El tonto del pueblo

La semana pasada, Owen Jones escribía a propósito de la masacre de Alepo y decía: “Aquellos que apoyaron las guerras en Irak y Libia se sienten desprestigiados por el derramamiento de sangre y las calamidades que se sucedieron. Aceptan que los campos de la muerte de Irak y el Estado desintegrado de Libia debilitaron sustancialmente los argumentos morales a favor de la intervención occidental”. Jones se refería a la postura de los parlamentarios británicos que tumbaron la propuesta de una intervención militar en Siria, pero la descripción se corresponde bastante bien con el estado de ánimo de muchas personas que aceptaron al menos la intervención en Libia como mal menor frente a la crueldad desbocada que reflejaban entonces los medios de comunicación. Sigue leyendo “El tonto del pueblo”

Europe’s living a celebration

A Europa no le salen las cuentas. A nosotros, europeos sin ser(lo), tampoco. Contamos uno a uno los miles de refugiados que llegan a las costas de la fortaleza y contamos después, multiplicándolos por mil, los refugiados de carne y hueso que nuestra retina y nuestra imaginación (mucho más la segunda que la primera) ponen ante nosotros, adobando esa panorámica con miedos más antiguos que la más antigua de las guerras, como si de Siria (pero no solo de Siria) brotaran monstruos de cien cabezas en lugar de seres humanos. La mayoría de los europeos solo ha tenido un contacto mediático con esos demandantes de auxilio, pero uno diría que, a mayor lejanía, más y más profundos temores, o rencores, o simple imbecilidad en estado puro.

Hay que ser sumamente imbécil para invertir aunque solo sea cinco minutos en diseñar una pegatina proclamando que los refugiados no son bienvenidos. Saben que no exagero: ni un solo refugiado verá esa pegatina, y aunque por casualidad uno solo de ellos llegase a verla, no le cabría duda alguna de que se halla ante la obra de alguien con déficit de algo: claro que los refugiados no son bienvenidos, acaba de anunciarlo la UE a bombo y platillo, y es una realidad con la que conviven a diario cientos de miles de personas. Como si hiciese falta tu aportación, oh diseñador anónimo (más te vale que lo sigas siendo, si es que te importa un ápice lo que piensen de ti), a pesar de que en tu fuero interno creas estar capitaneando un ejército invisible de patriotas indignados ante la oleada invasora.

Desde luego, se trata de una guerra, pero en ella no participa ningún ejército invisible: este ejército porta armas, posee lanchas patrulleras, levanta vallas y afila concertinas. A uno no le apetece nada convertirse en recluta silencioso de esa tropa xenófoba, pero tampoco parece que estemos preparados para resistir a esa leva forzosa: a diferencia de lo que ocurre con nuestras batallas políticas locales, la línea del frente en esta guerra está demasiado lejos de nuestro alcance y no está previsto que seamos capaces de derribarla a fuerza de manifestaciones y concentraciones de apoyo a los refugiados. A no ser que tengamos en cuenta los muchos frentes invisibles que esta crisis ha trazado en el interior de nuestras ciudades y a lo largo y ancho de vecindarios aparentemente tranquilos: las órdenes de la UE no emanan de entidades abstractas sino de actos voluntarios, ejecutados por individuos cuya posición de poder les ha sido legada mediante pequeñas acciones a menudo cosméticas pero, aun así, legitimadoras de su proceder, como el voto masivo a partidos políticos en cuyo ideario figura simple y llanamente la exclusión del diferente. Otra guerra que estamos perdiendo: en las últimas elecciones europeas, hace casi dos años, así como en los últimos comicios celebrados en España, Francia, Hungría, Reino Unido o Dinamarca, las opciones conservadoras, cuando no abiertamente xenófobas, fueron las preferidas de la mayoría de los electores. Lejos de movilizarnos, esta coyuntura casi nos tranquiliza: nos da la sensación de que Europa sigue siendo europea, de que sigue existiendo un “nosotros” con el que identificarnos aunque sea desde una distancia crítica.

Todos esos votantes que legitiman con su gesto esa maquinaria de guerra contra el extranjero, ¿son absolutamente conscientes de las consecuencias de ese gesto? Nunca lo sabremos, pero cuesta creer que la imbecilidad de nuestro anónimo diseñador de pegatinas se halle tan extendida. A lo mejor, o a lo peor, es simple inconsciencia, o tal vez que uno vota con la mente no tan engrasada en lodos internacionales, solamente pringosa de fango político autóctono. Es comprensible, pero preocupante. Desde luego, aunque me cuesta imaginarme a mí mismo votando al PP (he sentido un temblor en la fuerza con solo pensarlo), no creo que al hacerlo me estuviese convirtiendo en una mula parda de esas que saludan estirando el brazo al más puro estilo Rafael Hernando. Aun así tendría que agradecer que alguien me llamara aparte y me recordara que me he puesto, tal vez sin darme cuenta, del lado de los imbéciles. Y que tengo que hacer algo para remediarlo.

