Creo que mi vecino es Donald Trump

Hoy mi hija salió del colegio diciendo que, según sus compañeros de clase, iba a empezar la Tercera Guerra Mundial. No sé si debería conmoverme que la alarma por la victoria de Donald Trump haya llegado hasta una clase de sexto de Primaria, pero el caso es que me inquieta y me fascina a la vez: ¿cuánto tiempo han tenido esos niños para asimilar ese rumor? ¿Una hora y media, dos horas como mucho? Ha tenido que ser entre el momento de levantarse de la cama hasta el de pisar el patio del colegio a las nueve de la mañana. El canal, presumiblemente, la radio del coche o la conversación entre sus padres, tal vez la televisión mientras desayunaban. Pero no ha hecho falta más: ahí estaba, precocinada, la información del día, el canutazo que les ha hecho sentir que algo extraordinario acababa de ocurrir. Continuar leyendo “Creo que mi vecino es Donald Trump”

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Cómo reaccionar como dios manda ante un atentado islamista

¿Aún no ha dicho usted la última palabra sobre los atentados de Bruselas, o sobre el islamismo, o sobre la islamofobia, o sobre el capitalismo global, o sobre todo ello a la vez? ¿Y a qué espera? La ocasión la pintan calva, barbuda y con turbante. Desaprovéchela y venga luego a reclamar sus cinco minutos de homilía en la próxima cena familiar: de eso nada, la condición de todólogo hay que currársela, de lo contrario cualquiera puede alzarse con el título y dejarle a usted en un humillante segundo puesto. Cierto, eso que siente ahí, a la altura del diafragma, se parece mucho al remordimiento: desearía usted haber leído más, o haber leído algo, sobre yihadismo, sobre Siria, sobre Frontex, sobre Erdogan, pero quién puede predecir por dónde va a salir la actualidad candente, recuerde Ucrania, cuando todo el mundo tenía que decir algo sobre Ucrania y nadie sabía qué, cómo, dónde.

Sobre todo, apresúrese a condenar, sin tapujos ni matices. Sea rotundo: a estas alturas debería usted saber que, en materia de condenas, mejor pasarse que quedarse corto, y aun así alguien se las apañará para reprocharle tibieza, ambigüedad, afán de hacer tortilla sin romper huevos. Sea rotundo, he dicho, y golpee el primero y con saña. Si no está dispuesto a hacerlo, asegúrese de contar con un buen puñado de fieles y sea rotundo en la no condena, aproveche la ocasión para deconstruir o sencillamente destruir un par de convenciones o tres, no hace daño a nadie, casi nadie se entera y queda bien en los periódicos de pequeña tirada. Sobre todo, insisto, nada de Condenar Pero: se meterá usted en discusiones que no desea, le costará hacerse oír, pasará por tirio con los troyanos y por troyano con los tirios y, lo que es peor, caerá en la cuenta de que nadie tiene la menor idea de quiénes fueron los tirios, ni usted tampoco.

Si me ha hecho usted caso y ha condenado sin melindres ni aspavientos el terrorismo en todas sus formas, añada los anexos que le convengan según el caso. Si se dedica usted a la política, ya sea usted portavoz parlamentario o secretario general de algún micropartido o agrupación de electores en alguna remota pedanía, póngase a disposición del gobierno y las fuerzas de seguridad del Estado para lo que haga falta: nadie va a preguntarle exactamente qué podría hacer usted para ayudar en la lucha contra el terrorismo, de hecho es más que probable que nadie le tome en serio, pero por si acaso. Asegúrese bien de que su ofrecimiento salpica a algún oponente. Si ha hecho bien los deberes, seguro que encuentra a alguno que una vez estuvo de vacaciones en Túnez o en Bidart, todo vale. Si no se dedica a la política, expláyese: la culpa es de los políticos, de todos, y si de usted dependiera ya habría solucionado el problema. Muy importante: no se empeñe en explicar cuál es, a su juicio, el problema, déjelo así, de ese modo la solución será plausible por sí sola. No lo estropee: recuerde que la imaginación ajena es el mejor aliado de las mentes poco imaginativas.

