Cumpleaños feliz

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Supimos esti día qu’un informe del brazu derechu del ministru Soria proponía eliminar les emisores comunitaries de radio y televisión, una categoría xurídica reconocida pola Llei Xeneral Audiovisual de 2010. Nesi informe apruz con claridá envidiable la concepción que’l gobiernu del PP tien de los medios de comunicación, dalgo que cualquiera podía aldovinar a poco que siguiera les desiguales aventures d’esi partíu na xestión de medios públicos o los sos tratos con empreses de comunicación de capital privao. Tamién vien a confirmar que’l PP ta emperráu en perder con solemnidá les elecciones d’avientu, anque nun diba ser la primer vez qu’esti calabre reviviera xusto pa los responsos (yo, polo menos, hasta que nun pueda emburrialu con un palu, nun voi ser pa creer que seya tal calabre).

Sicasí, esa especie de mapa del tesoru mediáticu firmáu pol director del gabinete d’Industria difundióse la mesma selmana qu’escoyó la Conseyería d’Emplegu del gobiernu asturianu p’archivar l’espediente sancionador en marcha contra Radio Kras: precisamente un instrumentu de comunicación que forma parte d’esa categoría que’l director del gabinete d’Industria quier desaniciar. Que la decisión final la adopte’l gobiernu asturianu, mientres que l’espediente sancionador lu iniciara’l ministeriu d’Industria, pudiera seique interpretase como un pulsu de competencies o colores políticos, de nun ser porque la esperiencia nun invita a ser tan indulxentes: tamién gobernaba’l PSOE cuando se-y retiró la llicencia a Radio Sele, y ta por ver que’l d’agora seya’l primer gobiernu asturianu que defende competencies frente al gobiernu español.

Les teoríes de la conspiración cárgales el diablu. Hai quien pudiera ver nesi informe ciertu enfotu en beneficiar a unes empreses en perxuiciu d’otres, y tamién pudiera vese nél la intención de tapar boques critiques: nun ye nada aventurao pensar que l’esperimentu de La Tuerka, el programa de Pablo Iglesias na comunitaria Tele K, taba na mente del funcionariu cuando escribió eses llinies. Claro que tamién podía pensase que les sos suxerencies sobre los derechos del fútbol apunten a perxudicar a Mediapro, la productora de Jaume Roures que-y fizo un ERE al diariu Público y mandó a los trabayadores de La Voz de Asturias al paru y a Fogasa. Otra vez sal equí Pablo Iglesias, esta vez como convidáu a la fiesta de cumpleaños de Roures, que tamién se celebró esta selmana: somos munchos los qu’equí nun-y mandábemos siquiera un telegrama al millonariu que, enantes de pega-y a La Voz de Asturias el tiru de gracia, fizo como que la reflotaba a la vez que-y vendía a la TPA los derechos de la Fórmula 1 (seguramente una coincidencia d’eses que tan cares nos salen a los asturianos). Nun m’importa repetime: les teoríes de la conspiración cárgales el diablu; pero ye fácil que lo faiga con munición real.

Ente verdaes a medies, verdaes enteres y falsedaes convictes y confeses, ye fácil resbariar pel terrén de les rocees, les sospeches y les intrigues. Más granible paez quedar coles poques certeces d’altor moral que nos salen al pasu: coles batalles ganaes a fuerza de nun ceder un milímetru a amenaces y sobornos. Asina, igual que quixi celebrar un triunfu, por tardíu que fuera, que tuviera como protagonistes a los trabayadores de La Voz de Asturias, apetez celebrar el triunfu de Radio Kras agora que se cumplen trenta años desque emitió per primer vez. Trenta años que vieron llegar y marchar a unos cuantos ministros d’Industria y a más d’un director de gabinete y nos que foi, finalmente, una emisora pequeña, popular y irreverente la que ganó’l combate mientres alredor se malvendíen medios públicos y privaos y s’especulaba cola información igual que con munches otres mercancíes. A un cumpleaños como esi sí presta que te conviden.

