La Fundición: una antología personal

Los dominios de la extinta Fundición Príncipe de Astucias han vuelto al limbo y, con ellos, cientos de horas de trabajo y cachondeo. No me apetece esperar a ninguna efeméride para rescatar aquí algunas piezas que a mi juicio están entre lo mejor de lo que hicimos/hicieron entre 2012 y 2015. Recojo muestras de Alejandro Nafría, Juan Carlos Gea, Gallota, Silvia Cosio, Nacho Quesada, Goyo Rodríguez, Jandro Llaneza, Rubén Megido, Toño Velasco, Javi Guerrero, Ruma Barbero, Emiliano Alonso, Alberto Pieruz, Álvaro Noguera, Milio Loquemefaltaba, y otras con guión de Boni Pérez, Aitana Castaño, Enrique del Teso o de un servidor. Por si se nos olvida lo mucho que nos dio Rajoy (aunque no se nos olvidará fácilmente: ahí sigue).

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Cambio de hora

No tengo el día. Mariano Rajoy vuelve a ser presidente del gobierno español, ya no en funciones, aunque eso qué más da, si después de todo su prioridad más inmediata es irse de puente. El PSOE, aquel partido que cacareaba hace unos meses su insobornable identidad de izquierdas frente a la indefinición de Podemos, ha entregado a Rajoy no solo el gobierno de España sino también la cabeza de su propio secretario general y aspirante a presidente y, de regalo, una profesión de inconstitucionalidad en la persona de Adriana Lastra, quien ha afirmado abstenerse “por imperativo”. Y encima nos cambian la hora. Quién necesita Halloween. Continuar leyendo “Cambio de hora”

El cielo puede esperar

Supongo que soy de esos izquierdistas trasnochados que piensan que al PSOE, ni agua. Oigo PSOE y automáticamente pienso en el GAL, en la OTAN, en la reconversión industrial, en la Ley Corcuera, en la reforma del 135 CE, en la Ley de Partidos, en los insumisos presos, en los sindicalistas presos, en las puertas giratorias, en la religión en las escuelas, en la sumisión a la monarquía, y todo eso sin necesidad de prestar atención a Felipe González en su ultimísima faceta de capo di tutti capi. Lo confieso: yo soy el que aplaudió cuando Pablo Iglesias dijo aquello de la cal viva. Lo hice: aplaudí mentalmente y acto seguido me mandé a mí mismo al rincón de pensar. Continuar leyendo “El cielo puede esperar”

Cuando la tuna te dé serenata

La novela más desconcertante que he leído es Robinson Crusoe. Es sencillamente asombrosa: no solo es la historia de un tipo que se pasa veintiocho años completamente solo, sino que también, y muy especialmente, es la historia de un tipo que cree que contarnos con detalle lo que le sucedió durante esos veintiocho años es, por alguna razón, interesante y no solo eso, también divertido. Encima, logra que sea interesante y divertido y lo hace sin renunciar a su condición de solitario absoluto, esto es, incluso cuando tiene que narrar algún encuentro con otro ser humano, ya sea al final del libro o al principio, se las ingenia para hacerlo como si hablara solo. Es algo insólito. Mucho más insólito si observamos que, en una novela, el mejor procedimiento para perfilar la identidad de un personaje consiste en hacerlo contrastar con otros. El protagonista de una acción existe contra alguien, se va haciendo a medida que interactúa con aquellos a los que se opone: sin Creonte, Antígona sería una moralista insoportable, y los personajes de Dostoyevski nos darían bastante pena si no interactuasen unos con otros revelando, entre tanto, que son mucho más complejos de lo que parece haber creído su autor. En cambio, Robinson ¿contra quién existe? ¿Quién es su antagonista en esa isla desierta? Continuar leyendo “Cuando la tuna te dé serenata”

