Los toreros muertos

Artículo publicado en La Voz de Asturias. Aquí.

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Conservadurismo radical

Creo que fue Javier Pérez Royo quien dijo una vez que, desde el inicio de la Transición, la derecha gestionaba las crisis y la izquierda (me parece que se refería al PSOE) las abundancias. O al menos eso entendí yo, que tiendo cada día más al simplismo ideológico con agravante de pereza. Dicho de otro modo: la derecha llena la bolsa y el PSOE (dejémonos de eufemismos) reparte las monedas. Me pareció en su día (no conocíamos aún a Zapatero) una descripción arriesgada, por cuanto todavía no se había producido un número suficiente de cambios de gobierno (Aznar había sustituido a González y poco más: un horizonte de sucesos demasiado limitado), pero acorde, en todo caso, con el concepto que el PSOE tiene de sí mismo o al menos con el autoconcepto que puede desprenderse de muchos de sus movimientos.

Para empezar, no pone en cuestión uno de los axiomas de la Cultura de la Transición, a saber: que izquierda y derecha son opciones definidas dentro de un tablero no opcional. Puesto que el tablero de juego no es objeto de decisión, se sigue que el primer objetivo de cualquier opción política será mantener el tablero intacto, conservar incólumes las estructuras jurídicas, políticas y económicas del régimen del 78. De esto se sigue, a su vez, que las diferencias políticas que puedan percibir los votantes entre PSOE y PP, por muy legítimas que sean, y por muy sinceramente que se exhiban, no implican necesariamente que ninguno de esos partidos vaya a hacer de ellas el eje central de su acción de gobierno. De ahí que a tantos votantes de derechas el PP les parezca un partido demasiado rojo, igual que son legión los votantes de izquierdas que consideran al PSOE vecino del fascismo. En el mercado electoral, los principales interesados tratan de vender esa circunstancia como ejemplo de moderación, pero nada más lejos de la realidad: de lo que se trata, más bien, es de una especie de conservadurismo radical.

Naturalmente, el andamiaje retórico e ideológico que mueven ambos partidos es mastodóntico, estilo gala MTV, pero no tanto como para hacernos creer que ninguno de ellos va a renunciar a esos presupuestos comunes de los que se alimentan. Por eso los llamados “partidos emergentes” pueden crecer allí donde ni el PP ni el PSOE generan convicción, esto es, en la defensa sin complejos de unos principios que ambos consideran adminículos muchas veces molestos aunque necesarios. Por eso, también, es frecuente que ambos partidos recurran al cliché de “lo importante”: hay temas que no son importantes porque no son preocupantes (con lo que quieren decir que a ellos no les conviene que la gente se preocupe por esos temas, pues son esos temas los que ponen de manifiesto que no hay mucha diferencia entre un partido y otro). Es eso, sin ir más lejos, lo que hace el PSOE en Xixón al abstenerse en una votación sobre el derecho de los ciudadanos a ir a los toros.

Para ser mínimamente consecuentes, los concejales socialistas habrían debido votar a favor de la propuesta del PP de “defender la libertad y el derecho a disfrutar de las corridas de toros”, igual que, en ese mismo pleno, fueron consecuentes al votar en contra de la oficialidad de la lengua asturiana: en ambos casos la premisa fundamental, coherente con el marco cognitivo que comparten PSOE y PP, es que hay que priorizar la libertad individual frente a imposiciones colectivas. Puesto que nadie se cree que esto funcione solo, esa premisa se complementa con otra, a saber: que los imperativos consustanciales al mantenimiento del régimen político no son imposiciones políticas sino leyes científicas, hechos naturales e indiscutibles, verdades evidentes. Una vez establecido lo que es natural y de sentido común, cualquier alternativa que se plantee es calificada automáticamente de “imposición” intolerable y de igualmente intolerable “politización”.

Deberíamos rebelarnos contra ese uso denigrante de la palabra “politización”, aunque solo fuera porque, cada vez que se nos muestra algo como ajeno a lo político, hay motivos para pensar que se trata de una apropiación indebida de lo común por parte de un particular. Claro que la supresión de los toros supone la politización de un espacio que PSOE y PP prefieren que siga privatizado, esto es, sujeto a decisiones particulares, entre ellas no solo la de asistir a una corrida sino también, y fundamentalmente, la de organizarla y lucrarse haciéndolo. Es la reglamentación de este tipo de actividades lo que caracteriza a una sociedad políticamente madura, pero precisamente eso es lo que significa cuestionarse el tablero de juego, de ahí esa impúdica resistencia de modales pueriles, esa exasperación del niño rico en presencia de una voluntad ajena. No tiene nada que ver con los derechos de los animales ni con defender las tradiciones: tiene que ver con la pretensión de que no toquemos sus juguetes.