Cómo reaccionar como dios manda ante un atentado islamista

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¿Aún no ha dicho usted la última palabra sobre los atentados de Bruselas, o sobre el islamismo, o sobre la islamofobia, o sobre el capitalismo global, o sobre todo ello a la vez? ¿Y a qué espera? La ocasión la pintan calva, barbuda y con turbante. Desaprovéchela y venga luego a reclamar sus cinco minutos de homilía en la próxima cena familiar: de eso nada, la condición de todólogo hay que currársela, de lo contrario cualquiera puede alzarse con el título y dejarle a usted en un humillante segundo puesto. Cierto, eso que siente ahí, a la altura del diafragma, se parece mucho al remordimiento: desearía usted haber leído más, o haber leído algo, sobre yihadismo, sobre Siria, sobre Frontex, sobre Erdogan, pero quién puede predecir por dónde va a salir la actualidad candente, recuerde Ucrania, cuando todo el mundo tenía que decir algo sobre Ucrania y nadie sabía qué, cómo, dónde.

Sobre todo, apresúrese a condenar, sin tapujos ni matices. Sea rotundo: a estas alturas debería usted saber que, en materia de condenas, mejor pasarse que quedarse corto, y aun así alguien se las apañará para reprocharle tibieza, ambigüedad, afán de hacer tortilla sin romper huevos. Sea rotundo, he dicho, y golpee el primero y con saña. Si no está dispuesto a hacerlo, asegúrese de contar con un buen puñado de fieles y sea rotundo en la no condena, aproveche la ocasión para deconstruir o sencillamente destruir un par de convenciones o tres, no hace daño a nadie, casi nadie se entera y queda bien en los periódicos de pequeña tirada. Sobre todo, insisto, nada de Condenar Pero: se meterá usted en discusiones que no desea, le costará hacerse oír, pasará por tirio con los troyanos y por troyano con los tirios y, lo que es peor, caerá en la cuenta de que nadie tiene la menor idea de quiénes fueron los tirios, ni usted tampoco.

Si me ha hecho usted caso y ha condenado sin melindres ni aspavientos el terrorismo en todas sus formas, añada los anexos que le convengan según el caso. Si se dedica usted a la política, ya sea usted portavoz parlamentario o secretario general de algún micropartido o agrupación de electores en alguna remota pedanía, póngase a disposición del gobierno y las fuerzas de seguridad del Estado para lo que haga falta: nadie va a preguntarle exactamente qué podría hacer usted para ayudar en la lucha contra el terrorismo, de hecho es más que probable que nadie le tome en serio, pero por si acaso. Asegúrese bien de que su ofrecimiento salpica a algún oponente. Si ha hecho bien los deberes, seguro que encuentra a alguno que una vez estuvo de vacaciones en Túnez o en Bidart, todo vale. Si no se dedica a la política, expláyese: la culpa es de los políticos, de todos, y si de usted dependiera ya habría solucionado el problema. Muy importante: no se empeñe en explicar cuál es, a su juicio, el problema, déjelo así, de ese modo la solución será plausible por sí sola. No lo estropee: recuerde que la imaginación ajena es el mejor aliado de las mentes poco imaginativas.

¿Ya se ha hecho un hueco en la conversación? ¿Ya ha pergeñado un par de tuits o, en su defecto, alguna lapidaria frase en su grupo favorito de Telegram o Whatsapp? ¿Ya ha actualizado su estado en Facebook y cosechado los previsibles likes? ¿Ya ha apabullado a sus compañeros de trabajo con su delicada exégesis de la situación? Enhorabuena: lo peor ya ha pasado. Ahora viene el momento divertido: la interacción. Por lo que veo, aún no se ha provisto usted del indispensable catálogo de interlocutores plastas, aquellos que debe usted evitar si quiere hacer carrera. Es imperdonable, así nunca llegará usted muy lejos. Memorice al menos los siguientes estereotipos y úselos con discreción pero a discreción. No se arrepentirá.