¿Ya se ha hecho un hueco en la conversación? ¿Ya ha pergeñado un par de tuits o, en su defecto, alguna lapidaria frase en su grupo favorito de Telegram o Whatsapp? ¿Ya ha actualizado su estado en Facebook y cosechado los previsibles likes? ¿Ya ha apabullado a sus compañeros de trabajo con su delicada exégesis de la situación? Enhorabuena: lo peor ya ha pasado. Ahora viene el momento divertido: la interacción. Por lo que veo, aún no se ha provisto usted del indispensable catálogo de interlocutores plastas, aquellos que debe usted evitar si quiere hacer carrera. Es imperdonable, así nunca llegará usted muy lejos. Memorice al menos los siguientes estereotipos y úselos con discreción pero a discreción. No se arrepentirá.

Tenemos, en primer lugar, al islamófobo convicto y confeso, tradicional o ilustrado. Al islamófobo tradicional le reconocerá usted fácilmente: no sabe pronunciar “islam”, prefiere el genérico “moros” y, más concretamente, el no menos genérico pero mucho más descriptivo “putos moros”. El islamófobo ilustrado, no obstante, hace gala de una paleta más compleja de adjetivos, sabe a grandes rasgos qué es el yihadismo y puede que hasta el salafismo y el wahabismo, incluso hay alguno que sabe decir “muyaidín” sin escupir; ha leído a Houellebecq o al menos le suena, y es un paladín de las libertades femeninas, salvo que hablemos de mujeres con hiyab; está suscrito a Mongolia desde el atentado contra Charlie Hebdo. La diferencia entre uno y otro tipo de islamófobo depende de las ganas que tenga usted de perder el tiempo: con el primero se pasa el trago fácilmente, es parco en palabras y, por regla general, de temperamento colérico, de modo que la cruzada le durará hasta que alguien cambie de tema o hasta que se acabe el pacharán; en cambio, el islamófobo ilustrado puede ser un problema si no es usted uno de ellos: su islamofobia es estructural y de largo recorrido; la discusión, si se produce, puede durar semanas.

En el otro extremo del espectro campa por sus respetos el rojo de toda la vida, del que también cabe encontrar dos ramas o facciones, lo que, para tratarse de un grupúsculo de izquierdas, es todo un mérito (lo normal es que haya veinticuatro o veinticinco). Por un lado, el Rojo De Toda la Vida Pero Compasivo es, hay que reconocerlo, un tipo dialogante, incluso demasiado dialogante; es fácil empatizar con él, a poco humano que sea uno; es de condena rápida (de la violencia en todas sus formas) y de soluciones lentas (la educación para la tolerancia suele ser su receta para todo). Por otro lado, el Rojo De Toda La Vida Y Hasta La Victoria Siempre, aunque tenga sus ramalazos compasivos, hará todo lo posible por enterrarlos bajo una capa de resentimiento global y soluciones draconianas. No gaste saliva con este último: cualquier término que usted saque a relucir se diluirá como un azucarillo en agua, ya sea “terrorismo” (qué habrá más terrorista que la OTAN salvo ese oscuro ex compañero de fatigas del Rojo De Toda La Vida Y Hasta La Victoria Siempre que un día justificó los bombardeos de Libia: ese es el verdadero terrorista), ya sea “derecho internacional” (una broma del capitalismo) o “fanatismo religioso” (la religión del dinero, etcétera). No le pierda de vista. Si ve que empieza a tratar al terrorista suicida como a un mártir anticapitalista, aléjese: el universo podría implosionar por anemia de sentido común.

Están en tercer lugar los (previsiblemente pocos) musulmanes con quienes pueda o se atreva a hablar de estas cuestiones. Un islamófobo ilustrado le diría que tenga usted cuidado: es costumbre musulmana practicar la taqiyya, el disimulo de las propias convicciones ante los infieles. Un Rojo De Toda La Vida Pero Compasivo le replicaría que, en materia de simulaciones, tampoco es que los firmantes de pactos antiyihadistas lo hagan mal del todo.

Nos quedan, por último, los niños. Déjeme que le diga una cosa, solo una, sobre los niños: no los meta usted en esto. No necesitan su opinión, ni su odio religioso ni su humanitarismo global, ni su tendencia a los matices ni su afición a la truculencia. Los niños ya saben que el que mata se llama asesino y el que es asesinado, víctima. No los confunda, no les riegue los oídos con clichés. Si lo deja estar, cuando crezcan sabrán perfectamente distinguir a un asesino de una víctima sin importarles que el primero mate en nombre de Alá o de la UE o que la víctima lo sea del DAESH o de los guardacostas turcos o de ambos verdugos a la vez.

