Volver a empezar

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Ni gobierno a la valenciana ni pacto a la portuguesa. Salvo sorpresas de última hora, volveremos a votar dentro de unos meses. El gobierno en funciones seguirá en funciones hasta que se hayan abierto las urnas o peor aún, hasta que se hayan abierto los cielos, pues todavía nos quedará por delante otro largo y agónico proceso de investidura. Podremos darnos con un canto en los dientes si conseguimos desalojar a Rajoy de la Moncloa antes de octubre. De las iniciativas legislativas en curso, mejor ni hablamos.

Ese es al menos el panorama más verosímil después de que Podemos y el PSOE dieran por rotas las negociaciones para formar gobierno. Podemos ha anunciado que consultará a “las bases”. La consulta será, suponemos, un prodigio más de democracia interna, de esos que tanto abundan en los últimos meses. En la ciudad donde vivo, y aun fuera de ella, no ha faltado quien ha querido establecer comparaciones con la consulta por la que Xixón Sí Puede decidió no apoyar al candidato socialista a la alcaldía, pero, al margen de lo que cada uno quiera tener en el gobierno, lo cierto es que hay una gran diferencia entre un proceso y otro: así, los concejales de Xixón Sí Puede se comprometieron a acatar lo que se decidiera en aquella consulta, mientras que el grupo parlamentario de Podemos en las cortes españolas decidirá por su cuenta y riesgo el sentido de su voto, con independencia de lo que digan las bases.

Donde sí hay semejanzas es en que ambas consultas rubrican sendos fracasos. Tanto Podemos como Xixón Sí Puede, cada uno en su escala, tenían su razón de ser en el éxito electoral. No había plan B: se trataba de ser, como ya dije una vez, o César o nada. El candidato de Podemos llegó a decir que, si no ganaba, “igual se iba”. El de Xixón Sí Puede nunca dijo tal cosa, pero el resultado en ambos casos fue el mismo: ni ganaron ni dimitieron. En ambos casos quedaron por detrás de la fuerza ganadora (PP/Foro) y por detrás del PSOE. Como era de esperar, el PSOE jugó el triunfo que reserva siempre para estos casos: o nosotros, o el caos (la derecha); o con nosotros, o con el caos (la derecha); o gobierna el PSOE, o es que hay pinza (con el PP; de hacer pinza con Ciudadanos nadie ha dicho aún una palabra).

Xixón Sí Puede hizo, en su momento, lo que debía hacer. Lo hizo mal, cierto, con una consulta torpemente organizada, una política de comunicación chapucera y una soberbia digna de mejor causa, pero lo hizo. Podemos no lo hizo ni mal ni bien: ni en Asturies, tras las elecciones autonómicas, donde no hubo consulta alguna, ni en España, tras las legislativas, donde tampoco; en ambos casos se jugó a golpe de inspiración de la nomenklatura, con similares y desastrosos resultados. Similares en cuanto a los puntos obtenidos (ninguno) y desastrosos en cuanto a las formas, por las cuales Podemos quedó en evidencia como aspirante a matón de los billares y el PSOE demostró, una vez más, que los billares son suyos y que me vas a venir tú a mí con sonrisas del destino. Menudo es el PSOE para estas cosas.

Todos hemos conocido impostores. Los hay que hacen de ello un oficio, como los actores y casi todos los personajes públicos. Pero los hay, al mismo tiempo, solventes e insolventes. En Podemos hubo impostura el día que se decidió hacer como si el partido no hundiera sus raíces en la izquierda más extrema, con todo su legado moral y con toda una trayectoria de derrotas, impostando una altanería de casa grande como si sus dirigentes provinieran de largas y cruentas batallas coronadas por el éxito en lugar de proceder de las honradas profundidades de la UJCE e Izquierda Anticapitalista. Era lo que había que hacer, aunque algunos sobreactuaran (y siguen sobreactuando, sacudiendo sin rubor a todo aquel que huela a “izquierda perdedora”), y habría estado bien si hubiese resultado creíble. Pero ocurrió como cuando yo era un chaval y llegaba a los billares algún niño pijo disfrazado de quinqui: era cuestión de tiempo que el quinqui de verdad lo pusiera en su sitio.