Conservadurismo radical

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Creo que fue Javier Pérez Royo quien dijo una vez que, desde el inicio de la Transición, la derecha gestionaba las crisis y la izquierda (me parece que se refería al PSOE) las abundancias. O al menos eso entendí yo, que tiendo cada día más al simplismo ideológico con agravante de pereza. Dicho de otro modo: la derecha llena la bolsa y el PSOE (dejémonos de eufemismos) reparte las monedas. Me pareció en su día (no conocíamos aún a Zapatero) una descripción arriesgada, por cuanto todavía no se había producido un número suficiente de cambios de gobierno (Aznar había sustituido a González y poco más: un horizonte de sucesos demasiado limitado), pero acorde, en todo caso, con el concepto que el PSOE tiene de sí mismo o al menos con el autoconcepto que puede desprenderse de muchos de sus movimientos.

Para empezar, no pone en cuestión uno de los axiomas de la Cultura de la Transición, a saber: que izquierda y derecha son opciones definidas dentro de un tablero no opcional. Puesto que el tablero de juego no es objeto de decisión, se sigue que el primer objetivo de cualquier opción política será mantener el tablero intacto, conservar incólumes las estructuras jurídicas, políticas y económicas del régimen del 78. De esto se sigue, a su vez, que las diferencias políticas que puedan percibir los votantes entre PSOE y PP, por muy legítimas que sean, y por muy sinceramente que se exhiban, no implican necesariamente que ninguno de esos partidos vaya a hacer de ellas el eje central de su acción de gobierno. De ahí que a tantos votantes de derechas el PP les parezca un partido demasiado rojo, igual que son legión los votantes de izquierdas que consideran al PSOE vecino del fascismo. En el mercado electoral, los principales interesados tratan de vender esa circunstancia como ejemplo de moderación, pero nada más lejos de la realidad: de lo que se trata, más bien, es de una especie de conservadurismo radical.

Naturalmente, el andamiaje retórico e ideológico que mueven ambos partidos es mastodóntico, estilo gala MTV, pero no tanto como para hacernos creer que ninguno de ellos va a renunciar a esos presupuestos comunes de los que se alimentan. Por eso los llamados “partidos emergentes” pueden crecer allí donde ni el PP ni el PSOE generan convicción, esto es, en la defensa sin complejos de unos principios que ambos consideran adminículos muchas veces molestos aunque necesarios. Por eso, también, es frecuente que ambos partidos recurran al cliché de “lo importante”: hay temas que no son importantes porque no son preocupantes (con lo que quieren decir que a ellos no les conviene que la gente se preocupe por esos temas, pues son esos temas los que ponen de manifiesto que no hay mucha diferencia entre un partido y otro). Es eso, sin ir más lejos, lo que hace el PSOE en Xixón al abstenerse en una votación sobre el derecho de los ciudadanos a ir a los toros.

Para ser mínimamente consecuentes, los concejales socialistas habrían debido votar a favor de la propuesta del PP de “defender la libertad y el derecho a disfrutar de las corridas de toros”, igual que, en ese mismo pleno, fueron consecuentes al votar en contra de la oficialidad de la lengua asturiana: en ambos casos la premisa fundamental, coherente con el marco cognitivo que comparten PSOE y PP, es que hay que priorizar la libertad individual frente a imposiciones colectivas. Puesto que nadie se cree que esto funcione solo, esa premisa se complementa con otra, a saber: que los imperativos consustanciales al mantenimiento del régimen político no son imposiciones políticas sino leyes científicas, hechos naturales e indiscutibles, verdades evidentes. Una vez establecido lo que es natural y de sentido común, cualquier alternativa que se plantee es calificada automáticamente de “imposición” intolerable y de igualmente intolerable “politización”.

