Politainment

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.

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Ecualízame esto

Les elecciones que vienen van ser, según dicen, les definitives. Nun s’especifica en qué sentíu van ser definitives, pero caún supón el d’él y, de xuru, acertará. Na intimidá de les sos moliciones, Rajoy verá pasar tola so vida política per delantre, probablemente’l biopic más aburríu de ver si nun ye ún el protagonista, y sentirá, seique, que pue xugar una prórroga y, con un poco de suerte y otro poco d’abstención, nun pasar a penaltis. Pa Pedro Sánchez y Albert Rivera ye, a priori, una mala noticia, porque van tener que pasar fuera de la caxa más tiempu del previstu y eso a nengún xuguete-y sienta bien, cuantimás si la so finalidá ye facer guapo nel armariu d’un coleccionista. IU y Podemos, bien, en xeneral. La familia bien tamién. El tiempu, regular. Continuar leyendo “Ecualízame esto”

Estilos de dicción

Por momentos no tengo muy claro que la mejor idea para seleccionar a los representantes del pueblo sea el sufragio universal. Cierto que no hay un sistema mejor, salvo el sorteo (soy un firme partidario del sorteo, dicho sea entre paréntesis pero completamente en serio, aunque ahora no venga a cuento); sin embargo, creo observar una cierta discordancia entre los procedimientos de elección de cargos públicos y el aparato propagandístico que estos últimos utilizan para hacerse los elegibles. Así, es un tanto absurdo que desconozcamos los méritos por los cuales un individuo va a ser nombrado director general o ministro de algo (y que, incluso conociéndolos, no podamos pronunciarnos al respecto), mientras que aquellas personas que se postulan para diputados y diputadas llegan a sernos inverosímilmente familiares, como si importara la formación o la trayectoria profesional de unos representantes que, para serlo, deberían esforzarse precisamente en lo contrario, en ser menos ellos mismos y ser más los demás. Pero así son las cosas, y no parece que podamos hacer mucho por evitar, a corto plazo, que todo dios se siga liando con los límites entre el poder legislativo y el ejecutivo, empezando por quienes ejercen uno u otro (del poder judicial, mejor ni hablamos: me gustaría acabar este artículo sin abusar de los exabruptos y de los paréntesis, aunque ya sea un poco tarde para lo segundo). Continuar leyendo “Estilos de dicción”

Cómo reaccionar como dios manda ante un atentado islamista

¿Aún no ha dicho usted la última palabra sobre los atentados de Bruselas, o sobre el islamismo, o sobre la islamofobia, o sobre el capitalismo global, o sobre todo ello a la vez? ¿Y a qué espera? La ocasión la pintan calva, barbuda y con turbante. Desaprovéchela y venga luego a reclamar sus cinco minutos de homilía en la próxima cena familiar: de eso nada, la condición de todólogo hay que currársela, de lo contrario cualquiera puede alzarse con el título y dejarle a usted en un humillante segundo puesto. Cierto, eso que siente ahí, a la altura del diafragma, se parece mucho al remordimiento: desearía usted haber leído más, o haber leído algo, sobre yihadismo, sobre Siria, sobre Frontex, sobre Erdogan, pero quién puede predecir por dónde va a salir la actualidad candente, recuerde Ucrania, cuando todo el mundo tenía que decir algo sobre Ucrania y nadie sabía qué, cómo, dónde.

Sobre todo, apresúrese a condenar, sin tapujos ni matices. Sea rotundo: a estas alturas debería usted saber que, en materia de condenas, mejor pasarse que quedarse corto, y aun así alguien se las apañará para reprocharle tibieza, ambigüedad, afán de hacer tortilla sin romper huevos. Sea rotundo, he dicho, y golpee el primero y con saña. Si no está dispuesto a hacerlo, asegúrese de contar con un buen puñado de fieles y sea rotundo en la no condena, aproveche la ocasión para deconstruir o sencillamente destruir un par de convenciones o tres, no hace daño a nadie, casi nadie se entera y queda bien en los periódicos de pequeña tirada. Sobre todo, insisto, nada de Condenar Pero: se meterá usted en discusiones que no desea, le costará hacerse oír, pasará por tirio con los troyanos y por troyano con los tirios y, lo que es peor, caerá en la cuenta de que nadie tiene la menor idea de quiénes fueron los tirios, ni usted tampoco.

Si me ha hecho usted caso y ha condenado sin melindres ni aspavientos el terrorismo en todas sus formas, añada los anexos que le convengan según el caso. Si se dedica usted a la política, ya sea usted portavoz parlamentario o secretario general de algún micropartido o agrupación de electores en alguna remota pedanía, póngase a disposición del gobierno y las fuerzas de seguridad del Estado para lo que haga falta: nadie va a preguntarle exactamente qué podría hacer usted para ayudar en la lucha contra el terrorismo, de hecho es más que probable que nadie le tome en serio, pero por si acaso. Asegúrese bien de que su ofrecimiento salpica a algún oponente. Si ha hecho bien los deberes, seguro que encuentra a alguno que una vez estuvo de vacaciones en Túnez o en Bidart, todo vale. Si no se dedica a la política, expláyese: la culpa es de los políticos, de todos, y si de usted dependiera ya habría solucionado el problema. Muy importante: no se empeñe en explicar cuál es, a su juicio, el problema, déjelo así, de ese modo la solución será plausible por sí sola. No lo estropee: recuerde que la imaginación ajena es el mejor aliado de las mentes poco imaginativas.