El quinqui de nuestro cuento es el PSOE. Si tiene que arrojar a toda una ciudad y a sus propios concejales a los pies del PP, como hizo en Uviéu, lo hará. Está dispuesto a vencer o morir. Le importa un rábano aliarse con Ciudadanos y le importa otro rábano que Ciudadanos traicione su acuerdo a la primera de cambio, como hizo esta semana al votar en contra de la paralización de la LOMCE: entre quinquis, eso es lo esperable. Como también lo era que el niño pijo se llevara una buena paliza al haberse atrevido no solo a ponerse chulito con el más chungo del barrio sino a hacerlo sin tener con qué defenderse. Es entonces cuando te cogen entre cuatro, te sacan de los billares a hostias y te dejan en la acera cubierto de sangre y preguntándote cómo ocurrió.

Algo ha fallado en la poderosa máquina electoral que diseñara Íñigo Errejón, y no faltarán teorías de todo tipo: que si el fallo fue del maquinista, que si de los fogoneros, que si las vías estaban en mal estado o se había racaneado con las piezas, o simplemente que el chisme se quedó sin combustible cuando tocaba subir la cuesta más empinada. No importa gran cosa ahora mismo: el hecho es que, cuando uno diseña una herramienta y esta no funciona, lo más sensato que puede hacer es cambiarla por otra.

Podemos salió a surfear cuando empezaba a bajar la marea del 15M y logró pillar una gran ola en las elecciones europeas de 2014. Pero no supo mantenerse sobre la tabla y prefirió quedarse con los pies en remojo a la orilla del bipartidismo, aunque lo hiciera con un bañador con la cara de Gramsci estampada en el culo. Algunos dirán que no lo vieron venir y otros reconocerán que sí lo vieron pero prefirieron mirar a otro lado en aras de un bien mayor. Yo no sé si diré una cosa o la otra o las dos. Probablemente las dos, dependiendo del día.

Lo que sí sé es que dará igual lo que digan las bases el próximo 18 de abril, porque el resultado de esa consulta habrá que combinarlo con la habitual acidez de Pablo Iglesias, haya cal viva o no la haya. Y todos sabemos qué se obtiene cuando se mezclan ácidos con bases: sal más agua. Siempre podremos cocinar unos garbanzos y decir que son marisco.

[Artículo publicado en Asturias24.]

Cultura y media

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Paez que preocupa muncho la Cultura últimamente, especialmente en Xixón, onde nun pasa día ensin noticia o responsu qu’incluya sesuda teoría sobre l’estáu de les artes y les lletres, más de les artes que de les lletres, yá sía p’aplaudir a FETEN o pa llancir pol futuru de LABoral. De xuru que nun importará menos n’Uviéu o en Bimenes, pero ye que Xixón, yá se sabe, ye un referente cultural, y faigan el favor de ponese firmes pa dicilo, que la solemnidá nun se fabrica sola.

Lo cierto ye que la llamada Cultura, con mayúscula, pa evitar na midida de lo posible que la confundan con espresiones plebeyes o marcadamente etnicistes de la condición humana, atraviesa momentos delicaos, más del tipu enfermedá terminal que del tipu indisposición pasaxera, y qu’esti ye un fenómenu más global que local anque s’anecie en buscar soluciones puramente locales y más que nada epidérmiques. Soluciones, por cierto, que beben lexitimidá en construcciones teóriques d’a perrona, qu’equí muncho llorar a Umberto Eco pero a la hora de la verdá echamos mano de la presentación en Power Point que t’esplica’l problema en términos de inputs y outputs perfectamente simétricos y políticamente correctos. Asina ye como llegamos a considerar un problema social lo qu’estadísticamente interesa a un colectivu mui reducíu, cuasi irrelevante, subvirtiendo la famosa frase de John Fitzgerald Kennedy: “Nun te preguntes qué puedes facer tu pola Cultura, pregúntate qué ye lo que la Cultura pue facer por ti”.