Actos de habla

La campaña electoral ya ha empezado. No, no la medianoche del jueves, sino hace más de un año, sin pausas pero con muchas prisas, como si el 20 de diciembre no hubiera elecciones sino apocalipsis. En las últimas semanas, desde que Rajoy hizo pública la fecha del fin de los tiempos, los actos electorales no han ganado ni en frecuencia ni en elegancia, aunque sí, hay que reconocerlo, en performatividad: como si los candidatos, o sus consejeros y asesores de imagen, buscasen la manera de saltarse el engorroso trámite del escrutinio y optasen por una aclamación mediática, no orientando el voto sino forzándolo, creando las condiciones de su inevitabilidad. Así se explica que al salir del plató digan cosas como “hoy nos hemos ganado a los mayores”, como si estos no tuvieran aún que votar dentro de dos semanas.

Es una concepción un tanto ingenua de la performatividad, como si uno creyera en cuentos de hadas y magos, de esos en los que uno dice “ábrete, Sésamo” y Sésamo se abre. A nuestra generación se lo enseñó Scooby Doo: cuando alguien hace magia y funciona, generalmente hay otro “alguien” en la sombra que acciona un prosaico mecanismo para que la puerta se abra. La política mediática no genera efectos inmediatos, solo permite que a través de ella actúe la mano invisible de la cooptación, y esta solo será eficaz si el espectáculo se pliega a unas convenciones.

La política convencional nos ha hecho rehenes de una democracia no ya solo representativa sino también delegativa, sustitucional: delegamos en nuestros representantes para que nos sustituyan, y los abucheamos o los jaleamos por las mismas razones que nos llevan a ser de un equipo de fútbol o de otro: porque no nos interesa ser delanteros ni porteros, sino solo espectadores. En ese sentido llevan razón quienes abominan del empeño de los candidatos a ser “como todo el mundo”: nadie quiere que los jugadores de su equipo sean unos mantas como él. Lo que ocurre es que no es eso lo que están representando, el papel de ciudadanos de a pie, de vecinos campechanos y afables, sino algo mucho más complejo, a saber: la esencia de la afabilidad, la vulgaridad extrema, la excelencia en el arte de ser ellos mismos. Puede que a algunos les salga mejor que a otros hacerse los simples, los ingenuos o los cínicos, pero a sus espectadores, de nuevo, lo que les importa es saber que en esas convenciones de la política son sin duda los mejores. O eso piensan, al menos, sus consejeros y asesores de imagen, convencidos de que no hay gran diferencia entre unas elecciones y una temporada de Gran Hermano, y de que de lo que se trata es de ser histriónico sin ser insultante, original sin llegar a excéntrico, agudo sin hacer gala de un ingenio humillante.

Quien haya seguido el debate entre Rivera, Sánchez e Iglesias organizado por el diario El País se habrá dado cuenta de que ninguno de los tres pasa el corte: uno por pueril, otro por envarado y el tercero por petulante. Rajoy ganó, no por no haber ido, sino porque les da sopas con honda a los tres en ese terreno: la velada romántica que compartió con Bertín Osborne fue el non plus ultra de la política espectáculo: previsible, bochornosa, en ocasiones delirante pero absolutamente convencional y, por tanto, eficaz. Y no obstante, sin pretenderlo, nos proporcionó unos minutos de alivio, no por la velada en sí, sino por su reflejo en las redes sociales: a medida que iban transcurriendo los minutos y se sucedían los chascarrillos, los dobles sentidos y los comentarios sexistas, Twitter iba dando cuenta de ellos puntualmente, en ocasiones glosándolos, aplaudiéndolos o denostándolos, y ese fue el verdadero acontecimiento informativo: no el hecho, sino sus interpretaciones, como si el pueblo, o lo que queda de él, se afanara en decorar con muestras de ingenio un árbol de Navidad tosco y previsible, de los que venden en el bazar chino de la esquina.

Algo así fue lo de hace cuatro años, el “no nos representan” tan coreado y vilipendiado como mal entendido: no se trataba de decirles que no eran como nosotros, que tenían que parecérsenos más, quitarse las corbatas y arremangarse, sino otra cosa: que ya era hora de erigir, frente a esa política de cartón piedra, una política no representativa, no delegativa, no sustitucional. Hacer política en lugar de contemplarla. Si el objetivo hubiera sido convertirnos en un club de primera división, con sus fichajes estrella, sus peñas de forofos y sus portadas en Marca, no habría merecido la pena.