¿Ya se ha hecho un hueco en la conversación? ¿Ya ha pergeñado un par de tuits o, en su defecto, alguna lapidaria frase en su grupo favorito de Telegram o Whatsapp? ¿Ya ha actualizado su estado en Facebook y cosechado los previsibles likes? ¿Ya ha apabullado a sus compañeros de trabajo con su delicada exégesis de la situación? Enhorabuena: lo peor ya ha pasado. Ahora viene el momento divertido: la interacción. Por lo que veo, aún no se ha provisto usted del indispensable catálogo de interlocutores plastas, aquellos que debe usted evitar si quiere hacer carrera. Es imperdonable, así nunca llegará usted muy lejos. Memorice al menos los siguientes estereotipos y úselos con discreción pero a discreción. No se arrepentirá.

Tenemos, en primer lugar, al islamófobo convicto y confeso, tradicional o ilustrado. Al islamófobo tradicional le reconocerá usted fácilmente: no sabe pronunciar “islam”, prefiere el genérico “moros” y, más concretamente, el no menos genérico pero mucho más descriptivo “putos moros”. El islamófobo ilustrado, no obstante, hace gala de una paleta más compleja de adjetivos, sabe a grandes rasgos qué es el yihadismo y puede que hasta el salafismo y el wahabismo, incluso hay alguno que sabe decir “muyaidín” sin escupir; ha leído a Houellebecq o al menos le suena, y es un paladín de las libertades femeninas, salvo que hablemos de mujeres con hiyab; está suscrito a Mongolia desde el atentado contra Charlie Hebdo. La diferencia entre uno y otro tipo de islamófobo depende de las ganas que tenga usted de perder el tiempo: con el primero se pasa el trago fácilmente, es parco en palabras y, por regla general, de temperamento colérico, de modo que la cruzada le durará hasta que alguien cambie de tema o hasta que se acabe el pacharán; en cambio, el islamófobo ilustrado puede ser un problema si no es usted uno de ellos: su islamofobia es estructural y de largo recorrido; la discusión, si se produce, puede durar semanas.

En el otro extremo del espectro campa por sus respetos el rojo de toda la vida, del que también cabe encontrar dos ramas o facciones, lo que, para tratarse de un grupúsculo de izquierdas, es todo un mérito (lo normal es que haya veinticuatro o veinticinco). Por un lado, el Rojo De Toda la Vida Pero Compasivo es, hay que reconocerlo, un tipo dialogante, incluso demasiado dialogante; es fácil empatizar con él, a poco humano que sea uno; es de condena rápida (de la violencia en todas sus formas) y de soluciones lentas (la educación para la tolerancia suele ser su receta para todo). Por otro lado, el Rojo De Toda La Vida Y Hasta La Victoria Siempre, aunque tenga sus ramalazos compasivos, hará todo lo posible por enterrarlos bajo una capa de resentimiento global y soluciones draconianas. No gaste saliva con este último: cualquier término que usted saque a relucir se diluirá como un azucarillo en agua, ya sea “terrorismo” (qué habrá más terrorista que la OTAN salvo ese oscuro ex compañero de fatigas del Rojo De Toda La Vida Y Hasta La Victoria Siempre que un día justificó los bombardeos de Libia: ese es el verdadero terrorista), ya sea “derecho internacional” (una broma del capitalismo) o “fanatismo religioso” (la religión del dinero, etcétera). No le pierda de vista. Si ve que empieza a tratar al terrorista suicida como a un mártir anticapitalista, aléjese: el universo podría implosionar por anemia de sentido común.

Están en tercer lugar los (previsiblemente pocos) musulmanes con quienes pueda o se atreva a hablar de estas cuestiones. Un islamófobo ilustrado le diría que tenga usted cuidado: es costumbre musulmana practicar la taqiyya, el disimulo de las propias convicciones ante los infieles. Un Rojo De Toda La Vida Pero Compasivo le replicaría que, en materia de simulaciones, tampoco es que los firmantes de pactos antiyihadistas lo hagan mal del todo.

Nos quedan, por último, los niños. Déjeme que le diga una cosa, solo una, sobre los niños: no los meta usted en esto. No necesitan su opinión, ni su odio religioso ni su humanitarismo global, ni su tendencia a los matices ni su afición a la truculencia. Los niños ya saben que el que mata se llama asesino y el que es asesinado, víctima. No los confunda, no les riegue los oídos con clichés. Si lo deja estar, cuando crezcan sabrán perfectamente distinguir a un asesino de una víctima sin importarles que el primero mate en nombre de Alá o de la UE o que la víctima lo sea del DAESH o de los guardacostas turcos o de ambos verdugos a la vez.