A este altures de la historia universal, lo de la Cultura como fondu d’armariu del espíritu humanu, como que non. Taba bien qu’esa superación conceptual s’efectuara por saber interpretar lo cultural en términos de clase, pero nun vamos a embalanos: más bien lo que se gasta ye un relativismu de los efectos (pa gustos, colores) y un cinismu de les causes (el que la pilla, ye pa él) que, combinaos, convierten el sistema de producción y difusión de la Cultura nun mercáu onde les úniques variables que cuenten son la rentabilidá y la depredación de recursos públicos. Poco s’insiste nel efectu boomerang que pueda producise por mor d’eses mutaciones semántiques: si’l criteriu ye la demanda social, el futuru de les performances, les videoinstalaciones y la poesía visual ye llóbregu por dicilo suave. Pero si s’asume una cierta utilidá social, imponderable en términos económicos, pa los asuntos y los artefactos culturales (una dimensión formativa de la Cultura, si queremos falar como los manuales), correlativamente va haber qu’asumir que les decisiones de los poderes públicos tienen que se mandar de criterios más sólidos que l’afinidá personal ente políticos, xestores y creadores.

Xixón nun tien la esclusiva de les recesiones culturales. Otra cosa ye que, al tratase d’una ciudá d’un cuartu de millón d’habitantes que lleva venti años instalada na transición ente dos modelos productivos, o ente un modelu productivu y otru improductivu, esa recesión cultural afecte de manera acusada a una parte importante de les elites polítiques y intelectuales. Equí la Cultura dio perres, pa que nos entendamos. Y dio trabayu y currículum a quien meyor sabía arrimase y di que sí: el que la pilla, ye pa él, y a ver quién ye’l que protesta pola caxigalina de qu’ehí nun hai talentu nin conocimientu nin cosa intermedia ente uno y otro: pa gustos, colores. Cinismu de les causes y relativismu de los efectos. Una sociedá opulenta, o hipersubvencionada pol Gran Hermanu européu, pue alimentar esi tipu de metástasis, porque tovía quedará una migaya o dos pa repartir cola biblioteca del barriu y porque pa eso ta la prensa amigo, pa vender urbi et orbi’l productu Xixón Referente Cultural. Pero al quita-y el tapón a la bañera de bálsamu de Fierabrás onde llevábemos metíos venti años, lo que queda ye fumu, y del caro.

La Cultura, n’Occidente, ye conceptu que siempre rimó con Altura. Nunca pretendió la horizontalidá: ye más de maniobres verticales, como un ascensor nel que suben unos pocos pa pillar cachu na fiesta de l’azotea. Nada nun se gana con querer cambiar l’ascensor por un autobús: lo vertical, vertical ye, y ehí ta la gracia. Pero, mientres quede un poco de decencia democrática en dalgún almacén d’escobes del planeta, sigue siendo posible que nel ascensor entre tol mundu. Val que pa eso hai qu’enfotase en polítiques culturales de proximidá, en mirar pa los barrios y n’axustar los presupuestos a la población real de la ciudá y non a la cuenta de resultaos de les empreses de xestión de la cosa cultural. Por descontao que pa too eso nun fai falta dexar calabres llaborales pel camín, pero sí calabres ideolóxicos y unes cuantes estructures parasitaries y un pocoñín, tamién, d’esa soberbia ensin causa que fai de la Cultura, tantes veces, el peor enemigu d’ella mesma.

Conservadurismo radical

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Creo que fue Javier Pérez Royo quien dijo una vez que, desde el inicio de la Transición, la derecha gestionaba las crisis y la izquierda (me parece que se refería al PSOE) las abundancias. O al menos eso entendí yo, que tiendo cada día más al simplismo ideológico con agravante de pereza. Dicho de otro modo: la derecha llena la bolsa y el PSOE (dejémonos de eufemismos) reparte las monedas. Me pareció en su día (no conocíamos aún a Zapatero) una descripción arriesgada, por cuanto todavía no se había producido un número suficiente de cambios de gobierno (Aznar había sustituido a González y poco más: un horizonte de sucesos demasiado limitado), pero acorde, en todo caso, con el concepto que el PSOE tiene de sí mismo o al menos con el autoconcepto que puede desprenderse de muchos de sus movimientos.