Deberíamos rebelarnos contra ese uso denigrante de la palabra “politización”, aunque solo fuera porque, cada vez que se nos muestra algo como ajeno a lo político, hay motivos para pensar que se trata de una apropiación indebida de lo común por parte de un particular. Claro que la supresión de los toros supone la politización de un espacio que PSOE y PP prefieren que siga privatizado, esto es, sujeto a decisiones particulares, entre ellas no solo la de asistir a una corrida sino también, y fundamentalmente, la de organizarla y lucrarse haciéndolo. Es la reglamentación de este tipo de actividades lo que caracteriza a una sociedad políticamente madura, pero precisamente eso es lo que significa cuestionarse el tablero de juego, de ahí esa impúdica resistencia de modales pueriles, esa exasperación del niño rico en presencia de una voluntad ajena. No tiene nada que ver con los derechos de los animales ni con defender las tradiciones: tiene que ver con la pretensión de que no toquemos sus juguetes.

Mi ministro favorito

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Se comenta por ahí que hay quien duda de si los centollos son animales o no, igual que hay quien afirma sin sonrojo alguno que los toros no sufren cuando los maltratan con arte y donosura. Descontando estas dolorosas excepciones, la mayoría de la gente está al corriente de los avances científicos de los últimos trescientos años y sabe que hay animales vertebrados e invertebrados y que entre estos últimos los hay sin esqueleto, como las lombrices, las babosas y los pulpos, y los hay con esqueleto externo o exoesqueleto, como los dichosos centollos, las arañas y los artrópodos en su conjunto.

Lo que también sabe la mayoría de la gente es que los ministros, y los políticos profesionales en general, pueden llevar cáscara o no llevarla. Se distingue a la perfección un político con exoesqueleto de un político absolutamente invertebrado, tanto por dentro como por fuera. Y tal vez por eso, a la hora de votar, los comportamientos oscilan entre el voto masivo al molusco sin concha (muy apreciado por electores empeñados en votar a aquellos que más se les parecen) y la preferencia por el artrópodo convicto y confeso (más valorados por quienes votan al concepto y no a la persona): hay personajes públicos muy dados a exhibir exoesqueleto e incluso a identificarse con este, mientras que hay otros más proclives a andar por la vida como moluscos sin concha, sin disimulos ni hostias, o sin disimulos pero con hostias, si es el caso de algún aficionado a comulgar en público como el actual ministro de interioridades, el menos quitinoso y el menos artrópodo de todo el gabinete de Mariano Rajoy.

Pertenezco a ese exclusivo club de quienes prefieren la derecha sin complejos y la liturgia en latín y con mucho colorido. No me gusta el papa Francisco, igual que no me gustaba Juan Pablo II: demasiado disfraz, demasiado postureo de pontífices a la altura de los tiempos. Demasiado exoesqueleto. De hecho, el de Juan Pablo II fue el exoesqueleto más logrado de todos, una auténtica armadura con forma de automóvil mediante la cual pretendía parecer cercano a las muchedumbres mientras se aislaba convenientemente de ellas tras un cristal blindado. Nuestro parque móvil ministerial, sin llegar a rozar las excelencias de aquel papa-transformer, nos dio el mejor ejemplar de político blindado: Alberto Ruiz Gallardón, el ministro biónico, ni siquiera toleraba una arruga en su disfraz. Comparados con él, tanto Aznar como Pedro Sánchez (dos verdaderos exoesqueletos sin político dentro) parecen espontáneos y auténticos, hasta cercanos incluso, si es que a uno le gusta estar cerca de esas cosas.

Don Jorge Fernández Díaz, nuestro ministro de asuntos íntimos, es tal vez el menos crustáceo de la historia ministerial española, con la posible excepción de aquel Fernando Morán que tantas satisfacciones nos dio. No es posible imaginarse un ser humano menos propenso a esconder sus opiniones o sus manías que don Jorge, lo que le convierte, de lejos, en mi ministro favorito, pues es todo ventajas: te evita discusiones absurdas (nadie se esfuerza en convencerte de que este individuo es progresista o pertenece a la “derecha civilizada”, como se decía tan a menudo del caído Gallardón), te ahorra un potosí en asesores de imagen (eso espero, al menos, porque sería tirar el dinero aún más de lo acostumbrado) y te protege contra la tentación de buscar en sus acciones o en sus declaraciones tanto dobles sentidos como objetivos inconfesables: el buen señor es muy de confesarse.

