dudarlo, me pegaría un tiro, pero sí que es la primera vez que detrás de esa mirada se oculta la certeza de que no habrá balas suficientes.

En la novela Jonathan Strange y el señor Norrell, John Segundus hace una pregunta: desea saber “por qué los magos modernos no eran capaces de practicar la magia que describían”. Es la misma pregunta que muchas personas llevábamos años haciéndonos, solo que referida, no a la magia en sí misma, sino a la política entendida como arma de construcción masiva, no como postureo de almas bellas instaladas en la marginalidad de lo simbólico. Lo que a muchos nos atrajo de Podemos fue que por fin era posible hacer magia. No importa que por el camino hayamos descubierto algunas verdades sobre el comportamiento humano. Nuestra responsabilidad no es hacia los errores del pasado, sino frente a los terrores del futuro. Toca ejercerla sabiendo que el momento es ahora.

¿Por qué votamos lo que votamos?

Hace veinte años, cuando el Partido Popular ganó las elecciones en Asturies, coincidí en Turón con un interventor del PSOE visiblemente indignado. No entendía qué estaba pasando, por qué, según sus palabras, los obreros votaban a la derecha. Todo un clásico del felipismo, aquel hombre: su partido había firmado la sentencia de muerte de la minería asturiana, pero todavía no comprendía por qué los mineros y sus familias no aplaudían hasta despellejarse las palmas de las manos.

Varios años más tarde, un 14 de marzo de 2004, en otro colegio electoral, muy lejos de Turón, pude oír a un interventor del PP maldecir a ETA y a los sinvergüenzas que, como yo mismo, no se creían la versión oficial sobre los atentados del 11-M. Una conjura internacional había sembrado Madrid de cadáveres con la única finalidad de que el PP perdiera las elecciones. Como yo soy muy de primeras impresiones, me creí su indignación igual que me había creído la de aquel socialista turonés. Eran indignaciones gemelas: lo que uno siente cuando la mayoría le lleva la contraria, una mayoría a la que uno se imagina inmadura, alienada, manipulada o sencillamente imbécil.

Hace cuatro años, lo que aún no se llamaba 15-M rebosaba las plazas de las ciudades y las redes sociales, exhibiendo un rechazo frontal hacia la partitocracia española. El “no nos representan” lo coreaban hasta los niños, y estoy seguro de que era completamente cierto que no nos representaban. Varios meses después, Mariano Rajoy ganaba las elecciones con una mayoría absoluta digna de mejor causa, y entre los simpatizantes del PSOE comenzaba a circular la especie de que aquel resultado había sido obra del 15-M y este, a su vez, de alguna oscura trama que algún día saldría a la luz.

Todo el mundo cree saberlo todo sobre las motivaciones de sus vecinos, y las motivaciones que dirigen el voto no son una excepción. Desde los hacedores de encuestas hasta los consumidores de telerrealidad, no hay nadie que albergue la menor duda sobre los porqués y los cómos de nuestras elecciones políticas. El grado de dogmatismo de esas explicaciones es directamente proporcional al grado de simpatía por un partido, y no importa si este último pertenece al selecto club del bipartidismo asimétrico o al no menos selecto de los eternos aspirantes. De hecho, a juzgar por la displicencia que se gastan últimamente Cayo Lara y Rosa Díez, uno se sentiría autorizado a afirmar que el dogmatismo es tanto mayor cuanto menores son las expectativas de éxito, pero la verdad es que también en el PP y el PSOE se percibe a la legua que adoran las explicaciones unidimensionales y despectivas.

Las campañas electorales son una auténtica prueba de fuego para los modelos de pensamiento pluralistas. La efusividad demoscópica no ayuda a desterrar los relatos lineales donde uno es el héroe y todos los demás un hatajo de acémilas. La realidad suele imponerse cuando se hace público el escrutinio, pero pocas veces se impone también la necesidad de revisar ese relato de campaña que es en parte responsable de los malos (y también de los buenos) resultados: lo habitual es que uno se obstine en el error y que continúe despreciando a quienes pensaron de forma diferente.