Venga, campeón, al lío. Verá qué fácil.

 

Los que tienen que sirvir

Hailos que nun necesiten nenguna reforma del Códigu Penal, qu’ellos solos se tapen la boca o, como muncho, namás la abren pa facer piña cola oligarquía. Pa facer esa piña namás que necesiten una cuenta en Twitter y restolar a la busca d’elementos como esi tal Xandru Fernández qu’escribió, mira tu pa él, “oligarquía”, juas juas, emoticón partiéndose la caxa. Refiérome a xente que tien la suerte de contar con un detector de términos potencialmente risibles, ente ellos “oligarquía”, pero tamién “pueblu”, “clase obrera”, “llucha de clases” o cualquier espresión que suene un poco a manual de Marta Harnecker. Nengún d’esos creadores d’opinión, o alpenes un puñadín d’ellos, lleó nada de Marta Harnecker, pero alimentáronse colos prexuicios de mentores que sí la lleeron, munchos d’ellos con devoción incluso, enantes del previsible desencantu.

Periodistes, escritores y profesores, por mencionar namás que tres profesiones difuses y confuses del gremiu de trabayadores de la ideoloxía, furrulen, igual que los demás mortales, d’alcuerdu con unes pautes culturales y biolóxiques y mui davezu como partes indistinguibles d’un cuerpu colectivu. Asina, nun ye nengún secretu qu’una parte d’esa colectividá, la parte de mayor edá y esperiencia, militó formal o informalmente na esquierda política nos años sesenta y setenta p’arrenegar, en llegando al poder el PSOE, d’aquellos compromisos históricos de la so mocedá. A eses persones quedó-yos un bagaxe cultural y políticu que, con rancura o ensin ella, lexitímalos pa usar y criticar con propiedá un discursu que, les más de les veces, intenten ridiculizar como si fuere una llocura xuvenil tan difícil de reivindicar como los discos de Cecilia. Tán depués los fíos o hermanos pequeños d’esa xeneración, los que llegaron (lleguemos) a l’arena política cuando’l referéndum de la OTAN, más o menos, y que, anque tuvieren (tuviéremos) tamién les sos ortodoxes, acusaron recibu d’esi desencantu ayenu y entamaron la so propia trayectoria a partir d’esi desencantu y envolubraos de cinismu preventivu. Queden, finalmente, los que saltaron a l’adolescencia na época de les Mama Chicho, una xeneración post soviética a la que yo personalmente tiendo a supone-y cierta claridá na mirada y munchos menos prexuicios llingüísticos.

Por eso nun dexa d’asombrame la ductilidá con que dellos presuntos progresistes s’amolden a conductes que pa mi, que-yos saco a lo menos un deceniu, abúltenme mayuques por nun dicir que pura antigualla. Esti últimu añu ta sacando lo meyor y más vergonzoso d’esi colectivu amigu d’identificase con cantautores con canes y piscina privada qu’amiren pa la escena política con güeyos avieyaos y chistes que yá yeren malos na época de los cineclubs. La simple convocatoria d’un referéndum nun llugar tan distante como Grecia enllénalos d’una soberbia que pa él la quixera Joaquín Leguina. Faltos de les llectures de los sos guíes espirituales, nin siquiera-yos algama’l xuiciu pa ver nellos mesmos la ilustración viviente d’una hexemonía cultural agonizante. Nada que nun podamos atopar n’otros sectores de la nuestra sociedá, pero que nesti casu, al tratase de xente que contribúi al desenvolvimientu públicu d’una determinada ideoloxía, choca y da repilu poles mesmes razones poles que choca y da repilu ver a dalguién que quier borrar una pizarra con un borrador llenu de tiza: la única esplicación pa esa conducta irracional ye qu’esi suxetu nun quier borrar sinón facer como que borra, nun quier sirvir sinón mostrase servil. Cronistes d’un tiempu nuevu que se vuelven la encarnación periodística d’aquel personaxe de Atraco a las tres: “Fernando Galindo, un admirador, un esclavo, un amigo, un siervo”.

Derecha de punta fina

Cuando la realidá se pon difícil d’entender, siempre ye útil encomendase a Forocoches. Sobre Ciudadanos atopa ún discusiones interesantes nesa nueva Atenes de la cibernética, y nun lo digo con retranca: hailes muncho más interesantes que na mayor parte de los foros de discusión onde pue ún participar ensin pagar matrícula (y hasta pagándola). Yo atopé, ente otres coses, una comparativa escelente y pertrabayada de los programes electorales de Ciudadanos y Podemos. La única tacha ye que Podemos nun tien tovía un programa electoral stricto sensu, pero sacante eso la comparativa prometía discusiones de nivel, vete a saber de qué nivel. Solo por aciu d’esa asimetría yá ganaba Ciudadanos na comparanza: de Podemos esbillárense solo les midíes más xenériques que perfilara esti partíu pa les elecciones europees, mientres que les propuestes de Ciudadanos taben actualizaes al día del post, tabulaes y numberaes. Quedaba too mui guapo. Y lo mesmo que pasaba con UPyD cuando UPyD importaba dalgo, munches d’eses midíes, bien vistíes, pintaben absolutamente defendibles. La mayor parte d’elles yeren (son) un despropósitu absolutu, pero tanto rellucíen que paecíen, cuando menos, escandinaves. Esperaba ún atopar de siguío un volume bien grande de manifestaciones de foreros posicionándose a favor de, por exemplu, la investigación médica d’enfermedaes rares, el fomentu del software llibre nes escueles o l’accesu gratuitu a los museos, midíes bien razonables y que, per otra parte, yá incluyía Izquierda Unida nel so programa en 2011. Nostante, nun me sorprendió gota que la mayoría de los comentarios s’interesaren por otru tipu de propuestes, a saber: les rellacionaes cola inmigración y los nacionalismos.