Para empezar, no pone en cuestión uno de los axiomas de la Cultura de la Transición, a saber: que izquierda y derecha son opciones definidas dentro de un tablero no opcional. Puesto que el tablero de juego no es objeto de decisión, se sigue que el primer objetivo de cualquier opción política será mantener el tablero intacto, conservar incólumes las estructuras jurídicas, políticas y económicas del régimen del 78. De esto se sigue, a su vez, que las diferencias políticas que puedan percibir los votantes entre PSOE y PP, por muy legítimas que sean, y por muy sinceramente que se exhiban, no implican necesariamente que ninguno de esos partidos vaya a hacer de ellas el eje central de su acción de gobierno. De ahí que a tantos votantes de derechas el PP les parezca un partido demasiado rojo, igual que son legión los votantes de izquierdas que consideran al PSOE vecino del fascismo. En el mercado electoral, los principales interesados tratan de vender esa circunstancia como ejemplo de moderación, pero nada más lejos de la realidad: de lo que se trata, más bien, es de una especie de conservadurismo radical.

Naturalmente, el andamiaje retórico e ideológico que mueven ambos partidos es mastodóntico, estilo gala MTV, pero no tanto como para hacernos creer que ninguno de ellos va a renunciar a esos presupuestos comunes de los que se alimentan. Por eso los llamados “partidos emergentes” pueden crecer allí donde ni el PP ni el PSOE generan convicción, esto es, en la defensa sin complejos de unos principios que ambos consideran adminículos muchas veces molestos aunque necesarios. Por eso, también, es frecuente que ambos partidos recurran al cliché de “lo importante”: hay temas que no son importantes porque no son preocupantes (con lo que quieren decir que a ellos no les conviene que la gente se preocupe por esos temas, pues son esos temas los que ponen de manifiesto que no hay mucha diferencia entre un partido y otro). Es eso, sin ir más lejos, lo que hace el PSOE en Xixón al abstenerse en una votación sobre el derecho de los ciudadanos a ir a los toros.

Para ser mínimamente consecuentes, los concejales socialistas habrían debido votar a favor de la propuesta del PP de “defender la libertad y el derecho a disfrutar de las corridas de toros”, igual que, en ese mismo pleno, fueron consecuentes al votar en contra de la oficialidad de la lengua asturiana: en ambos casos la premisa fundamental, coherente con el marco cognitivo que comparten PSOE y PP, es que hay que priorizar la libertad individual frente a imposiciones colectivas. Puesto que nadie se cree que esto funcione solo, esa premisa se complementa con otra, a saber: que los imperativos consustanciales al mantenimiento del régimen político no son imposiciones políticas sino leyes científicas, hechos naturales e indiscutibles, verdades evidentes. Una vez establecido lo que es natural y de sentido común, cualquier alternativa que se plantee es calificada automáticamente de “imposición” intolerable y de igualmente intolerable “politización”.

Deberíamos rebelarnos contra ese uso denigrante de la palabra “politización”, aunque solo fuera porque, cada vez que se nos muestra algo como ajeno a lo político, hay motivos para pensar que se trata de una apropiación indebida de lo común por parte de un particular. Claro que la supresión de los toros supone la politización de un espacio que PSOE y PP prefieren que siga privatizado, esto es, sujeto a decisiones particulares, entre ellas no solo la de asistir a una corrida sino también, y fundamentalmente, la de organizarla y lucrarse haciéndolo. Es la reglamentación de este tipo de actividades lo que caracteriza a una sociedad políticamente madura, pero precisamente eso es lo que significa cuestionarse el tablero de juego, de ahí esa impúdica resistencia de modales pueriles, esa exasperación del niño rico en presencia de una voluntad ajena. No tiene nada que ver con los derechos de los animales ni con defender las tradiciones: tiene que ver con la pretensión de que no toquemos sus juguetes.

O César o nada

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Pa entender el turdeburde que vive’l Xixón post 24M, nun nos queda otro que retroceder al mes de mayu de 2011. El descontentu ciudadanu que daquella cuayaba nes movilizaciones qu’agora conocemos como 15M, articulóse en Xixón de manera mui diferente a como lo fixo n’Uviéu o n’Avilés. De mano, igual porque en Xixón la estrema izquierda nun sufriera un colapsu equivalente al de les otres ciudaes, la novedá de lo nuevo yera menos novedosa, o dicho d’otra manera: el 15M xixonés yera un poco un mayu xixonés de los de tola vida. Esa foi la primer diferencia. La segunda, non menos importante, foi qu’en Xixón ganó Foro l’alcaldía.