En el fondo, no es la adhesión a unas siglas o a un programa lo que activa en nuestro cerebro la decisión de emitir un voto u otro. Tiene más peso el rechazo hacia otras siglas u otros programas. En casi todas las elecciones gana el mismo candidato: el miedo. El miedo a esta o aquella alternativa, no la confianza en la opción que uno defiende. Ocurre, no obstante, que el miedo es un poso de emociones que sedimenta de forma diferente en cada individuo, alimentándose de nuestra biografía. No es probable que una campaña electoral sacuda todos esos temores por igual, pero es un hecho que casi todas lo intentan, en mayor o menor medida. El propio calendario electoral parece diseñado para que el miedo se exprese sin coacciones: nada mejor que una presunta jornada de reflexión para que la razón política se diluya y afloren esos condicionantes prepolíticos que el domingo decidirán quién se va y quién se queda.

Ciudadano Montoro

El 20 de noviembre de 2011 el Partido Popular ganó las elecciones legislativas en buena lid y frente a una dura competencia. Ganó abanderando la seriedad y el trabajo duro, la cultura del esfuerzo y el saber de los expertos. ¿Alguien en su sano juicio podría preferir la acrimonia popular si pudiera elegir abandonarse a proyectos tan sensatos como Alternativa Motor y Deportes, el Partido del Karma Democrático o, mi favorito de entre todos, el inefable Sandía Tres Avances? Si el PP superó en votos a todas esas formaciones, fue debido, fundamentalmente, a que no prometía buen rollo sino, como hiciera Winston Churchill, “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. No podíamos asombrarnos de que, efectivamente, fuera eso lo que nos entregara. La seriedad tiene un precio. La austeridad tiene un coste. La mayoría eligió la bota malaya y nadie puede extrañarse de que la consecuencia de esa elección fuese un horrible dolor de pies.

A pocos meses de finalizar esta sesión de tortura, el balance es claramente positivo: sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor a borbotones. Nos dieron lo que prometieron. Aunque, naturalmente, una apuesta tan arriesgada puede perderse por una estúpida nimiedad. No voy a ser yo quien sugiera que Cristóbal Montoro sea esa nimiedad: considerar nimiedad a Montoro viene a ser como catalogar a Hitler de accidente histórico: puede ser verdad, pero es de mal gusto. Pero no me negarán a estas alturas que este hombre tiene la virtud de convertir a Rajoy en un gran estadista. En sus manos, cualquier asunto público se convierte en un chiste cargado de futuro.

Montoro ha hecho suya aquella definición de “patafísica” que se inventó Alfred Jarry y la ha aplicado a su propio oficio y en su propio beneficio: para él, la política es la ciencia de las soluciones imaginarias. Nadie podría reprocharle nada si los problemas a los que trata de dar respuesta fuesen también imaginarios, pero el caso es que, para desgracia de nuestro patafísico ministro, los problemas son reales. ¿Cómo calificar el estruendoso asunto de esa presunta puerta giratoria con la que se ha pillado los dedos? Un bufete fundado por el ministro facturó dos millones de euros a una empresa pública presidida por otro alto cargo del gobierno del PP, Antonio Beteta, entonces (2008) Consejero de Economía y Hacienda de la Comunidad de Madrid y en la actualidad Secretario de Estado para las Administraciones Públicas y demostración palmaria de que, para algunos, el gobierno está donde están ellos, y no a la inversa. Montoro tiene un problema real, de un nivel de realidad Fiscalía Anticorrupción, y esa es mucha realidad para taparla con juegos de palabras, salvo que uno pertenezca al ilustre Colegio de Patafísica y presida la subcomisión de Incompetencia Realizadora u ocupe la cátedra de Cocodrilología.

De momento, el ministro no ha empleado mucha munición en este asunto, lo que podría ser un penoso indicador de que, en el fondo, también él pertenece al partido de la seriedad y el esfuerzo, a pesar de sus numerosas aportaciones a la poesía del absurdo. Cabe la posibilidad de que se esté reservando para el número final y que ahora mismo prefiera concentrar todo su ingenio en salir de ese otro atolladero en que se ha metido él solo, como debe ser, con la osadía que le caracteriza, al comparar las donaciones al PP con las donaciones a Cáritas y similares. Yo ya presupongo que, cuando uno se dedica a la literatura experimental, no pierde el tiempo investigando cómo funciona una ONG, y después de todo me parece, la de Montoro, una gran aportación, si no a la historia del arte de vanguardia, sí a la de la exploración del inconsciente. “Son fines sociales todos, unos a unos y otros a otros”, ha dicho, sin cortarse, lo cual de nuevo es un alivio, pues más de uno podría haber pensado que la seriedad sin fronteras del PP escondía algún tipo de utopía interclasista. Montoro, con su línea trazada entre los unos y los otros, ha vuelto a recordarnos que, como dijera George Bernard Shaw, mientras unos predican la lucha de clases, otros la practican, y que no están dispuestos a dejarles a los más necesitados ni las migajas ni los beneficios fiscales.