Un tema recurrente nes tertulies polítiques españoles ye l’ausencia (n’España) d’una derecha civilizada al estilu de la derecha “europea”. Cuando se diz esto, polo xeneral, naide nun ta pensando na derecha húngara, sinón más bien na francesa, y piénsase más bien nuna derecha tipu De Gaulle o Chirac, y non tanto en Maurras o Le Pen. Mientres la gran esperanza de civilizar a les dereches hispániques foi Alberto Ruiz Gallardón, alentóse nos medios la creyencia de que nel PP, como en San Agustín, habitaben dos almes, una franquista, tradicionalista y de les JONS, y otra demócrata, lliberal y europeísta. Esi mitu funcionó hasta que foi público y notorio que tamién Gallardón gastaba alzacuellos: d’otra manera nun s’esplica qu’UPyD nun perpasara al PP yá nes elecciones de 2011. Sicasí, nun hai que desdexar, como factor mui influyente nel fracasu del partíu de Rosa Díez, qu’a fuerza de defender la desapaición de les fronteres interiores dexaron abandonada la defensa de les fronteres esteriores. Que ye xusto lo que Ciudadanos ximielga como reclamu, amás d’una xenérica apelación a la rexeneración democrática que, n’España, ye tan nuevo y atrevío como reivindicar la Dama d’Elche.

Si Ciudadanos llega a tener más ésitu qu’UPyD, cosa que ta por demostrar, obtendráse pol mesmu preciu la constatación de qu’esi desiderátum d’una parte de les clases altes españoles, a saber, un partíu de dereches que nun paeza escesivamente antediluvianu, ye tanta quimera n’España como en Francia o n’Hungría: nengún proyectu qu’atente contra los intereses de les clases populares pue tener nengún ésitu a nun ser que xorrasque lo más inflamable de les pasiones sociales, yá seyan estes relixoses, identitaries o xenófobes. Lo que de momentu diferencia a Ciudadanos del PP ye qu’a los primeros nun se-yos ve la sotana. Pa tolo demás, la diferencia ye tan simple como que’l BIC naranxa escribe fino y el BIC cristal escribe normal.

Cincuenta sombras de Monedero

Creo que no me convencen las explicaciones de Juan Carlos Monedero sobre sus intimidades fiscales y financieras. Les encuentro un defecto muy difícil de corregir, a saber: que aún no entiendo qué debe ser objeto de explicación y/o justificación. Me pasa aquí lo mismo que cuando Pablo Iglesias salió disculpándose por llamar lumpen al lumpen: no era necesario.

O tal vez sí, aunque lo necesario no tenga por qué ser eficaz, ni siquiera lo más aconsejable. Monedero podría haber seguido a lo suyo, sin hacer el menor caso de las portadas de El Mundo, y esperar pacientemente a que la radiación gamma alcanzase niveles tolerables para el debate político. En lugar de eso, ha preferido salir a la palestra con un puñado de informes para demostrar lo que nadie, salvo un juez, podría exigirle. Hay quien aplaude el ejercicio de transparencia que ha practicado, pero no es mi caso: no hay transparencia ninguna en sumar más ruido al ruido, y un aluvión de términos legales, cruces de fechas, fotocopias de facturas y declaraciones de expertos es, según mi nada modesto punto de vista, un montón de ruido, y no precisamente de fondo.

¿Qué gana Monedero con todo esto? ¿Obedece esa estrategia comunicativa a algún tipo de intento de ocupar la centralidad del tablero? Si es así, forzoso es reconocer que el tablero en cuestión es un tablero de damas y poca cosa más. Monedero no necesita enseñar ninguna factura porque todo el mundo sabe que no se está cuestionando su honradez fiscal (en el supuesto de que uno pudiera ser honrado con el fisco). Tampoco se está discutiendo su vinculación con los demonios bolivarianos, pues esa vinculación está perfectamente clara para sus detractores y, en cuanto a los demás, el argumento nos suena un poco a “agentes de Moscú”, “contubernio judeo-masónico internacional”, “eje del mal” y cosas parecidas. No: lo que cierta prensa ha tratado de cuestionar es el derecho de Monedero a su propio discurso. “Está forrado”, es lo que llevan varias semanas diciendo. Monedero es casta porque cobró un potosí por algo que cualquier duque de Palma haría gratis e incluso pagando, como es bien sabido. La centralidad del tablero de damas: todo por la pasta.