 

Los indiferentes

Una persona va caminando tranquilamente y, de sópitu, cai-y un pianu na cabeza. La persona muerre. Los güesos del crániu nun soporten el trallazu. Dende’l puntu de vista médicu, da lo mesmo que’l pianu cayera por azar (porque rompiera la cuerda que lu tresportaba nuna mudanza, por exemplu) o pola voluntá de dalguién (hai asesinos ciertamente sofisticaos). El resultáu ye esactamente’l mesmu: muerte por contusión con pianu.

Los medios difunden estos díes les imáxenes de milenta persones intentando atopar abellugu n’Europa. Ún diría que los europeos que vemos eses imáxenes debiéremos reaccionar toos d’un xeitu asemeyáu, igual que díbemos reaccionar de la mesma manera si a caún de nós-y cayera un pianu na cabeza. Paecería lo esperable un común sentimientu d’empatía, simpatía o compasión (les diferencies de matiz ente esos tres términos vamos dexales pa otru momentu). Nostante, da a veces la impresión de que, nel intervalu fugaz que trescurre ente la percepción d’eses imáxenes y la respuesta emocional producida por estes, los seres humanos somos capaces d’activar asociaciones mentales que faen más o menos intensa esa respuesta: danos por pensar si eses persones serán musulmanes, si Europa va poder acoyer a tanta xente, si taremos siendo víctimes d’un complot mediáticu o si habrá intereses políticos que saquen rentabilidá de la nuesa indignación.

Cierto que los güesos del crániu y les conexones neuronales nun son elementos comparables: el güesu, pa romper, nun necesita analizar les condiciones en que’l pianu impactó contra él. Pero si en llugar d’un pianu ye una vara d’ablanar, de manera que’l verdiascazu manque ensin ser mortal, pue ocurrir que reaccionemos gritando, llorando, revolviéndonos contra l’agresor  o, tamién, quedando impasibles, sorriendo, aguantando’l dolor ensin mover un músculu. Tenemos capacidá pa reprimir ciertes reacciones, anque’l dolor lu sintamos lo mesmo.

Esta selmana circuló peles redes sociales una foto del presidente del gobiernu español xunto a un periodista radiofónicu, los dos sorrientes, mientres nel portátil del periodista se ve con claridá la fotografía del calabre d’Aylan, el nenu siriu qu’apaeció muertu na playa turca d’Ali Hoca Burnu. Podemos facer un esfuerzu (yo quiero facelu, polo menos) y pensar que’l presidente, que dende’l sitiu onde ta nun pue ver qué hai na pantalla del portátil, nun ye consciente del horror iconográficu en que ta participando. Yá resulta un poco más difícil, por nun dicir imposible, concede-y esi atenuante al periodista, que tien el portátil abiertu al par d’él, pero vamos intentalo, vamos facer por creer que llevaba un cachu ensin mirar pa la pantalla y nun yera tampoco consciente de tar participando nuna burlla macabra.

¿Llega la nuestra buena voluntá al estremu de suponer que tampoco’l fotógrafu se decató de lo que taba fotografiando? ¿Qué naide del personal del presidente revisó esa semeya enantes d’echala a andar pel mundu alantre? ¿Xente que paga cifres astronómiques a asesores d’imaxe y community managers dexaron pasar esa chapuza? Parafrasiando a Gila, ye demasiao suponer pa un adultu. En dalgún momentu tenemos que nos rendir a la evidencia de qu’hai ehí un elementu de provocación o d’indiferencia.

Ente lo uno y lo otro, qué más quixera ún que fuera una provocación, incluso que lo planificaren adréi: depués de too, si quixeron facer una gracia, dar que falar o escandalizar a dalguién, hai marxe pa figurase que, enantes d’esa decisión, hubo un momentu en que los dos reaccionaron con empatía, anque fuera namás qu’un instante fuxidizu. Peor ye, en cambiu, la sospecha de que foi simple indiferencia y esos dos personaxes son incapaces de conmovese énte un horror tan evidente. La sospecha de qu’en ciertos ambientes y con ciertes persones val lo mesmo un nenu muertu qu’un salvapantalles de Windows.