Por todas esas razones, su entrevista con Rodrigo Rato ha alcanzado el rango de asunto de Estado y se ha saldado con una comparecencia parlamentaria escandalosa y poco menos que terrorífica. He aquí la única desventaja de este tipo de ministros: mienten mal, mienten ridículamente mal, y están tan habituados a pensar que solo tienen que rendir cuentas ante Dios que, en el fondo, les importa un rábano que les pillen. Por eso sus deslices no suelen ser aventuras individuales, de las que se saldan con una dimisión y un exilio dorado, sino dramas colectivos, que arrastran a un gobierno entero al precipicio. Aunque siempre cabe la posibilidad de que en el último minuto los aplaste alguien de su propio partido, por la buena marcha del negocio, tampoco esos aplastamientos salen gratis: si Rajoy ya parece estar asqueado hasta cuando sonríe, imagínense la cara que pondría si tuviera que andar con los restos gelatinosos de un ministro pegados a la suela del zapato. Tanto ha avanzado la degradación zoológica de este gobierno que es difícil, casi imposible, aventurar qué ocurrirá en los próximos días. Lo único que parece seguro es que Rodrigo Rato seguirá de vacaciones.

Elogio de la modernez

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Se ha opinado mucho sobre el nuevo logo del PP, y es lógico: no es mucho lo que el Partido Popular está produciendo en términos de innovación política, así que, si sus muchachos se curran una nueva imagen corporativa, eso es algo que hay que celebrar con el debido boato: ya nadie podrá decir que no saben hacer una o con un canuto, ahora que han conseguido hacer dos pes con un Adobe Illustrator. Para que luego digan que el nacional-liberalismo es pura filfa.

De todo lo que se ha dicho sobre el logo de marras, la observación más brillante se la hemos oído a Javier Maroto, vicesecretario sectorial del PP. “El logo recuerda a cosas modernas”, ha dicho. Esto sí que es sabiduría gnómica: hay que cruzar a Heráclito con Lichtenberg para parir semejante traca aforística. No lo he comprobado, pero me suena que algunos dirigentes del PP leen de vez en cuando, y no descarto que la mayoría de ellos sepa qué es un oxímoron, de modo que, si Maroto se arriesga a combinar el adjetivo “moderno” con el verbo “recordar”, doy por sentado que sabe lo que está haciendo y que algún sentido más allá del despiste tendrá esa elección semántica, puesto que, de no ser así, alguien podría responderle que, por regla general, lo que uno recuerda es lo viejo o lo antiguo, no precisamente lo que aún es moderno o actual y por tanto todavía no es objeto de recuerdo sino vivencia en presente.

¿Qué noción de lo moderno tiene Javier Maroto? Supongo que, en principio, lo moderno es algo que le parece valioso, puesto que lo evoca como una virtud: si el logo tiene la facultad de hacer pensar a uno en cosas modernas, será entonces que el PP quiere que pensemos en esas cosas modernas y, siendo así, habrá que suponer que lo moderno está bien, pues no se entendería que hubieran hecho un logo con la intención de hacernos pensar en cosas detestables. Qué cosas modernas sean esas, eso es algo que ni yo tengo muy claro ni Maroto ha explicado. Pero es de suponer que no se referirá a la máquina de vapor o a la radio, ni siquiera a la fibra óptica, pues yo he visto a este hombre y me parece bastante en forma, no me lo imagino gritando “¡El cinematógrafo! ¡Imágenes en movimiento!”, para salir después corriendo despavorido como el abuelo Simpson.