Desde hace meses, buena parte de la estrategia del gobierno y de los partidos afectos al régimen del 78 ha consistido en tratar de relacionar a Podemos con aquello que Podemos combate o, al menos, con aquello que combaten los simpatizantes de Podemos. Con poco éxito, a juzgar por las encuestas. El caso Monedero prometía, pero parece haber entrado en vía muerta. Cierto que ha reforzado el compromiso anti-Podemos de algunos sectores, pero la sensación que uno tiene es que se está repitiendo demasiado la misma serenata. Y la repetición, en un contexto como este, no solo no asienta el mensaje que se pretende transmitir, sino que lo neutraliza. Puesto que el gobierno se está esforzando lo suyo en tratar a Podemos como trataría a Batasuna, la única noticia en portada que podría servir a sus intereses sería la de la cúpula de Somosaguas esposada, con las caras pegadas al suelo, delante de una ikurriña. Puesto que El País se empeña en tratar a Podemos como trataría, trató y trata a Fidel Castro o a Maduro, la única fotografía de Monedero que le sería útil incluiría algún tipo de chándal de colores llamativos. Puesto que El Mundo… En fin, a El Mundo le serviría cualquier cosa.

Sugerir que Monedero está forrándose a costa de denunciar a los que ya están forrados: no puede ser esa la única arma de un régimen que, por muy rápido que se esté descomponiendo, había logrado salvar la cara ante la historia, a pesar de sus sombras y sus contraluces. Es un consuelo saber que, a cambio de esa torpeza, lo que han obtenido los trompeteros del régimen es una comparecencia pública de Monedero haciendo lo que hace la gente poderosa: hablar en público de sus asuntos privados. Hasta ahora lo habíamos visto en platós de televisión, en mítines o en ruedas de prensa donde comparecía no para hablar de sí mismo sino para representar a un partido. Faltaba ese ingrediente que adorna a todo personaje público con capacidad para crear estados de opinión: faltaba el momento psicopornográfico, el tránsito del nosotros al yo, la apoteosis. Los chicos de Montoro han vuelto a hacer lo que tan bien se les da: meter la pata. Querían convertir a Monedero en uno de los suyos y lo han conseguido: le han transferido cincuenta toneladas de sex appeal.

Grita tiburón

Ye un pozu de sabiduría l’alcalde d’Amity, la ciudá turística onde se desarrolla’l Tiburón de Steven Spielberg. Obsesionáu por abrir les playes el 4 de xunetu, fiesta nacional, l’alcalde fai tolo posible por esconder o maquillar qu’hai una amenaza bien grave pa los bañistes. La so posición esprésala perfecto cuando-y diz al xefe Brody: “Grites ‘barracuda’ y tol mundu diz: ‘Bueno, ¿y qué?’. Pero grites ‘tiburón’ y alón la temporada de branu”.

Hai unes selmanes, supimos pola prensa que David González Medina, actual presidente del PP xixonés (daquella solo aspirante), fuera condenáu por tráficu de hachís y sancionáu por consumu y tenencia de cocaína. Soi de los qu’esi día, lleendo’l periódicu, pensó: “Bueno, ¿y qué?”. Pero de sobra sabemos que munchos llectores (nun voi dicir si la mayoría o non) entendieron claramente: “Tiburón”.

Esta selmana, foi Íñigo Errejón el que saltó a la paliestra por tener un contratu cola universidá de Málaga que, según dellos medios de comunicación, son incompatibles cola so actividá en Podemos. El tiburón nesti casu yera d’otru xeitu, pero igual de peligrosu pa los bañistes: si a González Medina-y gritaron “drogadictu”, a Errejón gritáron-y “intelectual”, cosa que n’España ye guañu de llevantos y motivu de conflictos. Faltó-y tiempu a la presidenta andaluza, Susana Díaz, pa pidir una investigación de los fechos, conducta exemplar que podía ser muncho más exemplar si nun fuera pol so calter excepcional. Nun perdamos la esperanza en qu’esi celu se xeneralice y dalgún día s’aplique tamién a otres persones menos comprometíes con alternatives de gobiernu.

L’argumentu ad hominem ye un recursu retóricu mui venerable y, contra lo qu’a veces se diz, mui lexítimu. Aristóteles, nos Tópicos, deféndelu como estratexa pa poner en cuestión al oponente que, nuna disputa, contravién les regles del diálogu, xugando con dos baraxes a la vez. Si yo mantengo, por exemplu, qu’hai que reducir el gastu militar y a continuación argumento a favor d’aumentar el presupuestu del exércitu, ye lexítimo que’l mio oponente me llame al orde por tar contraviniendo les mios propies premises y faciendo imposible que discutamos de manera ordenada.

