Creo que mi vecino es Donald Trump

Hoy mi hija salió del colegio diciendo que, según sus compañeros de clase, iba a empezar la Tercera Guerra Mundial. No sé si debería conmoverme que la alarma por la victoria de Donald Trump haya llegado hasta una clase de sexto de Primaria, pero el caso es que me inquieta y me fascina a la vez: ¿cuánto tiempo han tenido esos niños para asimilar ese rumor? ¿Una hora y media, dos horas como mucho? Ha tenido que ser entre el momento de levantarse de la cama hasta el de pisar el patio del colegio a las nueve de la mañana. El canal, presumiblemente, la radio del coche o la conversación entre sus padres, tal vez la televisión mientras desayunaban. Pero no ha hecho falta más: ahí estaba, precocinada, la información del día, el canutazo que les ha hecho sentir que algo extraordinario acababa de ocurrir. Continuar leyendo “Creo que mi vecino es Donald Trump”

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Desde la ignorancia

A los catorce años pasé una gripe de esas que te tumban durante varios días. Estuve una semana sin ir a clase y no se me olvida porque nunca antes me había pasado y nunca me volvió a pasar. En mi historia escolar quedó un hueco de una semana, pero nunca hasta ahora me había imaginado que ese hueco me hiciera menos sabio, más incompetente. Hasta ahora, repito. Ahora comprendo que esa semana que falté a clase en octavo de EGB fue cuando tocaba dar historia de Ucrania. Así se explica mi ignorancia sobre los tártaros de Crimea, la invasión alemana del país y sus confusas (para mí) relaciones con Rusia, con Polonia y consigo misma.

Es impresionante la cantidad de conocimientos que poseen los españoles sobre Ucrania. Podrían ser la envidia de los ucranianos, de no ser porque ahora mismo en Ucrania están ocupados organizando una guerra civil, que es algo que no se organiza así como así, ya tendríamos que saberlo. Yo, que soy de natural envidioso, no me he conformado con reconocer mi desventaja en este campo y me he lanzado como un abejorro en pos de información y eslavofilia. Y así llevo varios días, hasta ahora. Repito: hasta ahora. Me rindo. Comparadas con las que nos llegan desde Ucrania, las noticias sobre Venezuela son diáfanas, verosímiles, veraces y unívocas. La Ucrania mediática es un revoltijo que recuerda mucho al Finnegan’s Wake de James Joyce: la mitad de los que dicen habérselo leído, mienten, y la mitad de los que dicen la verdad, no han entendido una palabra. Esto no es que lo crea porque yo sepa más o entienda más o me haya leído el Finnegan’s Wake, sino porque un impostor es capaz de reconocer a sus semejantes aun cuando estos vayan vestidos de catedráticos. ¿O acaso, lector impostor, mi semejante, mi amigo, no te has dado cuenta a la primera de que, aunque parezca lo contrario, no he dicho que me haya leído Finnegan’s Wake?

Pocas certidumbres, pues, sobre Ucrania, por no decir ninguna. Apenas un par de constataciones que no llegan a certezas. Constato que ha habido nazis en las protestas contra Yanukovich, muchos o pocos, no los he contado, pero es que a mí los nazis me generan la misma repulsión en unidades discretas que en columnas de a dos. Lo que no sé es dónde estaba la izquierda ucraniana, y de nuevo con horror me doy cuenta de que ni siquiera sé si había en Ucrania algo de eso que aquí solemos llamar izquierda y que identificamos con cierto activismo igualitario y no solo con la reclamación de unas elecciones o unos acuerdos con la UE. Qué tragedia haber faltado a clase aquella semana de 1984. También constato que ni Yanukovich ni Putin pueden presumir de algo así como un programa intensivo de socialización de la riqueza, pero a lo mejor estoy equivocado y ambos son tan magnos campeones de la igualdad como reconocidos adalides de la libertad. Y si alguno de los muchos expertos en Ucrania que me rodean puede refutar cualquiera de esas dos constataciones, me sentiría bastante aliviado, aunque no menos borrico. Pero, si no es así, también agradecería que alguien me explicara por qué hay quien se empeña en proyectar el binomio izquierda/derecha sobre un paisaje donde los derechos sociales ni estaban, ni están, ni se los espera.