L’informe de la mayoría

L’informe de la minoría (Minority Report) ye un relatu de Philip K. Dick que llevó al cine Steven Spielberg y que cuenta cómo, nesi futuru probable nel que trescurren toles histories de ciencia-ficción, el sistema xudicial ye quien a detener a un delincuente enantes que’l crime se cometa. El métodu ye de too menos cenciellu: presupón la esistencia d’un tipu especial de persones, los llamaos “precogs”, capaces de prever con esactitú lo que va ocurrir mañana o dientro d’un añu. Los precogs informen de lo que ven nesi futuru predetermináu y la policía actúa: detienen al malu cuando tovía nun fixo nada que lu incrimine.

Lo más interesante del relatu de Dick ye que nesi informe de los precogs nun ta too tan cocinao como paez: el futuru que prevén los precogs nun ye siempre coincidente, y hai casos en qu’una mayoría de precogs ve una cosa y una minoría, otra. Cuando ye asina, síguese’l dictáu de la mayoría, anque hai veces en que ye l’informe de la minoría’l qu’acierta. Como ye vezu nél, Dick enriédase solu esplorando les posibles paradoxes d’esi esquema básicu, pero eso yá ye inxeniería narrativa y nun vien tanto al casu. Vamos centranos más bien na deriva asturiana del relatu, tan inquietante como imprevista. Minority Report o la trama asturiana.

Nesta especie de relatu metafísicu que llamamos Asturies, l’informe de la minoría ye siempre’l ganador y tiende a facese pasar por mayoritariu y hasta unánime: equí marcamos l’axenda política española sin sabelo, como si’l cuadonguismu se resistiera a desapaecer y acabara enxertándose nes dinámiques sociales d’un xeitu más fondu del que quixera’l propiu Sánchez Albornoz, acordies col interés d’esa minoría afincada nes instituciones como si estes-y pertenecieren. Foi asina cuando tocó reconvertir industries: equí la minoría dominante decidió marcar tendencia y Asturies foi capaz de prever el futuru y activalu cuando naide lo necesitaba nin lo esperaba. Depués, de la que tovía nun se columbraba la crisis económica de 2008, Asturies yá llevaba un par de decenios instalada nuna crisis perfecta, positiva según dalgún gobernante de llingua afilada, modélica según otros gobernantes de llingua más executiva. Tocónos tamién esperimentar paraísos naturales con vistes al turismu estractivu, y vivimos la primicia de ser más monárquicos que naide cuando les elites decidieron qu’había que da-y barniz modernu a la borbonada y pone-y fundación y premios a xuegu. Les voces discrepantes yeren tildaes d’antisistema o criminalizaes como peligru nacionaliegu, hasta que llegó Foro y comprobemos que’l votu antisistema tamién esiste y que col pautu del duernu vivíemos meyor o polo menos dormíemos (dormíen) a pata suelta.

Esta selmana, la capacidá precognitiva de la trama política asturiana volvía a ser noticia: la gran coalición PP-PSOE, la gran esperanza blanca pa enveredar el futuru del reinu, yá ye una realidá asumida nesta tierra, col PP sofitando en solitario los prespuestos ellaboraos y roblaos pol PSOE. Gran coalición a la vista, anque unos lo propongan cola boca pequeña y otros arrenieguen cola boca grande. De toles barbaridaes qu’esperimentemos n’Asturies pa depués esportales acullá de Payares, esta ye de les más sonaes, de les más gamberres y tamién, quiciás, la más irresponsable.