Agora bien, usar l’argumentu ad hominem como recursu únicu y convertilu, amás, n’ataque frontal contra la integridá d’un adversariu, nun ye solo contrario a les regles elementales del debate racional, sinón que tamién ye un signu de qu’en realidá nun se quier debatir nada. Trátase solo de poner el focu nel adversariu, non nes sos propuestes, como si estes pasaren a un segundu planu al gritar “tiburón”: lo importante ye que cunda’l pánicu.

Hai ente les elites polítiques un nerviosismu xustificáu y comprensible: per vez primera en munchos años, los sillones tiemblen embaxo les ñalgues y más d’ún va tener que pensar n’atopar un trabayu pal que tea medianamente cualificáu. D’esi xeitu, compréndese que tiren d’artillería y empiecen a atropar información como’l qu’atropa munición pa defender un blocao. Ye comprensible, sí, pero una torpeza mayúscula, non solo poles intenciones que delata, sinón tamién por da-y al adversariu la oportunidá de contraatacar coles mesmes armes. Los miembros d’eses elites, o a lo menos los sos asesores, munchos d’ellos pagaos con perres publiques, debieren saber que nesi xuegu lleven les de perder, y que nun ye buena receta amenazar con un palu al que tien contra ti un misil tierra-aire. Pa que depués pidan concreción y propuestes programátiques: tán encerrizaos en defender les sos posiciones apelando a les pasiones y al enfadu ciudadanu, y lo que nun ven ye que la mayoría, cuando ellos griten “tiburón”, lo que ve ye a un tiburón gritando “barracuda”.

Tres mieos mediáticos

Atendiendo pa lo que nos dicen dellos medios mui influyentes, hai bien de razones pa tener mieu: una fola de populismu amenaza con estrizar la democracia modélica que los españoles se dieron en 1978 llibremente y ensin presiones de nengún tipu. Esi populismu, afaláu y hai quien diz que sufragáu por potencies estranxeres, métese pelos televisores y los portátiles, remanez de los teléfonos móviles y les tabletes y, parafrasiando al inolvidable sheriff de Primera plana, yá ta empezando a royer la bandera rojigualda. Por si fuera poco, esos mesmos medios descúbrennos la presencia, ente nós, d’anarquistes infiltraos (qu’a la fuerza tienen que ser violentos, nun se sabe si por anarquistes o por infiltraos) y alértennos del sempiternu peligru de que rompa España, nun seya que de tanto tremecer de populismu y anarquismu perdamos el vezu d’asustanos polo de siempre: pola balcanización inevitable.

La estratexa del mieu abarca asina los tres tiempos verbales: el pasáu, el presente y el futuru. El presente, cómo non, ye un presente eternu, porque eternes son les esencies, y nun digamos yá les nacionales: cuando ún naz y vive dientro d’una esencia nacional destinada a permanecer pa siempre enxamás, a la fuerza tien que s’asustar énte la perspectiva de qu’esa eternidá nun seya tal y s’esmigaye de la nueche a la mañana esi solar esencial de la España metafísica. Por eso esi mieu nun va abandonar los nuesos corazones, solo qu’agora va tener que convivir con dos xenialidaes auténtiques: la resurrección d’una caricatura (l’anarquista escalforiáu con bomba y antifaz, el Mateo Morral de la Segunda Restauración Borbónica, l’hipotéticu Luigi Lucheni d’una igual d’hipotética Sissi Ortiz) y la construcción d’un nuevu demoniu de maneres posmodernes (el líder encoletáu que pretende sustituir los engranaxes institucionales por una aclamación acrítica y pasional más propia de xentecaya que de ciudadanos responsables). Como’l mieu ye selectivu, habrá quien seya más receptivu a la novedá populista qu’al cocu ácrata de tola vida, pero por si acasu ehí sigue’l Que Se Rompe España como alvertencia infalible por si fallen les otres dos.

Seya como quier, poca efectividá pue tener la pantasma del anarquismu nuna época na qu’alpenes s’estudia historia y onde, amás, los mesmos aparatos ideolóxicos qu’agora la saquen a rellucir lleven años emponderando a los anarquistes como románticos lluchadores pola llibertá frente al cocu comunista, soviéticu y totalitariu. Tocante al llamáu populismu mediáticu, va costar imponelu como enemigu terrible cuando la mayoría de los medios faen tolo posible por aprovechase d’él pa vender noticies y cuando, per otra parte, hasta’l PSOE ta empezando a copiar les sos maneres (tanto ye asina, que les primaries socialistes nun va ganales el candidatu con más avales, sinón el candidatu con menos centímetros de tiru nos pantalones: cuanto más altu’l tiru, más perteneces a la casta, y a ver ónde va Pérez Tapias con esi estilismu ochenteru).

En tiempos de tribulación, meyor nun facer mudanza, dicía’l santu de Loyola, y asina ye que, puestos a difundir pánicos, el de la balcanización siga siendo un caballu ganador. Sicasí, nun ye seguro que’l común se decante pola España eterna frente a esa especie de Yugoslavia automontable que prefiguren ciertos medios, y en cualquier casu, con esti telón de fondu d’aforamientos reales y europensionaos con SICAV incrustada, tampoco paez mui temible la tarrecida balcanización, cuantimás si la única alternativa ye esa vulcanización constante de derechos, llibertaes y condiciones d’esistencia que los medios escuenden pero’l públicu esperimenta día a día.