Foro ganó l’alcaldía, que non les elecciones, porque primero ganó la hexemonía, porque supo rentabilizar electoralmente la reconfiguración social y económica que sufriera la ciudá, y porque aprovechó la insólita capacidá del PSOE local pa pegase tiros a sigo mesmu y non solo nos pies. Al PSOE, hasta 2011, rentába-y electoralmente sopelexar izquierdismu interclasista una vez cada cuatro años, pero la táctica dexó de funcionar en cuantes que la ciudá s’enllenó d’edificios barcu y barrios residenciales a mayor gloria d’un par d’empreses constructores anguaño inesistentes. Ye lo que tien fabricar una ciudá sobre’l molde ficcional d’una utopía hanseática: que munchos habitantes acaben creyendo’l mitu y cuenten tar viviendo en Lübeck. El resultáu ye lo que tenemos agora: dos ciudaes superpuestes, peligrosamente encolingaes sobre l’escobiu qu’atraviesa Asturies. Hai más o menos un añu, a miles de viandantes d’izquierda entró-yos l’horror vacui y, buscando un poste o dalgo a lo que se garrar, toparon con Podemos.

Cualquiera que xurgue un poco nes intimidaes de Podemos n’otres ciudaes, non solo d’Asturies, va descubrir que les bases nitroxenaes del partíu son bastante asemeyaes nunes y n’otres. Xixón ye de les poques ciudaes del so tamañu onde esi ADN ta alteráu. Pero la culpa d’eso, francamente, nun la tien Mario Suárez del Fueyo. Primero hubo años d’entreguismu d’Izquierda Xunida al PSOE y del PSOE a los Masavéu, y hubo tamién un rosariu de cambios xeneracionales importantes pa una ciudá d’un cuartu de millón d’habitantes y ensin campus universitariu (sí, yá sé que Viesques): Xixón foi vaciándose de población precisamente pel segmentu d’edá pel que primero debía anovase la izquierda local. Nin l’elitismu del PSOE, nin la estratexa (comprensible) de resistencia numantina del sindicalismu d’izquierda, fixeron muncho por mirar pa los barrios del interior nin pa lo qu’ellí taba ocurriendo, como tampoco pa la zona rural, retratada por un prócer d’Izquierda Xunida como una especie de ciudá xardín insolidaria y mezquina que más valía desaniciar.

Cierto que nada d’eso ye un misteriu mui misteriosu, y qu’esi estáu de coses tuviéronlu presente bien de votantes tradicionales del PSOE que, de la que Podemos asomó’l focicu, hai poco más d’un añu, punxéronse a aplaudir a rabiar, convencíos de qu’había anovamientu pa la izquierda local, anque viniera de fuera del partíu al que munchos d’ellos facíen responsable (porque lo yera) d’esa pérdiga de poder municipal y hexemonía social o viceversa. D’ehí l’escrache mediáticu que viven estos díes los conceyales electos de Xixón Sí Puede. Da lo mesmo que’l PSOE tuviera cuatro años p’analizar por qué perdió la xoya de la corona y obrar en consecuencia envede presentar a un candidatu a l’alcaldía del que lo menos que se pue dicir ye que mui nuevu en política nun ye. Total, la llectura que fixeron hai cuatro años foi que perdieron por culpa de gobernar con Izquierda Xunida, y tanto lo repitieron qu’hasta Izquierda Xunida acabó creyéndolo. Igual va pasar agora con esti escalforiáu llamamientu a la intifada contra Foro: si ganen los malos, la culpa va ser de Podemos.