Lo que nos convierte en relatu de Philip K. Dick nun ye esi talentu natural pa prever el desastre y sapianos de cabeza dientro d’él: ye, nesti casu, la circunstancia insólita de que pa la gran coalición hai precogs discrepantes, y seique esta vegada l’informe de la minoría nun se convierta na única realidá posible. Según toles encuestes, el mapa electoral asturianu va dar un vuelcu d’equí a unos meses, y lo qu’esi vuelcu pronostica ye que va poder lleese por fin l’informe de la mayoría: lo que la mayoría prevé como xusto y necesario nun paez que vaya a ser una gran coalición ente dos partíos que tán xustamente partíos y que, más qu’a la ciencia-ficción de corte futurista, pertenecen al xéneru lliterariu de la novela histórica: pantasmes d’un pasáu que tarrecen esvanecese d’una vez pero que yá nun tienen puxu nin ganes pa imponer les sos voces como si fueren hexemóniques.

Rojos abstenerse

Rembrandt rapto de Europa¿Habré soñado yo que esto de Europa era importantísimo, algo así como tocar Jauja con los dedos? ¿No era Europa, hace dos días, la utopía soñada por los grandes visionarios, el reino de la paz perpetua pensado por Kant, la fértil llanura del diálogo anticipada por Habermas? ¿Cómo es que de la noche a la mañana no parece tan urgente convencer a las masas obreras y campesinas de las bondades de nuestras euroinstituciones? ¿Es que ya nadie piensa en Jean Monnet? ¿Se acabará alguna vez este horrible párrafo lleno de interrogaciones?

Al menos hoy sabemos que en las altas esferas quieren tanto a Europa como para sacrificar en su altar a millones de europeos. A los cuales, al igual que en otro tiempo se les animaba a votar e implicarse en la construcción de las pirámides comunitarias, se les intenta ahora mantener alejados de las urnas, no sea que en una de estas alguien las rompa o, peor aún, las llene de votos no deseados. Las elites quieren a Europa, pero de la misma manera que la quiso Zeus en su día: dispuestas están a raptarla y llevársela a cualquier paraíso fiscal para engendrar en ella jueces corruptos. Los europeos, mientras tanto, pueden irse a hacer gárgaras en todas sus lenguas oficiales.

También sabemos desde hace algún tiempo que, cuando alguien hace algo “de baja intensidad”, es porque no tiene fuerzas para hacerlo muy intensamente. Claro que nadie anuncia que va a echar un polvo de baja intensidad, pero aún quedan momentos en la vida en que pueden decirse cosas así: “campaña electoral de baja intensidad”, han dicho, como si hubieran querido decir: “follad con sordina”, “votad en voz baja” o, directamente, “no votéis”.

europaLa abstención el próximo domingo batirá records, dicen las encuestas. No lo dicen mucho, porque también las encuestas han sido de baja intensidad y, además, pocas. Nadie se cree que los grandes partidos no las hayan encargado: otra cosa es que no hayan querido hacerlas públicas. ¿Por modestia? Tal vez: es fácil imaginarse a los coordinadores de campaña del PP y el PSOE pensando que mejor no hacen públicos esos sondeos que les dan una victoria abrumadora. Yo me lo creo porque creo en el código Cañete: no te gano porque luego dices que soy un abusón.

Yo votaré porque soy más o menos una persona sin matices, de papeleta fácil, demasiado mayor para pasar por hipster y demasiado joven para que me llamen de algún consejo de administración (es por la edad, estoy casi seguro), pero ustedes, gente sana, desprejuiciada y emprendedora, hagan caso a los que saben y quédense en casa. Dejen que el PP y el PSOE gobiernen la galaxia como padre e hijo. Participen de la fiesta de la democracia como ya es tradición, aplaudiendo el Sabadell-Tenerife o el evento deportivo que más les plazca, sin moverse de sus sofás o de sus bares, en familia, entre amigos, compartiendo en Facebook citas falsas de Gandhi o guasapeando atardeceres fotografiados con Instagram. Pongan su granito de arena en la conservación de esta Europa de baja intensidad con sus concertinas de alta intensidad y sus minijobs de intensidad variable. Permitan que en los euros figure, junto al rostro de Europa, el lema de los nuevos europeos: rojos, abstenerse.