Venga, campeón, al lío. Verá qué fácil.

 

Europe’s living a celebration

A Europa no le salen las cuentas. A nosotros, europeos sin ser(lo), tampoco. Contamos uno a uno los miles de refugiados que llegan a las costas de la fortaleza y contamos después, multiplicándolos por mil, los refugiados de carne y hueso que nuestra retina y nuestra imaginación (mucho más la segunda que la primera) ponen ante nosotros, adobando esa panorámica con miedos más antiguos que la más antigua de las guerras, como si de Siria (pero no solo de Siria) brotaran monstruos de cien cabezas en lugar de seres humanos. La mayoría de los europeos solo ha tenido un contacto mediático con esos demandantes de auxilio, pero uno diría que, a mayor lejanía, más y más profundos temores, o rencores, o simple imbecilidad en estado puro.

Hay que ser sumamente imbécil para invertir aunque solo sea cinco minutos en diseñar una pegatina proclamando que los refugiados no son bienvenidos. Saben que no exagero: ni un solo refugiado verá esa pegatina, y aunque por casualidad uno solo de ellos llegase a verla, no le cabría duda alguna de que se halla ante la obra de alguien con déficit de algo: claro que los refugiados no son bienvenidos, acaba de anunciarlo la UE a bombo y platillo, y es una realidad con la que conviven a diario cientos de miles de personas. Como si hiciese falta tu aportación, oh diseñador anónimo (más te vale que lo sigas siendo, si es que te importa un ápice lo que piensen de ti), a pesar de que en tu fuero interno creas estar capitaneando un ejército invisible de patriotas indignados ante la oleada invasora.

Desde luego, se trata de una guerra, pero en ella no participa ningún ejército invisible: este ejército porta armas, posee lanchas patrulleras, levanta vallas y afila concertinas. A uno no le apetece nada convertirse en recluta silencioso de esa tropa xenófoba, pero tampoco parece que estemos preparados para resistir a esa leva forzosa: a diferencia de lo que ocurre con nuestras batallas políticas locales, la línea del frente en esta guerra está demasiado lejos de nuestro alcance y no está previsto que seamos capaces de derribarla a fuerza de manifestaciones y concentraciones de apoyo a los refugiados. A no ser que tengamos en cuenta los muchos frentes invisibles que esta crisis ha trazado en el interior de nuestras ciudades y a lo largo y ancho de vecindarios aparentemente tranquilos: las órdenes de la UE no emanan de entidades abstractas sino de actos voluntarios, ejecutados por individuos cuya posición de poder les ha sido legada mediante pequeñas acciones a menudo cosméticas pero, aun así, legitimadoras de su proceder, como el voto masivo a partidos políticos en cuyo ideario figura simple y llanamente la exclusión del diferente. Otra guerra que estamos perdiendo: en las últimas elecciones europeas, hace casi dos años, así como en los últimos comicios celebrados en España, Francia, Hungría, Reino Unido o Dinamarca, las opciones conservadoras, cuando no abiertamente xenófobas, fueron las preferidas de la mayoría de los electores. Lejos de movilizarnos, esta coyuntura casi nos tranquiliza: nos da la sensación de que Europa sigue siendo europea, de que sigue existiendo un “nosotros” con el que identificarnos aunque sea desde una distancia crítica.

Todos esos votantes que legitiman con su gesto esa maquinaria de guerra contra el extranjero, ¿son absolutamente conscientes de las consecuencias de ese gesto? Nunca lo sabremos, pero cuesta creer que la imbecilidad de nuestro anónimo diseñador de pegatinas se halle tan extendida. A lo mejor, o a lo peor, es simple inconsciencia, o tal vez que uno vota con la mente no tan engrasada en lodos internacionales, solamente pringosa de fango político autóctono. Es comprensible, pero preocupante. Desde luego, aunque me cuesta imaginarme a mí mismo votando al PP (he sentido un temblor en la fuerza con solo pensarlo), no creo que al hacerlo me estuviese convirtiendo en una mula parda de esas que saludan estirando el brazo al más puro estilo Rafael Hernando. Aun así tendría que agradecer que alguien me llamara aparte y me recordara que me he puesto, tal vez sin darme cuenta, del lado de los imbéciles. Y que tengo que hacer algo para remediarlo.