La idea de modernidad con que opera Maroto solo es abordable a la luz del verbo “recordar”, esto es, como algo que no es exactamente de ahora sino (conforme a ciertas tesis filosóficas tampoco muy de ahora) cosa del pasado, una construcción superada. Lo que uno recuerda es lo que ya se ha ido, y entra dentro de lo posible que la modernidad ya se haya muerto, consumada o consumida, da lo mismo. Lo moderno es al PP lo que la izquierda al PSOE: algo que uno quisiera enterrado pero que uno necesita sacar a pasear de cuando en cuando para que no le tilden de facha o cosas peores. Así, si la libertad de expresión fue uno de los buques insignia de la modernidad, es normal que el partido que aprobó la Ley Mordaza se refiera a ella en pasado, como si se tratara del Estado del Bienestar o del derecho de las mujeres a decidir sobre sus propios cuerpos: fue bonito mientras duraron, al menos como aspiraciones colectivas, pero las mayorías absolutas no se consiguen para que los perroflautas le hagan fotos a la policía o los fracasados y los irresponsables disfruten de salarios sociales y píldoras del día después.

Se trata, pues, de construir un simulacro: Maroto es consciente de que a su partido le pegaría más un águila imperial o una cruz de San Andrés, pero una cosa es ser nacional-liberal y otra, muy diferente, ser un suicida. Mejor un círculo, que es figura geométrica de moda, no recuerdo bien por qué, y una tipografía más de empresa puntocom que de aerolínea años setenta. Después de todo, si hay que tomar las palabras de Maroto en toda su literalidad (y no veo por qué no), el sujeto de esa frase, quien recuerda, aquí, es el logo. Y no le falta razón: si el PP gobierna otros cuatro años, nadie más será capaz de acordarse de cosas tan modernas como la sanidad universal o la enseñanza gratuita. Ya puestos, podría pedírsele al logo que no solo recuerde, sino que piense también, y que gobierne de paso: no sería la primera vez que nos gobierna un objeto bidimensional vestido de azul.

Podemos, tú antes molabas

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Se diría que el último año ha durado veinticuatro meses. Nada es lo que era hace un año, y sorprendentemente ha aumentado el número de personas que desearían que todo volviera a ser como hace un año. La culpa es, cómo no, de Podemos. Añoran los palmeros del PP aquella época, no tan lejana, en que no tenían que esconder su logotipo en la propaganda electoral. Los turiferarios del PSOE añoran los buenos tiempos en que su intención de voto caía en picado pero no tenían que esforzarse en parecer lo que no son. En Izquierda Unida hay quien añora la época en que sus dirigentes no se vapuleaban en público, pero para eso hay que remontarse a 1986 y en aquel entonces, doy fe, Podemos no existía. Salvo de esto último, Podemos es responsable de todos los males recientes de la política española. Ojalá no hubiera aparecido nunca.

Se da también un género de añoranza que busca en Podemos lo que hace un año, más o menos, se imaginó que Podemos era o podía ser. Y por supuesto no faltan quienes añoran ese verano del amor en que Podemos, sin candidatos, ni programa, ni convocatorias electorales, rozaba la mayoría absoluta en todos los sondeos.

Hasta aquí, la vox populi. Que en buena medida sigue siendo, al igual que hace un año, lo que los medios difunden y las encuestas cuantifican, aunque siga sin estar claro cuáles son las fuentes de unos y de otras. Un siniestro guión, con su chispa de ingenio, que está influyendo sin duda en la opinión pública, pero que no puede tomarse como instantánea de un momento histórico. Los poderes fácticos han tardado en reaccionar, pero lo han hecho, y se han esmerado en seguir estrictamente los consejos de la Escuela de las Américas en cuestiones de contrapropaganda. No tiene mucho sentido replicar, salvo que uno sea propietario de un periódico, y ni siquiera: aquellos que se acercaron a Podemos atraídos por el dulce aroma del éxito, o por el lenguaje altisonante en materia de castas, volverán a hacerlo el próximo 25 de mayo si Podemos obtiene un buen resultado este domingo, y de lo contrario pasarán a engrosar las filas del desencanto militante, solo que con un nuevo partido que añadir a los de siempre. Podrá sonar despectivo, incluso a alguien le parecerá contraintuitivo, pero el éxito a cualquier precio no es un objetivo legítimo en política: los cambios políticos se apoyan en cambios sociales, y si no hay una base social que los sustente, los primeros serán tan duraderos como un castillo de arena.