Tenemos, en primer lugar, al islamófobo convicto y confeso, tradicional o ilustrado. Al islamófobo tradicional le reconocerá usted fácilmente: no sabe pronunciar “islam”, prefiere el genérico “moros” y, más concretamente, el no menos genérico pero mucho más descriptivo “putos moros”. El islamófobo ilustrado, no obstante, hace gala de una paleta más compleja de adjetivos, sabe a grandes rasgos qué es el yihadismo y puede que hasta el salafismo y el wahabismo, incluso hay alguno que sabe decir “muyaidín” sin escupir; ha leído a Houellebecq o al menos le suena, y es un paladín de las libertades femeninas, salvo que hablemos de mujeres con hiyab; está suscrito a Mongolia desde el atentado contra Charlie Hebdo. La diferencia entre uno y otro tipo de islamófobo depende de las ganas que tenga usted de perder el tiempo: con el primero se pasa el trago fácilmente, es parco en palabras y, por regla general, de temperamento colérico, de modo que la cruzada le durará hasta que alguien cambie de tema o hasta que se acabe el pacharán; en cambio, el islamófobo ilustrado puede ser un problema si no es usted uno de ellos: su islamofobia es estructural y de largo recorrido; la discusión, si se produce, puede durar semanas.

En el otro extremo del espectro campa por sus respetos el rojo de toda la vida, del que también cabe encontrar dos ramas o facciones, lo que, para tratarse de un grupúsculo de izquierdas, es todo un mérito (lo normal es que haya veinticuatro o veinticinco). Por un lado, el Rojo De Toda la Vida Pero Compasivo es, hay que reconocerlo, un tipo dialogante, incluso demasiado dialogante; es fácil empatizar con él, a poco humano que sea uno; es de condena rápida (de la violencia en todas sus formas) y de soluciones lentas (la educación para la tolerancia suele ser su receta para todo). Por otro lado, el Rojo De Toda La Vida Y Hasta La Victoria Siempre, aunque tenga sus ramalazos compasivos, hará todo lo posible por enterrarlos bajo una capa de resentimiento global y soluciones draconianas. No gaste saliva con este último: cualquier término que usted saque a relucir se diluirá como un azucarillo en agua, ya sea “terrorismo” (qué habrá más terrorista que la OTAN salvo ese oscuro ex compañero de fatigas del Rojo De Toda La Vida Y Hasta La Victoria Siempre que un día justificó los bombardeos de Libia: ese es el verdadero terrorista), ya sea “derecho internacional” (una broma del capitalismo) o “fanatismo religioso” (la religión del dinero, etcétera). No le pierda de vista. Si ve que empieza a tratar al terrorista suicida como a un mártir anticapitalista, aléjese: el universo podría implosionar por anemia de sentido común.

Están en tercer lugar los (previsiblemente pocos) musulmanes con quienes pueda o se atreva a hablar de estas cuestiones. Un islamófobo ilustrado le diría que tenga usted cuidado: es costumbre musulmana practicar la taqiyya, el disimulo de las propias convicciones ante los infieles. Un Rojo De Toda La Vida Pero Compasivo le replicaría que, en materia de simulaciones, tampoco es que los firmantes de pactos antiyihadistas lo hagan mal del todo.

Nos quedan, por último, los niños. Déjeme que le diga una cosa, solo una, sobre los niños: no los meta usted en esto. No necesitan su opinión, ni su odio religioso ni su humanitarismo global, ni su tendencia a los matices ni su afición a la truculencia. Los niños ya saben que el que mata se llama asesino y el que es asesinado, víctima. No los confunda, no les riegue los oídos con clichés. Si lo deja estar, cuando crezcan sabrán perfectamente distinguir a un asesino de una víctima sin importarles que el primero mate en nombre de Alá o de la UE o que la víctima lo sea del DAESH o de los guardacostas turcos o de ambos verdugos a la vez.

Venga, campeón, al lío. Verá qué fácil.

 

Cui prodest?