Lo peor que pue pasar ye que tengan parte de razón, pero non polo qu’ellos barrunten: en ciudaes como Xixón, el papel de Podemos yera ser o César o nada, porque pa eso se inventó esti artefactu, pa dexar que xugara tamién una mayoría social que nun tien nada que ganar del conflictu ente los dos bloques del réxime, pero de poco podía valer si nun se cambiaba’l tableru de xuegu, si los actores diben ser, individual o colectivamente, los mesmos de los últimos venti años. Nun facía falta ser politólogu pa ver que, nesi contestu, el resultáu diba ser un repartu de cuotes tan difícil de xestionar como’l que tenemos delantre. Cómo salir agora d’esti impasse ye difícil de pescudar, a nun ser que tengamos a mano un DeLorean y un puñáu de plutonio. La única salida razonable, a lo menos pa Xixón Sí Puede, ye aplicar lo que Podemos siempre dixo que diba facer en casos como esti, a saber: una consulta popular pa decidir si se pauta y con quién. Toles demás soluciones posibles impliquen, amás d’un incumplimientu grave de les propies premises, atribui-yos poderes sobrenaturales a los que dicen saber interpretar a pelo la voluntá y los deseos de 30.000 votantes.

Armón mata

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Hay asesinos célebres por la crueldad de su modus operandi. Otros lo son por su elevado número de víctimas, y hay algunos que destacan por sus motivaciones, por su carácter selectivo, por su obediencia a imperativos religiosos o políticos. De todos ellos, quienes han llegado a paladear la leyenda suelen ser los que han escapado a la justicia o se han amparado en seudónimos o ambas cosas, como Jack el Destripador o el Asesino del Zodiaco.

Los estrategas no suelen figurar en los catálogos de asesinos en serie, como tampoco suelen hacerlo los grandes estadistas, los gobernantes de altura que tuvieron y tienen en sus manos el destino de poblaciones enteras. Así, salvo algún que otro caso más célebre por sus connotaciones identitarias que por su presunto carácter excepcional (léase Nerón, léase Gengis Khan, léase, y según dónde, Hernán Cortés), la historia no trata igual a los asesinos del Zodiaco que a los de la Biblia o el Corán, por muchos muertos que estos lleven a cuestas. Con todo, repugna menos ese silencio que el que campa por sus fueros cuando uno se pregunta por las llamadas bajas colaterales: las víctimas no de un bombardeo sino de una decisión desafortunada, poco meditada o simplemente criminal.

Uno supone que no hay voluntad homicida en el simple acto de permutar unos terrenos (aunque eso suponga retrasar la construcción de un hospital), en la abúlica decisión de reducir una partida presupuestaria para paliar el déficit contable (aunque eso suponga privar de ayudas sociales a quienes las necesitan), en la defensa ex cátedra del neoliberalismo (aunque eso suponga legitimar prácticas depredadoras en tu ciudad o en tu barrio). Seguramente la alcaldesa de turno, el consejero en cuestión o la hipotética profesora de economía política no ignoran que sus decisiones pueden contribuir a engendrar dramas sociales y personales, pero es más que plausible que no se consideren, en el fondo, responsables de la extinción de una sola vida humana.

La venta de Juliana Constructora a la empresa naviega Armón se nos anunció como un chollo sin paliativos: se racionalizaban unos astilleros deficitarios y se ponían en manos de una empresa ejemplar, modélica, que crearía puestos de trabajo por ciencia infusa. La bahía de Xixón dejaría de ser zona de guerra, las molestas barricadas desaparecerían de las calles del Natahoyo, y en breve comprenderíamos que una privatización a tiempo es el mejor remedio contra el desempleo, contra las bajas laborales y hasta contra la malaria. Mala fortuna: lo que los trabajadores de Armón denuncian, en cambio, desde que Armón se hizo con el único astillero que queda en la ciudad, es una degradación nada paulatina de sus condiciones laborales y de seguridad, chanchullos que la cultura sindical de los astilleros de Xixón ya había casi eliminado del paisaje, y un escenario de presiones y amenazas de esas que no pueden salir, ni salen, gratis: los tres muertos que Armón lleva en su haber no son fruto de ningún accidente inexplicable.

La lejanía atenúa la culpa, o la hace impronunciable. En el peor de los casos, se culpará al destino, a la codicia humana, a una naturaleza inmutable. Nadie pedirá cuentas a quienes contribuyeron con su voto o su informe de viabilidad, con su modelo urbanístico o su agenda de contactos: gente que duerme tranquila en todas las ocasiones.