Poco a poco iremos viendo cuánto hay de arena y cuánto de cemento en la base social de Podemos, pero es pronto para hacerse una idea. Y lo es porque se dan en estos momentos tres factores que, combinados, no permiten diagnosticar cómo estamos: 1) la contraofensiva mediática, 2) lo reciente (y complejo) de los procesos de organización interna de Podemos, y 3) lo vertiginoso (y no menos complejo) de los procesos electorales en marcha. Hacer conjeturas en esas circunstancias es perder el tiempo.

No es perder el tiempo, en cambio, contribuir a que la burbuja explote de una vez: reconocer que, efectivamente, Podemos está compuesto por personas, de hecho es el único partido, que yo sepa, donde no se ha reservado el derecho de admisión, y eso conlleva unos riesgos, el primero de ellos, y no el menos importante, ser una imagen fiel de la sociedad en que vivimos y de la gente que la compone. Podemos no nació para mejorar la naturaleza humana, ni para expedir certificados de pureza, y si nos ha defraudado darnos cuenta de que también entre nosotros hay gente mezquina, y si resulta que Podemos nos gustaba porque no conocíamos personalmente a Pablo Iglesias pero ya no nos gusta porque sí conocemos en persona al secretario general de nuestra localidad y es un perfecto gilipollas, lo que estamos haciendo entonces es aplaudir lo que ya había, a saber: una partitocracia separada de la gente corriente por una muralla de asesores de imagen.

Bajar de esa nube de efervescencia emocional será, entonces, hacerlo con todas las consecuencias, y asumir que no éramos más puros hace un año, cuando no habíamos traicionado ningún ideal evanescente ni habíamos conseguido que el tonto del pueblo acaudillara una CUP. Será asumir que hace un año ni el PP ni el PSOE estaban dispuestos a ceder un milímetro en su plan de invasión del bolsillo ajeno y que no dudarán en recuperar el terreno perdido a poco que perciban la menor flaqueza. Será, en fin, no dar por sentado que en las catacumbas vivíamos mejor, porque estábamos a dos telediarios de que nos desahuciaran también de las catacumbas.

Tengo cuarenta y cinco años. Nunca antes había visto a las elites de este país comportarse de la forma en que lo están haciendo: con vileza, con torpeza, con miedo. Nunca había asistido a un espectáculo tan bochornoso como el que están dando los beneficiarios del régimen, sabedores de que, esta vez, no habrá pactos en restaurantes de lujo que garanticen sus puestos de trabajo. No es la primera vez que me miran con la agresividad de quien, sin dudarlo, me pegaría un tiro, pero sí que es la primera vez que detrás de esa mirada se oculta la certeza de que no habrá balas suficientes.

En la novela Jonathan Strange y el señor Norrell, John Segundus hace una pregunta: desea saber “por qué los magos modernos no eran capaces de practicar la magia que describían”. Es la misma pregunta que muchas personas llevábamos años haciéndonos, solo que referida, no a la magia en sí misma, sino a la política entendida como arma de construcción masiva, no como postureo de almas bellas instaladas en la marginalidad de lo simbólico. Lo que a muchos nos atrajo de Podemos fue que por fin era posible hacer magia. No importa que por el camino hayamos descubierto algunas verdades sobre el comportamiento humano. Nuestra responsabilidad no es hacia los errores del pasado, sino frente a los terrores del futuro. Toca ejercerla sabiendo que el momento es ahora.

¿Por qué votamos lo que votamos?