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En el verano de 1953, Jean-Paul Sartre escribe a Maurice Merleau-Ponty una larga carta a propósito de ciertos problemillas del momento: “que te apartes de la política”, le dice, “que prefieras consagrarte a tus investigaciones filosóficas es un acto a la vez legítimo e injustificable. Quiero decir: es legítimo si no intentas justificarlo. Es legítimo si se ampara en una decisión subjetiva que no te compromete más que a ti y que nadie tendría el derecho de reprocharte […]. Pero si, en nombre de ese gesto individual, pones en cuestión la actitud de aquellos que permanecen sobre el terreno objetivo de la política y que intentan, bien o mal, decidirse por motivos objetivamente válidos, mereces entonces una consideración objetiva. Ya no dices: haría mejor con abstenerme, sino que dices a los otros: es preciso abstenerse”. Continuar leyendo

Violentos itinerantes

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El ministerio del Interior (que es mi ministerio favorito porque al menos reparte cosas, aunque sean hostias, mientras que los demás se obstinan en quitárnoslas) ha denunciado la presencia, en las protestas de Burgos, de “violentos itinerantes”, lo cual no es de extrañar en una tierra que conoció hasta no hace mucho la trashumancia. Se trataría de individuos escurridizos, obsesionados hasta tal punto con romper cosas, que no dudan en desplazarse los kilómetros que hagan falta con tal de dar rienda suelta a sus pasiones. Se les atribuye un origen vasco y una extraordinaria habilidad para escurrir el bulto, pues se da el caso que todos los detenidos son burgaleses de pura cepa, aunque no cabe descartar que itineren de algún modo, de vez en cuando.

Lo más curioso de estos violentos itinerantes es que parecen interactuar de diferentes formas con diferentes observadores. Así, en las últimas horas han sido vistos por una reportera de televisión mientras que, milagrosamente, la cámara que la acompañaba no era capaz de registrar la violencia y la tensión que según ella estaban generando. También un reportero radiofónico se ha sentido increpado por alguno de estos violentos, aunque los demás oyentes, sin duda confundidos por algún tipo de alucinación acústica, oyéramos solamente a un señor bastante educado. Puede que no nos enfrentemos con un problema social sino metafísico, y no debemos descartar que, en lugar de una ley de seguridad ciudadana, lo que España necesite sea un anillo para dominarlos a todos y atarlos a las tinieblas.

Reacio como es uno a depender de instrumentos mágicos, me inclino a pensar que, en este caso, como en tantos otros, se da una especie de profecía mediática autocumplida: la periodista de La Sexta vio violentos porque esperaba verlos, y el reportero de RNE se sintió increpado porque le habían dicho que le increparían. No obstante, y como ocurre a menudo con los seres de ficción, cuando se da nombre a un bicho es porque hay bicho, aunque se parezca poco al que finalmente se convertirá en leyenda. El mito de los violentos itinerantes tiene su origen en verdaderos violentos itinerantes: si uno presta atención (y no es necesario que preste demasiada) los detecta en seguida: van vestidos de azul, llevan cascos y rifles, y sacuden indiscriminadamente a todo el que se les ponga por delante. Es evidente que son, como ha dicho el ministerio, muy violentos, y su carácter itinerante está fuera de toda duda: están en todas partes donde huelan descontento social, y en todas partes se comportan con parecida violencia. Los medios de comunicación persisten en el error de llamarles “antidisturbios”, ignorando el hecho de que son ellos quienes más disturban. Razón lleva el ministerio en darles el nombre que merecen: violentos itinerantes: te los traen a domicilio y no hace falta agitarlos antes de servirlos.

Variaciones sobre un machete invisible

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1

Tengo ante mí la edición del diario El País del 23 de mayo de 2013. La fotografía de la portada muestra a un hombre de piel oscura con las manos manchadas de sangre, una de ellas sosteniendo un cuchillo de cocina y una cuchilla de carnicero. La noticia la firma Walter Oppenheimer y empieza así: “Dos hombres asesinaron ayer a machetazos, a plena luz del día y rodeados de testigos, a un militar en el sur de Londres”. En la página 2 viene el artículo completo, firmado por el mismo corresponsal, bajo la entradilla siguiente: “Dos jóvenes asesinan a machetazos a un soldado entre gritos islamistas en un barrio de la capital británica”. Tras informar de que uno de los autores del “atentado” (Michael Adebolajo: el que aparece en la foto de la portada) fue filmado por la cadena ITV explicando sus motivaciones, añade en el tercer párrafo: “Se trata de un hombre de unos 20 años, de raza negra, vestido con ropa corriente y sin ninguna apariencia externa musulmana, con las manos ensangrentadas y blandiendo lo que parece un machete o más bien algún tipo de hacha y que habla con marcado acento londinense”.