Los indiferentes

Una persona va caminando tranquilamente y, de sópitu, cai-y un pianu na cabeza. La persona muerre. Los güesos del crániu nun soporten el trallazu. Dende’l puntu de vista médicu, da lo mesmo que’l pianu cayera por azar (porque rompiera la cuerda que lu tresportaba nuna mudanza, por exemplu) o pola voluntá de dalguién (hai asesinos ciertamente sofisticaos). El resultáu ye esactamente’l mesmu: muerte por contusión con pianu.

Los medios difunden estos díes les imáxenes de milenta persones intentando atopar abellugu n’Europa. Ún diría que los europeos que vemos eses imáxenes debiéremos reaccionar toos d’un xeitu asemeyáu, igual que díbemos reaccionar de la mesma manera si a caún de nós-y cayera un pianu na cabeza. Paecería lo esperable un común sentimientu d’empatía, simpatía o compasión (les diferencies de matiz ente esos tres términos vamos dexales pa otru momentu). Nostante, da a veces la impresión de que, nel intervalu fugaz que trescurre ente la percepción d’eses imáxenes y la respuesta emocional producida por estes, los seres humanos somos capaces d’activar asociaciones mentales que faen más o menos intensa esa respuesta: danos por pensar si eses persones serán musulmanes, si Europa va poder acoyer a tanta xente, si taremos siendo víctimes d’un complot mediáticu o si habrá intereses políticos que saquen rentabilidá de la nuesa indignación.

Cierto que los güesos del crániu y les conexones neuronales nun son elementos comparables: el güesu, pa romper, nun necesita analizar les condiciones en que’l pianu impactó contra él. Pero si en llugar d’un pianu ye una vara d’ablanar, de manera que’l verdiascazu manque ensin ser mortal, pue ocurrir que reaccionemos gritando, llorando, revolviéndonos contra l’agresor  o, tamién, quedando impasibles, sorriendo, aguantando’l dolor ensin mover un músculu. Tenemos capacidá pa reprimir ciertes reacciones, anque’l dolor lu sintamos lo mesmo.

Esta selmana circuló peles redes sociales una foto del presidente del gobiernu español xunto a un periodista radiofónicu, los dos sorrientes, mientres nel portátil del periodista se ve con claridá la fotografía del calabre d’Aylan, el nenu siriu qu’apaeció muertu na playa turca d’Ali Hoca Burnu. Podemos facer un esfuerzu (yo quiero facelu, polo menos) y pensar que’l presidente, que dende’l sitiu onde ta nun pue ver qué hai na pantalla del portátil, nun ye consciente del horror iconográficu en que ta participando. Yá resulta un poco más difícil, por nun dicir imposible, concede-y esi atenuante al periodista, que tien el portátil abiertu al par d’él, pero vamos intentalo, vamos facer por creer que llevaba un cachu ensin mirar pa la pantalla y nun yera tampoco consciente de tar participando nuna burlla macabra.

¿Llega la nuestra buena voluntá al estremu de suponer que tampoco’l fotógrafu se decató de lo que taba fotografiando? ¿Qué naide del personal del presidente revisó esa semeya enantes d’echala a andar pel mundu alantre? ¿Xente que paga cifres astronómiques a asesores d’imaxe y community managers dexaron pasar esa chapuza? Parafrasiando a Gila, ye demasiao suponer pa un adultu. En dalgún momentu tenemos que nos rendir a la evidencia de qu’hai ehí un elementu de provocación o d’indiferencia.