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Hace veinte años, cuando el Partido Popular ganó las elecciones en Asturies, coincidí en Turón con un interventor del PSOE visiblemente indignado. No entendía qué estaba pasando, por qué, según sus palabras, los obreros votaban a la derecha. Todo un clásico del felipismo, aquel hombre: su partido había firmado la sentencia de muerte de la minería asturiana, pero todavía no comprendía por qué los mineros y sus familias no aplaudían hasta despellejarse las palmas de las manos.

Varios años más tarde, un 14 de marzo de 2004, en otro colegio electoral, muy lejos de Turón, pude oír a un interventor del PP maldecir a ETA y a los sinvergüenzas que, como yo mismo, no se creían la versión oficial sobre los atentados del 11-M. Una conjura internacional había sembrado Madrid de cadáveres con la única finalidad de que el PP perdiera las elecciones. Como yo soy muy de primeras impresiones, me creí su indignación igual que me había creído la de aquel socialista turonés. Eran indignaciones gemelas: lo que uno siente cuando la mayoría le lleva la contraria, una mayoría a la que uno se imagina inmadura, alienada, manipulada o sencillamente imbécil.

Hace cuatro años, lo que aún no se llamaba 15-M rebosaba las plazas de las ciudades y las redes sociales, exhibiendo un rechazo frontal hacia la partitocracia española. El “no nos representan” lo coreaban hasta los niños, y estoy seguro de que era completamente cierto que no nos representaban. Varios meses después, Mariano Rajoy ganaba las elecciones con una mayoría absoluta digna de mejor causa, y entre los simpatizantes del PSOE comenzaba a circular la especie de que aquel resultado había sido obra del 15-M y este, a su vez, de alguna oscura trama que algún día saldría a la luz.

Todo el mundo cree saberlo todo sobre las motivaciones de sus vecinos, y las motivaciones que dirigen el voto no son una excepción. Desde los hacedores de encuestas hasta los consumidores de telerrealidad, no hay nadie que albergue la menor duda sobre los porqués y los cómos de nuestras elecciones políticas. El grado de dogmatismo de esas explicaciones es directamente proporcional al grado de simpatía por un partido, y no importa si este último pertenece al selecto club del bipartidismo asimétrico o al no menos selecto de los eternos aspirantes. De hecho, a juzgar por la displicencia que se gastan últimamente Cayo Lara y Rosa Díez, uno se sentiría autorizado a afirmar que el dogmatismo es tanto mayor cuanto menores son las expectativas de éxito, pero la verdad es que también en el PP y el PSOE se percibe a la legua que adoran las explicaciones unidimensionales y despectivas.

Las campañas electorales son una auténtica prueba de fuego para los modelos de pensamiento pluralistas. La efusividad demoscópica no ayuda a desterrar los relatos lineales donde uno es el héroe y todos los demás un hatajo de acémilas. La realidad suele imponerse cuando se hace público el escrutinio, pero pocas veces se impone también la necesidad de revisar ese relato de campaña que es en parte responsable de los malos (y también de los buenos) resultados: lo habitual es que uno se obstine en el error y que continúe despreciando a quienes pensaron de forma diferente.

En el fondo, no es la adhesión a unas siglas o a un programa lo que activa en nuestro cerebro la decisión de emitir un voto u otro. Tiene más peso el rechazo hacia otras siglas u otros programas. En casi todas las elecciones gana el mismo candidato: el miedo. El miedo a esta o aquella alternativa, no la confianza en la opción que uno defiende. Ocurre, no obstante, que el miedo es un poso de emociones que sedimenta de forma diferente en cada individuo, alimentándose de nuestra biografía. No es probable que una campaña electoral sacuda todos esos temores por igual, pero es un hecho que casi todas lo intentan, en mayor o menor medida. El propio calendario electoral parece diseñado para que el miedo se exprese sin coacciones: nada mejor que una presunta jornada de reflexión para que la razón política se diluya y afloren esos condicionantes prepolíticos que el domingo decidirán quién se va y quién se queda.