Ignoro a qué se refiere el periodista con lo de “apariencia externa musulmana”, pero lo que me intriga en este caso es el machete. En las fotografías no aparece ninguno. En la filmación de ITV, tampoco. El propio Oppenheimer duda entre si eso que se ve es un machete o algún tipo de hacha. Tres párrafos más abajo: “dos hombres atacaron con machetes -un testigo ha hablado de un hacha- a un joven”. Y después: “los dos jóvenes atacantes tenían una pistola y dos cuchillos”. Maruxa Ruiz del Árbol, en la página 3 del mismo diario, solo menciona una vez el dichoso machete, en boca de un testigo: “cuchillos, machetes y pistolas”; utiliza la expresión “apuñalamiento” y también “dos cuchillos de carnicero”, “cuchillo en mano”, “siempre con los cuchillos en ristre”. El voltaje de la noticia, pese a todo, no desciende: lo sucedido es una atrocidad sin paliativos. Preguntémonos, no obstante, quién le ha añadido un machete a la escena.

¿Ha sido Oppenheimer? Pudiera ser. Tal vez no sea experto en armas blancas. Una sencilla consulta en Google nos sacará de dudas: buscamos “machete” junto con “Woolwich” (el barrio donde ocurrió el asesinato) y comprobamos que BBC News, el Telegraph, The Independent y algunos otros medios utilizan la expresión “machete attack”. Según la BBC, la expresión “machete” habría aparecido por primera vez en Twitter.

No se trata, pues, de una obsesión del corresponsal de El País. Pero machete sigue sin haberlo.

Excepto en la memoria colectiva y en su catálogo de prejuicios: un hombre blanco con arma blanca puede blandir un cuchillo o un hacha, pero la versión negra del mismo tipo de psicópata se nos hace más identificable si empuña un machete. Está ahí desde las masacres de Ruanda: es el salvajismo al desnudo, la violencia desbocada del colonizado. Si encima grita “Alá es grande”, el cóctel se vuelve explosivo de inmediato: el mensaje oculto, tal vez involuntario, es que Inglaterra ha sido atacada por extranjeros.

2

Tengo ante mí el prefacio que Jean-Paul Sartre escribió en 1961 para el libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon. Es, a mi juicio, uno de los textos más apasionados de Sartre y, desde un punto de vista retórico, de los más brillantes. Pero también uno de sus discursos más imbéciles. Leo: “Porque, en los primeros momentos de la rebelión, hay que matar: matar a un europeo es matar dos pájaros de un tiro, suprimir a la vez a un opresor y a un oprimido: quedan un hombre muerto y un hombre libre; el superviviente, por primera vez, siente un suelo nacional bajo las plantas de los pies”.

¿Qué diría Sartre sobre Michael Adebolajo? ¿Diría que es ahora un hombre libre? ¿Está su acción justificada? Sartre es terriblemente claro al respecto: la violencia del oprimido convierte a este en sujeto de la Historia; si a esto le añadimos el postulado fundamental de la filosofía de la existencia, a saber, que el sujeto se define en la acción y por la acción, resulta que la Historia es un combate sin tregua entre sujetos que odian y se odian. Es, pues, evidente que solo a través de la violencia adquiere el oprimido un papel protagonista.

¿Tal vez Adebolajo representa la esperanza de los oprimidos frente a la violencia de los opresores? ¿Tal vez, con su acción, la humanidad ha progresado hacia un futuro más igualitario? En todo caso, no será así a causa de sus orígenes, ni por llevar machete o dejar de llevarlo: Michael Adebolajo, al igual que su víctima, es ciudadano británico. Su familia es de origen nigeriano, pero él no asesinó a su víctima para defender al pueblo de Nigeria, sino a la comunidad de fieles del Islam. O eso dice él.

Me importa un rábano si la salvajada en cuestión tuvo una motivación religiosa, racial, nacional o de clase. La única duda que puedo tener a la hora de calificarla es si se trata de un crimen estúpido o de una estupidez criminal.