Ente lo uno y lo otro, qué más quixera ún que fuera una provocación, incluso que lo planificaren adréi: depués de too, si quixeron facer una gracia, dar que falar o escandalizar a dalguién, hai marxe pa figurase que, enantes d’esa decisión, hubo un momentu en que los dos reaccionaron con empatía, anque fuera namás qu’un instante fuxidizu. Peor ye, en cambiu, la sospecha de que foi simple indiferencia y esos dos personaxes son incapaces de conmovese énte un horror tan evidente. La sospecha de qu’en ciertos ambientes y con ciertes persones val lo mesmo un nenu muertu qu’un salvapantalles de Windows.

Fiesta de los maniquíes

El nuevo rey ha dado su primer pregón navideño. No hay mucho que decir al respecto, salvo alabar la diligencia del personal de la Zarzuela: a juzgar por la deslucida posición del cojín izquierdo del sofá, debió de costar lo suyo echar al perro que lo ocupaba justo antes de empezar a grabar. Es solo una conjetura, como casi cualquier cosa que pudiera uno escribir sobre tan apasionante tema. La semiótica monárquica nunca ha sido mi fuerte.

No menos opaco ha sido Mariano Rajoy en su correspondiente homilía. Como buen caballero español, ha rehusado hablar de mujeres en público, ni aun tratándose de mujeres como Cristina de Borbón o Esperanza Aguirre, y de hecho casi ha rehusado hablar también de hombres, pues lo que se dice hablar, ha hablado poco y, en cuanto a decir, ha dicho menos. Y eso que esta vez tocaba en acústico, sin plasma ni gaitas, como un profesional. Nunca sabremos lo que nos estamos perdiendo por culpa de no haber sintonizado correctamente la frecuencia de voz del presidente. Podremos vivir con ello.

Podremos vivir con casi nada, de hecho, a poco que nos lo propongamos o que se lo propongan quienes manejan los hilos de estos y otros títeres. Hace un año que vivimos sin Germán Coppini, por ejemplo, y aunque sigue siendo actual aquella “Fiesta de los maniquíes” que sonaba cuando algunos teníamos treinta años menos, también sabemos que a su autor ya lo había liquidado mucho antes la propia actualidad, la restauración cultural que acompañó a la restauración borbónica. ¿Fuimos cómplices de ese silencio? En cualquier caso, no parece que tengamos muchas ganas de seguir siéndolo. Al menos, desde que Juan Carlos I abdicó o fue abdicado, no nos han brotado muchas ansias de escuchar lo que tenga que decirnos el nuevo maniquí navideño.

Hubo más de un maniquí decorando nuestros miedos a lo largo de este 2014, no solo, aunque también, los del vídeo promocional de la canción de Nacho Vegas “Actores poco memorables” que mira tú por dónde, sin comerlo ni beberlo, e insisto en el “sin beberlo”, se nos ha colado en este artículo porque tal vez tenía que ser así, porque de actores poco memorables y de maniquíes sin memoria trata todo esto de hacer balance de un año impaciente. La paciencia se la dejamos, en cambio, a quienes saben que moler piedra es oficio de gigantes o cuestión de tiempo: a muchos de nosotros nos arrastra una urgencia que no sabemos cómo vestir, acostumbrados como estábamos a dejarnos llevar por la actualidad como marionetas sin seso.

Tal vez por ello nos cuesta, y mucho, aterrizar cada día en una actualidad que ya no es lo que era, que no parece dictada desde un despacho decorado como un plató de televisión o desde un plató de televisión decorado como un despacho. Tal vez por ello siempre nos costará hacernos a la idea de que, de tanto oír que nuestras vidas estaban escritas y decididas desde el mismísimo día en que se firmó la Constitución de 1978, tenemos que sacar el entusiasmo de debajo de las piedras y creérnoslo como no hemos creído en nada, o en casi nada, a cambio de recobrar lo que ni siquiera sabíamos que nos hubieran quitado. “No es lo que existe, sino lo que podría y debería existir, lo que necesita de nosotros”, escribió, en un día lúcido (no todos lo son), Cornelius Castoriadis. Puede que aún no sepamos para qué somos necesarios, ni a causa de qué, ni en qué condiciones. Pero lo que sí sabemos, con agobiante certeza, es el cuándo. Y ese cuando, maldita sea, es ahora.