Javier Cercas o la retórica de servicios prestados

“Lo primero que debemos recordar es que Franco no fue un político lanzado a la lucha por el Poder; fue un soldado a quien la Historia puso al frente de su Patria cuando ésta se vio irremediablemente arrastrada a una guerra civil. El General Franco intentó evitar aquella guerra; pero, una vez desatada, asumió su dirección e hizo cuanto estuvo en sus manos –y en ellas pusimos nuestra confianza– para conducirla a la victoria”.

Así glosaba Alfonso García Valdecasas en el diario ABC la figura del dictador. Era el 22 de noviembre de 1975, justo el mismo día en que Juan Carlos I era coronado rey de España.

francohamuertoLas loas a Franco, fúnebres o no, son en sí mismas todo un subgénero literario, y hasta una parafilia. Pocas superan los arrebatos neuroépicos de Ernesto Giménez Caballero (“De paso lento y firme, de entrañas implacables y de rostro impasible. Tipo cesáreo, que no vaciló en la guerra. No ha vacilado en la paz –ni vacilará en lo que viene– caiga quien caiga. Sereno, impávido; broncíneo –ese hombre misterioso que casi nadie conoce bien de cerca, pero que todo un pueblo presiente alucinado que le lleva a una gloria cierta y mayor que las pasadas”). Pero son mucho más sintomáticas y elocuentes las comparativamente más discretas palabras de García Valdecasas, cofundador de la Falange (se dice que fue él quien le dio el nombre) y converso a la causa de Juan de Borbón aunque con la boca pequeña: definen ostensivamente la retórica de servicios prestados que tanto se lleva en bodas, funerales y abdicaciones, y de la cual estamos últimamente bien servidos.

Son textos que guiñan constantemente un ojo y lanzan señales solo para iniciados. Aquellos que comprenden las reglas no escritas de la tribu, descodifican automáticamente esas señales y tienden a valorarlas en consonancia con su particular sistema de creencias, mientras que los observadores externos, por muy avisados que estén de las peculiaridades del grupo y su lenguaje, no pueden evitar una sensación de extrañeza y hasta de cierta vergüenza ajena que puede resolverse en risita involuntaria o en carcajada despectiva, dependiendo de lo que a uno le importe herir los sentimientos de la tribu. Es lo que nos ocurre a menudo a los adultos con los sistemas de signos de los niños o de los adolescentes: no podemos evitar una sonrisa o una burla, aun siendo conscientes de que, a su edad, también nosotros participábamos de un código similar, que nos parecía tan sólido e incontrovertible como nuestra propia superioridad moral sobre el mundo adulto.

Es evidente que se trata de textos hagiográficos: cumplen, como las vidas de los santos, una función evangelizadora, tratan de ilustrar al que no sabe pero, al mismo tiempo, dan por sentado que es casi imposible no saber lo sabido: las virtudes del santo son indiscutibles, forman parte de un relato que todo el mundo conoce salvo el que por vicio o ignorancia (suponiendo que sean cosas diferentes) se sitúa al margen del consenso. En ellos la exageración es norma, pero no menos normal es la falsificación del pasado, más propia del relato de aventuras que de la historiografía. La épica del sacrificio es una constante. También lo es el optimismo histórico, la constatación triunfal de que, si este es el mejor de los mundos posibles, lo es gracias a los sacrificios del sufrido protagonista.

La abdicación del rey Juan Carlos I ha inundado los medios de hagiografías similares. Esa sobreabundancia no es casual, ni obedece a una demanda ciudadana de poesía laudatoria. Antes bien, es inducida por el propio sistema de reparto de poder que se beneficia de ella. No trata de elevar a los altares a un aspirante a la gloria, sino de mantener en ellos a una figura discutida o en trance de serlo en un momento tan crítico como un fallecimiento: una abdicación. Las páginas del diario El País están repletas de textos de ese tipo. Pocos tan elocuentes como el firmado por Javier Cercas con el título “Sin el Rey no habría democracia”.

Gran parte de la carrera literaria de Javier Cercas hunde sus raíces en la poética de la transición. Sus dos mayores éxitos, Soldados de Salamina y Anatomía de un instante, vienen a ser los Argonath entre los que discurre el relato oficial de nuestra historia reciente: el primero profundiza en la herida mítica, hesiódica, que creó nuestro presente (la guerra entre hermanos que propició rencores y venganzas y que no se cierra ni debe cerrarse porque eso solo podría hacerse a condición de abandonar la equidistancia y romper el equilibrio de la corresponsabilidad de ambos bandos) y el segundo reconstruye el sacrificio lustral, homérico, que inauguró nuestro futuro (el del rey, naturalmente, alzándose en la noche del 23F como un titán brumoso pero inalcanzable, frente a la mediocridad no menos ejemplar de Adolfo Suárez, espejo donde mirarse el español honrado). La suya es, por tanto, una voz autorizada, la más indicada para glosar la figura del rey recién abdicado, trasfundir sangre nueva al relato de sus tribulaciones y conjurar los peligros del tiempo que se abre tras la abdicación.