Ciudadano Montoro

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El 20 de noviembre de 2011 el Partido Popular ganó las elecciones legislativas en buena lid y frente a una dura competencia. Ganó abanderando la seriedad y el trabajo duro, la cultura del esfuerzo y el saber de los expertos. ¿Alguien en su sano juicio podría preferir la acrimonia popular si pudiera elegir abandonarse a proyectos tan sensatos como Alternativa Motor y Deportes, el Partido del Karma Democrático o, mi favorito de entre todos, el inefable Sandía Tres Avances? Si el PP superó en votos a todas esas formaciones, fue debido, fundamentalmente, a que no prometía buen rollo sino, como hiciera Winston Churchill, “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. No podíamos asombrarnos de que, efectivamente, fuera eso lo que nos entregara. La seriedad tiene un precio. La austeridad tiene un coste. La mayoría eligió la bota malaya y nadie puede extrañarse de que la consecuencia de esa elección fuese un horrible dolor de pies.

A pocos meses de finalizar esta sesión de tortura, el balance es claramente positivo: sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor a borbotones. Nos dieron lo que prometieron. Aunque, naturalmente, una apuesta tan arriesgada puede perderse por una estúpida nimiedad. No voy a ser yo quien sugiera que Cristóbal Montoro sea esa nimiedad: considerar nimiedad a Montoro viene a ser como catalogar a Hitler de accidente histórico: puede ser verdad, pero es de mal gusto. Pero no me negarán a estas alturas que este hombre tiene la virtud de convertir a Rajoy en un gran estadista. En sus manos, cualquier asunto público se convierte en un chiste cargado de futuro.

Montoro ha hecho suya aquella definición de “patafísica” que se inventó Alfred Jarry y la ha aplicado a su propio oficio y en su propio beneficio: para él, la política es la ciencia de las soluciones imaginarias. Nadie podría reprocharle nada si los problemas a los que trata de dar respuesta fuesen también imaginarios, pero el caso es que, para desgracia de nuestro patafísico ministro, los problemas son reales. ¿Cómo calificar el estruendoso asunto de esa presunta puerta giratoria con la que se ha pillado los dedos? Un bufete fundado por el ministro facturó dos millones de euros a una empresa pública presidida por otro alto cargo del gobierno del PP, Antonio Beteta, entonces (2008) Consejero de Economía y Hacienda de la Comunidad de Madrid y en la actualidad Secretario de Estado para las Administraciones Públicas y demostración palmaria de que, para algunos, el gobierno está donde están ellos, y no a la inversa. Montoro tiene un problema real, de un nivel de realidad Fiscalía Anticorrupción, y esa es mucha realidad para taparla con juegos de palabras, salvo que uno pertenezca al ilustre Colegio de Patafísica y presida la subcomisión de Incompetencia Realizadora u ocupe la cátedra de Cocodrilología.

De momento, el ministro no ha empleado mucha munición en este asunto, lo que podría ser un penoso indicador de que, en el fondo, también él pertenece al partido de la seriedad y el esfuerzo, a pesar de sus numerosas aportaciones a la poesía del absurdo. Cabe la posibilidad de que se esté reservando para el número final y que ahora mismo prefiera concentrar todo su ingenio en salir de ese otro atolladero en que se ha metido él solo, como debe ser, con la osadía que le caracteriza, al comparar las donaciones al PP con las donaciones a Cáritas y similares. Yo ya presupongo que, cuando uno se dedica a la literatura experimental, no pierde el tiempo investigando cómo funciona una ONG, y después de todo me parece, la de Montoro, una gran aportación, si no a la historia del arte de vanguardia, sí a la de la exploración del inconsciente. “Son fines sociales todos, unos a unos y otros a otros”, ha dicho, sin cortarse, lo cual de nuevo es un alivio, pues más de uno podría haber pensado que la seriedad sin fronteras del PP escondía algún tipo de utopía interclasista. Montoro, con su línea trazada entre los unos y los otros, ha vuelto a recordarnos que, como dijera George Bernard Shaw, mientras unos predican la lucha de clases, otros la practican, y que no están dispuestos a dejarles a los más necesitados ni las migajas ni los beneficios fiscales.