Pero las referencias al machete y al Islam son tan significativas como los ecos del texto de Sartre en los gestos de Michael Adebolajo. Ahora la cuestión no es debatir si la violencia está justificada, sino, más bien, las condiciones en que se produce su difusión, y los prejuicios bajo los cuales se cobija la interpretación que de ella hacen los medios. Al igual que ocurrió hace poco en Boston, no está muy claro si el hecho ha despertado el interés de los medios por haber tenido lugar en una ciudad occidental o por haber tenido como víctima a un ciudadano británico, pero sí está claro, al igual que lo estuvo en Boston, que ese interés se ve incrementado por la circunstancia de que el agresor, aunque nacido en Inglaterra, es extranjero.

Porque no puede tratarse de un inglés: el subtexto reza que Adebolajo no puede, bajo ningún concepto, ser inglés. Tal vez podría serlo siendo negro, o siendo musulmán, pero de ninguna manera puede dársele carta de naturaleza si empuña un machete. El machete es indispensable para privarle de la ciudadanía británica, para convertir su crimen en una agresión terrorista.

3

SeymourTengo ante mí una fotografía de David Seymour tomada en París en 1935, durante el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura. En ella, bajo un retrato de Gorki, aparecen, entre otros, Gide y Malraux. Malraux habla, se dirige al público; André Gide, con las manos entrelazadas y mirando hacia arriba, parece estar rezando. Todavía no se ha producido la ruptura entre esos dos hombres. Será después de la visita de Gide a la URSS, en 1936, durante el primer proceso de Moscú. El resultado de ese viaje es un libro, Retour de l’URSS, donde Gide expone las miserias del régimen de Stalin. André Malraux le reprocha no haber elegido el mejor de los momentos: la guerra de España está en su apogeo, hay que hacer frente a los fascismos, la pureza puede esperar. Para Gide no caben medias tintas: “Ninguna consideración de lealtad de partido puede impedirme el hablar francamente, porque la verdad está por encima del Partido. Yo sé que, según la doctrina marxista, la verdad no existe, por lo menos en un sentido absoluto, sino que solo hay verdades relativas. Creo, sin embargo, que en una cuestión tan seria resulta criminal inducir a otros al error, y es urgente ver los hechos tal y como son, no como desearíamos que fueran”.

Años más tarde, en 1958, es Sartre quien hace de Malraux, y Jean Daniel quien hace de Gide. Son los años de la guerra de Argelia y el FLN perpetra una masacre en la aldea de Melouza. Sartre afea el comportamiento de intelectuales como Daniel, que condenaron la matanza, y les acusa de haber debilitado la causa argelina: tendrían que haber callado. En ciertos momentos, contar la verdad o abstenerse de hacerlo es tomar partido, posicionarse inequívocamente en uno de los bandos en conflicto.

Se manejan en este debate los mismos supuestos que en la discusión a propósito de la violencia revolucionaria. Ni Sartre ni Malraux ven ninguna diferencia. Gide, en cambio, sí la ve: los enemigos de mis enemigos no son necesariamente mis amigos. La URSS vetó su participación en el II Congreso de Escritores Antifascistas; fue José Bergamín el encargado de denunciar los ataques de Gide “al pueblo ruso y a sus escritores”.

¿Calificaría Gide de atrocidad el asesinato de Woolwich? Es muy probable. ¿Lo condenaría Malraux? Al menos el André Malraux de 1936, como el Sartre de 1958, es posible que viera en Adebolajo a un combatiente, a un sujeto entregado a una causa libertadora. O tal vez no: cuando le preguntaron por su opinión sobre la masacre de Melouza, Malraux respondió: “El terrorismo es la esperanza”. Sin embargo, no hay esperanza en Adebolajo, su acción no responde a un proyecto ni se vuelve inteligible a la luz de un proyecto: es pura y simplemente un acto de venganza. La postura de Malraux es siempre ambigua, aunque monolítica; la de Sartre, aunque más matizada, es siempre inamovible.

En todo caso, también aquí Malraux discreparía de Gide, una vez más: si los hechos de Woolwich no están cargados de futuro, si toda lectura de los mismos debe necesariamente implicar la condena moral de sus ejecutores y la denuncia de un error táctico en su ejecución, entonces podemos prescindir de la fotografía de Adebolajo. Porque no solo no contribuye a mejorar nada, sino que lo empeora: es tan fácil ponerle un machete en la mano y convertirlo en un extranjero y un salvaje, que todos habríamos ganado sin saber nada de él.