Argonath1“Sin el Rey no habría democracia” reúne, desde su título, todos los elementos distintivos de esa retórica de servicios prestados. Se trata de un texto cuya comprensión requiere haber vivido en España durante un par de décadas al menos, o haber estado en contacto con alguien que tuviera esa experiencia, o haber sido, en resumen, socializado a la española: requiere pertenecer a la tribu. Un observador externo, un etnógrafo o un periodista extranjero sin demasiada formación en los asuntos domésticos del reino de España, tal vez tendría dificultades para desentrañar qué quiere decir Cercas con que “sin el Rey, quizá no hubiera habido democracia, o no la hubiera habido tal y como la conocemos, o hubiera tardado años en llegar” [las cursivas son mías]; desde luego, le habría costado tanto como a cualquier español averiguar cómo se llega, desde esa ambigua descripción de las aportaciones juancarlistas a la democracia indefinida, al enunciado taxativo que da título al artículo. Claro que el lector español, o el iniciado en la españolidad transicional, comparte muy probablemente la adhesión de Cercas al relato fundacional de la democracia española, de modo que no necesitará explicaciones supletorias. Salvo que sea muy rojo o muy mal patriota o catalán perdido, el pobre. O demasiado joven. O bien un “memo”, o un “hipócrita”, o un “loco”.

Al lector no iniciado podría resultarle extraño que la pasión hagiográfica de Cercas no remita aquí a hecho alguno, ni a talento alguno, ni a ninguna hazaña especial. Eso es porque es hagiográfica, ni más ni menos, ya que la retórica de servicios prestados trata de santos, no de héroes: el héroe hace cosas, pero el santo, en el fondo, lo es por la gracia de Dios (por esa misma gracia era Franco caudillo de España), de modo que no le es indispensable hacer cosas, solo padecerlas (como los mártires), ni tener talento alguno, solo ser elegido, o ser muy simple (o tener mucha paciencia). Al rey no se le atribuye ninguna cualidad de origen humano: todos sus esfuerzos, todos sus sacrificios, todos sus méritos, tienen su explicación en el universal, no en el individuo: se explican por su condición de rey, son simples prolongaciones de su majestad real. Así, si el rey paró el golpe del 23F porque solo él podía hacerlo, y solo él podía hacerlo porque solo él era rey, y si por ello debemos estarle agradecidos, la conclusión lógica es que debemos estarle agradecidos no porque parase el golpe sino por ser rey, esto es: le debemos gratitud tan solo por su posición y a causa de nuestra no elegida condición de súbditos. Ciertamente, como hagiografía es un poco ofensiva.

Al igual que Franco, según García Valdecasas, no escogió ponerse al frente de su Patria, sino que fue elegido por la Historia, tampoco el rey escogió esta democracia, aunque contribuyera “de manera decisiva” a instaurarla: una democracia “frágil, pobre y escasa”, que tras casi cuarenta años no ha conseguido volverse “fuerte, rica y abundante”, a pesar de que esos años han sido “los mejores de nuestra historia moderna, los de mayor libertad y prosperidad”. Ni Franco ni el rey tienen la culpa del carácter español: la santidad del segundo apenas alcanzó a impedir que nos abriéramos unos a otros en canal, pero solo eso ya puede ser considerado un milagro, habida cuenta del “ominoso conflicto civil que el mundo entero auguraba para nuestro país a la salida de la dictadura”. He aquí otra característica de la retórica de servicios prestados: su optimismo histórico es compatible con un pesimismo antropológico extremo: el santo nos da a elegir entre él o la antropofagia.

Puede ser objeto de debate cuántos lectores de García Valdecasas se reconocían en sus guiños emocionados y asentían conteniendo una lágrima, pero no parece que queden hoy día muchos de aquellos entusiastas de 1975, ni siquiera entre los franquistas. Uno lee en 2014 esas parodias involuntarias, o las muchas que pergeñaron Giménez Caballero, Pedro Laín Entralgo, José Antonio Maravall y tutti quanti, y no puede dejar de debatirse entre la sonrisa condescendiente y la carcajada liberadora: hay algo inimitablemente muerto en esas palabras fosilizadas, algo que mueve a la vergüenza o al desprecio. No es muy aventurado afirmar que el artículo de Cercas moverá a reacciones análogas en un futuro no muy lejano. Tal vez sería apropiado preguntarse cuántas adhesiones suscita en el presente.

Sin proponérselo, Javier Cercas nos ha brindado un procedimiento de decisión mucho más significativo y vinculante que un referéndum sobre monarquía o república: leer “Sin el Rey no habría democracia” y no pestañear, no sonreír ni avergonzarse sino asentir sin perder la serenidad, sería un sí inequívoco a la continuidad de los borbones y, con ellos, de todo el tinglado de la transición. Pongámoslo en práctica. Que ese sea nuestro particular Pacto de San Sebastián.