Tricolor

Tolos años ye igual pero distinto. Cada catorce d’abril, la guerra de banderes xorrez col mesmu puxu que l’añu anterior, pero non tolos catorce d’abril se dan les mesmes condiciones ambientales y pudiera dicise que cada aniversariu de la II República vien con matices nuevos, seique pol enclín a la mezclienda y a lo informe que caracteriza según T.S. Eliot al mes más cruel, seique porque pesa l’efectu acumulativu d’un desalcuentru históricu que tovía nun se resolvió nin lleva camín de resolvese. Na cumbria del procesu Noos, y cola monarquía pasando pel so momentu más impopular dende hai más de trenta años, la celebración d’esti 2014 volvió a convocar a les voces más preocupaes del espectru políticu, a saber, los dos partíos de l’alternancia, emperraos dambos dos en que la bandera tricolor ye símbolu de discordia y defendiendo a capa y espada esi pautu de difuntos que roblaron en 1978. Entregaos unos (PP) a la pura y simple distorsión de la historia, hasta’l puntu de convertir a la II República en causante y non víctima del golpe fascista de 1936, y envolubraos otros (PSOE) nel supuestu pragmatismu del que prefier barrer lo puerco embaxo l’alfombra con tal de nun facer una llimpieza en condiciones, el resultáu ye un choque de monarcofilies ensin monárquicos, como si’l réxime aspirara a una monarquía de rei invisible, asumida na práctica como una república presidencialista que, a falta d’elecciones presidenciales, solo ye concebible como una dictadura transitoria del partíu más votáu. Sigue leyendo “Tricolor”

Política para el hombre que tiene prisa

Cuando yo era muy pequeño, allá por la primera o la segunda década antes de Windows, existía una colección de libros, también muy pequeños, que se publicitaban con la siguiente leyenda: “Para el hombre que tiene prisa”. Eran minúsculos ensayos divulgativos que te lo contaban todo, muy resumido, sobre las drogas, la mitología griega o los zares rusos. Cabe suponer que el apresurado hombre a quien iban destinados no podía permitirse el lujo de recurrir a enciclopedias o fuentes originales. También cabe suponer que no se pensaba en ninguna mujer lectora, ni con prisa ni sin ella.

Puede que nunca existiera ese hombre apresurado a quien se hacía objeto de todo tipo de ofertas, alabanzas y amenazas. Pero por debajo de esa abstracción publicitaria se movían, y se mueven, millones de empleados públicos y privados, trabajadores con cualificación o sin ella, hombres y mujeres cuya jornada laboral se extiende de sueño a sueño. Se les presupone un hastío infinito hacia el esfuerzo intelectual y una adicción indolora a artefactos informativos tipo Marca o Sálvame. Existan o no, a ellos va dedicada esa instantánea del presidente del gobierno sosteniendo el diario deportivo de mayor difusión como si fuera un báculo.

Esa ficción del hombre con prisa ha calado a diestro y siniestro: hay una izquierda cerebrotónica que desprecia a las masas porque estas desprecian el estudio y el análisis, y hay una derecha emotivista que ansía personificar a ese ciudadano anónimo a quien le gustan las bufandas de colores y los prejuicios en blanco y negro. No tenemos la certeza de que el ciudadano medio se parezca a ese estereotipo, pero da lo mismo: vivimos en una democracia diseñada para que sea la voz de ese estereotipo la que resuene en los medios sin ser oída. Cada semana parten en su busca expediciones heroicas que reciben el nombre de sondeos de opinión, y muchas veces hay suerte y se lo encuentran, al otro lado de la línea telefónica, dispuesto a confirmar la hipótesis de que lo que necesita España es que no pare la siesta, que continúe la alternancia del PSOE y el PP, que tanto el uno como el otro se deslicen hacia el centro, ese lugar paradisíaco donde habita el elector ideal que va al fútbol los domingos y compra y vende sin factura el resto de la semana. Si no aparece, porque se haya escondido o se haya dormido o haya brotado en su lugar algún ejemplar de la avifauna extremista, no por eso los sondeos de opinión van a dar fe de su ausencia: para algo está la cocina demoscópica.

No sabemos qué será de la política española el día que se extinga del todo ese gañán atribulado con el que sueñan los telediarios. Lo que sí sabemos es que, mientras los medios sigan creyendo en él, esta será una democracia a la medida del hombre que tiene prisa. O a la medida del hombre que tiene PRISA, que viene a ser lo mismo.